Baile de los ardientes

Cuando la decadencia se volvió mortal
Harrison W. Mark
por , traducido por Catalina Lucero
publicado el
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Se suponía que solo iba a ser otro baile de máscaras. La tarde del 28 de enero de 1393, los sirvientes corrieron por los pasillos del Hotel Saint-Pol de París, haciendo los últimos arreglos para lo que se esperaba ser una tarde de diversión y jolgorio. Había grandes cantidades de comida, los músicos preparaban sus instrumentos y, en una habitación continua, a seis nobles jóvenes les estaban poniendo ajustados trajes de fibra y tela de lino, para asemejar a los salvajes de bosque de la leyenda de cuentos de hadas. Iban a ser el centro de atención del entretenimiento de esa noche; con sus identidades ocultas tras máscaras, iban a brincar y aullar ante la multitud de invitados, que intentarían adivinar quiénes eran. Mientras los seis bailarines charlaban y bromeaban entre ellos, los primeros invitados comenzaban a entrar en el salón de baile. Nadie podía presagiar que una noche que debía estar llena de risas y diversión acabaría en llamas y muerte, y que también empeoraría el frágil estado mental del rey.

Ball of the Burning Men
Baile de los ardientes Phillipe de Mazerolle (Public Domain)

Un rey, una viuda y una fiesta

Uno de esos seis jóvenes que vestía el traje de lino era el rey. Carlos VI de Francia había tenido un año agotador. Apenas seis meses atrás, sufrió un ataque de psicosis en los bosques de Le Mans, que lo llevó a matar a cuatro de sus propios caballeros en una furia ciega. Después de haber sido tranquilizado, estuvo en coma por cuatro días, pero los rumores decían que había sido envenenado o que era víctima de brujería. Cuando el rey se despertó, recuperó sus facultades mentales e inmediatamente expresó su pesar por lo que había hecho. Buscó el perdón de Dios asistiendo a misa y confesándose antes de retirarse a su castillo en Creil, donde esperaba que el aire fresco pudiera mejorar su salud. En su ausencia, varios cortesanos de gran poder revoloteaban el trono como buitres, listos para arrebatar el asiento dominante en el Consejo de la Regencia si la condición del rey empeoraba. Afortunadamente, Carlos VI regresó a París antes de fin de año, listo para asumir su rol. Sin embargo, sus doctores aún estaban preocupados por su salud y le recomendaron que no asumiera ninguna tarea que pudiera inducirle mucho estrés y provocar otro colapso mental.

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La reina Isabel sugirió que su esposo fuera uno de los bailarines. Sin duda, le vendría bien divertirse y podría divertir al resto de los invitados.

La reina Isabel de Bavaria, esposa del rey, decidió organizar un baile de máscaras en beneficio del rey antes de la Fiesta de la Candelaria. En teoría, la fiesta era una celebración del tercer matrimonio de una de sus damas de compañía, Catherine de Fastaverin, con un caballero de la corte del rey. Que una viuda se volviera a casar era tradicionalmente un motivo de burla y travesuras y, como Catherine había enviudado dos veces, esto le aplicaba por partida doble. Por lo que la reina Isabel y sus amigos decidieron dar un charivari, la fiesta medieval más escandalosa, que a menudo se caracterizaba por disfraces divertidos, bailes desenfrenados y música estridente y discordante. La reina sabía que el evento principal de la noche tenía que ser algo espectacular, por lo que recurrió a alguien que solo sabía pensar en términos espectaculares. Se trataba de Huguet de Guisay, un joven cortesano que había desarrollado una reputación como bromista e inventor de planes maliciosos. Mujeriego empedernido y fiestero profesional, Huguet solía llevar a veces sus juergas al extremo; disfrutaba sádicamente en humillar y golpear a sirvientes, a quienes llamaba perros y les pegaba con la punta plana de su espada. Si a un sirviente le desagradaba, Huguet lo haría acostarse en el suelo y golpearlo con espuelas gruñendo «¡ladra, perro!» en respuesta a los aullidos de dolor del pobre hombre.

Fue este noble desagradable el que sugirió que el espectáculo principal de la tarde fueran seis bailarines vestidos como hombres salvajes o salvajes del bosque. La elección de «salvajes del bosque» como disfraz fue en sí misma bastante provocativa, dado que, en la Europa medieval, los salvajes del bosque eran figuras míticas que vivían fuera de la gracia de Dios. Normalmente se representaban como asquerosos brutos peludos que vivían en la oscuridad de los bosques lejos de la civilización, carentes de almas o emociones humanas. Bailaban al rededor de una fogata, conjurando demonios y otros espíritus malignos. Era este el ritual de invocación de demonios el que Huguet esperaba imitar esa noche. Pensó que el uso de salvajes paganos sería la manera perfecta de bromear con la futura novia, ya que volver a casarse se consideraba sacrilegio. El hecho de que el baile fuese a hacer que algunos funcionarios eclesiásticos puritanos se retorcieran, para Huguet era un beneficio adicional. La reina Isabel aceptó con entusiasmo la idea y sugirió que su esposo fuera uno de los bailarines; sin duda le vendría bien divertirse, y al resto de los invitados les podría hacer gracia saber que el rey había sido uno de los hombres salvajes que bailaban ante ellos.

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Charles VI of France, the Mad King
Carlos VI de Francia, el rey loco Gillot Saint-Evre (Public Domain)

Así fue como, en aquella fatídica noche, embutieron al rey Carlos VI en un traje bañado en resina para dar una apariencia de «desgreñado y peludo de la cabeza a los pies». Los otros bailarines eran todos jóvenes y amigos del rey. Huguet de Guisay era uno de ellos, al igual que Sieur de Nantouillet, Comte de Joigny, Aimery de Poitiers e Yvain de Fox, el hijo bastardo de Comte de Foix. Los trajes eran altamente inflamables, por lo que las antorchas debían colocarse en apliques de la pared del salón de baile, lejos de donde estarían los bailarines. La reina y sus amigos hicieron todo lo posible por advertir a los invitados que no llevaran antorchas ni acercaran llamas a los bailarines. Una vez que estaba todo listo, los músicos comenzaron a tocar su música estridente y los invitados empezaron a abarrotar el salón. Los bailarines intercambiaron una última mirada pícara, se pusieron las máscaras y entraron a la fiesta uno tras otro.

Los hombres en llamas

Los seis hombres salvajes entraron en la habitación bailando frente a los invitados haciendo gestos obscenos. La habitación se llenó de risa, mezclándose con la extraña y discordante música. En ese momento, uno de los hombres salvajes se acercó a la quinceañera duquesa de Berry, quien, para su sorpresa, reconoció al rey. Excepto por ella y la reina, nadie más parecía notar que el rey se encontraba dentro del grupo de salvajes que bailaban en un gran círculo, deteniéndose de vez en cuando para aullar como lobos. Fue en ese momento cuando dos jóvenes nobles entraron a tropezones al salón. Uno era Luis I de Valois, duque de Orleans, hermano menor del rey, de 20 años. El otro era su amigo Philippe de Bar. Los dos jóvenes habían pasado las últimas horas bebiendo en otra parte del palacio. Por la manera en que entraron tambaleándose, era claro que se encontraban ebrios. Cualquier invitado no enfocado en el espectáculo habría notado que la habitación se iluminó cuando entraron los jóvenes, ya que ambos llevaban antorchas.

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Huguet de Guisay, el instigador de todo el asunto, fue el último en morir tras sobrevivir tres dolorosos días antes de expirar.

Riendo, Luis de Orleans se acercó a uno de los bailarines y le tendió su antorcha, esperando poder ver el rostro de este hombre. Al hacerlo, varias chispas cayeron de la antorcha y aterrizaron en el traje del bailarín y este al instante se incendió. Sus gritos eran apenas audibles por el estruendo de la música, mientras las llamas devoraban con avidez la cera resinosa que cubría su disfraz, consumiéndolo completamente. Las llamas no tardaron en expandirse, quemando a otro bailarín y luego a otro. Cuando los invitados se dieron cuenta de la situación, comenzaron a gritar y a entrar en pánico, dándose codazos tratando de escapar de los hombres en llamas que se retorcían ante ellos. La reina Isabel, sin saber cuál de los bailarines era su esposo, lanzó un grito agudo antes de desmayarse. Por suerte, la joven duquesa de Berry actuó rápidamente y cubrió al rey con sus largas faldas, protegiéndolo de las llamas. Lo más probable es que este acto le salvara la vida. Otro de los bailarines, Sieur de Nantouillet, se incendió, pero saltó a un enfriador de vinos que estaba lleno de agua y así él también se salvó.

Los otros cuatro hombres no tuvieron la misma suerte. Gritaron y gritaron mientras las llamas consumían sus disfraces sobre su piel. Un cronista describió de manera macabra cómo sus genitales en llamas se cayeron al suelo, soltando un chorro de sangre. Varios invitados les prestaron ayuda, sufriendo quemaduras mientras intentaban extinguir las llamas. Al final lo lograron, pero era demasiado tarde. Comte de Joigny había muerto, quemado hasta convertirse en cenizas en el suelo del salón de baile. Yvain de Foix y Aimery de Poitiers agonizaron por dos días antes de que ambos sucumbieran a sus heridas. Huguet de Guisay, el instigador de todo el asunto, fue el último en morir tras sobrevivir tres dolorosos días antes de expirar. Pasó sus últimas horas maldiciendo a sus compañeros bailarines, ambos vivos y muertos. A pesar de su horrible muerte, la gente no olvidó la crueldad de Huguet; cuando su ataúd fue llevado por las calles de París, vitorearon y se despidieron con gritos burlones como «¡ladra, perro, ladra!».

Bal des Ardents
Bal des Ardents Chronicles of Jean Froissart (Public Domain)

Las consecuencias

En los días siguientes, la noticia de la tragedia se esparció por toda Francia. Ocurrió en un momento donde el reino no se encontraba en una posición estable. Los últimos años habían sido testigos de regentes corruptos, revueltas fiscales y el acercamiento del rey hacia la locura, mientras que, al otro lado del canal de la Mancha, Inglaterra observaba y esperaba la oportunidad de terminar la sangrienta labor de la guerra de los Cien Años aún en curso. Así que, cuando el pueblo francés se enteró de la tragedia, que pronto se conocería como el Bal des Ardents o «Baile de los ardientes», se enfadaron con razón, creyendo que la vida de su rey había sido puesta en peligro sin motivo alguno. Todo el asunto parecía ejemplificar la decadencia y extravagancia innecesarias de la vida cortesana. Para apaciguar este descontento, el rey se dirigió solemnemente a la catedral de Notre Dame con sus tíos caminando piadosamente detrás de él. Luis de Orleans, joven imprudente al que se le culpaba del desastre, buscó la absolución donando grandes sumas de dinero para la construcción de un monasterio celestino. Pero ese dinero se lo había regalado el rey, lo que llevó a un historiador a preguntarse exactamente de quién era el alma que se estaba absolviendo.

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En los siguientes meses, las quejas de la disidencia comenzaron a disminuir y los sobrevivientes siguieron con sus vidas lo mejor que pudieron después del traumático accidente. En cambio, el rey nunca fue capaz de seguir adelante. Con una salud mental precaria, la experiencia cercana a la muerte solo aceleró su futuro ataque psicótico, el cual duró siete meses. Olvidó quién era, incapaz de recordar que era el rey o siquiera que se llamaba Carlos. Incapaz de reconocer a su esposa, arrancaba con terror cada vez que ella se le acercaba, gritando: «¿Quién es esta mujer, cuya vista me atormenta?»

The Madness of Charles VI
La locura de Carlos VI François-Auguste Biard (Public Domain)

Sus crisis mentales se volvieron cada vez más frecuentes y peligrosas. En una ocasión, creyó que estaba hecho de cristal. La locura del rey llevó al reino al caos y, a la larga, desencadenó una guerra civil entre diversas facciones que luchaban por el control del Consejo de la Regencia. El baile de los ardientes, aunque fue un trágico accidente en sí, marcó un momento decisivo para la Francia medieval, allanando el camino para la inestabilidad que llevaría a la guerra civil y, finalmente, a la invasión del rey Enrique V de Inglaterra, quien aprovecharía el estado mental de Carlos y cambiaría el curso de la guerra de los Cien Años en un lugar llamado Azincourt.

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Bibliografía

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Sobre el traductor

Catalina Lucero
Licenciada en Lengua Inglesa y egresada de Traducción e Interpretación bilingüe. Mis intereses principales son los idiomas, la evolución de la traducción, el arte, el cine y la subtitulación.

Sobre el autor

Harrison W. Mark
Harrison Mark es historiador y escritor en World History Encyclopedia. Se graduó de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Oswego, donde estudió historia y ciencias políticas.

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Mark, H. W. (2026, enero 19). Baile de los ardientes: Cuando la decadencia se volvió mortal. (C. Lucero, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2797/baile-de-los-ardientes/

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Mark, Harrison W.. "Baile de los ardientes: Cuando la decadencia se volvió mortal." Traducido por Catalina Lucero. World History Encyclopedia, enero 19, 2026. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2797/baile-de-los-ardientes/.

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Mark, Harrison W.. "Baile de los ardientes: Cuando la decadencia se volvió mortal." Traducido por Catalina Lucero. World History Encyclopedia, 19 ene 2026, https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2797/baile-de-los-ardientes/.

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