El Acuerdo Religioso Isabelino fue un conjunto de leyes y decisiones relativas a las prácticas religiosas introducidas entre 1558 y 1563 d.C. por Isabel I de Inglaterra, quien reinó entre 1558 y 1603. Este acuerdo dio continuidad a la Reforma inglesa, iniciada durante el reinado de su padre, Enrique VIII de Inglaterra, quien gobernó entre 1509 y 1547. Durante este proceso, la Iglesia protestante de Inglaterra se separó de la Iglesia católica, encabezada por el papa en Roma. Las características moderadas del acuerdo suscitaron la oposición tanto de católicos radicales como de protestantes radicales. Además, el papa excomulgó a Isabel por herejía en 1570. No obstante, muchas de las disposiciones del acuerdo, como la sustitución de los altares por mesas de comunión, el uso del inglés en los oficios religiosos y la prohibición de la misa tradicional, se mantuvieron durante los siglos posteriores, y sus efectos aún pueden observarse en la actual Iglesia anglicana.
El Acuerdo Religioso Isabelino estuvo compuesto por los siguientes elementos principales:
El Acta de Supremacía: estableció a Isabel como cabeza de la Iglesia de Inglaterra.
El Acta de Uniformidad: reguló la apariencia de las iglesias y los servicios religiosos, y prohibió la celebración de la misa.
Las Instrucciones Reales: consistieron en 57 disposiciones sobre asuntos eclesiásticos; por ejemplo, se exigía licencia a los predicadores y se prohibían las peregrinaciones.
El Libro de Oración Común: fue una nueva combinación moderada de libros de oración anteriores, destinada a utilizarse en los servicios religiosos.
Los Treinta y Nueve Artículos: representaron un intento de definir el protestantismo inglés.
Enrique VIII había iniciado la Reforma inglesa, que separó a la Iglesia en Inglaterra de la Roma católica. Posteriormente, la Iglesia de Inglaterra se orientó aún más hacia un protestantismo pleno bajo el sucesor de Enrique, su hijo Eduardo VI de Inglaterra, quien reinó entre 1547 y 1553. La soberana siguiente fue María I de Inglaterra, de confesión católica, cuyo reinado se extendió de 1553 a 1558, y quien revirtió la Reforma. El breve gobierno de «María la Sangrienta» concluyó a causa del cáncer, y su media hermana Isabel ascendió al trono en 1558. Isabel emprendió entonces la restitución de la Iglesia de Inglaterra a su estado reformado, tal como había sido bajo Eduardo VI o, de ser posible, de una manera menos radical. Al parecer, Isabel mantenía posturas religiosas moderadas y deseaba, por encima de todo, evitar las escenas sangrientas de ejecución de mártires que habían caracterizado el gobierno de su predecesora. Como expresó la propia reina, no pensaba «abrir ventanas al alma de ningún hombre» (Woodward, 171).
Las reformas prudentes de Isabel dieron lugar a «una Iglesia protestante en su doctrina y católica en su apariencia».
Las posturas personales exactas de la reina en materia religiosa eran difíciles de determinar. La coronación de Isabel ofrece una pista sobre su posición intermedia, ya que en la abadía de Westminster se permitió la celebración de la misa, pero la reina recién coronada se retiró antes de la elevación de la hostia, momento en el que el sacerdote alza el pan de la comunión, ya transformado en el cuerpo de Jesucristo. Parecía cumplirse el principio de «fuera de la vista, fuera de la mente», y este se aplicaría a los cristianos practicantes de ambos lados del debate. Si bien muchas personas se declaraban abiertamente católicas o protestantes, es probable que muchas más se sintieran atraídas por elementos de ambas tradiciones, como, por ejemplo, admirar la bella ornamentación de un crucifijo de oro y, al mismo tiempo, preferir el uso del inglés en los oficios religiosos. La propia Isabel se mostraba cómoda con la presencia de elementos claramente católicos, como velas y un crucifijo, en su capilla privada.
Una cuestión en la que Isabel sí insistió fue en restablecerse como cabeza de la Iglesia, lo que también contribuiría a asegurar su trono en términos políticos. Las divisiones religiosas podían conducir con facilidad a una guerra civil perjudicial. Existían obstáculos significativos, en particular la presencia de numerosos obispos católicos nombrados durante el reinado de María, así como de muchos nobles del Gobierno con inclinaciones católicas. El norte de Inglaterra seguía siendo conservador en materia religiosa y los tres vecinos más cercanos de Inglaterra, Escocia, Francia y España, eran Estados católicos. En consecuencia, las reformas de Isabel debían introducirse con cautela.
La reafirmación del control de la reina sobre los asuntos religiosos se logró mediante el Acta de Supremacía de abril de 1559, que volvió a cerrar la puerta a la autoridad del papa. Isabel había tomado la decisión de arrestar a todos los obispos católicos que no aceptaran su autoridad como soberana, y como consecuencia de ello dos obispos fueron enviados a la Torre de Londres. Esta presión permitió que el Acta fuera aprobada por el Parlamento, aunque solo por una mayoría mínima. La reina cedió parcialmente en la redacción del Acta de Supremacía al autodenominarse «Gobernadora Suprema» de la Iglesia en lugar de «Cabeza Suprema», lo que la hacía más aceptable para aquellos protestantes que rechazaban la idea de una mujer ocupando esa posición. Isabel estaba decidida a garantizar la aplicación del Acta y, con ese fin, envió inspectores a las parroquias. A partir de entonces, cualquier persona sospechada de no reconocer a Isabel como cabeza de la Iglesia podía ser llevada ante un nuevo tribunal, la Corte de la Alta Comisión. A diferencia de lo que ocurría en otros Estados protestantes, se mantuvo la antigua estructura católica de la Iglesia por debajo de la soberana, con los obispos organizados jerárquicamente. El arzobispo de Canterbury permanecía en la cúspide, seguido por el arzobispo de York, y era el monarca quien nombraba a obispos y arzobispos. Se trataba de un buen comienzo, aunque encontrar un equilibrio entre los sectores radicales de ambos lados del debate religioso resultaría más complejo que un mero juego de palabras.
El siguiente paso se produjo inmediatamente después del primero y fue el Acta de Uniformidad de mayo de 1559. Esta ley establecía cómo debía ser el interior de las iglesias. En esencia, el Acta devolvió a los templos el aspecto que habían tenido en 1549. Una de las diferencias más visibles con respecto a las iglesias católicas tradicionales fue la sustitución del altar por una mesa de comunión. Como símbolo de los compromisos generales que se estaban llevando a cabo, los sacerdotes podían colocar un crucifijo y velas sobre la mesa. Otras tradiciones católicas que se mantuvieron incluían la señal de la cruz durante el bautismo y el uso de vestimentas tradicionales por parte de los sacerdotes. Como señala el historiador D. Starkey, las prudentes reformas de Isabel dieron lugar a «una Iglesia protestante en su doctrina y católica en su apariencia» (314). Un embajador francés, que escribió en 1597, confirma esta visión en su descripción de un oficio religioso típico de la Iglesia inglesa:
En cuanto a la forma de su servicio en la iglesia y a sus oraciones, salvo porque se realizan en lengua inglesa, todavía puede reconocerse una gran parte de la misa, que han limitado únicamente en lo relativo a la comunión individual. Cantan los salmos en inglés y, a determinadas horas del día, utilizan órganos y música. Los sacerdotes visten la capucha y la sobrepelliz. Parece que, aparte de la ausencia de imágenes, existe poca diferencia entre sus ceremonias y las de la Iglesia de Roma.
Otras dos características importantes del Acta de Uniformidad fueron, en primer lugar, que la asistencia a la iglesia se volvió obligatoria. La inasistencia al servicio acarreaba una multa leve, que posteriormente se destinaba a los pobres. Dicha multa ascendía a un chelín, equivalente entonces aproximadamente a un día de trabajo de un obrero calificado, aunque en la práctica pocas llegaron a cobrarse. En segundo lugar, se prohibió la asistencia a la misa católica, y quienes fueran declarados culpables de esta infracción recibían una multa elevada. Un sacerdote hallado culpable de celebrar una misa podía enfrentarse a la pena de muerte.
Las Instrucciones Reales
Las Instrucciones Reales de julio de 1559 establecieron otras 57 disposiciones que la Iglesia de Inglaterra debía cumplir. Muchas de estas instrucciones se referían a los predicadores, quienes a partir de entonces debían contar con una licencia emitida por un obispo y estaban obligados a celebrar al menos un servicio al mes, bajo pena de perder dicha licencia. Cada iglesia debía disponer de una Biblia en inglés para su congregación, no debían destruirse más altares y se prohibieron las peregrinaciones.
Isabel también tuvo que hacer concesiones a los protestantes radicales y, por ello, introdujo un nuevo Libro de Oración Común en 1559, que no era tan radical como la versión de 1552 de Thomas Cranmer, pero sí más que la versión más moderada de 1549. Esta nueva versión amalgamada, al igual que sus predecesoras, establecía la forma en que debían celebrarse los servicios religiosos y debía utilizarse en ellos. De manera crucial, el Libro de Oración abordaba el significado del pan y el vino en el servicio de comunión. En lugar de considerar que estos elementos se transformaban en el cuerpo y la sangre de Jesucristo cuando eran bendecidos por un sacerdote católico, el predicador protestante se limitaba a alentar al creyente a tomarlos como un recordatorio del sacrificio de Cristo. Las palabras específicas eran las siguientes:
El cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, que fue entregado por ti, preserve tu cuerpo y tu alma para la vida eterna; toma y come esto en recuerdo de que Cristo murió por ti; aliméntate de él en tu corazón por medio de la fe y la acción de gracias.
Los Treinta y Nueve Artículos de 1563 constituyeron la última parte del Acuerdo Religioso Isabelino y adquirieron fuerza de ley en 1571. En esencia, abordaban todas aquellas cuestiones que aún no habían sido reguladas por la legislación previa y tenían como objetivo establecer de manera definitiva qué se entendía por la versión inglesa del protestantismo, conocida como anglicanismo. Esta tarea distaba mucho de ser sencilla, ya que en estas primeras etapas nadie tenía del todo claro qué era exactamente el anglicanismo, salvo que no se trataba ni del catolicismo ni de una forma extrema de protestantismo, sino de una posición intermedia entre ambos. El artículo 34, por ejemplo, establecía lo siguiente:
No es necesario que las tradiciones y ceremonias sean en todos los lugares una sola cosa ni completamente iguales, pues en todo tiempo han sido diversas y pueden modificarse según las diferencias de los países, de las épocas y de las costumbres de los hombres, siempre que nada se ordene contra la Palabra de Dios… Toda iglesia particular o nacional tiene autoridad para establecer, cambiar y abolir ceremonias o ritos de la Iglesia… (Miller, 122)
Recepción
Las reformas pudieron haber sido moderadas, pero fueron suficientes para que el papa excomulgara finalmente a la reina por herejía en febrero de 1570. Ni Francia ni España reaccionaron ante los cambios, quizá porque creían que serían tan temporales como esperaban que lo fuera el reinado de Isabel. Tanto los protestantes más intransigentes como los católicos en Inglaterra se mostraron insatisfechos con la postura pragmática de Isabel, quien optó por un enfoque intermedio que resultó aceptable para la mayoría de sus súbditos, en gran medida indiferente. Se produjo una renovación de los cargos eclesiásticos, ya que Isabel destituyó a los obispos que aún eran favorables al catolicismo y, en virtud del Acta de Intercambio de 1559, confiscó sus propiedades, o los amenazó con hacerlo si no se ajustaban a las nuevas disposiciones. Los impuestos que hasta entonces se habían pagado a Roma fueron redirigidos, como antes del reinado de María, al Gobierno inglés. Aunque, en términos prácticos, a los fieles más extremistas se les permitió en gran medida practicar sus creencias sin interferencias, alrededor de cuatrocientos sacerdotes renunciaron como consecuencia del acuerdo. También es cierto que muchos predicadores continuaron actuando como antes, con la esperanza de no ser advertidos por las autoridades, que en algunos casos se mostraron comprensivas a nivel local. A pesar de estas reacciones, y teniendo en cuenta los cambios introducidos y la violencia observada en otros países europeos, Inglaterra logró superar un obstáculo difícil y potencialmente peligroso, aunque en las décadas siguientes surgirían nuevos desafíos, a medida que las cuestiones religiosas influyeran en la política exterior y esta, a su vez, en aquellas.
Estudiante avanzada de traducción con experiencia en proyectos terminológicos junto a la OMPI. Interesada en la traducción especializada y en facilitar el acceso multilingüe a contenidos culturales y educativos.
Mark es el director de Publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 02 junio 2020. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.