Asurnasirpal II (que reinó de 884-859 a.C.) fue el tercer rey del Imperio neoasirio. Era hijo de Tukulti-Ninurta II (que reinó de 891-884 a.C.), cuyas campañas militares por toda la región le proporcionaron a su hijo un imperio de gran tamaño y los recursos necesarios para equipar a un ejército formidable. Asurnasirpal II es célebre por sus implacables conquistas militares y por la haber consolidado el Imperio asirio, pero probablemente por lo que mejor se lo conoce es por su gran palacio en Kalhu (también conocida como Calaj o Nimrud en el actual Irak), cuyos relieves sobre sus hazañas militares, y sus muchas víctimas, están expuestos actualmente en los museos de todo el mundo. Además del propio palacio, también es conocido por organizar una de las fiestas más impresionantes de la historia como inauguración de su recién estrenada ciudad de Kalhu: recibió a más de 69.000 personas durante un festival de diez días. El menú de la fiesta ha llegado hasta nuestros días. Reinó durante 25 años y lo sucedió su hijo Salmanasar III (que reinó de 859-824 a.C.).
Primeros años de reinado y campañas militares
El abuelo de Ashurnasirpal II fue Adad-Nirari II (que reinó de 912-891 a.C.), generalmente considerado el primer rey del Imperio neoasirio, que inició la revitalización del Gobierno y los militares. Su habilidad diplomática, especialmente su tratado con Babilonia, aseguró la estabilidad del imperio, mientras que las conquistas militares enriquecieron las arcas y expandieron las fronteras del país. Su hijo continuó con esas mismas políticas, de manera que, para cuando Asurnasirpal II ascendió al trono, tenía a su disposición una fuerza de combate bien equipada y recursos considerables. Y no tardó en poner ambos a trabajar. Más que expandir el imperio, lo que le interesaba era asegurar las fronteras contra una invasión extranjera o revueltas internas. Como rey asirio, también tenía que combatir las fuerzas del caos y mantener el orden. El historiador Marc Van De Mieroop escribe:
El rey, como representante del dios Ashur, era una figura del orden. Cuando tenía el control, había paz, tranquilidad y justicia y, cuando no gobernaba, reinaba el caos. El deber del rey de traer el orden al mundo entero era la justificación para las expansiones militares. (260)
Aunque puede que Asurnasirpal no pensase que la expansión era una prioridad, sin duda se tomó muy en serio el orden dentro de sus fronteras y no toleraría ni la insubordinación ni las revueltas.
Realizó su primera campaña en 883 a.C. en la ciudad de Suru para sofocar una rebelión. Luego se dirigió al norte, donde aplastó otras rebeliones que habían estallado cuando subió al trono. No estaba interesado en tener que pasar más tiempo o invertir más recursos en aplacar futuras rebeliones así que hizo un ejemplo de los rebeldes de la ciudad de Tela. En sus inscripciones escribe:
Levanté un pilar contra la puerta de la ciudad y desollé a todos los jefes que se habían rebelado y cubrí el pilar con sus pieles. A algunos los empalé en el pilar con estacas y a otros los até a estacas en torno al pilar. A los oficiales que se habían rebelado les corté las extremidades. A muchos cautivos los quemé y a muchos me los llevé vivos. A algunos les corté la nariz, las orejas y los dedos, a muchos les saqué los ojos. Hice un pilar con los vivos y otro con cabezas y até las cabezas a los troncos de los árboles en torno a la ciudad. A los jóvenes y las doncellas los quemé en la hoguera. Al resto de sus guerreros los maté de sed en el desierto del Éufrates.
Esta manera de tratar a las ciudades derrotadas se convertiría en la marca de identidad de Asurnasirpal II, que incluía desollar a los oficiales insubordinados y clavar la piel en las puertas de la ciudad y «deshonrar a las doncellas y los niños» de las ciudades conquistadas antes de quemarlos. Una vez destruida Tela, no tardó en dedicarse a otras campañas. Se dirigió al oeste y se abrió camino aplastando otras rebeliones y subyugando a las ciudades que se oponían a él.
El historiador John Boardman señala que «un factor importante tras el aumento de la resistencia era probablemente los exagerados tributos que exigía Asurnasirpal... da la impresión de que el rey requería botines exagerados e imponía corvee [trabajos forzados] en todas partes» (259). Asurnasirpal II lideró a su ejército en campañas victoriosas al otro lado del Éufrates y llegó hasta el Mediterráneo, donde lavó las armas como símbolo de sus conquistas (un acto hecho famoso por las inscripciones de Sargón el Grande del Imperio acadio anterior después de establecer su gobierno).
Aunque algunas fuentes afirman que conquistó Fenicia, parece que está claro que entabló relaciones diplomáticas con la región, así como con el reino de Israel. La población superviviente de las ciudades y los territorios conquistados fue reubicada a otras regiones del imperio para distribuir habilidades y talentos. Tras lograr lo que se había propuesto con estas campañas, se dio la vuelta y regresó a su capital en Assur. Si hubo más revueltas de las que tuviera que encargarse en el viaje de regreso, no se mencionan en ningún sitio. Sin embargo, es poco probable que hubiera más revueltas, ya que Asurnasirpal II se había labrado una reputación de cruel y despiadado que habría hecho que hasta el rebelde más convencido se lo pensara dos veces. El historiador Stephen Bertman comenta lo siguiente:
Asurnasirpal II estableció un estándar para los futuros reyes guerreros de Asiria. En palabras de Georges Roux, «poseía en extremo todas las cualidades y defectos de sus sucesores, los despiadados e incansables constructores del imperio: ambición, energía, valentía, vanidad, crueldad, magnificencia» (Roux, 1992:228). Sus anales eran los más extensos de cualquier gobernante asirio de la época, que detallaban múltiples campañas militares que lideró para asegurar y agrandar el dominio del territorio nacional. En una sola incursión, llenó las arcas del reino con 660 libras de oro, una medida igual de plata y añadió 460 caballos a los establos. La crueldad sádica que infligió en los líderes rebeldes fue legendaria; los desolló vivos y exhibió su piel, a sus seguidores les cortó la nariz y las orejas o montó sus cabezas cortadas en pilares para que sirvieran como advertencia a los demás. (79- 80)
Tras asegurar el imperio, Asurnasirpal II puso su atención en Assur y la renovó (así como también renovó Nínive y muchas otras ciudades durante su reinado). Assur era una de las ciudades más prósperas de Asiria y había sido la capital del Imperio asirio desde el reinado de Adad Nirari I (1307-1275 a.C.). Una vez hubo añadido sus propias decoraciones y mejoras a la gran ciudad, Asurnasirpal II sintió que era hora de que cambiara de estatus. Los residentes de Assur estaban orgullosos de su ciudad y del prestigio del que disfrutaban como ciudadanos de la capital. Varios estudiosos han planteado que Asurnasirpal II quería una ciudad completamente nueva, con una población nueva, que pudiera reclamar como suya para elevar su nombre por encima del de sus predecesores y gobernar sobre una población devota de su persona en vez de la ciudad. No obstante, esto no es más que una teoría porque no está claro cuál fue realmente su motivación para trasladar la capital de Assur. Independientemente de las razones, eligió la ciudad de Kalhu e inició su proyecto de construcción.
Kalhu y el Gran Palacio
Kalhu había sido un centro importante de comercio desde el primer milenio a.C. Se encontraba directamente en una ruta próspera entre Assur y Nínive. La ciudad se había construido en el enclave de una comunidad empresarial anterior durante el reinado de Salmanasar I (1274-1245 a.C.), pero a lo largo de los siglos se había ido deteriorando. Asurnasirpal II ordenó limpiar los escombros de las torres derruidas y las murallas y decretó que se construiría una ciudad completamente nueva en su lugar que incluiría una residencia real más grande que la de cualquier otro rey anterior. Las inscripciones de Asurnasirpal II sobre Kalhu dicen:
La antigua ciudad de Calaj, que Salmanasar, rey de Asiria, un príncipe que me precedió, había construido, esa ciudad había entrado en decadencia y estaba en ruinas; se convirtió en un montón de escombros. Esta ciudad construí yo de nuevo. Dispuse vergeles alrededor de ella, ofrecí fruta y vino a Ashur, mi señor, y excavé hasta el nivel del agua. Ahí, construí un muro; desde los cimientos hasta la cima y lo completé.
La nueva ciudad de Kalhu abarcaba 360 hectáreas (890 acres) con una muralla circundante de 7,5 km (4,6 millas). Una vez completada, Asurnasirpal II trasladó allí a una población totalmente nueva (16.000 personas) y se asentó en su nuevo palacio. Según la historiadora Karen Radner:
El edificio más impresionante de Kalhu en época de Asurnasirpal era sin duda su palacio real. Con 200 metros (656 pies) de largo y 130 metros (426 pies) de ancho, dominaba el entorno y su posición en el montículo de la ciudadela le dio su nombre moderno, palacio del Noroeste. Estaba organizado en torno a tres patios que albergaban apartamentos estatales, el ala administrativa y los aposentos privados en los que también vivían las mujeres reales. En 1989 se descubrieron varias tumbas subterráneas, incluido el lugar del descanso final de la reina de Asurnasirpal, Mullissu-mukannišat-Ninua, hija del copero del rey, uno de los oficiales más importantes de la corte. Sus ricos bienes funerarios nos dan una impresión clara del lujo que rodeaba tanto al rey como a su séquito. (1)
En 879 a.C., una vez que el palacio estaba terminado y decorado por completo con relieves que cubren las paredes de los pasillos, Asurnasirpal II invitó a la población circundantes y a dignatarios de otras zonas a celebrarlo. El festival duró diez días y su Estela del Banquete afirma que asistieron 69.574 personas. El menú de la celebración incluía, entre otras cosas, 1.000 bueyes, 1.000 unidades de ganado y de ovejas locales, 14.000 ovejas importadas y cebadas, 1.000 corderos, 500 aves, 500 gacelas, 10.000 pescados, 10.000 huevos, 10.000 hogazas de pan, 10.000 medidas de cerveza y 10.000 recipientes de vino. Una vez terminada la celebración, envió a sus invitados de vuelta a casa «en paz y alegría», tras permitir a los dignatarios ver los relieves de su palacio nuevo.
Su famosa inscripción estándar hablaba una y otra vez de sus triunfos en la conquista y relataba de manera vívida el horrible destino reservado para los que se alzaron contra él. La inscripción también les hacía saber a los dignatarios de su propio reino, y de otros, con quién estaban tratando exactamente. Reclamaba los títulos de «gran rey, rey del mundo, héroe valiente que sale adelante con la ayuda de Ashur; el que no tiene rival en las cuatro esquinas del mundo, el pastor exaltado, el torrente poderoso que nadie puede resistir, el que ha superado a toda la humanidad, cuya mano ha conquistado todas las tierras y todas las cordilleras» (Bauer, 337). Su imperio se extendía por todo el territorio que hoy en día es el oeste de Irán, Irak, Siria, Jordania y parte de Turquía. Gracias a las relaciones diplomáticas con Babilonia y el Levante, también tenía acceso a los recursos del sur de Mesopotamia y los puertos de Fenicia. Según el entendimiento de la gente de Oriente Próximo en aquella época, realmente era «el rey del mundo».
Muerte y sucesión
Asurnasirpal II murió tras un reinado de 25 años, durante el cual completó varios proyectos arquitectónicos importantes por todo el imperio, salió victorioso en 14 campañas militares y estableció reservas de comida y agua para el pueblo. Lo sucedería su hijo Salmanasar III, que reinó de 859 a 824 a.C. Salmanasar III continuó y mejoró las políticas de su padre y expandió el imperio a través de la clase de campañas militares por las que los reyes asirios se habían hecho célebres. En esto, sin duda la robustez del imperio que su padre le había dejado fue una gran ayuda. El historiador Wolfram von Soden escribe:
El reinado de Asurnasirpal II, marcado por avances militares sistemáticos aunque brutales, representó el punto álgido del primer periodo de la expansión asiria. Durante el mandato de este rey, reasentó a grandes porciones de los grupos étnicos que todavía querían seguir siendo autónomos en un acto de intensificación de la política que los reyes asirios habían utilizado contra los súbditos rebeldes desde el siglo XIII. (56)
Salmanasar III heredó un imperio más robusto y capaz que el que llegó a manos de su padre y siguió construyendo sobre los logros de su predecesor. Aunque puede que las políticas de Asurnasirpal II fueran brutales, también fueron efectivas a la hora de mantener el control de la población. Mediante sus campañas despiadadas, sus reasentamientos de la población y su administración cuidadosa, Asurnasirpal II consolidó la entidad política que llegaría a convertirse en el mayor imperio de Oriente Próximo en la Antigüedad y estableció así su nombre entre los reyes asirios más memorables.
