La guerra de Sucesión austríaca (1740-1748) fue un conflicto mayor librado entre las grandes potencias de Europa, provocado por una disputa respecto al derecho de una mujer, María Teresa, a la sucesión al trono austríaco. María Teresa contaba con el apoyo de la monarquía Habsburgo, Gran Bretaña, las Provincias Unidas de los Países Bajos, Hannover, el Reino de Sajonia y Rusia, una coalición conocida como la Pragmática Alianza.
A ella se oponía una coalición anti-Habsburgo que incluía a Francia, Prusia, Baviera y España. Aunque la guerra se libró principalmente en Europa, también se desarrolló en las colonias al otro lado del mundo; conflictos relacionados incluyeron la guerra del Asiento y la guerra del rey Jorge, ambas en el continente americano, y la primera guerra carnática en India. Las hostilidades terminaron en 1748 con el Tratado de Aquisgrán, que fundamentalmente no logró abordar las causas subyacentes de la guerra.
El 20 de octubre de 1740, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos VI, murió después de una enfermedad de corta duración, lo que desencadenó una crisis que repercutiría a través de Europa. Habiendo sido incapaz de tener un heredero varón, el emperador había pasado mucho tiempo durante su reinado sentando las bases para que su hija mayor, María Teresa, lo sucediera en el trono. Ya en 1713, había proclamado un edicto conocido como la Pragmática Sanción que permitía que la herencia pasara al linaje femenino en caso de que la dinastía Habsburgo se extinguiera en la línea masculina. Pero este edicto contradecía la Ley Sálica, que estipulaba que solo los varones podían heredar, lo que enfadó a muchos de los príncipes en la Dieta Imperial.
EL ADVERSARIO MÁS PELIGROSO DE MARÍA TERESA PROBARÍA SER EL JOVEN REINO DE PRUSIA, CON EL NOVEL REY FEDERICO II.
Por lo tanto, cuando Carlos VI murió, María Teresa ascendió al trono de los Habsburgo apoyándose en una base poco firme. No le ayudaba el hecho de que sus tutores habían pasado por alto educarla en el arte de gobernar, enfocándose en cambio en las tradicionales virtudes femeninas, tales como la lectura, la danza y la música. María Teresa tuvo que sentirse muy mal preparada para la crisis a la que debía enfrentarse, mientras sus rivales empezaban a revolotear como aves de rapiña.
La amenaza más aparente era Carlos Alberto, elector de Baviera. Aunque él mismo no fuera un Habsburgo, Carlos Alberto podía reclamar el derecho a ocupar el trono imperial en virtud de que era descendiente de la Casa de Wittelsbach, una de las familias alemanas más antiguas «de la cual surgió en parte la creación del imperio» (citado en Browning, página 38). Al mismo tiempo, la Corte Real de España celebraba la muerte de Carlos VI, con su mirada ávida dirigida hacia los territorios indefensos de los Habsburgo situados en la península italiana.
Pero sin duda alguna, el adversario más peligroso de María Teresa probaría ser el joven Reino de Prusia, donde el novel rey Federico II (más tarde aclamado como Federico el Grande) acababa de suceder a su padre. Casi como el propio Federico, Prusia era un joven Estado, ávido de gloria y con ansias de probar su valía en el escenario mundial. Para avanzar la posición de Prusia en el mundo alemán, Federico tenía su mirada puesta en Silesia, una de las provincias más ricas y más desarrolladas en el imperio de los Habsburgo. Aprovechándose del caos que acompañaba la ascensión de María Teresa, Federico reunió a su ejército e invadió Silesia el 16 de diciembre de 1740. Tanto si se dio cuenta como si no, el rey de Prusia acababa de iniciar un fuego que se extendería por toda Europa y, de hecho, por todo el mundo.
Aunque los austríacos se habían preparado para la guerra en Italia y Hungría, la guerra relámpago de Federico en Silesia los tomó por sorpresa. En menos de dos semanas, Federico había invadido la provincia entera; solo un puñado de fuertes todavía estaba en manos de los austríacos. Los austríacos respondieron rápidamente (a comienzos de 1741, el conde Wilhelm Reinhard von Neipperg dirigió una contraofensiva en Silesia). Aunque Federico no estaba esperando que los austríacos golpearan tan rápido, él marchó con sus hombres a través de la nieve y se enfrentó contra el ejército de Neipperg en la batalla de Mollwitz (el 10 de abril).
Al principio, el resultado estaba inseguro, ya que el destino de la batalla basculaba de un lado a otro; de hecho, Federico hasta tuvo que huir del campo de batalla para no ser capturado. Pero al final, la infantería prusiana se llevó el triunfo, al haber avanzado con una disciplina rigurosa tal que las tropas parecían una muralla andante. El estratega militar Carl von Clawsewitz escribiría más tarde que las tropas prusianas «lograron un nivel de perfección en el uso de las armas de fuego que todavía no ha sido sobrepasado» (citado en Blanning, página 103). Al final, los austríacos se retiraron; cada bando dejó aproximadamente unos 5.000 hombres muertos o heridos en el gélido campo.
Las otras potencias europeas habían estado observando con interés la campaña de Federico; la batalla de Mollwitz los convenció de que Austria era débil. Francia estaba con muchas ansias de debilitar el poder de los Habsburgo en Europa Central y empezó a abogar por la reivindicación de Carlos Alberto al trono imperial. Alarmada, María Teresa negoció rápidamente una tregua con Federico, en la que le cedió la Baja Silesia a Prusia. Pero el daño ya estaba hecho. Ese otoño, un ejército franco-bávaro combinado invadió Bohemia y el 26 de noviembre ocupó Praga. Allí, Carlos Alberto fue coronado rey de Bohemia, un título que tradicionalmente tenía el emperador.
Unos meses después había ganado el apoyo necesario para ser elegido como Carlos VII, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, el primero que no era un Habsburgo en poseer el título en más de tres siglos. Sin embargo, era obvio para casi todo el mundo que Carlos VII no era más que un títere francés. Una vez más, los austríacos no tardaron en tomar represalias. En una rápida ofensiva invernal recuperaron mucho del territorio que habían perdido en la Alta Austria antes de invadir Baviera. El ejército franco-bávaro, plagado de discordia y disputas de liderazgo, respondió con lentitud.
LOS ALIADOS DE AUSTRIA JUNTARON SUS RECURSOS MILITARES EN UNA SOLA FUERZA LLAMADA LA PRAGMÁTICA ALIANZA PARA REAFIRMAR EL DERECHO A GOBERNAR DE MARÍA TERESA.
Pero justo cuando la fortuna parecía cambiar, las cosas comenzaron a ir mal para los austríacos. En febrero de 1742, 25.000 soldados españoles llegaron a Italia. Ese mismo mes, Federico II sintió la tentación de volver a sumarse a la guerra e invadió la provincia de Moravia bajo control de los Habsburgo, con 30.000 hombres. María Teresa envió a su cuñado, el príncipe Carlos de Lorena, para que afrontara al infame rey Federico; sus dos ejércitos se enfrentaron en la batalla de Chotusitz (el 17 de mayo de 1742). Aunque la batalla propiamente dicha no fue concluyente, los austríacos se retiraron primero, dejando a los prusianos en control del campo. Este revés forzó a María Teresa a negociar una vez más con Federico. En junio de 1742, sus ministros firmaron el tratado de Breslavia, que le dio a Prusia el control sobre toda Silesia a cambio de su retirada de la guerra.
El tratado liberó a miles de tropas austríacas para retomar Praga, ya que las fuerzas francesas y bávaras habían sido reducidas por desgaste. Los austríacos empezaron su asedio en junio y las condiciones en Praga solo se empeoraron. Al no estar seguros de la lealtad de los civiles, los franceses impusieron un toque de queda estricto, le disparaban a cualquiera que estuviera fuera por la noche. Pero con el tiempo, los ocupantes se quedaron sin comida. En diciembre de 1742, 14.000 soldados franceses y bávaros escaparon de Praga eludiendo con sigilo la línea austríaca, dejando atrás a sus enfermos y heridos. Una vez más, Praga estaba bajo control de los Habsburgo.
Aunque Austria había estado luchando por sí sola hasta ese momento, no estaba completamente sin amigos. El rey Jorge II de Gran Bretaña estaba dispuesto a obstaculizar las ambiciones de Francia y humillar a su sobrino Federico II, refiriéndose a él como «el príncipe infiel» a quien «se le deben cortar las alas» (citado en Browning, página 49). También el Reino de Hannover estaba dispuesto a castigar la agresión de sus congéneres, los Estados alemanes de Prusia y Baviera, mientras que las Provincias Unidas de los Países Bajos estaban obligadas por un tratado a acudir en ayuda de Austria. Estas naciones juntaron sus recursos militares en una sola fuerza llamada la Pragmática Alianza; este nombre señalaba las intenciones de los aliados de reafirmar la Pragmática Sanción y el derecho a gobernar de María Teresa.
En abril de 1743, los 60.000 hombres de la Pragmática Alianza llegaron a orillas del río Rin. Al principio mostraban un estado de ánimo exultante; un testigo ocular constató la camaradería entre los soldados británicos y hannoverianos, que bebían, hablaban y cantaban juntos «muchísimo, sin entender ni una sola sílaba de lo que se decían uno al otro» (citado en Browning, página 135). Sin embargo, Jorge II insistió en liderar él mismo al ejército y le ordenó que no se moviera hasta que él no hubiera llegado. Así, el ejército languideció en un solo lugar por meses, consumiendo sus provisiones. Bandadas de soldados empezaron a merodear por las áreas rurales, robándole la comida a los desafortunados civiles.
Jorge II llegó el 19 de junio, solo para encontrar que el ejército no estaba en condiciones de lanzar una ofensiva. Él y sus generales decidieron irse en retirada a la seguridad de los Países Bajos para reagruparse. Pero en el momento en que comenzaban a retirarse se encontraron bloqueados por el ejército francés bajo el mando del duque de Noailles. Dispuesto a destruir por completo a la Pragmática Alianza, Noailles atacó el 27 de junio en la batalla de Dettingen. La caballería de élite de la Maison du Roi cargó tres veces contra las líneas aliadas, pero el ataque fue repelido en cada instancia. Esto fue seguido de una carga dispersa de la infantería francesa, que igualmente tuvo que retroceder. Después de tres horas de combate, los franceses tomaron la retirada, dejando 5.000 bajas, comparadas con alrededor de 2.000 pérdidas entre los aliados.
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Aunque se les levantó la moral con esta victoria inesperada, la Pragmática Alianza continuó su retirada, forzada a abandonar a sus heridos tras de sí (la batalla de Dettingen tiene la distinción de ser la última vez que un monarca británico tomó el mando de un ejército en combate). La otra batalla importante de 1743 sucedió en Italia, donde las fuerzas españolas y austríacas se enfrentaron en la batalla de Camposanto (el 8 de febrero). Aunque no fue tan grande como otras batallas, Camposanto fue, per cápita, la batalla más sangrienta de la guerra, ya que un cuarto de todos los combatientes pagaron con sus vidas. Los españoles fueron derrotados y, por el momento, las posesiones de María Teresa en Italia estaban seguras.
Al año siguiente continuó la escalada del conflicto. En febrero de 1744, la Marina Real británica libró una batalla inconclusa contra la flota franco-española en el Mediterráneo, frente a las costas de Tolón; las flotas opuestas intercambiaron descargas de intensas andanadas que redujeron a astillas a varios barcos y dejaron a cientos de hombres muertos o heridos. Al siguiente mes, Francia declaró la guerra oficialmente contra Gran Bretaña y empezó a reunir las tropas en Dunkerque para una invasión a las islas británicas. Gran Bretaña se salvó de una invasión, pero no fue gracias a su flota sino por una tormenta que azotó el canal de la Mancha y causó daños a muchos barcos franceses. Este no fue el único infortunio que le sobrevino a los planes militares franceses ese año. En agosto, el rey Luis XV de Francia cayó gravemente enfermo con viruela. Aunque al final se recuperó, su enfermedad sumió al reino en el caos y fue la causa de que el esfuerzo de guerra quedara paralizado.
De igual modo, Prusia también tuvo reveses. El mismo mes en que Luis XV estaba confinado en su lecho de enfermo, a Federico II lo persuadieron de volver a la guerra por tercera vez. Invadió Bohemia con 80.000 hombres y, para mediados de septiembre, había ocupado Praga. Sin embargo, por primera vez, el rey prusiano sobrestimó su jugada. Temerosos de las ambiciones de Federico, el Reino de Sajonia se alió con Austria y le declaró la guerra a Prusia. En octubre, un ejército austro-sajón de 75.000 hombres entró en Bohemia, pisándole los talones a Federico. A estas alturas, el ejército prusiano estaba siendo aniquilado por disentería y hambruna, dejando a Federico sin otra opción que la de retirarse hacia Silesia. En diciembre, cuando llegó a territorio amistoso había perdido 36.000 hombres por desgaste.
La alianza anti-Habsburgo sufrió un golpe mayor el 20 de enero de 1745 cuando su emperador títere, Carlos VII, murió de la enfermedad de gota. Su hijo y heredero, Maximiliano III José, lo sucedió como elector de Baviera, pero encontró que la mayor parte de su país estaba bajo ocupación austríaca. Los bávaros hicieron un último y desesperado intento por sacar a los austríacos, pero fueron derrotados en la batalla de Pfaffenhofen (el 15 de abril). Una semana después, Maximiliano José firmó el Tratado de Füssen, en el que hizo la paz con Austria, renunció a sus reivindicaciones al trono imperial y aceptó apoyar al esposo de María Teresa, Francisco Esteban de Lorena, como el próximo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. De hecho, el esposo de María Teresa recibió el apoyo necesario para ser elegido y fue coronado Francisco I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, más tarde ese mismo año. Con la salida de Baviera, Francia ya no tenía ninguna razón para mantener ejércitos en Alemania y podía enfocarse en su prioridad principal (derrotar a Gran Bretaña).
Mauricio de Sajonia, el brillante general que recientemente había sido nombrado mariscal de Francia, decidió tentar a Gran Bretaña para que entrara en combate invadiendo los Países Bajos austríacos (la Bélgica moderna) y amenazando a Tournai, un centro de comercio esencial para Europa del norte. A finales de abril, Mauricio de Sajonia asedió Tournai. Como se esperaba, la Pragmática Alianza (ahora bajo el mando del hijo de 24 años de Jorge II, el príncipe Guillermo, duque de Cumberland) empezó a moverse. Mauricio de Sajonia le escribió a Luis XV, invitándolo a que viera la batalla y participara en la gloria.
Escogió una posición defensiva naturalmente fuerte alrededor de las localidades de Antoing, Vezon y Fontenoy y esperó. En la madrugada del 11 de mayo, la Pragmática Alianza multinacional, también de unos 50.000 hombres, atacó. Después de un bombardeo inicial de artillería, Cumberland envió a sus tropas holandesas para que atacaran la posición francesa en Fontenoy. Los franceses, tomando refugio detrás de paredes y pilas de ladrillos, permitieron que los holandeses estuvieran muy cerca antes de desencadenar ráfagas devastadoras de balas de mosquete. Los holandeses se retiraron, se agruparon y cargaron de nuevo (solo para hacerle frente a una ráfaga de disparos igualmente letal). Luego llegó la infantería británica y hannoveriana, avanzando en dos líneas y reteniendo sus disparos hasta que se encontraron a 30 pasos de la línea francesa. Durante varios minutos insoportables, los británicos y los franceses intercambiaron disparos hasta que al final, los franceses rompieron la línea.
LA BATALLA DE FONTENOY HABÍA SIDO LA BATALLA MÁS SANGRIENTA librada EN EUROPA OCCIDENTAL EN CASI 40 AÑOS.
Aunque estaba gravemente enfermo y torturado por el dolor, Mauricio de Sajonia dirigió sus tropas montado a caballo, reuniéndolas mientras que enviaba sucesivas cargas de caballería para lentificar el avance aliado. Al final, el ataque aliado perdió su impulso y Cumberland ordenó la retirada. La batalla de Fontenoy había sido la batalla más sangrienta librada en Europa en casi 40 años; los franceses habían perdido alrededor de 8.000 hombres, los aliados alrededor de 12.000. Después de la batalla, Luis XV se acercó a Mauricio de Sajonia para felicitarlo en su victoria. Haciendo un gesto mostró los cuerpos que cubrían por completo el campo, el mariscal respondió: «Sire, ahora Su Majestad ve lo que significa verdaderamente la guerra» (citado en Browning, página 212).
Mientras que el humo se disipaba sobre Fontenoy, otro ejército estaba preparándose para combatir por su vida en Europa Central. Federico II había pasado el año entero reorganizando su empobrecido ejército y, para mayo, había reunido a 59.000 hombres en Glatz (Kłodzko), en la Baja Silesia. Esto advino en el momento oportuno (el 30 de mayo); el príncipe Carlos de Lorena conducía un ejército austrosajón de igual tamaño hacia Silesia. Federico supo dónde había acampado el príncipe Carlos y decidió atacar en vez de esperar ser atacado. En la madrugada del 4 de junio, los prusianos lanzaron un ataque sorpresivo contra el campo sajón. Esto provocó un combate cuerpo a cuerpo brutal, ya que los prusianos combatieron con «sed diabólica de sangre» (citado en Browning, página 216). Para las 7 a.m., los sajones habían huido en desbandada, dejando a la infantería austríaca para que se enfrentara sola al enemigo. Poco después, también los austríacos estaban huyendo y la batalla de Hohenfriedberg había terminado.
Federico había perdido alrededor de 4.700 efectivos, comparado con casi 13.000 pérdidas austrosajonas. Esta fue la victoria más brillante en la carrera de Federico hasta ese momento. Si hubiese alguna duda de que Prusia llevaba la ventaja, esta se disipó cuando los prusianos también derrotaron al ejército austríaco del príncipe Carlos en la batalla de Soor (el 30 de septiembre). El 25 de diciembre de 1745, se llegó de nuevo a un acuerdo de paz con el Tratado de Dresde. María Teresa aceptó renunciar a sus reivindicaciones sobre Silesia y el Reino de Sajonia prometió pagarle a Prusia una indemnización de guerra de un millón de coronas. En contraparte, Federico reconoció el derecho a gobernar de María Teresa. Prusia dejó definitivamente de librar la guerra. A su regreso a Berlín, el rey triunfante fue aplaudido por su pueblo y, por primera vez, fue aclamado como «Federico el Grande».
Llegando al fin de la guerra: 1746-1747
El Tratado de Dresde trajo la paz a las devastadas tierras de Alemania, mientras que la ascensión al trono imperial de Francisco I prácticamente le aseguró a su esposa el derecho a gobernar en los territorios bajo el dominio de los Habsburgo. Todo lo que faltaba era que el conflicto se resolviera en otros teatros de guerra. En los Países Bajos, los franceses triunfantes continuaron su avanzada a través de los Países Bajos austríacos. En febrero de 1746, Mauricio de Sajonia ocupó Amberes y ocho meses después derrotó a otro ejército de la Pragmática Alianza en la batalla de Rocoux (el 11 de octubre). Para 1747, los franceses habían llegado a los límites de las Provincias Unidas de los Países Bajos y habían empezado a atacar las fortificaciones de la frontera.
En el frente italiano, la alianza anti-Habsburgo tuvo menos éxito. Aunque los españoles habían derrotado a los austríacos en la batalla de Bassignano (el 27 de septiembre de 1745), no fueron capaces de explotar efectivamente la victoria. El combate continuó recrudeciéndose durante los dos años siguientes, pero para finales de 1747, Austria todavía controlaba la mayor parte de sus posesiones en el norte de Italia.
Paz: 1748
Para el año 1748, la mayoría de las potencias beligerantes estaban cansadas. Sin duda, ocho años de guerra perpetua habían hecho mella. Los gastos para mantener los ejércitos y emprender campañas habían hecho que la mayoría de las naciones se endeudaran, mientras que el temor y la incertidumbre entre sus poblaciones extenuadas por la guerra estaban provocando agitación política. Los ministros de gran Bretaña y Francia habían iniciado conversaciones de paz, que excluían en gran parte a otras potencias. María Teresa manifestó su frustración de que no se le permitía tomar asiento en la mesa de negociaciones a pesar del papel central de Austria en el conflicto. Al final, Gran Bretaña y Francia acordaron que el mapa de Europa volvería a su statu quo prebélico, esto es, todos los territorios capturados durante la guerra serían devueltos a sus propietarios originales.
Hubo dos excepciones que se destacan. Primero, Austria tuvo que ceder los ducados italianos de Parma, Plasencia y Guastalla a un miembro de la dinastía Borbón de España. Segundo, Prusia consiguió quedarse con Silesia; esta última concesión reconocía implícitamente la importancia creciente de Prusia en el escenario europeo. Por último, todos los signatarios tenían la obligación de aceptar la Pragmática Sanción de 1713 y, por ende, el derecho a gobernar de María Teresa en Austria. Estos términos se firmaron en el Tratado de Aquisgrán en octubre de 1748, poniendo fin definitivamente a la guerra. Sin embargo, el tratado de paz fue un compromiso y nadie dejó la mesa de negociaciones estando feliz. Las tensiones no resueltas continuarían acumulándose durante los siguientes años, llegando a tal punto que al final explotaron en el conflicto europeo que siguió: la guerra de los Siete Años.
La guerra de Sucesión austríaca (1740-1748) fue una de las varias luchas imperiales en Europa durante el siglo XVIII, en las que varias potencias competían por el poder.
¿Cómo empezó la guerra de Sucesión austríaca?
La guerra de Sucesión austríaca comenzó en 1740, cuando María Teresa ascendió al trono de la monarquía Habsburgo (principalmente Austria). Esto fue controversial, ya que muchos gobernantes ponían en duda el derecho a gobernar de una mujer basándose en la Ley Sálica. Federico el Grande de Prusia aprovechó el caos para invadir Silesia, dando inicio a la guerra.
¿Dónde se libró la guerra de Sucesión austríaca?
La guerra de Sucesión austríaca se libró principalmente en Europa Central, los Países Bajos e Italia. Sin embargo, parte del conflicto se extendió en ultramar a Canadá, al Caribe, América del Sur e India.
¿Quién combatió en la guerra de Sucesión austríaca?
En general, dos coaliciones combatieron en la guerra de Sucesión austríaca: la Pragmática Alianza (Austria, Gran Bretaña, las Provincias Unidas de los Países Bajos, Hannover, Rusia y otros) y la alianza anti-Habsburgo (Prusia, Francia, Baviera, España y otros).
Edilsa Sofía es una antigua diplomática y educadora, especialmente interesada en las Artes y los asuntos culturales. Además de otros grados, tiene una maestría en traducción literaria.
Harrison Mark es un investigador histórico y escritor para World History Encyclopedia. Se graduó de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Oswego, donde estudió historia y ciencias políticas.
Escrito por Harrison W. Mark, publicado el 20 marzo 2026. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.