Un texto conocido como La canción del arpista, que data del Imperio Medio (2040-1782 a.C.), anima a sus oyentes a aprovechar al máximo el tiempo, ya que la muerte es una certeza:
¡Disfrutad de la vida! ¡Y no os canséis de divertiros! Porque a nadie se puede llevar sus bienes consigo, y nadie que abandone esta vida vuelve jamás. (Tyldesley, 142)
La concepción egipcia de la muerte que más perduró era que se trataba de un paraíso, una continuación de la vida en la Tierra, pero sin decepciones, pérdidas ni angustias. Lejos de esa idea de que «no te lo puedes llevar contigo», durante la mayor parte de la historia de Egipto la concepción general era que «lo conservas para siempre», ya que la gente encontraba todo lo que había perdido al morir en el más allá , en el paraíso del Campo de los Juncos.Esta visión del más allá fue variando con las épocas; en algunas estaba más aceptaba que en otras, pero en general se mantuvo bastante constante. Junto a esta visión, existía una concepción de los espíritus incorpóreos, los fantasmas, que incluso en mayor grado que la visión del más allá se mantuvo inalterada desde los primeros testimonios hasta el final de la historia del antiguo Egipto: los fantasmas eran tan reales como cualquier otro aspecto de la existencia. La egiptóloga Rosalie David escribe:
Creían que la sociedad estaba formada por cuatro grupos, los dioses, el rey, los difuntos benditos y la humanidad, que compartían ciertas obligaciones morales y el deber de interactuar para mantener el orden del mundo. La existencia de este orden, y la suposición de que se encontraba constantemente amenazado, era una premisa básica de la creencia egipcia (271).
El valor central de la cultura egipcia era el ma'at(armonía, equilibrio), que los egipcios observaban en prácticamente todos los aspectos de sus vidas; entre los más importantes se encontraba el entierro adecuado de los difuntos. Creían que el ser humano recorría un camino de ida desde el nacimiento, pasando por la muerte, hasta el más allá. Tomaban medidas mediante pinturas funerarias, inscripciones y estatuas para que el alma pudiera regresar y visitar la Tierra sin causar daño alguno, pero también esperaban que el espíritu regresara a su propio reino con la misma rapidez.La aparición de un fantasma, y especialmente su interacción con los vivos, era una señal inequívoca de que se había alterado el orden natural, y la causa más común de este problema era la insatisfacción de un espíritu con el entierro de su cuerpo, el estado de la tumba o la falta de un recuerdo respetuoso.
«La gente que consideraba que había sufrido una injusticia podía escribir una carta al difunto, pidiéndole que intercediera por ella». David
En las primeras creencias egipcias, el alma se consideraba una entidad única conocida como el Khu, que era el aspecto inmortal de la persona. Con el tiempo, se llegó a reconocer que estaba compuesta por cinco aspectos diferentes, o incluso siete o nueve, dependiendo de la época de la historia egipcia. Los nueve aspectos conforman la concepción general en la que se basan los conceptos de los siete y los cinco: el khat era el cuerpo físico; el ka, el doble o cuerpo astral; el ba, un ser con cabeza de pájaro que podía desplazarse rápidamente entre la tierra y los cielos; el shuyet era la propia sombra; el akh, el yo inmortal transformado; el sahu y sechem eran aspectos del akh; el ab era el corazón, la fuente del bien y del mal; y por último el ren era el nombre secreto de la persona. El khat debía existir para que el ka y el ba pudieran reconocerse a sí mismos, por lo que, cuando alguien fallecía, era de suma importancia que el cuerpo se conservara lo más intacto posible. Es esta creencia la que dio lugar a la práctica egipcia de la momificación.
Cuando una persona fallecía, la familia llevaba el cuerpo a los embalsamadores, el equivalente antiguo de las funerarias actuales. A continuación, el cuerpo recibía los cuidados que la familia pudiera permitirse. Había tres opciones de embalsamamiento y entierro: desde la más cara, que asociaba el cadáver con el diosOsiris, pasando por una opción de precio intermedio, que incluía el embalsamamiento, los ritos y un ataúd de escala más modesta, hasta la más económica, que solo ofrecía los servicios mínimos.
La elección de la familia entre estas opciones determinaba el tipo de ataúd, los ritos funerarios a los que tenía derecho el cadáver y, lo que es igual de importante, cómo se preparaba el cuerpo para el entierro. Los embalsamadores les presentaban estas tres opciones a las familias en duelo, sabiendo que su elección podía afectar tanto a la vida después de la muerte del difunto como a su propia vida en los meses siguientes; si la familia podía permitirse la opción Osiris de lujo, pero en vez de eso optaba por la segunda o la tercera opción para ahorrarse el dinero, el espíritu del difunto tenía todo el derecho a regresar para quejarse. En casos como estos, los dioses le concedían al akh permiso para regresar a la Tierra y corregir el agravio.
Sin embargo, el akh podía regresar por otras muchas razones además de un entierro barato con ritos funerarios insuficientes. Cualquier injusticia que se le hubiera infligido al difunto y que no se hubiera expiado en vida podía ser motivo de que su espíritu volviera a aparecer tras la muerte de la persona.
¿Qué mal te he hecho para haber llegado a esta situación tan terrible? ¿Qué te he hecho? Pero lo que tú me has hecho es haberme agredido, aunque yo no te haya hecho ningún mal. Desde el momento en que viví contigo como tu marido hasta hoy, ¿qué te he hecho que tenga que ocultar? Cuando caíste enferma de la dolencia que padecías, mandé que trajeran a un médico experto… Pasé ocho meses sin comer ni beber como un hombre. Lloré amargamente junto con mi familia frente a mi barrio. Te di ropa de lino para envolverte y no dejé de hacer nada de lo que había que hacer por ti. Y ahora, he aquí que he pasado tres años solo sin entrar en ninguna casa, aunque no es justo que alguien como yo tenga que hacerlo. Esto lo he hecho por tu bien. Pero, he aquí que tú no distingues el bien del mal (Nardo, 32).
El hombre debía de estar padeciendo algún sufrimiento que solo podía explicarse por la intervención de su difunta esposa. La enfermedad y la mala suerte se atribuían bien a la obra de los dioses (para dar una lección o castigar algún pecado), bien a las actividades de los espíritus malignos, o bien a la ira y el resentimiento de los muertos. En este caso, el viudo afirma haber actuado correctamente en su relación con su esposa incluso después de su muerte, y afirma que ha llegado incluso a evitar acudir a un burdel («una casa») en los tres años transcurridos desde que ella falleció. Los burdeles eran prácticamente inexistentes en Egipto antes de la época del periodo Tardío, por lo que se supone que se refiere a un establecimiento similar a un bar o una taberna donde pudieran encontrarse prostitutas. Sin embargo, en general no hay muchas pruebas de la existencia de la prostitución en el Antiguo Egipto, y el hombre podría estar refiriéndose simplemente a «una casa» del mismo modo que hoy en día se hablaría de una taberna o un pub sin ninguna connotación sexual, aunque el pasaje no suele interpretarse de esa manera.
En un caso como este, el hombre habría acudido a un sacerdote o a una «mujer sabia», una vidente, para que interviniera, o tal vez habría visitado un templo. Rosalie David comenta al respecto: «Algunos templos eran famosos por ser centros de incubación de sueños, donde el solicitante podía pasar la noche en un edificio especial y comunicarse con los dioses o con familiares fallecidos para obtener información sobre el futuro» (281). Cuando estas opciones fallaban, los vivos recurrían a escribir una carta. David continúa:
Un medio importante de contacto con quienes habían pasado al más allá lo constituían las llamadas «Cartas a los muertos». Las personas que consideraban que habían sufrido una injusticia podían escribir una carta a los muertos, pidiéndoles que intercedieran en su nombre. Si una persona viva con problemas no contaba con un protector poderoso en este mundo, podía buscar la ayuda de los muertos...Las cartas se colocaban en la capilla funeraria, junto a la mesa de ofrendas, donde el espíritu del difunto las encontraría cuando acudiera a comer. Las peticiones que figuran en las cartas son variadas: algunas solicitaban ayuda contra enemigos vivos o muertos, sobre todo en disputas familiares; otras pedían asistencia jurídica en apoyo de un solicitante que debía comparecer ante el tribunal divino en el Día del Juicio; y otras suplicaban bendiciones o beneficios especiales (282).
Dado que los difuntos seguían existiendo en el más allá, se podía contactar con ellos siempre que los vivos lo necesitaran; el mero hecho de que ya no pudieran verse en la Tierra no era motivo para creer que hubieran dejado de existir. El egiptólogo William Kelly Simpson escribe:
Para el difunto egipcio que se había sometido a los ritos de beatificación, la muerte era una prolongación de la vida y, como indica la práctica de los banquetes festivos en las capillas funerarias, la relación entre los vivos y los muertos no era en absoluto siempre un asunto lúgubre… Los fantasmas egipcios no eran tanto seres espeluznantes como personalidades ante las que los vivos reaccionaban de forma pragmática (112).
Jonsemhab y el fantasma
Este tipo de relación queda ilustrada a través de una historia de fantasmas del periodo ramésida (1186-1077 a.C.) del Imperio Nuevo (1570-1069 a.C.), cuyo título suele traducirse simplemente como Una historia de fantasmas, pero que también se conoce como Jonsemhab y el fantasma. Aunque la versión conservada de la historia data del Imperio Nuevo, se cree que es una copia de una obra más antigua del Imperio Medio. En este relato, el sumo sacerdote de Amón, Jonsemhab, se encuentra con un espíritu llamado Nebusemej, cuya tumba ha caído en ruinas. Nebusemej se describe como un individuo con un problema, no como un fantasma que ha regresado para atormentar o causar problemas a los vivos.
La historia comienza cuando Jonsemhab regresa a su casa, presumiblemente tras encontrarse por casualidad con el espíritu en la necrópolis de Tebas. Convoca al espíritu para hablar con él directamente, averigua su nombre y descubre su motivo de queja: su tumba se ha deteriorado porque el suelo que la sostenía se hundió y se derrumbó. Nadie sabe dónde está enterrado y, por eso, ya nadie le lleva ofrendas. Jonsemhab le promete al espíritu que le construirá una nueva tumba, pero Nebusemej se muestra escéptico y dice que ya ha oído promesas similares muchas veces antes cuando se ha quejado de esto a la gente. Jonsemhab envía a unos sirvientes que localizan la tumba y comunica a un funcionario sus planes de construir una nueva tumba para Nebusemej. El final de la historia se ha perdido, pero se supone que Jonsemhab cumplió su palabra y que le proporcionó una tumba nueva a Nebusemej.
Esta historia, aunque ficticia, concuerda con la manera en que los antiguos egipcios creían que interactuaban con los espíritus. Jonsemhab se considera un personaje ficticio, al igual que el relato de Nebusemej sobre su vida en la Tierra, pero la trama de la historia no habría parecido descabellada para un público de la Antigüedad. El propósito de la historia, además del entretenimiento, habría sido inculcarle al público la importancia de honrar y respetar a los difuntos mediante el recuerdo constante y el cuidado de sus tumbas. La historia deja claro que Nebusemej había sido un hombre importante en vida, cuya tumba merecía un mantenimiento y un respeto constantes, y que, si se le podía negar eso a alguien así, un hombre honrado por un rey tan grande como Mentuhotep II, entonces se le podría negar a cualquiera. La moraleja habría servido para recordarle al público que uno debe procurar honrar y respetar a los difuntos porque, al fin y al cabo, todos acabarían encontrándose en esa misma situación.
La vida presente y la que viene después
El más allá, conocido comúnmente como el Campo de los Juncos, reflejaba con precisión la vida terrenal de cada uno. Los dioses habían creado el lugar más perfecto al crear Egipto, y a los egipcios se les concedió el gran don de vivir allí eternamente tras haber pasado por la muerte y el juicio de Osiris. Como se ha señalado, esta concepción de la eternidad variaría en ocasiones, pero esa idea central siguiría entrelazándose con la dilatada historia de Egipto.
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No obstante, en el Imperio Medio se encuentran textos que se alejan notablemente de la creencia en una vida eterna de alegría en el más allá, lo cual se refleja en las palabras que Jonsemhab dirige al espíritu de Nebusemej:
Qué mal te va sin comer ni beber, sin envejecer ni rejuvenecer, sin luz solar ni brisas del norte. La oscuridad se cierne ante tus ojos cada día. No te levantas temprano para partir (Simpson, 113).
Esta es una visión que se expresa con frecuencia en la literatura del Imperio Medio: puede que la muerte fuese una certeza, pero lo que venía después no lo era. La visión egipcia de este periodo, al menos tal y como se expresa en la literatura, se acerca mucho más a la de Mesopotamia, donde los muertos seguían viviendo en un crepúsculo eterno, bebían de charcos y comían polvo. A diferencia de la visión tradicional egipcia, según la cual la gente seguía viviendo como lo había hecho siempre, entonces pensaban que el espíritu no tenía ninguna conexión con la vida anterior. La frase de Jonsemhab, «No te levantas temprano para marcharte», se referiría a la costumbre terrenal de levantarse por la mañana para ir a trabajar. Según la visión tradicional, en el más allá se habría seguido realizando lo mismo que se hacía en la Tierra. En Egipto, las tumbas siempre se consideraron el «hogar eterno» de cada uno, desde las mastabas del periodo Arcaico (hacia 3150-2613 a.C.) hasta la pirámide escalonada del rey Zoser (hacia 2670 a.C.), pasando por los monumentos de la dinastía ptolemaica (323-30 a.C.), pero parece que en el Imperio Medio se consideraban en general el destino final de la persona.
La preocupación por los muertos y los espíritus que regresaban siempre había formado parte de la cultura egipcia, pero un cierto escepticismo caracterizó la actitud del Imperio Medio e hizo de los fantasmas una amenaza mucho más presente para el orden establecido, al cuestionar la existencia de una vida después de la muerte de paz eterna: si no había ningún paraíso, ¿adónde iban las almas cuando la gente moría? La respuesta más extendida parece ser: a ninguna parte. Permanecían en sus tumbas, sus hogares eternos. Los fantasmas ya no venían del más allá para interactuar con los vivos; estaban presentes en esta vida.
Al mismo tiempo, como señala la egiptóloga Gae Callender, se observa un aumento de la piedad personal. Las expresiones individuales de devoción hacia los dioses y los propios deberes comienzan a aparecer con mayor frecuencia en las inscripciones de las tumbas durante el Imperio Medio. Callender escribe:
Se observaba un notable énfasis en la «piedad personal» (es decir, el acceso personal directo a las deidades, en lugar de a través del rey o los sacerdotes, un concepto religioso cuya popularidad aumentó aún más durante el Imperio Nuevo). Las estelas del Imperio Medio destacan la piedad de sus propietarios fallecidos y de ahí surgió el concepto de la «confesión negativa» (listas rituales de faltas que el difunto afirmaba no haber cometido). Las estelas se convirtieron en sí mismas en monumentos conmemorativos populares, especialmente aquellas decoradas con ojos de udyat, el símbolo por excelencia de la protección (Shaw, 169).
Creían que las declaraciones de piedad, talladas en la piedra que marcaba la tumba, garantizaban el recuerdo y el cuidado continuos del hogar del alma. Ante la falta de certeza sobre la vida después de la muerte, la tumba adquirió una importancia aún mayor de la que tenía antes. Al mismo tiempo, como señala Callender, la gente comenzó a desarrollar el concepto de una relación personal con los dioses, quienes cuidarían de sus espíritus piadosos en sus tumbas en caso de que la vida después de la muerte les fallara. Todo esto significaba, entre otras cosas, que se consideraba que los espíritus de los muertos estaban más cerca que antes. La gente podía tener una relación personal con los fantasmas de la misma manera que con los dioses.
Esta relación se analiza a través de un texto didáctico conocido como La instrucción del rey Amenemhat I a su hijo Senusret I. Este documento, que data de principios del Imperio Medio, contiene los consejos del espíritu del rey Amenemhat I (en torno a 1991-1962 a.C.) para su hijo Senusret I (h. 1971-1926 a.C.) y es posible que fuera encargado por Senusret I como elogio fúnebre a su padre. En su día, el documento se consideró una carta auténtica del rey al príncipe, pero desde entonces se ha llegado a entender como una obra literaria escrita tras el asesinato de Amenemhat.
En esta obra, el fantasma del rey le cuenta a su hijo cómo murió y le da consejos sobre cómo gobernar con éxito. Al igual que en Una historia de fantasmas, el texto de Las instrucciones de Amenemhat refleja la creencia de la época de que los muertos podían comunicarse directamente con los vivos sin necesidad de un mediador. En este género literario, los muertos escribían ahora cartas y los vivos eran los destinatarios. Los fantasmas estaban cerca, observando, esperando para ofrecer su ayuda o pedirla, no en una vida después de la muerte en otro plano, sino presentes, aunque invisibles.
Incluso en aquellas épocas en las que el concepto del Campo de los Juncos parecía más una certeza, los fantasmas seguían formando parte del panorama espiritual egipcio; simplemente tenían que recorrer un camino más largo para llegar hasta los vivos. La inexistencia resultaba aterradora para los antiguos egipcios e incluso la visión del Imperio Medio de una eternidad rondando la propia tumba era preferible a no tener eternidad alguna. La existencia continuada del alma tras la muerte era fundamental en la concepción egipcia, tanto si su actitud decía «no te lo puedes llevar contigo» como si pensaban que «lo conservas para siempre». Los muertos estaban tan presentes como los vivos y merecían el mismo respeto; y cuando no se les concedía esa cortesía de buen grado, podían dejar muy claro lo que sentían en su forma espectral.
Editora de español para WHE. Con una licenciatura en Filología Inglesa y un máster en Traducción, trabaja traduciendo de inglés y francés a español con especialización en historia, belleza, subtitulación y juegos. Su interés gira principalmente en torno a la antigua Grecia, Mesopotamia y Egipto.
Joshua J. Mark es cofundador y director de contenidos de World History Encyclopedia. Anteriormente, se desempeñaba como profesor en el Colegio Marista de Nueva York, donde enseñó historia, filosofía, literatura y escritura. Ha viajado extensamente y vivió en Grecia y en Alemania.
Escrito por Joshua J. Mark, publicado el 30 octubre 2016. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.