César Augusto (27 a.C. - 14 d.C.) era el nombre del primer y, para la mayoría de la gente, más grande emperador romano. Augusto nació Cayo Octavio Turino en el 23 de septiembre del 63 a.C. Pasó a ser conocido como Octaviano tras ser adoptado por su tío abuelo Julio César en el 44 a.C., y luego adoptó el nombre de Cayo Julio César. En el 27 a.C., el Senado le otorgó el título honorífico de Augusto («el ilustre»), y después fue conocido como Cayo Julio César Augusto.
Debido a los muchos nombres por los que pasó en su vida, es común llamarlo Octavio al referirse a los eventos entre el 63 y 44 a.C., Octaviano al referirse a los eventos entre el 44 y el 27 a.C., y Augusto en eventos desde el 27 a.C. hasta su muerte en el 14 d.C. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el propio Octaviano nunca utilizó ese nombre entre los años 44 y 27 a.C. porque quería favorecer una vinculación estrecha con su tío abuelo y por tanto prefirió utilizar el mismo nombre que él, una decisión que provocó la famosa acusación de Marco Antonio, según dice Cicerón: «Tú, muchacho, se le debes todo a tu nombre».
Augusto, Marco Antonio y Lépido
Después del asesinato de Julio César en marzo del 44 a.C., Octaviano se alineó con el amigo cercano y pariente de César, Marco Antonio. Junto con otro seguidor de César, Marco Emilio Lépido, Antonio y Octaviano formaron el Segundo Triunvirato en octubre del 43 a.C. Parece que la primera orden del día en esta nueva situación fue el asesinato sistemático de cualquier rival político y partidarios de los asesinos de César. Exactamente cuál de los tres fue el mayor responsable de los asesinatos es discutido por escritores antiguos y modernos por igual; algunos afirman que Octaviano era inocente y otros le atribuyen el mayor derramamiento de sangre. Tras limpiar Roma de la «mala sangre» de su oposición, el Segundo Triunvirato centró su atención en los asesinos de César. En la batalla de Filipos en octubre del 42 a.C., las fuerzas de Bruto y Casio fueron derrotadas por aquellas del Segundo Triunvirato, forzando a ambos asesinos a suicidarse.
Entre el 38 y el 36 a.C., Octaviano y Lépido combatieron contra Sexto Pompeyo (hijo de Pompeyo Magno, el gran rival de Julio César) por el Gobierno de Roma, y Antonio contó con ayuda desde Egipto. El Segundo Triunvirato logró derrotar a Pompeyo y Lépido, gloriándose en el triunfo y seguro de su fuerza, insultó a Octaviano al ordenarle abandonar Sicilia, el teatro de las operaciones, con sus tropas. No obstante, Octaviano les ofreció a las tropas de Lépido más dinero del que él podía pagar, a si que su ejército lo abandonó en favor de Octaviano. Lépido fue despojado de todos sus títulos, salvo el de Pontífice Máximo, y el Segundo Triunvirato llegó a su final.
Augusto, Antonio y Cleopatra
No obstante, durante este tiempo, las relaciones entre Octaviano y Marco Antonio empezaron a deteriorarse. En el 40 a.C., en un intento para solidificar su alianza, Octaviano entregó a su hermana, Octavia Menor, en matrimonio con Antonio. A pesar de ello, Antonio se había aliado estrechamente con Cleopatra VII de Egipto (la antigua amante de Julio César y madre de su hijo Cesarión) y, de hecho, se había convertido en su amante. Octaviano acusó a Antonio de haber abusado de su hermana cuando Antonio se divorció de Octavia en favor de Cleopatra en el 33 a.C., lo que llevó a Antonio a escribirle a Octavio, «¿Qué te molesta? ¿Porque me acuesto con Cleopatra? Pero ella es mi esposa y lo he estado haciendo durante nueve años, no solo recientemente. ¿De verdad importa dónde o con qué mujeres te entusiasmas?»
Para Octaviano, el comportamiento de Antonio en el este, tanto privada como política y militarmente, era intolerable. Forzó a las sacerdotisas del templo de Vesta en Roma a entregarle el testamento de Antonio y lo hizo leer en el Senado romano. El testamento cedía territorios romanos a los hijos de Antonio y contenía instrucciones para la construcción de un gran mausoleo en Alejandría para Antonio y Cleopatra, entre otras estipulaciones que Octaviano consideró que amenazaban la grandeza de Roma, y calificó a Antonio de renegado.
Dentro de las peores ofensas de Antonio figuraba la declaración de que Cesarión era el verdadero heredero de Julio César, no Octaviano. El Senado revocó el puesto de cónsul de Antonio y le declaró la guerra a Cleopatra VII. En la batalla de Accio el 2 de septiembre del 31 a.C., las fuerzas de Octaviano, bajo el general Marco Agripa, derrotaron a las fuerzas combinadas de Antonio y Cleopatra, las dispersaron (varias ya habían desertado al lado de Octaviano antes de la batalla) y persiguieron a los sobrevivientes hasta el 1 de agosto del 30 a.C. cuando, después de perder Alejandría, Antonio y Cleopatra se suicidaron. Octaviano hizo ahorcar a Cesarión (declarando que «dos Césares son uno de más») y ejecutó al hijo mayor de Antonio como una posible amenaza a Roma.
Octaviano se convirtió así en el gobernante supremo de Roma y todos sus territorios pero, para evitar cometer el mismo error que hizo su padre adoptivo de parecer codiciar el poder, Octaviano se cuidó de presentar todas sus estratagemas políticas como acciones por el bien de la República romana. En enero del 27 a.C., Octaviano renunció a sus poderes humildemente solo pare recibirlos de vuelta del agradecido Senado, quien también le otorgó el título de Augusto. Octaviano fue cuidadoso de no referirse a sí mismo en público por ese nombre, simplemente llamándose a si mismo Princeps, o primer ciudadano. Octaviano jugó tan cuidadosamente el juego político en Roma que sus reclamos para la restauración de la República parecían serios, aun cuando obtuvo el poder supremo, lo que le otorgó el control absoluto de Roma y sus colonias.
Augusto como Emperador
Ya popular entre los soldados de su Ejército, el título de Augusto solidificó su poder en las provincias como Imperator, o comandante en jefe (de donde deriva la palabra «emperador»). El mes de agosto recibió ese nombre en su honor. En el año 19 a.C., le fue otorgado el Imperium Maius (poder supremo) sobre cada provincia del Imperio romano y, a partir de ese entonces, César Augusto gobernó supremamente, el primer emperador de Roma y la medida con la que se juzgaría a todos los emperadores posteriores. Para el 2 a.C., Augusto fue declarado Pater Patriae, el padre de la patria.
La era del reinado de Augusto fue una edad dorada en todos los aspectos. La paz que Augusto restauró y mantuvo (la Pax Romana) provocó que la economía, las artes y la agricultura florecieran. Se inició un ambicioso programa de construcción en el cual Augusto completó los planes hechos por Julio César y luego continuó con los de su propio diseño. En su famosa inscripción Res Gestae Divi Augusti (Las hazañas del Divino Augusto) afirmaba haber restaurado o construido 82 templos en un año. Las famosas termas romanas públicas las construyó la mano derecha de Augusto, Agripa, y el poeta Virgilio compuso su epopeya, la Eneida, durante el reinado de Augusto. Augusto se preocupó mucho por las artes y fue un mecenas personal de varios artistas.
Aprobó muchas reformas así como leyes para mantener la estabilidad en el matrimonio y para incrementar la tasa de natalidad en Roma, ilegalizando el adulterio, ofreciendo incentivos fiscales a familias con más de tres hijos y sanciones para los matrimonios sin hijos. Siguió sus leyes de una manera tan estricta que desterró a su propia hija, Julia, y a su nieta, por adulterio.
Muerte
Augusto murió en Nola en el 14 d.C. Sus últimas palabras oficiales fueron, «Encontré Roma como una ciudad de ladrillos y la dejé de mármol», que describen acertadamente los logros de Augusto durante su reinado como emperador. Sin embargo, de acuerdo a su esposa Livia Drusila y su hijo adoptivo Tiberio (que reinó de 14 - 37 d.C.), sus últimas palabras fueron en realidad, «¿He representado bien mi papel? Entonces aplaudan mientras salgo».
El cuerpo de Augusto se llevó de vuelta a Roma y, en el día del funeral, todos los negocios de Roma cerraron por respeto al emperador. Fue sucedido por Tiberio, a quien había adoptado en el 4 d.C., que leyó la elegía (junto con su propio hijo, Druso) en el gran funeral de Augusto. El cuerpo del emperador fue cremado y sus cenizas enterradas en su mausoleo. La muerte de Augusto fue lamentada como la pérdida de un gran gobernante de inmenso talento y visión, y fue proclamado un dios del panteón romano.
