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El término Gran Juego designa la rivalidad entre los imperios británico y ruso a lo largo del siglo XIX. La pugna se centraba en lograr el control de ciertas regiones de Asia Central y en defender la India británica. La rivalidad, en ocasiones exagerada y agrandada por la imaginación, se manifestó a través de la diplomacia internacional, los movimientos de tropas, las invasiones y el espionaje, con un único enfrentamiento bélico directo. El juego también generó efectos indirectos en otras partes del mundo, como en el Reparto de África. El Gran Juego concluyó de manera definitiva con la bochornosa derrota de Rusia ante Japón en 1905 y debido a la aparición de una amenaza mucho más tangible y peligrosa: las ambiciones de la Alemania imperial en Europa.
Origen del término
Arthur Connolly, un oficial y explorador británico, acuñó la expresión «Gran Juego» en el siglo XIX, pero su uso se extendió después de aparecer en 1901 en la novela Kim, de Rudyard Kipling (1865-1936). El término alude a las relaciones entre los imperios británico y ruso y a sus respectivos esfuerzos por debilitar al adversario y sus alianzas.
El juego se desarrolló a lo largo del siglo XIX, a partir de la década de 1820, y finalizó poco antes de la Primera Guerra Mundial de 1914-1918. Historiadores como L. James lo han descrito como una forma de guerra fría, por su parecido con la reciente Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, ya que no hubo conflictos directos, sino guerras mediante intermediarios, espionaje, maniobras diplomáticas y engaño. La única excepción fue la guerra de Crimea de 1853-1856, evento en que ambas partes combatieron de forma directa con el objetivo de establecer su supremacía naval, en particular en el Mar Negro.
Persia y Afganistán constituían zonas de contención entre los imperios ruso y británico.
El Imperio ruso, dominado por un zar autoritario, alcanzaba unos 160 millones de habitantes. Gran Bretaña, en cambio, funcionaba como un régimen parlamentario democrático consolidado. El Imperio británico comprendía unos 400 millones de personas distribuidas en más de 50 países. Aunque el dominio que Gran Bretaña ejercía sobre sus colonias distaba mucho de ser tan democrático como el existente en la metrópoli, los gobernantes y diplomáticos británicos se consideraban superiores a sus homólogos rusos, debido a que Rusia estaba gobernada por un autócrata no electo, y a que se encontraba muy rezagada respecto a la introducción de los avances generados por la Revolución Industrial.
Gran Bretaña y Rusia estaban interesadas en controlar ciertas partes de Asia. Gran Bretaña temía, sobre todo, que Rusia atacara a la India británica, la posesión más valiosa del imperio, a través de la frontera noroccidental, definida por la línea divisoria entre los actuales Pakistán y Afganistán. En el siglo XIX, esta región de terreno accidentado y pasos de montaña de importancia estratégica como el Paso de Khyber se consideraba la vía de acceso al subcontinente para cualquier ejército invasor proveniente de Asia Central, tal como lo había sido para Alejandro Magno en el siglo IV a.C.
Persia, el actual Irán, y Afganistán actuaban como zona de contención entre los imperios británico y ruso, pero cada potencia buscaba ampliar su influencia en ese espacio a expensas de la otra. Esta influencia procedía, sobre todo, del apoyo ofrecido a uno u otro gobernante contra sus facciones políticas rivales. Los británicos sospechaban que los rusos deseaban invadir y controlar Afganistán, mientras los rusos creían que los británicos tenían idéntico objetivo. Si Rusia controlaba Afganistán, podría utilizar a este país como plataforma para lanzar una invasión a la India. De manera similar, Gran Bretaña podría utilizar a Afganistán como base para atacar a los estados de Asia Central bajo dominio ruso. Los británicos adoptaron, en efecto, una política más agresiva hacia Afganistán, convencidos de que, si no llegaban primero, los rusos lo harían.
El Gran Juego implicaba con frecuencia que sus protagonistas se entregaran al espionaje, la difusión de rumores, la propaganda, la política de riesgo calculado, e incluso a la paranoia absoluta; sin embargo, las amenazas no siempre eran imaginarias. En 1837, Persia, con apoyo ruso, había sitiado la ciudad de Herat, en el norte de Afganistán. En esa ocasión los británicos intentaron controlar el país, pero fracasaron de manera estrepitosa en la Primera guerra anglo-afgana de 1838-1842. De manera simultánea, Rusia desafiaba a Gran Bretaña en el este: obtuvo concesiones comerciales en China, y tras anexionar el Amur chino en 1858 y el Ussuri en 1860, logró establecer una base naval en Vladivostok. Más adelante Rusia ocupó territorios de antiguos kanatos mongoles de Asia Central, y tomó Taskent en 1865, Samarcanda en 1868 y Khiva en 1873.
Los británicos, a través de la Compañía de las Indias Orientales británica, una entidad comercial privada respaldada por el Estado y dotada con ejército propio, tampoco permanecieron inactivos, y consolidaban su control sobre el subcontinente indio, en particular en el noroeste. Así, anexionaron el Sind en 1843, Jammu y Cachemira en 1846, Punyab en 1849 tras su victoria en la segunda guerra anglo-sij, y Beluchistán en 1876. Más adelante hicieron un segundo intento de controlar la zona de contención afgana durante la segunda guerra anglo-afgana de 1878-1880, pero ese esfuerzo, motivado en parte como respuesta a los movimientos diplomáticos rusos para aumentar su influencia directa en la corte del gobernante afgano Amir Sher Ali, resultó infructuoso.
En teoría, Rusia podía movilizar unos 300,000 soldados en la frontera afgana.
Mientras se desarrollaban estos episodios asiáticos, el Gran Juego era testigo de otros movimientos en diferentes partes del mundo. En la guerra de Crimea, Gran Bretaña, Francia y el Imperio otomano derrotaron de manera decisiva a Rusia, que pugnaba por apoderarse de territorios pertenecientes a un Imperio otomano en proceso de desintegración; así se preservó el status quo de la región del mar Negro. El Motín de los cipayos de 1857-1858, una revuelta interna contra el dominio británico en la India, constituyó otra confrontación significativa. Los diplomáticos británicos temían que los separatistas indios que aspiraban a librarse del dominio de la metrópoli aprovecharan cualquier confrontación anglo-rusa para adelantar su causa. Otra rebelión de la magnitud del Motín de los cipayos habría significado un desastre para los británicos.
En 1884 Gran Bretaña y Rusia estrecharon sus vínculos dinásticos con el matrimonio entre el zar Nicolás II, quien reinó entre 1894 y 1917, y Alexandra Feodorovna (1872-1918), una nieta de la reina Victoria, cuyo reinado se extendió desde 1837 hasta 1901. Este hecho no afectó en modo alguno al Gran Juego: en 1885 los rusos movilizaron sus tropas hacia la frontera con Afganistán en lo que se denominó Incidente de Pandjeh. La construcción de nuevos ferrocarriles rusos en Asia Central, como el ferrocarril transcaspiano, que atravesaba los actuales Turkmenistán y Uzbekistán y llegaba hasta la frontera con Afganistán, significó que una fuerza considerable podría ser abastecida y reforzada con facilidad. En teoría, Rusia podría movilizar unos 300.000 soldados en la frontera en menos de tres meses. El ejército británico anglo-indio destacado en los límites fronterizos contaba con unos 95.000 hombres, una cifra muy inferior a la del adversario. Hacia finales del siglo XIX, reforzar ese ejército no resultaba una tarea sencilla para los británicos, por causa de sus importantes compromisos militares en otras partes del imperio, entre los que debe mencionarse la guerra de los bóers en el sur de África, entre 1899 y 1902.
Afganistán mantuvo con ferocidad su independencia y permaneció inconquistable a pesar de las ambiciones británicas y rusas en la región. Ni rusos ni británicos podían controlar una región tan hostil, por lo que los británicos se conformaron con una política de contención, que se conoció con el epíteto de «inactividad magistral».
Los británicos adoptaron una política mucho más agresiva respecto al Tíbet, entonces un estado casi por completo inaccesible gobernado por el Dalai Lama y monjes budistas, aunque bajo la soberanía nominal de China. De alguna manera, en las mentes británicas había penetrado la idea de que los rusos intentaban invadir el Tíbet para desde allí subvertir el orden en Asia Central. Para prevenir tal eventualidad, el soldado-explorador Francis Younghusband (1863-1942) invadió el territorio en 1904, al mando de una fuerza británica. Los tibetanos contaban con escasos recursos para resistir el ataque de un ejército moderno, y la mayor parte de las breves confrontaciones militares se convirtieron en masacres. Cuando por fin Younghusband arribó a la capital tibetana de Lhasa, un lugar casi mítico por las dificultades de acceso que presentaba a los extranjeros, no encontró rusos ni prueba alguna de su presencia en el lugar. Los británicos se retiraron del Tíbet después de obtener garantías del emperador chino de que no permitiría el predominio de potencias rivales en la región.
El Gobierno británico y los funcionarios coloniales mostraban una actitud casi paranoica respecto a las intenciones de Rusia, y cualquier extranjero que viajara por Asia Central despertaba gran recelo. Incluso exploradores de gran renombre, como el sueco Sven Hedin (1865-1952), no conseguían obtener aprobación oficial ni ayuda para llevar a cabo sus expediciones científicas. Hedin podía estar buscando las fuentes de grandes ríos como el Brahmaputra y el Indo, pero ¿quién aseguraba que, como experto cartógrafo, no estuviera también recopilando información útil para un enemigo empeñado en invadir el sur de Asia? «La rusofobia infectó las mentes de casi todos los estadistas, diplomáticos y estrategas británicos del siglo XIX, y se estableció con fuerza entre todas las clases sociales y tendencias políticas» (James, 180). Los británicos, y uno o dos soñadores generales rusos, tendían a ignorar las enormes dificultades logísticas que harían improbable el éxito de una invasión rusa a la India.
A los espías pagados por los británicos, y es de suponer que también a los que estaban en la nómina rusa, aunque se conoce mucho menos sobre ellos, se les encargó reunir la mayor cantidad posible de información sobre las intenciones, la capacidad militar, y los movimientos de tropas enemigas en toda el Asia Central. Se reclutó a habitantes locales para que, disfrazados de mendigos, cruzaran las fronteras sin ser detectados ni molestados. Los operadores de telégrafo y el personal de las oficinas de correos recibieron sobornos para que copiaran el contenido de las comunicaciones entre funcionarios rusos. Incluso en los consulados rusos llegaron a infiltrarse espías que se hacían pasar por personal doméstico. Tampoco faltaron los agentes dobles, que se mantenían ocupados y protegían sus tapaderas mediante el envío de información falsa a cada bando. El espionaje se convirtió en una industria por derecho propio, perpetuadora de sospechas a través del envío de información poco fiable, cuyo objetivo exclusivo era asegurar una remuneración para el autor. No obstante, un incesante intercambio de informes cruzaba Asia en ambos sentidos y alimentaba la paranoia diplomática que en modo alguno desaparecía.
Involucrar a Francia en el Gran Juego
Parte del Gran Juego consistía en extenderlo a otros jugadores, en un intento de cada bando de desestabilizar las alianzas tradicionales del adversario. En 1882 Gran Bretaña se apoderó del canal de Suez en Egipto, una vía de comunicación de importancia crucial entre Europa y la India británica. El Gobierno francés, que por tradición consideraba a Egipto como un dominio propio, recibió la noticia con profundo desagrado, en particular porque se sumaba a disputas similares surgidas en otros lugares, ocurridas durante el Reparto de África, cuando los imperios europeos se apropiaron de lo que podían del continente. Francia aprovechó la coyuntura generada en 1885, cuando Rusia movilizó tropas hacia la frontera afgana. El Gobierno francés «utilizó la embarazosa situación en que se encontró Gran Bretaña en Asia Central para asegurar concesiones en África y el Pacífico» (James, 382).
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Rusia procuró explotar esta persistente discordia franco-británica para formar una alianza con Francia. Una década después, en 1892, un grupo de navíos rusos entró en el Mediterráneo a través del Bósforo y fondeó en la base naval francesa de Tolón. La Marina Real Británica quedó consternada ante la posibilidad de una alianza naval entre su principal rival europeo, Francia, y Rusia: un acuerdo entre ambos le supondría la pérdida del control sobre el Mediterráneo.
Las relaciones franco-anglo-rusas se complicaron aún más por causa de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905. En esa época Francia y Rusia eran aliadas, pero Gran Bretaña había firmado una alianza con Japón en 1902. Japón había ganado la guerra sin recibir ayuda directa, en buena medida por contar con una armada más eficiente, y porque la flota rusa, a pesar de ocupar el tercer lugar mundial por su tamaño, demostró estar obsoleta. Japón ocupó Manchuria, lo que impidió que el Imperio ruso se expandiera hacia China. La derrota de Rusia contribuyó a desencadenar la Revolución rusa de 1905, en la que el zar Nicolás apenas pudo mantener el poder. Desde la perspectiva británica, la guerra con Japón revistió gran importancia porque había revelado algo que los espías habían optado por ocultar: Rusia no poseía la capacidad militar para invadir India. El Gran Juego no había sido más que eso; una simple distracción para imperialistas de imaginación desbordada. Sin embargo, participar en el Gran Juego como un fin en sí mismo tuvo un precio elevado cuyo pago recayó en la población común: sus vidas, medios de subsistencia e incluso entidades políticas fueron destruidos.
El final del juego
Resulta significativo que las relaciones anglo-francesas mejoraran tras las crisis marroquíes de 1905 y 1911, ocasiones en las que la Alemania imperial intentó imponerse por la fuerza en Marruecos, entonces en la esfera de influencia francesa. El apoyo ofrecido por Gran Bretaña a Francia obligó a Alemania a ceder. El Gran Juego terminó a todos los efectos en 1907, con la firma de la Convención anglo-rusa, que por fin disipó las latentes tensiones surgidas a partir de las reivindicaciones rivales sobre Afganistán, Tíbet y Persia. Rusia acordó no interferir en la India británica y ambas partes reconocieron la extensión de sus respectivas esferas de influencia en Persia. La nueva postura reflejaba tanto la debilidad rusa tras la desastrosa derrota sufrida frente a Japón, como el hecho de que Francia y Gran Bretaña habían decidido al fin que Alemania representaba una mayor amenaza para la paz mundial. Aunque la desconfianza mutua permaneció, en 1907, Gran Bretaña, Francia y Rusia se aliaron de nuevo bajo la Triple Entente. Así, en la Primera Guerra Mundial, estas potencias salieron vencedoras del enfrentamiento contra Alemania y Austria-Hungría.
Interesado en el estudio de las migraciones, costumbres, las artes y religiones de distintas culturas; descubrimientos geográficos y científicos. Vive en La Habana. En la actualidad traduce y edita libros y artículos para la web.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 17 junio 2026. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.