En el antiguo Egipto, la magia era un aspecto integral de la vida. El mundo se creó a través del poder de heka (la magia) cuando Atum se situó en el montículo primordial del ben-ben, en el medio de las aguas infinitas del caos, con el dios Heka, quien personificaba el poder mágico. Heka era el que permitía que los dioses realizaran sus tareas mediante heka y, lo más importante, mantenía el concepto de ma'at, armonía y equilibrio en el universo.
Cuando alguien caía enfermo y consultaba a un médico, la receta y los rituales utilizados para curarlo incluían hechizos mágicos. La magia se invocaba con la esperanza de que una mujer quedara embarazada, para que llevara el embarazo a término y durante el parto, cuando se creía que las Siete Hathor aparecían para adivinar el destino del bebé. Esta misma creencia persistía durante toda la vida de la persona y, al morir, los amuletos, rituales y encantamientos mágicos le aseguraban al alma un pasaje sencillo a la vida eterna en el paraíso del Campo de los Juncos. La magia también se incluía en la otra vida de la persona a través de los hechizos brindados en El libro de la salida al día, más conocido como el Libro de los muertos egipcio.
Si bien muchas de estas iniciativas sobrenaturales invocaban la bendición de los dioses, su objetivo principal era ahuyentar a los espíritus malignos o apaciguar a los dioses en caso de que alguien los hubiera hecho enojar. Un egipcio antiguo también tenía que estar atento a la presencia de fantasmas enojados y, por supuesto, de seres humanos vivos que quisieran lastimarlos. Por lo tanto, para mantener la salud y seguridad de uno, se utilizaban rituales y encantamientos que ahora se conocen como los Textos de execración.
«Execración» significa denunciar o maldecir a una persona, entidad u objeto al que se encuentra detestable, peligroso u ofensivo de alguna manera. Estos textos no eran solo maldiciones, sino fórmulas específicas diseñadas para ahuyentar o destruir a entidades dañinas antes de que tuvieran la oportunidad de lastimar a alguien o, en el caso de una enfermedad mental o física, para expulsar al espíritu maligno y evitar que regresara.
Por lo tanto, los textos de execración constituyen la primera forma conocida de exorcismo y se utilizaban con regularidad. Hasta la fecha, se han excavado más de mil de estos textos rituales en Egipto. Los textos de execración más conocidos en la actualidad son las famosas maldiciones inscritas en las tumbas que advertían sobre castigos para aquellos que entraran en la tumba sin ser bienvenidos o estar purificados. La famosa «maldición de Tutankamón», también conocida como «la maldición de la momia», popularizada por las películas de Hollywood, es el mejor ejemplo de un texto de execración.
Origen y desarrollo
Los textos de execración datan del Imperio Antiguo (hacia 2613-2181 a.C.) y continúan hasta el Egipto romano, casi la totalidad de la historia del antiguo Egipto. Sin embargo, la práctica de matar a un enemigo mediante algún tipo de ceremonia ritual data del Período Arcaico (hacia 3150-2613 a.C.), como lo sugieren varias inscripciones. Algunos académicos han interpretado una escena en la famosa Paleta de Narmer (hacia 3150 a.C.), que muestra a soldados enemigos decapitados, como evidencia de un ritual de execración en el que se representa la derrota de una pequeña cantidad de enemigos de una persona para denotar las cantidades mucho mayores que se podrían destruir mediante la misma magia. El egiptólogo David P. Silverman explica al respecto:
Si los muertos bendecidos se volvían los destinatarios del culto y la correspondencia, los espíritus menos favorecidos eran ampliamente temidos por su ira destructiva potencial. Los hechizos médicos citan con frecuencia a los muertos profanos como enemigos que afligen a los pacientes o la fuente de una enfermedad. Como lo evidencian las «Cartas de los muertos», incluso los espíritus favorecidos podían infligir daños si se los enojaba, y los suplicantes se apresuraban a rogar su indulgencia y favor. El peligro que estos espíritus malignos planteaban (y que amenazaban a todos por igual, fuera el faraón o los plebeyos) requería algún tipo de respuesta y, en consecuencia, se creó una serie de rituales para su supresión. (144)
Estos rituales adoptaron la forma de un texto escrito y una acción correspondiente, que disminuían el poder del adversario de una persona a la vez que aumentaban el propio. Un ejemplo de esto es la canción de cuna mágica, donde una madre o cuidadora recitaba palabras prescritas para ahuyentar a los espíritus malignos, pero se creía que también tenía hierbas y vegetales a mano en la habitación (como ajo colgado en la entrada) para mantener a los espíritus a raya.
Los textos de execración, desde el primero hasta el último, se representaban escribiendo la maldición o encantamiento en una vasija roja y luego haciéndola pedazos. El color rojo simbolizaba tanto el peligro como la vitalidad, y a menudo los escribas lo utilizaban en sus textos para denotar a una deidad particularmente amenazadora, como Set. Sin embargo, la canción de cuna mágica no sigue este patrón por completo, ya que era más un amuleto de protección que un ataque ofensivo.
Aparentemente, estos rituales se utilizaron contra enemigos naturales y sobrenaturales desde el principio, pero, durante el Imperio Antiguo de Egipto, fueron adquiriendo cada vez más importancia para protegerse de fuerzas místicas e invisibles. Los Textos de las Pirámides del Imperio Antiguo contienen hechizos de execración para ayudar al alma de los difuntos a evitar a los espíritus malignos en el más allá y, en el Texto 214, hay un ritual de execración para ahuyentar el mal antes de los ritos de purificación. Para la época del Imperio Medio de Egipto (2040-1782 a.C.), se practicaba el ritual concerniente a la serpiente sobrenatural Apofis.
Apofis era la gran serpiente que atacaba la barcaza del dios solar cada noche mientras atravesaba el inframundo. Se creía que la serpiente había existido en las aguas del caos antes de la creación o bien había nacido de la saliva de la diosa Neit cuando salió por primera vez de esas aguas y pisó el ben-ben. Apofis representaba el mundo unificado y no diferenciado del caos antes de que los dioses instituyeran el orden. Una vez iniciada la creación, la unidad primordial de la existencia se convirtió en una dualidad: lo masculino y femenino, la luz y la oscuridad, el día y la noche. El objetivo de Apofis era destruir al dios del sol, el dador de luz y vida, y regresar todo a su estado original.
Muchos de los dioses más importantes y poderosos, así como los muertos justos, navegaban en la barcaza del dios solar específicamente para ayudar a protegerlo de Apofis en el inframundo. Incluso el dios Set, normalmente considerado una fuerza de destrucción caótica y a menudo asociado con Apofis, se puede ver a bordo del barco ahuyentando a la bestia. Cada noche, los dioses luchaban contra Apofis y salían victoriosos (o sea que mataban y despedazaban a la serpiente), pero durante el día siguiente se regeneraba y volvía a atacar esa noche.
Esta historia aparece por primera vez en textos del Imperio Medio, en los que se menciona a Apofis por primera vez, pero las ceremonias concernientes a él sin duda se observaban desde antes y se volvieron más numerosas en el Imperio Nuevo de Egipto (hacia 1570-1069 a.C.). En esta época, se escribió el texto de execración El derrocamiento de Apofis, que se observaba con regularidad. Los participantes hacían figuras de cera de la serpiente que luego despedazaban y escupían, a veces orinaban sobre los fragmentos, y los quemaban. Al participar en este ritual, los vivos ayudaban a los dioses en su lucha contra la serpiente, se asociaban con los muertos justos y se aseguraban de que el sol volviera a salir a la mañana siguiente.
Un texto como El derrocamiento de Apofis conectaba a las personas con la comunidad, los dioses, los muertos y el mundo natural, y los elevaba a un aspecto integral del funcionamiento del universo. La canción de cuna mágica mantenía a las fuerzas del mal a raya y garantizaba la seguridad de los niños. Los textos médicos invocaban fuerzas sobrenaturales más poderosas para vencer y expulsar a aquellas que atacaban a un paciente. Sin embargo, había muchos otros tipos de textos que eran para uso personal contra enemigos públicos y privados. Para la época del Imperio Nuevo, eran comunes los rituales de Estado en los que se utilizaban textos de execración para darle poder al faraón. Silverman describe el proceso de la forma siguiente:
Aunque los textos y rituales que se describen en estos textos varían mucho, el patrón normalizado del exorcismo es claro: se inscribe una «fórmula de rebelión» que enumera los nombres de los enemigos potenciales de Egipto en una serie de vasijas o estatuillas rojas, que luego se rompen, incineran y entierran. Aunque este es obviamente un ritual de Estado, parece haber habido cierta información local en las elecciones del texto. La mayoría de las secciones de la fórmula enumeran nombres de soberanos vivos de las tierras vecinas de Egipto en función de la información seguramente proporcionada por la cancillería real. Sin embargo, estas secciones tienen anexada una lista de egipcios, todos calificados como «muertos», que también representan una amenaza. (145)
La destrucción del nombre y la imagen de una persona (o ambos) era el método más eficaz de neutralizar su poder porque se lo estaba eliminando de la historia. La individualidad y la historia personal de alguien eran de vital importancia para los antiguos egipcios. Era necesario ser recordado para seguir existiendo. Por este mismo motivo, las ofrendas de alimentos y bebidas eran una parte importante de los rituales mortuorios: los miembros familiares tenían que recordar al difunto cada vez que llevaban estas ofrendas a su tumba. Durante un ritual de execración, la persona destruía los elementos de su enemigo que le daban poder y sustancia: su nombre y su imagen. Los rituales de Estado se representaban para castigar a los subversivos y traidores y disminuir el poder de los enemigos de Egipto, pero las personas utilizaban el mismo tipo de fórmula en sus vidas privadas.
Para protegerse contra la amenaza de un fantasma enojado, por ejemplo, la persona hallaba la tumba del fantasma y borraba su nombre e imagen, y después realizaba un ritual más que implicaba un texto escrito en una vasija roja que luego hacía añicos. La nobleza también realizaba este tipo de rituales de execración contra sus enemigos políticos. El llamado «rey hereje» Akenatón (1353-1336 a.C.) fue eliminado de la historia por el último rey de la dinastía XVIII, Horemheb (1320-1292 a.C.), por intentar suprimir la religión tradicional de Egipto e instituir su propio estilo de monoteísmo.
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Otro ejemplo monárquico del ritual de execración es la desaparición de la reina Hatshepsut (1479-1458 a.C.) después de su muerte. Hatshepsut fue una de las reinas más exitosas y eficaces en la historia egipcia, pero poco después de su muerte, se vandalizaron sus monumentos y se borró su nombre de las inscripciones. Se ha sugerido que el autor de esto fue su sucesor e hijastro Tutmosis III (1458-1425 a.C.) , quien tal vez considerase impío que una mujer reinara como un hombre. Su nombre se habría eliminado para impedir que otras mujeres siguieran su ejemplo. Sin embargo, ya había habido gobernantes femeninas de Egipto antes de Hatshepsut, así que tal vez tenía cierta lógica. No parece que Tutmosis III le guardara rencor a su madrastra y dejó su nombre intacto en los templos e inscripciones que estaban fuera de la vista del público.
Eliminado del tiempo
Los textos de execración que lidian con las fuerzas espirituales son, de lejos, los más numerosos. La gente podía escribirles a sus amigos y parientes muertos cuando lo desearan, y estos mensajes se entregaban en la tumba junto con las ofrendas de alimentos y bebidas. Las cartas a los muertos a menudo incluyen halagos, o incluso amenazas, para intentar persuadir al alma del difunto a ayudarle con algún problema, pero, si esto no funcionaba, se recurría al ritual de execración.
Una persona hacía una figura de arcilla a semejanza de su adversario, escribía su nombre en ella y luego la apuñalaba, la escupía, le orinaba encima, la rompía, la quemaba y la enterraba.
Como en el caso de Akenatón, se intentaba borrar por completo el nombre de una persona de la historia. El objetivo final era nada menos que borrar a una persona de la existencia tanto en este mundo como en el próximo. Sin un nombre o imagen para que la gente lo recordara, no había forma de que alguien pudiera seguir viviendo. Si una persona se encontraba afligida por una fuerza sobrenatural y podía identificarla como el fantasma de alguien que había conocido, se podía encargar del problema destruyendo la esencia de su enemigo.
Además del texto escrito en la vasija roja, se hacían estatuillas de execración, que tenían un propósito similar al de la famosa muñeca vudú. Una persona hacía una figura de arcilla a semejanza de su adversario, escribía su nombre en ella y luego la apuñalaba con un cuchillo o clavos, la escupía, le orinaba encima, la rompía, la quemaba y la enterraba. Algunas de estas estatuillas se han hallado en los cementerios, que se habían apuñalado varias veces y luego enterrado, o mostraban indicios de que se les habían cortado los brazos y las piernas antes de enterrarlas. Luego de tal ritual, el participante podía esperar que finalizaran sus problemas porque no solo su enemigo ya no existía, sino que, en la memoria de los dioses, nunca lo había hecho; se eliminaban del tiempo y la eternidad.
Es posible que los rituales de execración les suenen conocidos a los lectores modernos porque aún se siguen utilizando en todo el mundo. La gente suele realizar ritos similares cuando una relación romántica termina mal. Estos rituales ahora se conocen con muchos nombres distintos, formal o informalmente, pero todos implican destruir los regalos, las pertenencias o la imagen de la persona que finalizó la relación. Quemar las imágenes, las cartas y los recuerdos del pasado es esencial en estos rituales, ya que le permite a la persona deshacerse la relación fallida y seguir con su vida. Esto habría tenido el mismo beneficio psicológico que los textos de execración en el antiguo Egipto. Tanto si el alma de un enemigo se había eliminado realmente o no, la persona que realizaba el ritual creía que había triunfado sobre su adversario, y esta creencia por sí sola habría servido para aliviar cualquier injusticia o dolor que hubiera estado sufriendo.
Soy traductora pública, literaria y científico-técnica de inglés al español y me apasiona todo lo relacionado con la arqueología, la historia y la religión.
Joshua J. Mark no solo es cofundador de World History Encyclopedia, sino también es el director de Contenidos. Anteriormente fue profesor en el Colegio Marista de Nueva York, donde enseñó historia, filosofía, literatura y escritura. Ha viajado extensamente y vivió en Grecia y en Alemania.
Escrito por Joshua J. Mark, publicado el 26 abril 2017. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.