Los ávaros eran una confederación heterogénea (diversa) de pueblos compuesta por los rouran, los heftalitas y las razas turco-úgricas que emigraron a la región de la estepa póntica (a grandes rasgos los actuales Ucrania, Rusia y Kazajistán) desde Asia Central tras la caída del Imperio rouran asiático en 552 d.C. Muchos historiadores los consideran los sucesores de los hunos en su estilo de vida y, en especial, sus técnicas bélicas a caballo. Se asentaron en el antiguo territorio de los hunos y casi inmediatamente se lanzaron a la conquista. Después de que el Imperio bizantino los contratara para subyugar a otras tribus, su rey Bayan I (que reinó de 562/565-602) se alió con los lombardos dirigidos por Alboino (que reinó de 560-572) para derrotar a los gépidos de Panonia y luego apoderarse de la región, obligando a los lombardos a emigrar a Italia.
Con el tiempo, los ávaros lograron establecer el kaganato ávaro, que cubría el territorio que hoy en día corresponde más o menos a Austria, Hungría, Rumanía, Serbia, Bulgaria e incluso parte de Turquía. La partida de los lombardos hacia Italia en 568 eliminó otro pueblo hostil de Panonia, lo que le permitió a Bayan I expandir sus territorios con relativa facilidad y fundar su imperio, que perduraría hasta 796, cuando los ávaros fueron conquistados por los francos de Carlomagno.
Orígenes y migración
El origen exacto de los ávaros, al igual que el de los hunos, es muy debatido, pero muchos historiadores, incluido Christoph Baumer, los equiparan con el kaganato rouran de Mongolia, al norte de China. El kaganato rouran fue derrotado por los gokturcos en 552 y su gente, liderada por los mongoles xianbei, huyó al oeste para escapar de su dominio. Esta afirmación parece la más probable, aunque no todos los estudiosos la aceptan. La tribu ju-juan de Mongolia se alió con los hunos blancos contra un pueblo conocido como los toba, que eran turcos, en muchos enfrentamientos y se estableció como un imperio en la región mongola en torno a 394. El imperio se conocería como el kaganato rouran, que cayó ante los Gokturcos en 552 poco antes de que los ávaros aparecieran en la estepa en torno a 557, de manera que Baumer y los que están de acuerdo con él parecen estar en lo cierto.
La primera mención de los ávaros en la historia romana proviene de Prisco de Panio en 463, quien menciona a los ávaros en conexión con una tribu llamada de los sabiros que parecen ser un subgrupo de hunos. Prisco es una de las fuentes primarias para los hunos; conoció a Atila y cenó con él en 448/449 en una misión diplomática y tomó nota de las actividades de los hunos tras la muerte de Atila en 453. El Imperio huno que estableció Atila estaba desintegrándose en aquel momento (en torno a 463), empezando por la derrota huna frente a Ardarico de los gépidos en 454 en la batalla de Nedao.
Después de Nedao otras naciones que habían estado sometidas a los hunos también se revolucionaron y el Imperio huno se desmanteló en 469. Aunque se debate si los ávaros que menciona Prisco son la misma coalición que los que huyeron de Mongolia en 552. La composición étnica de muchas de las tribus que los escritores romanos llaman «bárbaras», como los alamani, por ejemplo, fue cambiando desde que se las menciona por primera vez hasta las menciones posteriores. Lo más probable es que, tal y como señalan historiadores como Peter Heather y Denis Sinor, los ávaros posteriores fueran un grupo diferente con el mismo nombre. Los primeros ávaros parecían ser una confederación establecida en la región, mientras que los ávaros posteriores eran refugiados de Asia Central que estaban huyendo de los gokturcos quien, por lo que parece, los estaban persiguiendo.
Contacto con Roma
En cuanto a su origen y su huida al oeste, Heather escribe:
[Los ávaros] eran la siguiente gran oleada de guerreros ecuestres nómadas después de los hunos en barrer la gran llanura euroasiática y construir un imperio en Europa central. Por suerte, sabemos bastante más de ellos que de los hunos. Los ávaros hablaban una lengua túrquica y anteriormente habían sido la fuerza dominante tras una confederación nómada mayor en la frontera con China. A principios del siglo VI habían perdido su posición frente a una fuerza enemiga, los llamados turcos occidentales [Gokturcos] y llegaron a las afueras de Europa como refugiados políticos, anunciando su llegada con una embajada que se presentó en la corte de Justiniano en 558. (401)
Justiniano I (482-565) recibió la embajada y accedió a contratarlos para luchar contra otras tribus problemáticas. Los ávaros cumplieron su deber admirablemente y esperaban que el imperio siguiera pagándolos. Querían su propia patria para asentarse donde podrían sentirse seguros de los turcos. El rey de los ávaros, Bayan I, intentó llevar a su pueblo al sur del Danubio, pero los romanos no le dejaron. Así que se llevó a los ávaros al norte, donde se encontró con la resistencia de los francos liderados por el rey Sigeberto I. De manera que siguieron siendo nómadas al servició de Roma hasta la muerte de Justiniano en 565. Su sucesor, Justino II (en torno a 520-578), canceló el contrato con los ávaros y, cuando la embajada ávara pidió permiso para cruzar el sur del Danubio, se lo denegaron. Volvieron a intentar cruzar al norte, pero el Ejército de Sigeberto I se lo impidió. En consecuencia, Bayan I dirigió su atención a Panonia o, según otras fuentes, Justino II lo invitó a ir allí para echar a los gépidos.
Los lombardos dirigidos por Alboino ya estaban en Panonia en conflicto con los gépidos que controlaban la mayor parte de la región. Al igual que con los ávaros, las fuentes difieren sobre si los lombardos emigraron a Panonia por voluntad propia o porque el imperio los invitó allí para expulsar a los gépidos. Bayan I quería tomar la capital de Sirmio, pero no conocía la región y necesitaba la ayuda de gente que la conociera mejor. Se alió con Alboino y los lombardos y, en 567, ambos ejércitos unieron fuerzas y aplastaron a los gépidos. Bayan I negoció los términos de la alianza con Alboino antes de ir a la batalla: si ganaban, los ávaros recibirían las tierras y las riquezas de los gépidos, además de su gente como esclavos, y los lombardos podrían vivir en paz. No está muy claro por qué aceptó Alboino este acuerdo desigual, pero el caso es que lo hizo. Al igual que los hunos y sus políticas para con otras naciones, cabe la posibilidad de que Bayan I amenazara a Alboino con conquistarlo si no acataba los intereses ávaros.
Los ejércitos se encontraron en la batalla a cierta distancia de Sirmio y los gépidos, dirigidos por el rey Cunimundo, fueron derrotados. Las fuentes difieren sobre lo que pasó después: según algunas, Bayan I mató a Cunimundo y convirtió su calavera en una copa que después le regaló a Alboino como compañero de armas y, según otras, Alboino mató a Cunimundo y se hizo una copa con su cráneo, que después llevaba colgada del cinturón.
Los ejércitos marcharon a Sirmio, pero los gépidos ya habían solicitado la ayuda del Imperio Oriental y acordaron entregarle la ciudad. Para cuando Bayan I y Alboino llegaron a Sirmio, estaba bien defendida y los rechazaron. Como no se habían preparado para un asedio prolongado, los ejércitos se retiraron.
Surgimiento del Imperio ávaro
Aunque Sirmio no fue capturada, ahora los ávaros controlaban la mayor parte de Panonia y los lombardos descubrieron que el acuerdo que habían hecho anteriormente no les favorecía en absoluto. Alboino intentó formar una alianza con los gépidos contra los ávaros al casarse con Rosamunda, la hija de Cunimundo, a quien había capturado después de la batalla. Pero ya era demasiado tarde porque los ávaros contaban con demasiado poder para entonces. En 568 Alboino sacó a su pueblo de Panonia en dirección a Italia donde moriría asesinado en 572 en un complot organizado por su esposa para vengar la muerte de su padre.
Los ávaros, todavía dirigidos por Bayan I, se dispusieron a construir su imperio en las llanuras de Panonia. Algunas de las decisiones militares de Bayan I dejan ver que parece que había una etnicidad «ávara» central dentro de una confederación más amplia. El historiador Denis Sinor escribe:
La composición étnica del Estado ávaro no era homogénea. Para la época de la conquista de los gépidos, Bayan ya contaba con 10.000 súbditos guerreros cutriguros. En 568, los envió a invadir Dalmacia argumentando que cualquier baja que sufrieran en la lucha contra los bizantinos no dañaría a los propios ávaros. (222)
Bajo el mandato de Bayan I, los ávaros se expandieron por Panonia en todas direcciones y, a través de las conquistas, ampliaron su imperio. Había varios grupos eslavos que habían seguido a los ávaros a Panonia, que ahora estaban sometidos al gobierno ávaro y parece que los trataban con la misma falta de interés con la que trataban a los guerreros cutriguros que menciona Sinor. Bayan I supervisó la selección de la base de operaciones ávara en su nueva patria y puede que la eligiera por su asociación con los hunos. El historiador Erik Hildinger comenta lo siguiente al respecto:
Los ávaros establecieron su cuartel general cerca de la antigua capital de Atila un siglo antes y lo fortificaron. Se conocía como El anillo. Ahora que estaba firmemente establecido en Panonia, Bayan luchó contra los francos de Sigeberto y los derrotó en 570. Una docena de años más tarde, Bayan atacó el territorio bizantino y se hizo con la ciudad de Sirmio a orillas del río Sava. Después continuó con varias campañas contra los bizantinos y tomó Singidunum (Belgrado) y devastó Moesia, hasta que fue derrotado cerca de Adrianópolis en 587. A ojos de los bizantinos debió de parecer una repetición de las agresiones hunas del siglo V. (76)
Conquista ávara
Una vez conquistada Sirmio, y con su eficiente centro de operaciones en El anillo, Bayan I siguió adelante con sus conquistas. Christoph Baumer escribe que Bayan I condujo a sus ejércitos a los Balcanes y exigió tributos del Imperio Oriental a cambio de paz, para después «junto con los eslavos derrotados, a quienes utilizaba como una suerte de «carne de cañón», invadió Grecia en la década de 580» (Volumen II, 208). En la guerra, los ávaros utilizaban tácticas similares a las que habían usado los hunos un siglo antes. Y al igual que ellos, eran jinetes expertos. Baumer señala que «el estribo de hierro no llegó a Europa hasta la invasión ávara en la segunda mitad del siglo VI». El estribo «hacía posible montar en cuclillas o casi de pie, lo que mejoraba la movilidad del jinete y también aumentaba el impacto de una caballería atacante» (Volumen I, 86). Mejoró en gran medida la caballería ávara ya de por sí formidable y la convirtió en la fuerza militar montada más temida e invencible desde la época de los hunos. Baumer escribe:
En su famosa guía militar Sobre el general (Strategikon en griego), el emperador bizantino Mauricio (que reinó de 582-602), describe acertadamente el estilo de batalla de los ávaros, a quienes compara con los hunos de la siguiente manera: Prefieren las batallas libradas a larga distancia, las emboscadas, rodear a sus adversarios, simular retiradas para regresar repentinamente y las formaciones en forma de cuña... Cuando hacen que sus enemigos salgan a la fuga, no se conforman, como los persas y los romanos u otros pueblos, con perseguirlos a una distancia razonable y saquear sus bienes, sino que no cejan en absoluto hasta lograr la destrucción completa de sus enemigos... si la batalla resulta bien, no se apresure a perseguir al enemigo ni se comporte con descuido. Porque esta nación [los nómadas de la estepa] no se da por vencida, como hacen otras, cuando sale perdiendo en la primera batalla. Hasta que se queden sin fuerzas seguirán probando todo tipo de maneras de atacar a sus enemigos. (Volumen I, 265-267)
Justino II había comenzado una guerra contra los sasánidas en el año 572 y, cuando sus ejércitos imperiales se habían ido hacia el este, Bayan I invadió aún más los territorios bizantinos. Exigió tributos cada vez más elevados y derrotó a los ejércitos imperiales enviados contra él. No fue hasta el año 592, con la conclusión de la guerra del imperio contra los sasánidas, que el emperador Mauricio fue capaz de enviar un ejército adecuado contra Bayan I. Las tropas imperiales dirigidas por el general Prisco lograron expulsar a los ávaros de los Balcanes y de vuelta a Panonia, casi a su capital. Probablemente habrían destruido a los ávaros en masa de no ser por la insurrección en Constantinopla conocida como la rebelión de Focas en 602.
Mauricio se negó a permitir que el ejército se retirara y le ordenó pasar el invierno en los Balcanes en caso de que los ávaros organizaran un ataque inesperado. Los soldados se rebelaron y, según el historiador Teófanes (en torno a 760-818), eligieron al centurión Focas (547-610) como su líder:
Los soldados pusieron a Focas a la cabeza y marcharon hacia Constantinopla, donde fue coronado rápidamente y Mauricio y sus cinco hijos fueron ejecutados. Esto ocurrió el 27 de noviembre de 602. A la usurpación de Focas le siguió un ataque al imperio, tanto al este como al oeste, por los persas por un lado y los ávaros por el otro. Pero dos años más tarde, convencieron al Gran kan [rey de los ávaros] de firmar la paz con un estipendio anual mayor (451).
En ese momento (el año 602) se propagó una peste por los Balcanes que se extendió a las regiones colindantes. Es probable que Bayan I fuera una de las muchas víctimas de la enfermedad. Tras Bayan I asumió el trono su hijo, cuyo nombre se desconoce, que intentó seguir adelante con el imperio de su padre. En 626 dirigió una campaña contra Constantinopla, en alianza con el Imperio sasánida, en un ataque terrestre y marítimo. Las formidables defensas de las murallas de Teodosio (construidas durante el reinado de Teodosio II, 408-450) repelieron el ataque por tierra, mientras que la flota bizantina derrotó el ataque naval y hundió muchos de los barcos ávaros. La campaña fue un completo fracaso y los ávaros sobrevivientes regresaron a casa en Panonia.
La decadencia del Imperio ávaro
En aquella época el emperador bizantino era Heraclio (610-641), que dejó de pagar a los ávaros de inmediato. Baumer señala que «esto privó al kaganato ávaro, cuyas tribus y clanes dependían de la distribución regular de bienes, de su base económica» (Volumen II, 208). Cuando se murió el hijo de Bayan en 630 los búlgaros de la región se alzaron en rebelión y estalló la guerra civil entre búlgaros y ávaros. Los búlgaros le pidieron ayuda al Imperio Oriental, pero este estaba demasiado ocupado lidiando con los ataques árabes como para prestársela, así que los búlgaros tuvieron que seguir solos. Y, aunque los ávaros ganaron la contienda, el conflicto resultó costoso y el poder de los ávaros fue a menos. Baumer escribe:
Las investigaciones arqueológicas muestran que la cultura material de los ávaros cambió después de 630, porque la cantidad de armas enterradas como objetos funerarios en las tumbas de hombres disminuyó considerablemente. La economía del Imperio ávaro dejó de basarse en guerras y asaltos y se fue sustituyendo poco a poco por la agricultura; los antiguos guerreros a caballo cambiaron la lanza y la armadura por el arado y ahora vivían en casas con tejados a dos aguas excavadas en el suelo. (Volumen II, 209)
Peter Heather señala que, «al igual que los hunos, los ávaros carecían de la capacidad gubernamental para dirigir de manera directa su gran cantidad de grupos de súbditos; en vez de eso, operaban a través de una serie de líderes intermedios que provenían, en parte, de esos grupos súbditos» (608). Este sistema de gobierno funcionó bien mientras Bayan I estuvo gobernando, pero, una vez muerto, condujo a la desunión. Cuando Carlomagno de los francos ascendió al poder en 768 los ávaros no estaban en posición de enfrentarse a él. Carlomagno conquistó a los lombardos vecinos en 774 y luego siguió con los ávaros, pero tuvo que detener su campaña para lidiar con una revuelta de los sajones. En vez de aprovechar esta oportunidad para fortalecer sus defensas y movilizarse, los ávaros se pelearon entre sí y el conflicto acabó desembocando en una guerra civil en 794 en la que perecieron los líderes de ambas facciones. La autoridad subordinada a cargo le ofreció los restos del Imperio ávaro a Carlomagno, quien aceptó, pero luego atacó de todos modos en el año 795. Tomó El anillo sin mayor problema y se llevó el tesoro de los ávaros. El imperio llegó a su fin oficialmente en 796 con la rendición oficial y, a partir de entonces, los ávaros estuvieron gobernados por los francos. Los ávaros se rebelaron en 799 pero los francos aplastaron la revuelta en 802/803 y, posteriormente, se fusionarían con otros pueblos.
No obstante, su legado consistió en cambiar para siempre la composición étnica de las regiones que conquistaron. Peter Heather escribe:
Hay muchas razones para suponer que [el sistema de gobierno del Imperio ávaro] tuvo el efecto político de cimentar el poder social de los subordinados elegidos; por lo menos, empujó aún más a sus súbditos eslavos en la dirección de la consolidación política e impulsó y permitió una diáspora eslava más amplia, ya que algunos grupos eslavos se movieron más lejos para escapar de la dominación ávara. Los asentamientos eslavos a gran escala en los antiguos Balcanes romanos orientales, en contraposición con las incursiones anteriores, solo fueron posibles cuando el Imperio ávaro (en combinación con las conquistas persas y luego árabes) destruyó la superioridad militar de Constantinopla en la región. (608)
Al igual que los hunos, con quienes se los suele comparar, los ávaros cambiaron radicalmente el mundo que habitaban. No solo desplazaron a un gran número de personas, como los lombardos o los eslavos, sino que rompieron el poder político y militar de la segunda mitad del Imperio romano. Se cuentan entre los guerreros a caballo más feroces de la historia, pero, tal y como lo expresa Howorth, también eran «pastores y saqueadores y sin duda dependían de sus vecinos y de esclavos para la artesanía, a excepción quizás de la de la fabricación de espadas» (810). Incluso sus espadas estaban vinculadas a los hunos, en el sentido de que los cronistas francos mencionan las «"espadas hunas", quizá en referencia a las hojas damasquinadas como las que se encontraron en gran cantidad en un barco en Nydam en Dinamarca, que aparentemente datan de este período» (Howorth, 810). El legado de los ávaros todavía se reconoce en la actualidad en las poblaciones de las tierras que conquistaron. Hay un buen motivo para que se los compare tan a menudo con los hunos: a través de sus campañas militares alteraron de manera significativa la demografía de las regiones que asaltaron; hicieron desplazarse a grandes cantidades de gente que después establecerían su cultura en otras partes.
