Las iglesias medievales inglesas diferían en tamaño y diseño. En la determinación de esta diversidad intervinieron la función original que cumplían, la forma en que esta evolucionó, la disponibilidad de recursos económicos y materiales, y las tendencias arquitectónicas de cada época. Sin embargo, su apariencia definitiva fue el resultado de una constante relación simbiótica entre su función como centro de culto y cuestiones prácticas. El empleo de la piedra en la construcción de edificios se consolidó entre los siglos X y XV, período en que se produjo un auge en la erección de iglesias.
Las razones terrenales directas que dieron lugar a la diversidad fueron las mismas que actuaron en la construcción de todo tipo de edificaciones, fueran casas, castillos u otras instalaciones. La variedad dependía del propósito original de la iglesia y de la disponibilidad de recursos financieros y materiales con que contaban los constructores originales, o los propietarios que más adelante decidieran ampliarlas y embellecerlas.
Las comunidades más pobres erigieron iglesias sencillas con medios y materiales que estaban al alcance de los miembros del asentamiento, o que podían adquirir en lugares cercanos mediante sus propias técnicas y esfuerzos. En cambio, los patrocinadores acaudalados contaban con los recursos monetarios y la autoridad para ejecutar los más lujosos proyectos que pudieran concebir. Podían transportar materiales desde fuentes lejanas, emplear los mejores maestros de obra y tecnologías, y contratar a los albañiles, herreros, carpinteros, pintores y vidrieros más destacados de la época.
Los mecenas importantes patrocinaban grandiosos proyectos dirigidos a construir influyentes centros eclesiásticos, académicos y administrativos.
Las aldeas y los pequeños propietarios de tierras que deseaban contar al menos con un lugar humilde para expresar su fe, podían erigir edificaciones sencillas que servían como dependencias de las iglesias y monasterios principales. Estos modestos sitios funcionaban como centros donde se transmitían los ciclos devocionales diarios, semanales y anuales que controlaban y encauzaban la vida comunitaria. Eran estructuras rectangulares elementales, de suficiente tamaño para acoger a unos 15 o 20 fieles. Los proyectos más imponentes se patrocinaban mediante mecenas de la realeza, la aristocracia, o de las órdenes religiosas, con el fin de crear núcleos eclesiásticos, administrativos y académicos de gran influencia. Muchas de las grandes catedrales, abadías y monasterios, como los de Durham, Lincoln, y la antigua Iglesia de San Pablo, en Londres, constituyeron maravillas del mundo en su época, algunas de las cuales superaron los 100 metros de longitud, alcanzaron 100 o más metros de altura, y decenas de metros de ancho.
Por supuesto, la mayor parte de las iglesias se situaban en un punto intermedio entre estos extremos. Aunque la escala con que se concibieron inicialmente algunos templos no fuera grandiosa, con el paso de los siglos crecieron como respuesta de los mecenas y las comunidades al incremento demográfico y a los avances de la tecnología de la construcción. Estos factores avivaron el deseo de erigir edificios más grandes, mejores, y más bellos, en consonancia con las últimas tendencias arquitectónicas de su época. En el contexto económico de la Edad Media tardía entraron en escena nuevos patrocinadores interesados en la construcción y ampliación de iglesias. En muchas ciudades los gremios y mercaderes emplearon sus recién adquiridas fortunas en la construcción de capillas ornamentadas, así como en la introducción de mejoras en las iglesias existentes con las que se vinculaban. Así, a partir de orígenes muy humildes, muchos edificios modestos se transformaron en impresionantes casas de Dios, como la majestuosa iglesia de Leicestershire ubicada en Melton Mowbray, y las grandes iglesias de Norfolk y Suffolk, financiadas con dinero de los comerciantes de lana.
Los realces y mejoras que se realizaron en las iglesias incluyeron la adición de plantas superiores que aumentaron sus alturas y ampliaron sus cubiertas. Las pequeñas ventanas de los períodos iniciales anglosajón y normando dieron paso a otras más amplias. El desarrollo de la tecnología del vidrio significó que los vanos de las ventanas, antes vacíos, se cubrieran con vidrieras policromadas. Los proyectistas construían o elevaban las torres, que en ocasiones remataban con agujas. Ensancharon hacia los lados la planta rectangular básica mediante la adición de naves paralelas a la nave central. Incorporaron capillas dentro de la nave lateral o anexadas a ella, y en ocasiones adosaban al presbiterio una dedicada a la Virgen María, que prolongaba la iglesia hacia el este por la parte posterior del santuario. Aparecieron pórticos y portadas más elaborados, a los que podía añadirse un ábside que remataba el extremo oriental. Se generalizó el embellecimiento y ampliación del frente occidental con nuevas fachadas, que a menudo podían incluir un nártex o vestíbulo. En otros casos se realizaban modificaciones para reemplazar o reforzar algún muro, ventana, techo, o torre que se encontrara en mal estado.
Una ley puesta en vigor en el siglo XII tuvo implicaciones para la apariencia general de muchas iglesias. La Regulación para la Reparación de Presbiterios responsabilizó al rector con el mantenimiento de dicha área, mientras los parroquianos debían hacerse cargo del resto del edificio. Esto podía dar lugar a un presbiterio modesto, si el rector era pobre, avaro, o negligente, o a una nave imponente si la comunidad era desprendida; lo contrario, por supuesto, también podía ocurrir
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Church History in Leicestershire
by Nick Miller
The book charts the story of religion in England from pre-Christian times to the twentieth century. It covers sweeping religious and political movements, potentates of church and state, but centre-stage are the clergy, their parishioners, churches, and chapels:
Las capillas más pequeñas seguían el modelo de las primeras iglesias anglosajonas de los siglos VII y VIII, aunque sus precursoras reflejaron influencias más antiguas, procedentes de regiones tan distantes como Irlanda, la región del Rin, Italia, Grecia, Bizancio y Egipto. En esa época predominaba que la planta de las iglesias fuera un rectángulo simple. Las iglesias de plantas circulares eran y son en extremo raras.
Al principio, las iglesias básicas tenían un espacio único consistente en una sala no diferenciada compartida por la congregación y el sacerdote. De manera gradual, el interior creció y se dividió en dos partes: la nave, destinada a la congregación, y el presbiterio, reservado para el oficiante. En este último se encontraba el altar donde se celebraban los ritos. El presbiterio podía subdividirse en más partes: el coro, espacio inmediato anterior al altar, y el santuario, la parte más sagrada donde el presbítero, el sacerdote, o el miembro más antiguo de la comunidad oficiaban. Por lo general el altar se situaba en un área más elevada, a la que se accedía mediante peldaños. A menudo la zona conjunta del coro y el santuario recibe el nombre de presbiterio o antealtar.
Resulta importante señalar que esta división bipartita o tripartita se mantuvo hasta los tiempos de la Reforma como planta básica de la mayoría de las iglesias, reconocible incluso en las construcciones de mayor esplendor. Las iglesias más modestas también mantuvieron esta distribución elemental después que comenzaron a ampliarse hacia los lados, a elevarse y alargarse, hasta convertirse en las complejas creaciones de los siglos XI al XVI.
Progresión y umbrales
Aunque en la actualidad es común que las iglesias, en particular las de las ciudades, estén rodeadas por edificaciones y vías, en sus orígenes constituyeron el núcleo de un espacio sagrado más amplio. El recorrido del interior de una iglesia progresa desde la nave, el área común compartida por los creyentes, hasta el presbiterio, por lo general reservado para el sacerdote, y de allí al santuario, destinado de manera exclusiva a la orden clerical y a los objetos empleados para celebrar los ritos más sagrados en el altar. Este trayecto constituía solo las últimas etapas de un viaje más largo desde lo terrenal a lo divino.
en las iglesias que contaban con cementerio, el umbral principal entre el suelo consagrado y el no santificado era el pórtico funerario
Los terrenos sagrados de las iglesias estaban rodeados por cercas, montículos, setos, o muros perimetrales que los separaban de la tierra mundana no consagrada. La tierra santificada podía incluir altares y vías procesionales, y era el área donde se enterraba a los creyentes. Los no creyentes, las personas expulsadas de la iglesia y aquellos que habían ofendido a Dios por haber cometido asesinato u otros actos pecaminosos similares, no podían ser enterrados en un lugar sagrado. En el caso de iglesias que contaban con cementerio, el umbral principal entre el terreno consagrado y el no santificado era el pórtico funerario (lych-gate, del anglosajón lych/lic/lyke, «cadáver»), la entrada donde el cuerpo del difunto reposaba en espera de la bendición del sacerdote antes de ingresar al templo, para continuar su jornada hacia el más allá.
En el portal de la iglesia había una pila, un recipiente de piedra labrada que contenía agua bendita. Al entrar, las personas mojaban sus dedos y se santiguaban como recordatorio de haber recibido el bautismo con agua bendita y el signo de la cruz. Con este gesto reconocían que cruzaban un umbral hacia un espacio aún más sagrado. En algunos templos de mayor antigüedad aún se conservan pilas, de igual manera que en las iglesias católicas de la actualidad, pero los iconoclastas de la Reforma destruyeron la mayoría de estos recipientes por considerarlos símbolos supersticiosos sin fundamentos bíblicos.
La progresión desde lo terrenal hasta el sanctasanctórum no era una característica exclusiva de las iglesias cristianas. La Biblia, en 1 Reyes capítulo 6, donde se detalla el gran templo de Salomón, describe que los templos judíos poseían un recinto exterior seguido de antecámaras donde se congregaban las personas para participar en el culto. Desde allí se accedía a los patios interiores, más sagrados, donde oficiaban los sacerdotes, y por último, al sanctasanctórum. La entrada a este último lugar se encontraba separada del resto por velos o mamparas, y estaba restringida a los sumos sacerdotes. De manera parecida, el presbiterio cristiano a menudo se delimitaba por canceles o rejas, y el altar mayor se consideraba un umbral espiritual entre el cielo y la tierra.
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Los templos romanos, los bosques sagrados celtas (nemeta), los hof escandinavos y los hearg(as) o parcelas sagradas anglosajonas también contaban con una estructura perimetral que delimitaba un recinto sagrado más amplio. Esta zona se dedicaba a la celebración de juicios, festivales, y otras reuniones de carácter general, y rodeaba o conducía de manera sucesiva a espacios más sagrados, hasta arribar a las dependencias reservadas a los oficios de los sacerdotes de más alto rango.
Formas monásticas
En las instituciones monásticas, la distribución del espacio reservado a la iglesia repetía el esquema básico de dos o tres cuerpos utilizado en las iglesias parroquiales. Sin embargo, los monasterios eran un tipo de establecimiento distinto, debido a que en ellos vivían, comían, dormían, trabajaban y estudiaban monjes y monjas. Por ello requería de refectorios, cocinas, dormitorios, y baños, así como de bibliotecas, talleres, cervecerías, graneros, establos y otros relacionados con sus ocupaciones y oficios. Muchos contaban con asilos y hospitales para cumplir con la obligación del clero de ser caritativos con los pobres y enfermos. Las bibliotecas, áreas de estudio y dormitorios, solían adosarse directamente a la iglesia, con la que se comunicaban a través de pasillos. Tal distribución proporcionaba a la comunidad monástica un fácil acceso al templo desde sus aposentos, escritorios y refectorios, para que atendieran día y noche sus estrictas rutinas litúrgicas.
Los monasterios medievales podían acumular considerables riquezas provenientes de los diezmos, la agricultura, el comercio, y otras actividades menos formales. Para algunos, ser lugares de peregrinación aumentaba sus ingresos. Empleaban su patrimonio en expansiones, no solo para ampliar y embellecer la iglesia principal donde se celebraban los oficios divinos, sino también para construir dependencias exteriores.
Tras la disolución de los monasterios por Enrique VIII de Inglaterra (reinó 1509-1547), la mayoría de los edificios adicionados se demolieron o abandonaron. Algunos se convirtieron en mansiones señoriales, construidas sobre los cimientos y con los materiales de las antiguas edificaciones. Sin embargo, ciertas abadías se transformaron en catedrales, donde aún pueden observarse vestigios de las instituciones monásticas donde se desarrollaba la vida, el trabajo y el estudio de quienes las habitaban. Ejemplos de ello son Hereford, que aún conserva su biblioteca, la Catedral de Gloucester que mantiene sus claustros, y la de Lincoln su casa capitular.
La planta de la Catedral de Salisbury muestra con claridad los claustros monásticos y la casa capitular. Estas mismas dependencias también pueden apreciarse en las ruinas de algunas abadías, entre las cuales la de Fountains constituye un espléndido ejemplo. Las actuales iglesias parroquiales que en otros tiempos fueron monasterios, a menudo exhiben anomalías en su estructura o en su planta que revelan un pasado de mayor esplendor. Un panel en el muro sur de la hoy pequeña iglesia de Owston, Leicestershire, sugiere la existencia de antiguos claustros, mientras el grosor de los muros y un insólito pilar independiente de gran tamaño que sostiene la arcada sur insinúan las dimensiones que tuvo en el pasado.
Si bien el propósito, la grandiosidad imaginada, el financiamiento, y los recursos materiales disponibles explican en parte la apariencia de las iglesias, el afán por construir lugares de culto imponentes y de mayor esplendor también tuvo raíces culturales y políticas.
En la época anglosajona, los patrones y mecenas erigían estructuras impresionantes para enfatizar la superioridad y el poder del cristianismo y de sus lugares sagrados respecto a los ídolos y centros de culto precristianos. De hecho, muchas de las primeras iglesias se levantaron sobre los emplazamientos de antiguos ídolos y santuarios paganos. Después, tras la conquista normanda de Inglaterra, los nuevos gobernantes que suplantaron a la aristocracia y a los terratenientes anglosajones en los siglos XI y XII quisieron reafirmar su supremacía. Para reforzar la idea de un nuevo poder dominante y del fin de las costumbres anglosajonas, los ocupantes normandos demolieron sus iglesias o las remodelaron con cambios radicales para incorporar los estilos que habían traído consigo. Así, el predominio eclesiástico y arquitectónico se convirtió en un arma y un símbolo de su hegemonía cultural y administrativa.
levantar una iglesia excepcional constituía un método de reclamar territorio.
A nivel local, las disputas territoriales entre magnates se expresaron por medio de la construcción y ostentación de iglesias prominentes de mayor calidad y visibilidad. Erigir una iglesia majestuosa era una forma de consolidar el dominio sobre un territorio. También indicaba a la población local a qué señor terrenal debían rendir tributo. Uno de los incontables ejemplos que pueden citarse es la fundación de la Abadía de Garendon y del Priorato de Ulverscroft por el conde de Leicester en la década de 1130, cuyo objetivo fue reprimir las ambiciones del conde de Chester y su incursión en el territorio de Leicestershire.
Aunque la construcción de iglesias de mayor tamaño y mejor calidad se vio compelida por factores terrenales, a la postre estos fueron se vieron influidos o rebasados por razones más profundas que buscaban celebrar la belleza. En primer lugar, las agujas, torres y ventanas no eran los elementos más indicados para expresar la fe y la devoción, sino que cumplían un propósito en gran medida funcional: las ventanas permitían el acceso de la luz, y los techos impedían el paso de la lluvia. Por su parte, las torres albergaban campanas que convocaban a la oración, y en ciertos lugares y épocas, también servían de puesto de observación o refugio en caso de amenaza a la comunidad. Sin embargo, las iglesias siempre se consagraban y dedicaban a Dios; eran lugares de culto. La gente comprendía que el impacto visual de una iglesia también podía proclamar su verdadero propósito, así como el anhelo de ofrecer veneración y oración.
De esta manera, algunos aspectos de diseño se imbuyeron del simbolismo de la fe y del culto. La creencia popular imaginaba que una torre más alta se encontraba más cercana a Dios. Las agujas apuntaban hacia el cielo. Mientras más grandes fueran las ventanas, mayor el derrame de la luz de Cristo. Los diseños más ornados y las decoraciones constituían testimonio de los dones que Dios concedía al hombre, y celebraban Su inspiración. En contraste con esto, otros diseños más austeros, entre ellos los del período inicial de la arquitectura inglesa del siglo XIII, profesaban humildad ante Cristo, el rechazo a las riquezas terrenales y la esperanza de lograr espléndidas recompensas en el cielo.
Purificación de las almas
Otras razones motivaban las expresiones de una fe cada vez más profunda. Las creencias y enseñanzas de la iglesia medieval sostenían que las buenas obras realizadas en la tierra no solo podían implicar que Dios concediera más favores durante la vida, sino también, de manera crucial, que a través de ellas aumentara la probabilidad de alcanzar el cielo después de la muerte. De ahí surgió la ambición de crear estructuras que resultaran cada vez más agradables a Dios. Incluso en las capillas más modestas los artesanos locales realizaban tallas y pinturas en las que empeñaban sus mejores recursos y habilidades, para ganar el favor divino.
Además, la gente del medioevo creía que después de morir, la ascensión al cielo o el descenso al infierno dependía de las acciones realizadas durante la vida. Mientras el acceso inmediato al cielo estaba restringido a los pocos que se consideraban perfectos, la mayoría tendría que esperar en el purgatorio (del latín purgare, «purificar, limpiar») hasta que sus almas se purificaran antes de continuar el viaje. Aparte de patrocinar iglesias y proveer exquisitas obras de arte sagrado, otra forma de preparar el camino al cielo era que la gente rezara por el alma del benefactor.
Estas concepciones explican la proliferación de capillas privadas y altares accesorios en las iglesias. Los más adinerados contrataban sacerdotes para que celebraran misas y rezaran por ellos, servicio religioso denominado «chantry» (del verbo inglés «to chant», cantar), cuyo objetivo era facilitarles el paso por el purgatorio y el ascenso al cielo. Estas misas no solo se financiaban por ellos y por sus familias en vida, sino que también se dotaban para que se efectuaran a perpetuidad tras su fallecimiento, el de sus antecesores, y el de sus descendientes. Los pequeños comerciantes y artesanos no podían costear semejante lujo. En consecuencia, una de las funciones de los gremios era patrocinar altares secundarios, capillas, y sacerdotes para ofrecer a los trabajadores comunes y a sus familiares los beneficios y protecciones espirituales que proporcionaban las oraciones y misas que de otro modo solo estaban al alcance de los ricos.
Existía una motivación adicional. La mayor parte de los señores y terratenientes franco-normandos que ejercían el poder entre los siglos XI y XIII habían amasado sus fortunas por medio de la guerra, la conquista, y en algunos casos, mediante prácticas deshonestas. Sus obispos los amonestaban por esta causa, y les advertían que sus iniquidades los exponían a la condenación eterna. Sin embargo, al mismo tiempo les ofrecían una vía de escape. Para ser absueltos de sus pecados y evitar, o al menos aminorar, los tormentos en el más allá, debían emplear sus riquezas con fines benéficos. La creencia consistía en que mientras más grandioso y lujoso fuera el hospital, la iglesia, o el asilo, mayor sería la remisión de sus culpas.
La sacralidad de los edificios y el camino a la salvación también se exaltaban por medio de numerosos ornamentos y del mobiliario litúrgico. A ello contribuían los frescos en los muros, las representaciones plasmadas en las vidrieras, las estatuas, las pinturas, los íconos y los símbolos tallados en los atriles y las pilas, así como la elevación del altar mayor. La explicación de estos elementos excede el propósito del presente artículo, pero deben mencionarse dos causas adicionales que explican el aspecto de las iglesias.
Orientación
Por lo general, las iglesias cristianas están orientadas hacia el este; el altar mayor se sitúa en ese extremo oriental, y la entrada principal al templo en el lado oeste. Algunos especulan que esta disposición se debe a que las iglesias se orientan en dirección hacia la Tierra Santa, lugar donde nació Cristo. Sin embargo, es probable que esta no sea la razón exclusiva, puesto que no todas apuntan hacia el este. En los países en que las iglesias debían estar orientadas hacia el sur, el oeste, o el norte para apuntar hacia la Tierra Santa, la dirección predominante de su eje principal continúa siendo el este. La explicación más probable es que saludan el sol naciente, símbolo de la luz que Dios otorga al mundo, y fuente de vida. Era muy común interpretar que el oeste, el extremo occidental, era un lugar de oscuridad. No es casualidad que en la antigüedad el nártex (pórtico o vestíbulo), donde los catecúmenos esperaban el bautismo, se situara en la entrada oeste, ya que desde allí caminaban hacia la luz de Cristo. Por esta misma razón, la fuente bautismal se encontraba justo dentro del umbral occidental.
La planta de numerosas iglesias tiene forma de cruz. La nave y el presbiterio forman la columna o eje vertical de la cruz, mientras los transeptos o pabellones transversales constituyen el travesaño. Muchos suponen que esta configuración obedece al deseo de que las iglesias evoquen la cruz en que murió Cristo. El imaginario colectivo percibe así esta idea, del mismo modo que concibe que las agujas sugieren la elevación hacia el cielo; interpretaciones que añaden una dimensión adicional a la forma en que las iglesias reflejan la fe. Sin embargo, es más probable que la forma cruciforme tenga su origen en el desarrollo que experimentaron las técnicas constructivas en la Edad Media tardía. La construcción de elevadas torres centrales y agujas, así como de cubiertas abovedadas, requería cimientos más robustos y refuerzos laterales que evitaran el colapso de la estructura y el desplome de los muros hacia los lados. El transepto cumplió parte de esa función, y en conjunto con la nave central, confirió a las iglesias su aspecto cruciforme.
Conclusión
Si bien los comentarios expresados en el presente escrito se centran en lo fundamental en las iglesias inglesas de los siglos VIII al XVI, las mismas causas que produjeron su diversidad también se observan en diversos países, aunque se manifiesten por medio de estilos distintos. En la actualidad la apariencia de las iglesias modernas continúa reflejando estas influencias, resultantes de la combinación entre los recursos disponibles y la manera en que la gente desea expresar su fe.
Semple, S. . "Defining the OE hearg: a preliminary archaeological and topographic examination of hearg place names and their hinterlands. Early Medieval Europe 15: ." Early Medieval Europe, 2007 / 15, pp. 364-385.
Interesado en el estudio de las migraciones, costumbres, las artes y religiones de distintas culturas; descubrimientos geográficos y científicos. Vive en La Habana. En la actualidad traduce y edita libros y artículos para la web.
Nick Miller es el autor de una obra importante sobre la historia de la Iglesia en Leicestershire (Book Guild, 2024), además de escribir sobre temas tan variados como la historia irlandesa, la historia naval y el lenguaje. Es profesor emérito y antiguo médico e investigador científico.
Escrito por Nick Miller, publicado el 25 abril 2024. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.