El asedio de Acre, ubicado en la costa norte de Israel, fue la primera gran batalla de la tercera cruzada(1189-1192 d.C.). El prolongado asedio, llevado a cabo por una fuerza combinada de ejércitos europeos contra la guarnición musulmana y el ejército cercano de Saladino, sultán de Egipto y Siria (reinó entre 1174 y 1193), duró desde 1189 hasta 1191. Gracias a sus impresionantes armas y tácticas de asedio, así como al liderazgo de hombres como Ricardo I de Inglaterra (reinó entre 1189 y 1199), los cruzados capturaron la ciudad el 12 de julio de 1191. Fue una victoria que elevó la moral, pero el ejército de Saladino permaneció prácticamente intacto, y ambos bandos volvieron a enfrentarse dos meses después en Arsuf. Una vez más, los cruzados ganaron la batalla, pero, con cada nuevo enfrentamiento, los ejércitos occidentales se fueron debilitando, de modo que el verdadero objetivo de recuperar Jerusalén se alejaba cada vez más de su alcance.
La tercera cruzada (1189-1192) se inició para recuperar Jerusalén después de que la Ciudad Santa fuera conquistada en 1187 por el líder musulmán Saladino. Saladino ya había tomado el control de Damasco en 1174 y de Alepo en 1183, además de derrotar a los Estados cruzadosaliados en la batalla de Hattin en 1187. De esta manera, el líder musulmán pudo tomar el control de ciudades como Acre, Jaffa y Jerusalén. El Oriente latino, como se conocía colectivamente a aquellos Estados creados por los primeros cruzados, había prácticamente colapsado, y solo Tiro permanecía en manos cristianas bajo el mando de Conrado de Montferrato.
El papa Gregorio VIII (pontíficeen 1187) respondió a estos desastres convocando la tercera cruzada con el fin de recuperar Jerusalén y reliquias sagradas perdidas, como la Vera Cruz. Los tres monarcas más importantes de Europa aceptaron el desafío del papa: el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico I Barbarroja, rey de Alemania (reinó entre 1152 y 1190), Felipe II de Francia (reinó entre 1180 y 1223) y Ricardo I «Corazón de León» de Inglaterra.
Saladino no tardó en reforzar Acre y convertirla en una de sus guarniciones y depósitos de armas más importantes.
Tres ejércitos partieron hacia Tierra Santa; el de Federico avanzó por tierra, donde sufrió un desastre total después de que el emperador cayera de su caballo y se ahogara el 10 de junio de 1190 en el río Saleph, en el sur de Cilicia. De aquellos soldados que no regresaron a casa abatidos, muchos murieron a causa de un brote de disentería. Mientras tanto, los ejércitos de Felipe y Ricardo viajaron al Medio Oriente por mar, y Ricardo capturó Sicilia y Chipre durante el trayecto. De esta forma, los cruzados llegaron a Acre a comienzos de junio de 1191 y dieron un impulso muy necesario al asedio en curso de la ciudad.
Antes de 1187, Acre había sido una importante ciudad costera del Reino de Jerusalén, uno de los Estadoscreados por los cruzados que se habían asentado en el Medio Oriente. La ciudad portuaria, construida sobre una península, tenía sus lados oeste y sur protegidos por el mar, y los otros dos por enormes murallas. Acre había caído, al igual que Jerusalén, en manos de Saladino. El líder musulmán no tardó en reforzar la ciudad y convertirla en una de sus guarniciones y depósitos de armas más importantes.
El noble francés Guido de Lusignan, rey de lo que quedaba del Reino de Jerusalén (reinó entre 1186 y 1192), decidió atacar Acre en 1189. Considerando la precaria situación de los latinos en la región, fue una maniobra arriesgada, quizá motivada por la necesidad de organizar algún tipo de respuesta frente a las incursiones musulmanas y movilizarse mientras Saladino aún se encontraba asegurando varios castillos de la región, especialmente Beaufort, donde se desarrollaba un asedio. Además, con su rival Conrado de Montferrato controlando Tiro, Guido era, en efecto, un rey sin reino. Acre podía proporcionarle una base propia desde la cual reclamar cualquier nuevo Estado latino que se creara cuando los prometidos ejércitos cruzados llegaran a la región.
Guido reunió unos 7.000 soldados de infantería, 400 caballeros y una pequeña flota pisana, y partió de Tiro para bloquear el acceso terrestre a Acre en agosto de 1189. Desafortunadamente, los barcos pisanos no pudieron establecer un bloqueo total del puerto de Acre y, aun dentro de la propia ciudad, la guarnición atrincherada resistía mejor de lo esperado gracias a la presencia de algunas tropas de élite de Saladino. El ataque inicial de Guido contra la ciudad fue rechazado, y estableció un campamento fortificado en una pequeña colina, el monte Toron, al este de la ciudad. Un asedio era la única opción posible, pero al menos Guido podía recibir constantes refuerzos desde Tiro gracias a la libertad de movimiento de la que gozaba su propia flota. En septiembre de 1189, los sitiadores se vieron reforzados por la llegada de unos 12.000 soldados procedentes de Dinamarca, Alemania, Inglaterra, Francia, Frisia y Flandes. No se trataba de los principales ejércitos cruzados, pero aun así constituían una ayuda significativa.
Ahora que Saladino había congregado un ejército de campaña lo bastante numeroso para el objetivo, los asediadores terminaron siendo asediados.
Guido finalmente rodeó los lados terrestres de Acre con una doble línea de posiciones fortificadas, pero no logró avances importantes en su intento de amenazar la ciudad. El francés pronto se vio seriamente amenazado por un ejército de refuerzo enviado por Saladino, compuesto por tropas de Estadosvasallos de Siria y Jazira. El prudente Saladino había permitido que los latinos alcanzaran Acre, aplazando un ataque directo contra el ejército enemigo mientras este se movilizaba desde Tiro. Sin embargo, ahora que había reunido un ejército de campaña lo bastante numeroso para la tarea, los sitiadores terminaron convirtiéndose en los sitiados. Saladino lanzó un ataque directo, aunque fallido, contra el campamento fortificado de Guido el 15 de septiembre de 1189. El 4 de octubre de 1189, el ejército cristiano devolvió el golpe y lanzó un asalto total contra el campamento de Saladino. Con numerosas bajas en ambos bandos, ninguna de las fuerzas logró obtener la ventaja.
El ejército latino, aunque tuvo que repeler más ataques directos contra sus líneas por parte del ejército terrestre de Saladino, terminó inmerso en un asedio estancado, tras lo cual se desarrolló una especie de guerra de trincheras. Un relato de un testigo presencial describe el horror de aquellas condiciones:
Mientras nuestra gente sudaba cavando trincheras, los turcos los hostigaban sin cesar en turnos desde el amanecer hasta el anochecer… el aire se oscurecía con una lluvia incesante de dardos y flechas, imposible de contar o estimar… un número no pequeño de ellos [los recién llegados por mar] murió poco después a causa del aire corrompido, contaminado por el hedor de los cadáveres, agotados por las noches de guardia llenas de ansiedad y abatidos por otras penurias y privaciones. No había descanso, ni siquiera tiempo para respirar». (Citado en Tyerman, 413)
Las atroces condiciones del invierno propiciaron una especie de alto el fuego; incluso hubo episodios en los que ambos bandos jugaban, cantaban juntos e intercambiaban invitaciones a cenar durante las frecuentes pausas, pero las enfermedades, como tan a menudo en la guerra medieval, demostraron ser el enemigo más peligroso de todos. Incluso la esposa de Guido, la reina Sibila, y sus dos hijas murieron en el otoño de 1190 a causa de enfermedades.
En la primavera de 1190, llegaron más barcos con refuerzos cruzados. Mientras tanto, Saladino también recibía refuerzos, y la caída de Beaufort el 2 de abril de 1190 significó que ahora podía concentrarse en Acre. Las apuestas del conflicto aumentaban. El 5 de mayo de 1190, el ejército cristiano atacó la ciudad con tres enormes máquinas de asedio, pero todas fueron destruidas por el fuego griego de los defensores, un líquido altamente inflamable que se proyectaba a presión sobre cualquier cosa susceptible de arder. Incluso una pequeña flotilla egipcia logró eludir a la flota cristiana y reabastecer la ciudad. Sin embargo, los atacantes recibieron refuerzos con la llegada de un contingente de tropas francesas bajo el mando de Enrique de Champaña el 28 de julio de 1190. Siguieron más ataques y contraataques entre ambos bandos, pero sin resultados decisivos.
Un grupo de lo que quedaba del antaño poderoso ejército de Federico, ahora bajo el mando del duque Leopoldo de Austria, llegó el 7 de octubre de 1190, pero no fue suficiente. Otro invierno llegó y se fue mientras el estancamiento se prolongaba. Consciente de la llegada de los reyes europeos y sus grandes ejércitos, Saladino hizo un esfuerzo adicional por romper el cerco del ejército cruzado alrededor de Acre el 13 de febrero de 1191. Las líneas fueron abiertas y las defensas de la ciudad reforzadas con nuevas tropas bajo un nuevo comandante, pero fue una ganancia temporal, y los cruzados volvieron a cerrar la trampa una vez más. Parecía que todo volvía al punto de partida.
Los occidentales debieron de sentirse aliviados al ver finalmente la llegada de Felipe y Ricardo en junio de 1191, este último con una flota de más de 200 naves que transportaban alimentos, equipo y quizá unos 17.000 hombres. Además de las tropas de estos dos reyes, había otras fuerzas menores dirigidas por diversos nobles, y la flota cruzada, cada vez más numerosa, pudo finalmente bloquear por completo el puerto, no solo cortando las líneas de suministro de los defensores, sino también encerrando a la mayor parte de la flota de Saladino, unas 70 naves egipcias. Saladino reforzó su ejército terrestre para hacer frente a la creciente amenaza de los recién llegados. Acre se había convertido en el enfrentamiento clave de la tercera cruzada.
La caída de Acre
Saladino estaba pagando las consecuencias de la falta de unidad entre los Estados musulmanes. El sultán necesitaba naves aliadas para romper el bloqueo naval de Acre, pero el califa almohade de Marruecos se negó a enviar ayuda. Peor aún, los barcos cruzados encontraban fácilmente puertos donde reabastecerse a lo largo de la costa del norte de África, y cada vez más de ellos llegaban a Acre. Cuando una flota genovesa arribó a mediados de junio, la balanza se inclinó definitivamente a favor de los cruzados. Si Saladino quería conservar Acre, tendría que hacerlo únicamente con su ejército terrestre. Incluso en este aspecto, había perdido el apoyo de su propio sobrino, Taqi al-Din, quien se retiró para emprender sus propias conquistas en el sudeste de Turquía.
Los ejércitos cruzados, que sumaban ya unos 25.000 hombres, habían traído grandes catapultas de asedio para sumarlas a las del ejército de Guido; los nombres de estas armas, como «Mal Vecino» y «El Lanzapiedras de Dios», dan cuenta de su potencia. Ricardo también hizo construir una torre de asedio. Las murallas de Acre fueron castigadas sin descanso mientras Ricardo, en particular, animaba a los sitiadores a intensificar sus esfuerzos, llegando incluso a disparar su ballesta desde una camilla cuando sucumbió brevemente a una enfermedad, posiblemente escorbuto. Otra estrategia clave consistió en que Ricardo ofreciera incentivos económicos a los zapadores encargados de socavar las murallas defensivas de la ciudad desde abajo: dos monedas de oro —cantidad que luego se elevó a tres y después a cuatro— por cada piedra retirada de las defensas. La Torre Maldita, situada en el ángulo de las dos líneas de murallas de Acre, se derrumbó de este modo, aunque los defensores mantuvieron su resistencia incluso entre sus ruinas.
¿Te gusta la historia?
¡Suscríbete a nuestro boletín electrónico semanal gratuito!
Mientras tanto, Saladino mantuvo la presión desde tierra, pero finalmente, tras el fracaso de un último ataque coordinado entre la guarnición y el ejército terrestre de este, la ciudad capituló el 12 de julio de 1191. La guarnición de Acre se rindió, lo que incluyó el acuerdo de entregar las 70 naves musulmanas del puerto sin el consentimiento de Saladino, y para cuando el líder musulmán conoció sus intenciones a través de un mensajero que cruzó a nado, el hecho ya estaba consumado. Saladino se retiró entonces con su ejército a al-Jarruba, varios kilómetros al sur de Acre.
También hubo cierta confusión en las filas cruzadas inmediatamente después de la batalla. El duque Leopoldo, considerándose el representante del Sacro Imperio Romano Germánico, permitió que sus hombres izaran su bandera sobre las murallas recién conquistadas. Ricardo, siendo rey y no un simple duque (además de considerarse el principal responsable del éxito), ordenó retirar el estandarte, o bien sus hombres actuaron por iniciativa propia. El estandarte fue arrojado sin ceremonia al foso de Acre, dejando ondeando únicamente el estandarte del propio rey de Inglaterra. Leopoldo se sintió ofendido por este desaire y, a partir de entonces, mantuvo relaciones tensas con el «Corazón de León», llegando incluso a participar en la captura del rey para su rescate a manos de Enrique VI, el nuevo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, cuando el monarca inglés regresó de la cruzada.
Más de 2.500 prisioneros, incluidas mujeres y niños, fueron ejecutados sumariamente por orden de Ricardo el 20 de agosto de 1191.
La masacre de prisioneros
Un episodio aún más controvertido que la cuestión de qué banderas debían colocarse y dónde fue el trato que Ricardo dio a los habitantes de la ciudad. Entre 2.500 y probablemente 3.000 prisioneros, según las fuentes, incluidas mujeres y niños, fueron ejecutados sumariamente por orden de Ricardo el 20 de agosto de 1191. Ya se habían intercambiado otros prisioneros entre ambos bandos, incluidos algunos nobles que podían ser rescatados por una suma lucrativa, pero al parecer se produjo algún tipo de demora; la reliquia de la Vera Cruz no fue devuelta como se había prometido, y el rey inglés sospechaba de las vacilaciones del enemigo, pues cualquier retraso permitía a Saladino prepararse mejor para el siguiente enfrentamiento mientras los cruzados avanzaban hacia el sur. Los prisioneros, maniatados, fueron masacrados sin piedad con espadas, lanzas e incluso piedras. Aunque algunas de las tropas restantes de Saladino intentaron intervenir, no pudieron impedir la masacre. Saladino había sido considerablemente generoso con sus prisioneros en los años anteriores, aunque no había tenido el menor reparo en ejecutar a los caballeros pertenecientes a las órdenes militares. El contraste en el trato dado a los prisioneros civiles era notable, aunque algunos han sostenido que Ricardo no podía permitir que aquellos hombres recuperaran su libertad justo cuando estaba a punto de marchar hacia el sur y, de ese modo, dejar a su ejército expuesto a un ataque por la retaguardia si los prisioneros lograban organizarse como fuerza de combate.
Guido de Lusignan fue nombrado nuevo rey de Chipre, isla que había sido vendida por Ricardo a los caballeros templarios para obtener más fondos para la cruzada. Desafortunadamente, Felipe se vio obligado a regresar a su reino en agosto de 1191 debido a problemas políticos en Flandes que amenazaban su trono. Aun así, Acre fue una conquista excelente y, aunque su toma supuso la pérdida de numerosos hombres y recursos, el ejército cruzado estaba preparado para marchar más al sur y afrontar el desafío aún mayor de capturar Jerusalén. Parecía que la situación había cambiado, y Acre fue una victoria que elevó la moral, al mismo tiempo que representó una pérdida considerable para Saladino, quizá no en hombres o recursos materiales, pero sí, sin duda, en su cuidadosamente cultivada aura de invencibilidad.
Como resultó después, el ejército occidental fue hostigado de manera continua mientras avanzaba. Ambos bandos volvieron a enfrentarse en septiembre en la batalla de Arsuf. Aunque se obtuvo una victoria sobre Saladino, los cruzados estaban tan debilitados y el clima era tan adverso que se abandonó el asedio de la Ciudad Santa. La tarea tendría que ser completada mediante la convocatoria de la cuarta cruzada en 1202, la cual, sin embargo, volvió a desviarse, atraída por objetivos en otros lugares y, en lugar de tomar Jerusalén, atacó Constantinopla en 1204.
Egresado de Traducción e Interpretación Profesional Inglés–Español por The American School of Translators and Interpreters (EATRI). Posee un diplomado Bridge IDELT de Bridge Education Group y se especializa en traducción académica e histórica.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 29 agosto 2018. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.