Un grupo de generales alemanes intentó asesinar al líder de la Alemania nazi, Adolf Hitler (1889-1945), con una bomba el 20 de julio de 1944, pero fracasaron. Los conspiradores estaban en contra de la manera en que Hitler estaba llevando la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y del nazismo en general. Querían una rendición honorable mientras aún hubiera posibilidades de salvar a Alemania de la destrucción.
Hitler resultó herido por la bomba que colocó Claus von Stauffenberg (1907-1944), pero sobrevivió para ordenar represalias brutales contra cualquier persona mínimamente relacionada con el complot. La Gestapo, la policía secreta nazi, llamó a estos conspiradores los Schwarze Kapelle («Orquesta Negra»). Entre ellos figuraban altos mandos militares, diplomáticos y aristócratas que esperaban dar un golpe de Estado tras la muerte de Hitler. Persiguieron a los conspiradores, y a varios miles los torturaron y ejecutaron de forma brutal.
Adolf Hitler fue el dictador absoluto de la Alemania nazi y el comandante supremo de todas las fuerzas armadas alemanas. Además, todo el personal de las fuerzas armadas tuvo que jurarle lealtad personalmente. Alemania había comenzado la Segunda Guerra Mundial con una serie de victorias, entre ellas la caída de Francia en 1940. Sin embargo, a partir de 1942, los Aliados empezaron a tomar la delantera. Como líder militar, Hitler demostró ser incapaz de valorar las consecuencias estratégicas de sus decisiones. La Operación Barbarroja (el ataque a la URSS) resultó un fracaso por muchas razones, pero la persistencia de Hitler en imponerse a sus generales, como cuando ordenó detener el avance hacia Moscú y su insistencia en que el ejército luchara hasta la muerte en la batalla de Stalingrado, no ayudó. Desconfiado de los expertos, Hitler creía que sus generales eran demasiado pesimistas, por lo que se convirtió en el Feldherr o comandante de los ejércitos alemanes en el frente. También fue en 1942 cuando la campaña del norte de África se deterioró gravemente tras la derrota en la segunda batalla de El Alamein (octubre-noviembre de 1942). Sin embargo, Hitler siguió entrometiéndose en asuntos militares y destituyó a generales a su antojo. Incluso si no hubiera sido estratégicamente inepto, el enorme volumen de trabajo que se imponía a sí mismo al negarse a delegarlo a otros hacía que sus decisiones no se basaran en un análisis detallado de ninguna situación militar concreta.
Los desembarcos del Día D en Normandía, en junio de 1944, abrieron por fin un segundo frente y Alemania se vio atrapada entre los dos ejércitos de los Aliados. A muchos de los principales generales de Alemania les parecía que la guerra ya estaba perdida y que sería mejor rendirse con honor ahora, antes de que invadiesen a la propia Alemania. Esta no era una opción para Hitler, por lo que un grupo de generales decidió tomar las riendas de la situación.
Los conspiradores fueron un grupo heterogéneo de aristócratas, diplomáticos y altos mandos militares, todos unidos por la convicción de que prolongar la guerra solo costaría muchas más vidas y, posiblemente, la destrucción total de Alemania. Casi todos estos hombres eran protestantes devotos que aborrecían el nazismo. Muchos ya se habían involucrado en la conspiración del ejército para derrocar a Hitler durante la crisis checoslovaca de 1938, pero cuando los Acuerdos de Múnich recompensaron el farol de Hitler con la adquisición pacífica de los Sudetes checos, los generales se echaron atrás. Cuatro años después, se volvieron a hacer gestiones para intentar eludir a Hitler y negociar el fin de la guerra. Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), teólogo, se acercó a los Aliados en Estocolmo con un plan de paz en mayo de 1942. Los conspiradores fueron ingenuos en sus planteamientos, al considerar, por ejemplo, que debía mantenerse la unión con Austria (Anschluss) y que Alemania debía conservar territorios como partes de Polonia. Los Aliados, que ya sospechaban que tal maniobra podría ser una trampa nazi, rechazaron las condiciones de Bonhoeffer. Sin embargo, los conspiradores siguieron barajando la idea de que Alemania pudiera conservar algunas de sus adquisiciones territoriales ilícitas si se presentaban como un baluarte contra el comunismo.
Había muchos POSIBLES simpatizantes de la causa, aunque algunos estaban en contra de la idea de matar a Hitler.
El coronel Claus von Stauffenberg dirigía a los conspiradores de 1944 en lo que respecta a la ejecución del plan de asesinato. Sin embargo, detrás de él había un gran grupo de personalidades de mucho mayor rango. El elegido como sustituto para reemplazar a Hitler tras el atentado fue el general Ludwig Beck (1880-1944), un antinazi que había dimitido en 1938 cuando Hitler reveló sus planes de ocupar Checoslovaquia. Otra figura clave fue Ulrich von Hassell (1881-1944), embajador de Alemania en Italia entre 1932 y 1938. Tanto Hassell como el exalcalde de Leipzig, Carl Goerdeler (1884-1945), que estaba destinado a convertirse en canciller tras la muerte de Hitler, desempeñaron un papel fundamental en la captación de nuevos miembros para la conspiración. Viajaron por toda Europa para reunirse en persona con posibles simpatizantes y explicarles sus ambiciosos planes para un golpe de Estado y una rendición negociada. El mariscal de campo Erwin von Witzleben (1881-1944) fue un conspirador antinazi durante mucho tiempo y debía asumir el mando de las fuerzas armadas alemanas tras la muerte de Hitler.
Otros nombres destacados a favor de la conspiración fueron el almirante Wilhelm Canaris (1887-1945) y el teniente general Hans Oster (1888-1945), jefe y subdirector, respectivamente, de la Abwehr, la organización de inteligencia militar alemana. Oster, entre otras actividades subversivas contra el régimen nazi, ayudó a judíos a escapar del Holocausto, por lo que lo suspendieron de su cargo en abril de 1943. El general Henning von Tresckow (1901-1944) formaba parte del plan, ya que llevaba conspirando para matar a Hitler desde 1939.
Había muchos posibles simpatizantes de la causa, aunque algunos estaban en contra de la idea de matar a Hitler y solo querían arrestarlo. Los conspiradores consideraban que esto no era suficiente, ya que otros nazis seguramente intentarían liberar al Führer. Había otras personas que simpatizaban con la causa, pero que no querían implicarse personalmente, como Helmuth von Moltke (1907-1945), descendiente del mariscal de campo prusiano con el mismo nombre. Moltke tenía razón al ser cauteloso, puesto que incluso su relación incipiente con los conspiradores fue descubierta por la Gestapo, y lo ahorcaron por ello. Por último, muchos generales en activo rechazaron de plano los acercamientos de los conspiradores, hombres como los mariscales de campo Gerd von Rundstedt (1875-1953) y Erich von Manstein (1887-1973), que les recordaron que, como oficiales del ejército, todos habían jurado lealtad a Hitler.
El plan: Valquiria
Stauffenberg fue el catalizador para que todos estos nobles sentimientos acabaran convirtiéndose en una especie de plan práctico. El conde presentaba un aspecto llamativo tras las heridas sufridas después de la batalla del paso de Kasserine (1943) en la campaña del norte de África: había perdido la mano derecha y el antebrazo, dos dedos de la mano izquierda y llevaba un parche sobre su ojo izquierdo, ahora ciego. El joven oficial se convirtió en uno de los favoritos de Hitler, como señala el ministro de armamento Albert Speer (1905-1981): «El propio Hitler me instaba de vez en cuando a trabajar estrechamente y de forma confidencial con Stauffenberg... A pesar de sus heridas de guerra... Stauffenberg había conservado un encanto juvenil; era curiosamente poético...». (Speer, 509).
El plan de Stauffenberg consistía en matar a Hitler utilizando una bomba que él mismo llevaría a la zona objetivo, mientras que en otros lugares el ejército regular neutralizaría a las SS (la organización nazi rival del ejército) y a la Gestapo, y se establecería un nuevo Gobierno en Berlín. Elegir el momento oportuno era crucial, ya que el golpe debía lograr sus objetivos antes de que los altos mandos nazis pudieran reaccionar. A la operación se le dio un nombre en clave: Valquiria, la guerrera con lanza de la mitología nórdica que decide el destino de los guerreros en la batalla. Si los jefes del ejército oían esta palabra clave desde Berlín, sabrían qué hacer. Para cubrir sus huellas, los conspiradores le dieron a la Operación Valquiria un barniz de respetabilidad al vincularla a medidas de emergencia estándar en caso de que surgiera una situación que amenazara al Estado.
El quid de todo el plan era colocar un artefacto explosivo cerca de Hitler, un dictador ya de por sí muy suspicaz, incluso paranoico. Stauffenberg tenía dos ventajas, aparte de su valentía personal. Por un lado, sus graves heridas hacían poco probable que los guardaespaldas de Hitler lo registraran. Y, por otro, tenía acceso directo a Hitler en su calidad de jefe del Estado Mayor del Ejército de Reserva. Stauffenberg eligió el lugar donde se llevaría a cabo el atentado: el aislado cuartel general de Hitler, conocido como la Guarida del Lobo (Wolfsschanze), que se encontraba en las profundidades de los bosques de Prusia Oriental.
Stauffenberg esperaba ansioso fuera mientras los minutos pasaban. Eran, aproximadamente, las doce y cuarenta y cinco de la tarde.
Stauffenberg llenó un maletín con un kilogramo (2,2 libras) de explosivo plástico y le colocó un temporizador que haría estallar la bomba diez minutos después de su activación. La bomba era, como no podía ser de otra manera, un artefacto de fabricación británica que habían capturado. Stauffenberg tuvo que cancelar su plan tres veces, pero la cuarta vez tuvo suerte, el 20 de julio. Ese día se produjo un eclipse solar total, pero, si era un presagio de lo que estaba por venir, ¿quién iba a eclipsar a quién? Esa mañana, Hitler estaba celebrando su habitual reunión en una sala con una sola mesa grande, sobre la que se extendían y consultaban los mapas. La conferencia se celebró en una cabaña porque el lugar habitual, una sala subterránea, estaba en obras (aunque el historiador W. L. Shirer sostiene que esa sala búnker solo se utilizaba durante los ataques aéreos). Hitler llamó a Stauffenberg a la sala antes de lo previsto, por lo que no tuvo tiempo de añadir un segundo kilogramo de explosivo al maletín, como había planeado. Stauffenberg programó el temporizador y colocó su maletín mortífero bajo el centro de la mesa de conferencias, donde Hitler caminaba de un lado a otro. A continuación, se retiró con la excusa de que tenía que hacer una llamada. Por un capricho del destino, un hombre que se encontraba en la abarrotada sala, el coronel Brandt, golpeó con la bota el maletín y lo desplazó más abajo.
Stauffenberg esperaba ansioso fuera mientras los minutos pasaban. Eran, aproximadamente, las doce y cuarenta y cinco de la tarde. Una tremenda explosión rompió el tranquilo aire del bosque. Las llamas se alzaron y varios hombres salieron despedidos por las ventanas de la cabaña. Sin duda, Hitler estaba muerto. Según lo previsto, otro conspirador presente en el lugar, el general Erich von Fellgiebel (1886-1944), procedió a cortar todas las líneas de comunicación hacia la Guarida del Lobo. Stauffenberg abandonó el recinto y voló a Berlín en un avión que le esperaba para supervisar la siguiente fase de la Operación Valquiria.
La cabaña había quedado destrozada, pero entre los escombros se tambaleaban varios supervivientes, entre ellos Hitler, con el pelo en llamas y los pantalones hechos jirones. El dictador sufrió una parálisis temporal en el brazo derecho y daños auditivos, cuya consecuencia permanente fue la falta de equilibrio durante el resto de su vida. El hecho de que la bomba hubiera estallado en una cabaña y no bajo tierra, además de estar colocada debajo de una pesada mesa de roble, redujo considerablemente su impacto. Sin embargo, cuatro miembros del personal de Hitler murieron en el acto o fallecieron más tarde a causa de sus heridas: Brandt, el general Schmundt, el general Korten y un taquígrafo. Varios más resultaron gravemente heridos.
La Operación Valquiria había fracasado en su objetivo principal, pero pronto empezaron a torcerse otras cosas. Fellgiebel no consiguió cortar todas las comunicaciones de la Guarida del Lobo, un error crucial que permitió a los partidarios de Hitler saber que el Führer seguía vivo. Tampoco se hicieron con el control de las comunicaciones en Berlín ni de las emisoras de radio. En la capital, los conspiradores estaban divididos sobre cómo proceder, ya que el mensaje de Fellgiebel había llegado distorsionado y no estaban seguros de que la bomba hubiera matado a Hitler. Stauffenberg asistió a una reunión en el Ministerio de Guerra y, finalmente, se enviaron órdenes a otras ciudades para que la Operación Valquiria siguiera en marcha. Sin embargo, sin la certeza de que Hitler estuviese muerto, nadie llevó a cabo el plan en serio, excepto en París, donde el general Carl-Heinrich von Stülpnagel (1886-1945) detuvo brevemente a altos cargos de las SS. Cuando llegó el momento crucial, los conspiradores no habían obtenido un apoyo tan generalizado para su golpe de Estado como pensaban.
¿Te gusta la historia?
¡Suscríbete a nuestro boletín electrónico semanal gratuito!
En Berlín, el batallón de guardias Grossdeutschland, bajo el mando del conspirador y comandante Otto-Ernst Remer (1912-1997), debía movilizarse y aportar al golpe cierto poder militar en la capital, mientras que el Ejército de Reserva se movilizaba en otros lugares. Los conspiradores ordenaron a Remer que arrestara al ministro de Propaganda, Joseph Goebbels (1897-1945), pero Goebbels convenció a Remer de la insensatez de sus acciones ahora que se sabía que Hitler había sobrevivido. Goebbels insistió en que el dubitativo Remer hablara con el Führer por teléfono, una conversación que terminó con el ascenso inmediato de Remer al rango de coronel. En esos pocos minutos, el golpe de Estado había fracasado.
Remer, a quien Hitler había encargado todas las cuestiones militares en Berlín, regresó al Ministerio de Guerra y arrestó a los conspiradores que aún se encontraban allí. Algunos conspiradores astutos, como el general Friedrich Fromm (1888-1945), intentaron engañar y afirmar que no tenían nada que ver con el golpe. Para que su afirmación resultara más convincente, Fromm incluso ordenó la ejecución de varios compañeros conspiradores. Mientras tanto, la noche del día 20, Goebbels anunció por la radio que se había producido un atentado contra la vida de Hitler, pero que el Führer ya había vuelto al trabajo y que se había procedido a la detención de los traidores implicados. El propio Hitler se dirigió a la nación a través de una emisión de radio a la una de la madrugada del 21 de julio. Aseguró al pueblo alemán que se encontraba bien y que los conspiradores pagarían por su acto criminal.
El público se quedó conmocionado por estos acontecimientos, ya que, como señaló el general Heinz Guderian (1888-1954), «la gran mayoría del pueblo alemán seguía creyendo en Adolf Hitler y habría estado convencida de que, con su muerte, el asesino había eliminado al único hombre que aún podría haber sido capaz de llevar la guerra a un desenlace favorable» (Shirer, 1082).
La milagrosa supervivencia de Hitler le convenció más que nunca de que la providencia estaba de su lado. También le convenció de que la traición en el ejército era el verdadero motivo de las derrotas de Alemania en la guerra. Hitler estaba decidido a vengarse de los conspiradores. A Stauffenberg, bajo las órdenes de Fromm, lo fusiló un pelotón de ejecución la noche del intento de asesinato. Momentos antes de morir, el conde gritó: «¡Viva la Alemania libre!» (Boatner, 536). A los demás los trataron de forma más metódica, ya que Heinrich Himmler (1900-1945), jefe de las SS, entró en acción con entusiasmo.
La Gestapo llamó Schwarze Kapelle (Orquesta Negra) al grupo al que consideraba responsable de la conspiración. Hitler insistió en que se arrestara, interrogara y, en muchos casos, ejecutara a cualquier persona relacionada con la conspiración. Sin duda, los conspiradores se vieron defraudados por su evidente falta de seguridad interna. Muchos miembros de la Orquesta Negra habían utilizado, de forma imprudente, líneas telefónicas nada seguras, habían registrado conversaciones en diarios y habían llevado registros de nombres y direcciones relevantes para el grupo, incluso una lista de quién iba a ocupar qué puestos en el futuro Gobierno. A la mayoría los detuvieron con bastante facilidad, sobre todo porque la Gestapo se había infiltrado en los distintos grupos conspiradores mucho antes del intento de la Operación Valquiria. Incluso detuvieron a los hijos de los conspiradores. Durante el año siguiente, la Gestapo y las SS siguieron deteniendo a miles de personas más. Querían asegurarse de que cualquiera que tuviera el más remoto vínculo con la conspiración pagara el precio por su traición y, al mismo tiempo, aprovecharon para deshacerse de viejos enemigos.
El general Beck intentó suicidarse, pero no lo consiguió, por lo que fue necesario que un compañero le disparara en el cuello. El general Stülpnagel también intentó suicidarse sin éxito. Más tarde, lo ahorcaron. Tresckow no se arriesgó y se hizo volar por los aires con una granada de mano. Los conspiradores detenidos eran, a menudo, torturados para obtener información o, simplemente, para el placer de sus sádicos captores. Se celebraron juicios-espectáculo en el llamado Tribunal del Pueblo, una institución presidida por el intransigente Roland Friesler (1893-1945). Durante sus breves juicios, no se permitió a los acusados defenderse con dignidad ni vestir de forma adecuada. A Witzleben incluso le confiscaron su dentadura postiza.
A él y a otros ocho conspiradores clave los ahorcaron en agosto de 1944. A Goerdeler, en febrero de 1945. A Bonhoeffer, Canaris (al que primero golpearon de forma brutal) y Oster los ejecutaron el abril siguiente. Más tarde, un oficial de las SS informó de que Canaris había tardado 30 minutos en morir. Al general von Fellgiebel lo ejecutaron en septiembre, tras soportar tres semanas de tortura. A Hassell lo ahorcaron ese mismo mes. Incluso al general Fromm, que había cambiado de bando en el último momento, lo detuvieron, torturaron y ejecutaron. La mayoría de los ahorcamientos no eran ahorcamientos en el sentido más estricto de la palabra. Más bien, colgaban a las víctimas del techo con alambre de piano y ganchos para carne. Hitler insistió en que se grabaran en vídeo y en audio las espantosas muertes de los conspiradores, para poder ver más tarde los resultados de su terrible venganza. Las películas eran tan espantosas que Hitler tuvo que renunciar a su idea de hacerlas públicas.
Las consecuencias de la Operación Valquiria se prolongaron durante muchos meses. Una de las víctimas más destacadas fue el mariscal de campo Erwin Rommel (1891-1944), el comandante más célebre de Alemania, que no tenía más que vínculos lejanos con la conspiración, pero que se vio implicado cuando Stülpnagel, delirante, lo mencionó. Rommel se vio obligado a quitarse la vida para proteger a su familia y evitar un juicio-farsa que perjudicase su reputación y que, de todas formas, lo habría declarado culpable y condenado a muerte.
Hitler nunca volvió a confiar en ninguno de sus generales y se aseguró de tener siempre a su lado a un guardaespaldas de las SS. Las detenciones, los juicios, las ejecuciones y las deportaciones a campos de concentración relacionadas con la conspiración de 1944 aún se estaban llevando a cabo cuando los Aliados se acercaron a Berlín en 1945. Hubo cierta justicia poética en el hecho de que al Tribunal del Pueblo lo alcanzara una bomba durante un bombardeo estadounidense en febrero, lo que provocó la caída de una viga que mató al juez Friesler. En abril de 1945, Hitler ya no podía evitar su destino y se suicidó cuando el Ejército Rojo de la URSS se acercaba a su búnker de Berlín.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentran el arte, la arquitectura y el descubrimiento de ideas que se extienden a todas las civilizaciones.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 06 diciembre 2024. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.