El término «Creciente Fértil», acuñado en 1916 por el egiptólogo James Henry Breasted, hace referencia a un amplio arco de tierra que va desde el Mediterráneo oriental, a través de Anatolia, hasta Mesopotamia. Abarca partes de lo que hoy en día son Irak, Siria, Líbano, Israel, Palestina, Jordán, Turquía e Irán occidental y es una región que se ha ganado ese nombre por sus suelos inusualmente ricos, sus ecosistemas variados y sus sistemas fluviales, de los que destacan el Tigris y el Éufrates. Los indicios arqueológicos nos muestran que para el noveno mileno a.C. las comunidades habían pasado de la búsqueda y recolección de alimentos a una agricultura sedentaria que cultivaba cereales tempranos como el trigo y la cebada y a la domesticación de animales como ovejas, cabras y cerdos. Estas ventajas medioambientales y tecnológicas sentaron los cimientos materiales para dar pie al crecimiento de la población, la diferenciación social y a formas de organización de la comunidad cada vez más complejas.
Con el tiempo, el Creciente Fértil se convirtió en el catalizador para el surgimiento de algunas de las primeras sociedades urbanas y estatales. El excedente alimentario permitió la especialización, las redes de comercio a larga distancia y el surgimiento de instituciones administrativas y religiosas que conformaron la autoridad política primitiva. Este proceso culminó en el surgimiento de centros urbanos como Sumeria, Acadia, Asiria y más adelante el Levante, entidades políticas cuyas innovaciones en la escritura, la ley, el regadío y el gobierno dejaron una profunda huella en la historia de la humanidad. Aunque el término «Creciente Fértil» refleja un entendimiento moderno, subraya la continuidad de la región como encrucijada de culturas e ideas y pone en relieve que la geografía, el entorno y la adaptación humana interactuaron para crear uno de los núcleos de desarrollo más influyentes de la Antigüedad.

