El 22 de septiembre de 1326, un fuerte viento empujó 95 barcos desde las costas de Flandes hacia las espumosas fauces del mar del Norte. Las primeras horas de la travesía transcurrieron con buen tiempo, pero poco a poco los despejados cielos matinales dieron paso a turbulentas nubes oscuras que desataron una tormenta implacable sobre la flota. La flota se dispersó y perdió el rumbo, pero solo por un momento. Al mediodía del 24 de septiembre, los barcos habían arribado sanos y salvos a la costa inglesa, probablemente en Suffolk. Unos 1500 hombres desembarcaron y descargaron cajas de provisiones, armas y armaduras, mientras murmuraban entre sí en distintos idiomas: inglés, alemán y neerlandés. Esta era una fuerza invasora que había llegado para librar a Inglaterra de las fuerzas malignas que habían hechizado al rey y conducido al reino a la ruina.
Al frente de este pequeño ejército se encontraba la propia reina, Isabel de Francia, de 31 años. Sus caballeros y sirvientes la ayudaron a desembarcar y le prepararon «una casa con cuatro tapices, abierta por delante, donde le encendieron un gran fuego» (citado en Weir, 229). Al principio, la reina no sabía en qué parte de Inglaterra se encontraba y envió de inmediato jinetes para averiguarlo. Al enterarse de que había desembarcado en el territorio de un aliado, el conde de Norfolk, respiró aliviada y se puso manos a la obra. Mientras sus hombres aún descargaban los barcos, tomó pluma y papel y escribió cartas a los ciudadanos de Londres y de otras ciudades importantes, explicándoles que no había llegado como conquistadora, sino como libertadora. Había venido a vengar el reciente asesinato del conde de Lancaster y expulsar definitivamente del poder a los odiados Despenser, enemigos del reino. Por último, exhortó a todos los ingleses leales a unirse a ella en aquella causa tan noble y justa.
A la mañana siguiente, la reina Isabel fue recibida por el conde de Norfolk, quien la escoltó hasta su castillo de Walton-on-the-Naze. Ahí, numerosos condes, barones y caballeros acudieron a su estandarte y pusieron sus espadas a su servicio. Vestida de luto, la reina condujo entonces a su ejército desde el castillo «como si estuviera en peregrinación» y comenzó a marchar hacia el interior del país. A su lado cabalgaba un hombre alto y apuesto que había llegado para compartir no solo sus batallas, sino también su lecho: Roger Mortimer había pasado los tres años anteriores en el exilio debido a su oposición a los Despenser y no deseaba otra cosa que la venganza. Detrás de los dos amantes cabalgaba el príncipe Eduardo, el hijo de 14 años de Isabel y heredero al trono inglés. Poco más que un peón en las intrigas de su madre, el príncipe no tuvo más opción que acompañar al ejército mientras este avanzaba por la campiña. La noticia de la invasión se propagó rápidamente por todo el reino, y todos los hombres, tanto nobles como plebeyos, se vieron obligados a tomar partido. La suerte estaba echada, y el destino de Inglaterra cambiaría para siempre.
El camino hacia la rebelión
La primera vez que Isabel pisó suelo inglés tenía 12 años y ya era esposa. Era febrero de 1308 y acababa de contraer matrimonio con el rey Eduardo II de Inglaterra. Once años mayor que ella, Eduardo parecía un rey salido de un cuento de hadas: medía más de un metro ochenta, era apuesto, musculoso y bien proporcionado, con el cabello rizado hasta los hombros. Sin embargo, en este caso las apariencias engañaban, pues Eduardo II tenía escaso interés por gobernar. Isabel probablemente ya había oído los rumores de que su nuevo esposo prefería pasar el tiempo con gente vulgar, como actores y pescadores, antes que con caballeros y condes, y que se interesaba más por ocupaciones rústicas, como techar casas y nadar, que por actividades nobles como las justas y la caza. Y no tardó en comprobarlo: durante la coronación de ambos, el rey pasó toda la noche conversando y riendo con su favorito, Piers Gaveston, mientras ignoraba descortésmente a su nueva esposa. Este desaire no cayó bien ni a Isabel ni a su padre, el rey Felipe IV de Francia, y dio lugar a un pequeño escándalo entre las casas reales de Inglaterra y Francia.
Eduardo pasaba casi todo su tiempo con su favorito e incluso llegó a regalarle algunas de las joyas de Isabel, que Gaveston lucía públicamente.
Con el paso de los meses, Isabel empezó a sentirse cada vez más aislada en la corte. Su esposo pasaba casi todo su tiempo con su favorito e incluso llegó a regalarle algunas de las joyas de Isabel, que Gaveston lucía públicamente. Como señala la historiadora Allison Weir, difícilmente puede culparse a Eduardo II por preferir la compañía de un hombre de su misma edad a la de una niña. Sin embargo, Isabel se sintió igualmente ofendida. Escribió a su padre que Gaveston era la causa de «todos sus problemas» al alejar al rey de ella, y que este se había convertido en «un completo extraño para mi lecho» (citado en Weir, 39). No obstante, aunque Isabel nunca se enfrentó abiertamente a Gaveston, no podía decirse lo mismo de los condes y barones de Inglaterra: la antigua nobleza se sentía amenazada por la influencia desmedida que Gaveston (un caballero gascón de origen relativamente modesto) ejercía sobre el rey, y la actitud altiva que mostraba hacia ellos no contribuía precisamente a aliviar las tensiones. Las tensiones fueron creciendo hasta que, en 1312, el poderoso Tomás, conde de Lancaster, capturó y ejecutó a Gaveston. Eduardo montó en cólera y juró vengarse, pero, al menos por el momento, poco podía hacer. En los meses posteriores a la muerte de Gaveston, la relación entre los monarcas mejoró. El primer hijo de Isabel, el príncipe Eduardo, nació en 1312, y en los años siguientes daría a luz a otros tres hijos.
La muerte de Gaveston no puso fin al enfrentamiento entre la Corona y los barones. De hecho, a finales de la década de 1310, Eduardo había encontrado a un nuevo favorito, que resultaría aún más peligroso para los barones que Gaveston. Se trataba de Hugo Despenser el Joven, un hombre ambicioso que se había ganado la amistad del rey tras ser nombrado chambelán real en 1318. Desde entonces, tanto Despenser como su padre (Hugo Despenser el Viejo) fueron colmados de tierras y títulos, convirtiéndose rápidamente en dos de los hombres más poderosos del reino. La mayor parte de sus nuevas posesiones se encontraba en las Marcas Galesas, la inestable región fronteriza entre Inglaterra y Gales, lo que les granjeó la enemistad de los poderosos señores de las Marcas. Estos constituían un grupo de nobles ferozmente independientes que veían con creciente hostilidad cómo los Despenser extendían sus dominios. Entre los más destacados de ellos se encontraba el joven barón de Wigmore, Roger Mortimer. Mortimer había pasado gran parte de su juventud al servicio leal del rey y recientemente había derrotado una incursión escocesa en Irlanda. Sin embargo, al igual que muchos de sus pares, pronto quedó desencantado por el favoritismo que el rey mostraba hacia los Despenser. Además, el abuelo de Mortimer había dado muerte al abuelo de Despenser en combate, lo que llevó a Mortimer a temer que, si no actuaba, los Despenser acabarían buscando venganza.
En 1321, los señores de las Marcas decidieron golpear primero. Encabezaron una partida de hombres de armas que arrasó las tierras de los Despenser, matando, quemando y saqueando cuanto encontraba a su paso. Mortimer condujo una fuerza hasta las puertas de Londres, donde pronto se le unió el conde de Lancaster. Juntos exigieron que Eduardo II enviara al exilio a los odiados Despenser. El rey no tuvo más remedio que acceder. Sin embargo, apenas Mortimer y Lancaster disolvieron sus fuerzas, Eduardo dio marcha atrás. Hizo regresar a los Despenser a Inglaterra y de inmediato puso sitio al rebelde castillo de Leeds. Esto sembró el temor entre muchos de los rebeldes, que cambiaron de bando; sorprendido por el giro de los acontecimientos, Mortimer se vio obligado a rendirse ante el rey en Shrewsbury, en enero de 1322, y fue encarcelado en la Torre de Londres. Lancaster no tuvo la misma suerte: fue capturado tras la batalla de Boroughbridge y ejecutado, tratado prácticamente del mismo modo en que él había tratado a Gaveston una década antes. Tras aplastar la rebelión, Eduardo II no estaba dispuesto a mostrar clemencia. Decenas de barones rebeldes fueron ejecutados y sus cuerpos mutilados expuestos en horcas de exhibición frente a las principales ciudades del reino. Durante un tiempo, pareció que el poder de los barones ingleses había quedado aplastado para siempre. Entonces, en agosto de 1323, ocurrió lo impensable: Mortimer escapó de la Torre de Londres y huyó a Francia.
Dos amantes
los despenser habían convencido al rey de entregarles propiedades que pertenecían a isabel, privándola de buena parte de sus rentas.
Mortimer se dirigió a París, donde fue recibido en la corte del rey Carlos IV, hermano de Isabel. Durante los años siguientes permaneció allí exiliado, con la vista fija al otro lado del canal de la Mancha, esperando el momento de regresar a Inglaterra y poner fin al poder de los Despenser. Mientras tanto, en Inglaterra, Isabel también deseaba verlos caer. Si con Gaveston había aprendido a convivir, la influencia que los Despenser ejercían sobre su marido era mucho mayor y, a sus ojos, mucho más siniestra. Habían convencido al rey de entregarles propiedades que pertenecían legítimamente a la reina, privándola así de buena parte de sus rentas. También obtuvieron la custodia de sus hijos menores e incluso llegaron a poner en riesgo su propia vida. En 1322, cuando un ejército escocés invadió el norte de Inglaterra, Eduardo y los Despenser huyeron de Tynemouth y dejaron a Isabel atrás, obligándola a valerse por sí misma. Aunque salió ilesa, jamás les perdonó haber persuadido al rey de abandonarla. Con el tiempo, llegó a convencerse de que los Despenser no se conformaban con apartarla de la corte: querían deshacerse de ella para siempre y planeaban asesinarla. En 1325 viajó a Francia en una misión diplomática, acompañada por su hijo mayor, el príncipe Eduardo. Una vez bajo la protección de su hermano, tomó una decisión irrevocable: no volvería a Inglaterra mientras los Despenser conservaran el poder.
Durante su estancia en París, Isabel se rodeó de otros exiliados ingleses descontentos y, con toda probabilidad, mantuvo correspondencia con influyentes aliados en Inglaterra. Consiguió el apoyo del conde de Norfolk y también del nuevo conde de Lancaster, decidido a vengar el asesinato de su hermano. Pero entre los muchos exiliados con los que coincidió en Francia había uno muy especial: Roger Mortimer. Es probable que ambos ya se conocieran de antes del encarcelamiento de Mortimer. Lo que comenzó como una alianza política pronto se transformó en algo más. En diciembre de 1325, los rumores sobre su apasionado romance ya se habían extendido por toda Europa. De hecho, la pareja incluso comenzó a convivir y a dejarse ver junta en público, como si desafiara abiertamente al mundo con su adulterio. En cuestión de meses habían trazado un plan para invadir Inglaterra y desalojar definitivamente a los Despenser del poder. También lograron el respaldo del conde de Henao al concertar el matrimonio entre su hija Felipa y el príncipe Eduardo. Gracias a ello obtuvieron una base de operaciones en Flandes, desde donde pudieron reunir, abastecer y organizar un ejército compuesto por mercenarios y exiliados ingleses. Todo estuvo listo por fin en septiembre de 1326. Los rebeldes izaron las velas y pusieron rumbo a Inglaterra.
Tras abandonar el castillo del conde de Norfolk, el ejército de Isabel emprendió la marcha hacia el oeste, en dirección a Londres. Eduardo II se encontraba cenando en la Torre de Londres junto al joven Despenser cuando recibió la noticia de la invasión. «—¡Ay, ay! —exclamó el rey—. ¡Todos nos han traicionado!» (citado en Jones, 413). El 2 de octubre, él y Despenser huyeron de la ciudad y la dejaron a merced de la multitud. Poco después, los londinenses se alzaron en rebelión: capturaron a John Marshal, un estrecho aliado de los Despenser, y lo mataron. Cuando el obispo de Exeter intentó restablecer el orden, los amotinados lo arrancaron de su caballo y lo decapitaron con un cuchillo de pan. Después le enviaron la cabeza a Isabel como una macabra muestra de apoyo. Con la población de Londres de su lado, Isabel cabalgó hasta el castillo de Bristol, donde se había refugiado Hugo Despenser el Viejo. Tras un breve asedio, la fortaleza cayó en manos de las fuerzas de la reina y Despenser fue hecho prisionero. Isabel lo entregó al conde de Lancaster, quien ordenó descuartizarlo y arrojar sus restos a los perros.
Mientras el castillo de Bristol permanecía sitiado, Eduardo II y el joven Despenser intentaron embarcar rumbo a Irlanda. Sin embargo, los fuertes vientos les impidieron hacerse a la mar y se vieron obligados a buscar refugio en Gales. Isabel y Mortimer aprovecharon la ocasión para difundir una declaración en la que sostenían que, puesto que Eduardo II había intentado abandonar el reino, el joven príncipe Eduardo debía asumir el gobierno. El documento llevaba las firmas de los condes de Norfolk y Lancaster, además de las de algunos de los nobles más poderosos del reino. Quedaba claro que la rebelión ya no tenía como único objetivo apartar del poder a los Despenser: ahora también ponía en tela de juicio la capacidad de Eduardo II para seguir gobernando. El 26 de octubre, Eduardo II fue despojado de su autoridad y sus poderes pasaron oficialmente a su hijo de catorce años. En noviembre, Isabel y Mortimer llegaron a Hereford, en la frontera con Gales, desde donde enviaron al conde de Lancaster en busca del rey. Lancaster cumplió la misión y capturó tanto a Eduardo II como a Despenser cerca de la localidad galesa de Llantrisant, el 16 de noviembre. Mientras mantenía al rey bajo custodia, Despenser fue trasladado a Hereford, donde fue condenado a morir en la horca y, posteriormente, arrastrado y descuartizado. La rebelión había terminado. En Inglaterra estaba a punto de comenzar una nueva era.
El poder y la caída
Con la rebelión sofocada y los Despenser fuera de escena, Isabel y Mortimer se enfrentaban ahora a un problema mucho más delicado: ¿qué hacer con el rey? Aunque permanecía prisionero y había cedido gran parte de su autoridad a su hijo, Eduardo II seguía siendo el monarca de Inglaterra. Sin embargo, veinte años de un reinado convulso e impopular habían acabado por enemistarlo con la mayor parte de la nobleza. El 24 de enero de 1327 fue obligado a abdicar, y la Corona pasó a su hijo, proclamado rey con el nombre de Eduardo III. Pero el nuevo monarca apenas tenía catorce años, de modo que el gobierno quedó en manos de Isabel y Mortimer, que asumieron la regencia del reino. No tardaron en aprovechar su nueva posición para favorecerse a sí mismos y a sus partidarios. Mortimer acumuló tierras y títulos en las Marcas Galesas y recompensó generosamente a los señores que habían luchado a su lado. Isabel tampoco se quedó atrás: amplió sus dominios y echó mano del tesoro real siempre que lo creyó conveniente. En una ocasión retiró veinte mil libras alegando que debía saldar deudas contraídas en el extranjero. Aquella forma tan descarada de enriquecerse decepcionó profundamente a muchos de quienes los habían apoyado, convencidos de que traerían un gobierno más justo.
En septiembre de 1327, Eduardo II murió mientras permanecía recluido en el castillo de Berkeley. Oficialmente se afirmó que había fallecido por causas naturales; algunos incluso sostuvieron que había muerto de pena tras perder el trono. Sin embargo, no tardaron en circular rumores que señalaban a Isabel y Mortimer como responsables de aquella muerte tan oportuna. No existe ninguna prueba concluyente de que ordenaran asesinar al antiguo rey, pero tampoco cabe duda de que su desaparición les beneficiaba enormemente. Por ello, su posible implicación sigue siendo motivo de debate entre los historiadores. Tras la muerte de Eduardo II, las ambiciones de Mortimer dejaron de disimularse. En banquetes y torneos ocupaba siempre un lugar de mayor relevancia que Eduardo III, como si quisiera recordar a todos quién gobernaba realmente el reino. En 1328 dio un paso más al hacerse conceder el título de conde de March, una decisión que provocó un profundo malestar entre la nobleza. El primero en romper lazos abiertamente con Isabel y Mortimer fue Enrique, conde de Lancaster. Marginado del poder, acusó al joven rey de haber quebrantado tanto la Carta Magna como el juramento prestado en su coronación por dejarse guiar por los perversos consejos de Mortimer. A lo largo de 1329, el espectro de una nueva guerra civil volvió a cernirse sobre Inglaterra.
El enfrentamiento con Lancaster hizo que Mortimer se volviera cada vez más desconfiado. Sus sospechas recayeron especialmente sobre Edmundo, conde de Kent, quien había apoyado a Isabel y a Mortimer durante la rebelión, pero era también medio hermano de Eduardo II. En marzo de 1330, Mortimer tuvo noticias de que Kent podía estar implicado en una conspiración contra él. En lugar de investigar las acusaciones, ordenó arrestarlo por traición y hacerlo decapitar. Aquella última muestra de despotismo colmó la paciencia de muchos en el reino, incluido el propio Eduardo III. Con diecisiete años, el joven rey estaba decidido a sacudirse de una vez por todas el yugo de la regencia. La noche del 19 de octubre de 1330, acompañado por veintidós hombres de confianza, entró en el castillo de Nottingham —donde se alojaban Mortimer e Isabel— a través de un pasadizo secreto. Allí capturaron a Mortimer y se lo llevaron, mientras Isabel contemplaba la escena y, según se cuenta, suplicaba a su hijo: «¡Ten piedad del buen Mortimer!» (citado en Weir, 353). Pero la única clemencia que Eduardo III estuvo dispuesto a concederle fue librarlo del suplicio reservado a los traidores: ser arrastrado y descuartizado. El 29 de noviembre de 1330, Mortimer fue ahorcado en Tyburn. A partir de entonces, Eduardo III gobernó por derecho propio. Isabel se retiró de la vida política y pasó sus últimos años apartada de la corte, hasta su muerte en el castillo de Hertford, en agosto de 1358. Con ella llegaba a su fin uno de los episodios más dramáticos de la Inglaterra medieval: una historia de traición, ambición y amor.
Harrison Mark es un investigador histórico y escritor para World History Encyclopedia. Se graduó de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Oswego, donde estudió Historia y Ciencias Políticas.
Escrito por Harrison W. Mark, publicado el 06 mayo 2026. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.