Ninigi-no-Mikoto, o simplemente Ninigi, es el nieto de la deidad sintoísta suprema Amaterasu, la diosa del sol. Es hijo de Ama-no-Oshiho-mimi y, al descender a la Tierra como primer gobernante justo, trajo consigo los dones de Amaterasu como símbolos de su autoridad, que siguen formando parte de las insignias imperiales japonesas en la actualidad. Ninigi se convirtió en el bisabuelo del primer emperador de Japón, el semilegendario emperador Jimmu, con lo que estableció un vínculo divino entre todos los emperadores posteriores y los dioses.
Ninigi desciende de los cielos
En la mitología japonesa, la diosa del sol Amaterasu Omikami le pidió a su hijo Ama-no-Oshiho-mimi que descendiera de los cielos para gobernar el mundo de los mortales. Tras rechazar este honor en dos ocasiones al ver el caos generalizado que reinaba en el mundo, Ama-no-Oshiho-mimi designó a su hijo Ninigi-no-Mikoto (nombre completo: Ame-Nigishi-Kuninigishi-Amatsu-hiko-no-ninigi-no-mikoto) para que fuera en su lugar. Amaterasu acabó aceptando y le entregó a Ninigi tres obsequios para ayudarle en su camino. Se trataba del Yasakani, una joya fabulosa (o perlas o cuentas magatama), origen de la antigua disputa entre Amaterasu y su hermano Susanoo, el dios de la tormenta; el Yata, el espejo que habían forjado los dioses y que habían utilizado para hacer que Amaterasu saliera de la cueva en la que se había escondido tras otra de las típicas travesuras de Susanoo; y Kusanagi, la gran espada que Susanoo había arrancado de la cola de un monstruo. Estos se convertirían en los tres emblemas del poder de Ninigi (sanshu no jingi) y pasaron a ser las insignias imperiales de sus descendientes, los emperadores de Japón, a partir de su bisnieto, el emperador Jimmu (que reinó en 660-585 a.C.). Así, todos los emperadores posteriores podían reivindicar un linaje directo de los dioses y legitimar su autoridad para gobernar Japón.
El célebre poeta del siglo VII d.C. Kakinomoto Hitomaro compuso este poema sobre el descenso de Ninigi para gobernar a la humanidad:
En el principio del cielo y la tierra
Los ochocientos, las mil miríadas de dioses
Se reunieron en alto consejo
En la resplandeciente orilla del Río Celestial,
confiaron el gobierno de los cielos
a la diosa Hirume [Amaterasu], la
Iluminadora del cielo,
y el gobierno para siempre,
mientras perduraran el cielo y la tierra,
de la tierra de las llanuras de juncos, abundante en arroz,
A su divina descendencia,
quien, abriendo las ocho capas de nubes del cielo,
realizó su descendencia divina sobre la tierra.
Manyoshi (Keene, 104-105)
Amaterasu también le dio algunas instrucciones específicas sobre el espejo Yata: «Considera este espejo como solías considerar mi alma, y honra este espejo como si fuera yo misma» (Hackin, 395). Con el tiempo, el espejo se convertiría efectivamente en un objeto de culto o shintai y acabaría en el Gran Santuario de Ise, en la prefectura de Mie, dedicado a Amaterasu y que sigue siendo hoy en día el santuario sintoísta más importante de Japón.
Ninigi, llevando consigo sus tres tesoros y acompañado por tres dioses (entre ellos Ame-no-Uzume, la diosa del amanecer, y Sarutahiko-no-kami, el dios de las encrucijadas) y cinco jefes, aterrizó en la Tierra en la cima del monte Takachiho, al sur de Kyushu. Desde allí, tras construirse primero un palacio, se dirigió al templo de Kasasa, en la provincia de Satsuma, donde los cinco jefes se dispusieron a establecer los principios de la religión sintoísta, crear un clero y organizar la construcción de templos. Los jefes pacificarían el territorio y fundarían los clanes que dominarían el Gobierno japonés durante los siglos venideros, tales como el clan Fujiwara. En esta función, los cinco se convirtieron en las deidades ancestrales de estos clanes, los ujigami.
Ninigi y Sakuya-hime
Ninigi no tardó en enamorarse en la Tierra cuando se topó con la joven Sakuya-hime, a quien pidió matrimonio de inmediato. La joven vaciló y le dijo a Ninigi que primero tenía que obtener el permiso de su padre. El dios accedió y se dirigió a la casa de la joven, situada en las cercanías. El padre (que en algunas versiones es el dios de la montaña Oyamatsumi-no-kami) dio una respuesta bastante enigmática a la petición de Ninigi y le ofreció elegir entre sus dos hijas o quedarse con ambas. La otra joven, Iwanaga-hime, no era tan despampanante como su hermana menor, por lo que Ninigi se quedó con su primera elección. El padre, enfadado porque había elegido a la más débil de sus dos hijas, accedió de todos modos, pero no sin antes lanzar una maldición sobre la descendencia de la pareja: serían mortales, un detalle que explica por qué todos los emperadores son a la vez divinos pero «de vida efímera».
Al poco tiempo, estaban esperando un hijo, pero Ninigi tenía dudas sobre si él era el padre. Sakuya-hime, altiva, le aseguró a su marido que el niño era suyo y, para demostrarlo, se encerró en una cabaña. En un gesto dramático, prendió fuego a la cabaña y ambos sobrevivieron, demostrando así que el niño era de origen divino. El niño recibió el nombre de Hoderi-no-mikoto. Sakuya-hime, también conocida como Konohanasakuya-hime, se convirtió más tarde en la diosa y kami residente del monte Fuji.
El dios tendría dos hijos más: Ho-suseri y Hoho-demi (también conocido como Hoori). Este último tendría un hijo con Toyo-Tama-bime (hija del dios del mar Wata-tsu-mi), pero el niño fue abandonado y criado por su tía Tama-yori-bime, quien posteriormente se casó con él. Tuvieron cuatro hijos y el menor, Toyo-mike-nu (también conocido como Kamu-Yamatoihare-hiko-no-mikoto), se convertiría en el primer emperador de Japón, con el título póstumo de emperador Jimmu Tenno, quien, según la tradición, reinó entre los años 660 y 585 a.C., estableciendo así una dinastía real que podía reivindicar un linaje divino.
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