Nuestra Señora de Guadalupe

Patrona de las Américas
Jordy Samuels
por , traducido por Waldo Reboredo Arroyo
publicado el
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The Miraculous Flowers of the Virgin of Guadalupe (by Lawrence OP, CC BY-NC-ND)
Las flores milagrosas de la Virgen de Guadalupe Lawrence OP (CC BY-NC-ND)

Nuestra Señora de Guadalupe, también conocida como la Virgen de Guadalupe, es el título que se otorga a una imagen particular de María, madre de Jesús, tal y como apareció en el Nuevo Mundo en los años posteriores a la conquista española de México. Símbolo muy venerado de compasión, aceptación, sanación, salvación y rebelión, su advenimiento en América alteró de manera profunda el curso del catolicismo en el Nuevo Mundo. Su basílica en la Ciudad de México atrae alrededor de 15 millones de personas cada año. A lo largo de los siglos, su influencia en el Nuevo Mundo se ha extendido más allá del ámbito específico del catolicismo. Nuestra Señora de Guadalupe se integró en el ideario nacionalista y sus devotos la han incorporado en los ámbitos social y político, lo que la ha convertido en un símbolo permanente del patrimonio y la identidad mexicanos.

La Virgen de los conquistadores

Desde los primeros arribos al Nuevo Mundo a finales del siglo XV, María se constituyó en el rostro del cristianismo y en la protectora elegida por los conquistadores. De hecho, la Virgen que portaban dos de los más famosos conquistadores también respondía al nombre de Guadalupe, y su santuario se encuentra en Cáceres, España. La escultura, que aún constituye el foco principal de su templo, está hecha de madera de cedro y representa a una mujer de piel oscura ataviada con delicados e intrincados bordados; su traje está cubierto de joyas preciosas, y su cabeza está enmarcada por una enorme aureola de oro. A su izquierda, su pequeño hijo se sienta en su regazo, vestido con ropas de igual esplendor. Los atuendos que engalanan a la madre y al hijo son de una opulencia tal que solo permiten ver la piel de sus rostros y manos.

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En la actualidad, la imagen se conoce como Nuestra Señora de Guadalupe de Extremadura. Desde 1340 hasta 1561 ocupó un sitio central en la vida religiosa de España debido a su asociación con la reconquista y la lucha contra los moros por el control de la península ibérica. En esta guerra entre cristianos y musulmanes impelida por motivos religiosos, Nuestra Señora de Guadalupe de Extremadura se concebía como una suerte de general celestial de los ejércitos de la cristiandad:

Para garantizar la victoria cristiana, infligió la muerte a los moros y en el proceso se convirtió en un signo de destrucción apocalíptica. La conquista de México se interpretó como una continuación de la reconquista. (Harrington 1988, 28)

Cuando Cristóbal Colón (1451-1506) llegó al Caribe en 1492, portaba consigo esta imagen de María, y otorgó su nombre a una de las islas, la actual Guadalupe. Según la tradición, unas décadas después del arribo de Colón al Nuevo Mundo, Hernán Cortés conquistaría México «con una imagen de la Virgen de Extremadura en una mano y una cruz en la otra» (Zarebska, 174). Durante la colonización de América, en su avance hacia Tenochtitlán, Cortés y sus tropas llevaban consigo, por doquiera que fueran, pequeñas imágenes y estandartes de María, que instalaban y dejaban en los templos indígenas de cada pueblo o ciudad. Estas imágenes, llevadas en las ropas, transportadas, o incorporadas en lugares sagrados preexistentes, sentarían un precedente respecto a la figura de María como ícono a ser portado por sus fieles. En la historia de la Señora de Guadalupe de México, la imagen que definiría el catolicismo en el Nuevo Mundo aparecería en la ropa de un hombre humilde llamado Juan Diego.

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Registros escritos de la aparición

En 1649, Luis Laso de la Vega, vicario del Santuario de Guadalupe desde 1647 hasta 1657, publicó un libro escrito en náhuatl en el que le narraba la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe a Juan Diego. El título del libro es Huei tlamahuiçoltica omonexiti, in ilhuicac tlatocacihuapili Santa María totlaçonantzin Guadalupe in nican Huei altepenahuac México itocayocan Tepeyacac, que puede traducirse como Por un gran milagro, la reina celestial, Santa María, nuestra preciosa madre de Guadalupe, apareció aquí, cerca de la Gran Ciudad de México, en un lugar llamado Tepeyacac.

Saint Juan Diego Cuauhtlatoatzin
San Juan Diego Cuauhtlatoatzin Nheyob (CC BY-SA)

El Huei tlamahuiçoltica de Laso de la Vega también contiene una obra denominada Nican Mopohua, cuyo significado es «Aquí se narra», que relata la aparición de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego. La mayoría de los investigadores concuerda en que el contenido de esta sección proviene de una obra de Antonio Valeriano, escrita en 1556, basada en historias originales transmitidas en forma oral durante los años posteriores a la aparición.

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San Juan Diego y la aparición en Tepeyacac

Nacido en 1474 en el seno del pueblo chichimeca de Cuautitlán, el hombre que se convirtió en honrado mensajero de Nuestra Señora de Guadalupe se llamaba Cuautlatoatzin, cuyo significado aproximado en lengua náhuatl es «Águila parlante preciosa». La expresión deriva de cuauh, que significa «águila», tlatoa, que denota «hablar», y la partícula honorífica -tzin, que expresa un sentir de reverencia o de valor inapreciable. Cuautlatoatzin fue bautizado con el nombre de Juan Diego en 1524, cuando contaba con unos 50 años.

En diciembre de 1531, Juan Diego se encontró con la gloriosa aparición de una mujer que le comunicó ser María, la Virgen madre de Cristo.

Según cuenta la historia, en diciembre de 1531, de camino a la misa matinal, Juan Diego pasaba por una colina de Tepeyacac, también conocida como Tepeyac, donde se halló ante la gloriosa manifestación de una mujer. En algunos relatos, la aparición femenina le habló a Juan Diego en náhuatl. Le dijo que era María, la Virgen Madre de Cristo, y le ordenó presentarse en el palacio del obispo de México y comunicarle «cuánto deseo que me construya una casa aquí, y que erija mi templo en el llano» (Zarebska, 2002, 103).

Diego acudió de inmediato al palacio y le transmitió el mensaje al obispo, Juan de Zumárraga, quien no le creyó. Desalentado, regresó a la colina e informó a la mujer de su fracaso. Le rogó que escogiera a alguien de más alta posición social, más respetado que él, para que el obispo escuchara. La aparición insistió en que debía ser Juan Diego quien presentara sus deseos, y según el Nican Mopohua, él le refirió:

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Con gusto partiré a trasladar su palabra, su aliento: nada me detendrá. Aprecio aún más el camino por sus obstáculos. Iré a transmitir su palabra, pero puede que no sea escuchado y si lo soy, puede que no se me crea. (Zarebska, 2002, 106)

Diego regresó ante el obispo al día siguiente, pero Zumárraga aún no le creía y le comunicó al humilde hombre que su palabra no era suficiente, que era necesaria otra señal para confirmar su historia. Diego habló con la visión, que le prometió enviar una señal al obispo al siguiente día.

Pero cuando se suponía que Juan Diego se dirigiera a Tepeyacac para recibir la señal de la revelación, su tío enfermó de gravedad y le pidió que fuera a Tlatelolco y buscara un sacerdote que escuchara su última confesión. Juan Diego partió de inmediato, y aunque intentó rodear el montículo para evitar el encuentro con la Señora, su esfuerzo resultó infructuoso; la aparición descendió de la elevación y le preguntó a Diego qué le afligía.

Juan Diego le comunicó la enfermedad de su tío, y la manifestación le respondió con las siguientes palabras: «No temas… ¿no estoy yo, tu Madre, aquí? … ¿No estás tú bajo mi sombra y protección? … ¿No te encuentras en el seno de mi capa, en el nicho de mis brazos? (Zarebska, 2002, 111). Reconfortado por sus palabras, Juan le rogó que lo enviara al obispo con su señal.

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La aparición le encargó que fuera a la cima de la colina y recogiera algunas flores que crecían en el lugar. Al arribar, se sorprendió al hallar que el cerrito estaba cubierto de una gran variedad de bellos capullos en floración, a pesar de que se encontraban a mitad de diciembre. Juan Diego recogió las flores y la visión las colocó en el enfaldo de su tilma, una tosca pieza de vestir que usaban los pueblos indígenas de la época, similar a una capa, tejida con fibras de maguey. Le dijo que las flores constituirían prueba de su mensaje y que debía llevárselas directamente al obispo.

A su llegada al palacio del obispo, Diego le narró toda la historia, abrió su manto y dejó caer los brotes. Pero el milagro no solo incluía las flores. En el regazo que las había contenido se encontraba una imagen de la Virgen María que pasaría a ser uno de los íconos cristianos más famosos del hemisferio occidental. Al ver la prodigiosa figura, el obispo comprendió su error y ordenó la construcción inmediata de un santuario a la Virgen María, en la colina de Tepeyac.

The Lady of Guadalupe
La Señora de Guadalupe Daniel Case (CC BY-SA)

Cumplida su sagrada tarea, Juan Diego regresó a su hogar, donde encontró a su tío, quien curado por un portento, hablaba de la manifestación de la Señora de Guadalupe para sanarlo. Juan Diego dedicó el resto de su vida a servir en el santuario de la Señora de Guadalupe y tras su muerte en 1548 fue sepultado en su capilla.

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La imagen de la tilma

La tilma en la que quedó plasmada la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe se considera un milagro en sí misma y cada año atrae millones de visitantes a su basílica. A pesar de la tosquedad del tejido y del corto tiempo de duración de la pieza original, la tilma enmarcada ha sobrevivido en excelentes condiciones, y a lo largo de los siglos, mientras el santuario crecía, ha resistido la descomposición, inundaciones, e incluso un atentado con explosivos.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe se considera un puente único entre la iconografía azteca y el lenguaje visual del catolicismo español.

La imagen de la Señora grabada en la tilma presenta los ojos abiertos, la cabeza reclinada y las manos unidas en actitud de oración, en representación de su humildad y deferencia ante el poder de Dios. Su atuendo consiste en una sencilla túnica rojiza decorada con flores, con una banda negra ceñida justo por encima del vientre, símbolo de su embarazo. La cubre un manto de color turquesa decorado con estrellas doradas, las cuales, según se dice, escenifican los cielos y aluden a la majestad de María en el contexto de las jerarquías aztecas, en las que solo la más alta nobleza podía vestir tan distintivos tonos azul verdoso. Del contorno de su cuello pende una cruz, y un ardiente resplandor dorado emana de todo su ser. A sus pies, un ángel de coloridas alas la sostiene en lo alto, y parece posar su pie en la leve curva de una creciente luna negra.

Dada la importancia religiosa de esta imagen, las interpretaciones abundan, pero todas describen a Nuestra Señora de Guadalupe como un singular puente entre la iconografía indígena azteca y el lenguaje visual del catolicismo español.

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La diosa azteca y Tepeyacac

En un pasaje en español del Códice Florentino, Bernardino de Sahagún explica la significación de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe en el sitio de Tepeyacac. Sahagún escribe:

… donde está un montecillo que se llama Tepeácac, y… agora se llama Nuestra Señora de Guadalope. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses, que la llamaban Tonantzin, que quiere decir "nuestra madre". Allí hacían muchos sacrificios a honra desta diosa. Y venían a ellos de más de veinte leguas de todas estas comarcas de México, y traían muchas ofrendas… en todas partes hay muchas iglesias de Nuestra Señora, y no van a ellas, y vienen de lexos tierras a esta Tonantzin, como antiguamente. (Transcripción del español original, de López Austin & García Quintana 2000)

Tonantzin es un término del náhuatl que deriva de «to», que significa «nuestra», nantli o nanan, que denota «madre», y la partícula -tzin, mencionada arriba, lo cual se puede traducir como «Nuestra preciada Madre».

Entre las diosas aztecas asociadas con la tierra, la fertilidad y la muerte existía cierto grado de superposición y equivalencia simbólica, en las que la tierra era a la vez matriz y sepulcro. El nombre de Tonantzin podía hacer referencia a cualquier diosa azteca; el término parece haber sido un título o epíteto, no el apelativo de una diosa específica. Entre estas figuras femeninas se encontraban Cihuacoatl, Coatlicue, Xochiquetzal y Toci. Toci, por ejemplo, significaba «Nuestra abuela», pero también tenía otros epítetos, entre ellos Teteo Innan, «Madre de los dioses», Tlalli Iyollo, «Corazón de la tierra», y Temazcalteci, «Abuela de los baños de sudor». Era diosa de las parteras, la curación y los baños de sudor, algunas veces llamados xochicalli, «casa de flores», lo que la vinculaba con ideas de purificación, de sanación y renacimiento, todas ellas asociadas a Nuestra Señora de Guadalupe.

Coatlicue
Coatlicue Luidger (CC BY-NC-SA)

El hecho de que la manifestación de la Virgen María ordenara la construcción de su santuario en la colina donde los pueblos indígenas habían venerado a una diosa azteca parece evidenciar, como sospechó Sahagún, la persistencia de una forma de adoración a divinidades femeninas, ahora reorientada hacia la Virgen María. Estas prácticas se vieron reforzadas tanto por la validez de María para la Iglesia como por el hecho de que los misioneros, en su deseo de transmitir información acerca de «Nuestra Señora, Madre de Dios» en lengua náhuatl, hicieran referencia a María con el apelativo de Tonantzin.

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Nuestra Señora del Nuevo Mundo

Con anterioridad separados por un océano, el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo pasaron a quedar vinculados de manera inextricable, y pocos símbolos fueron tan representativos de la unificación de estos mundos dispares como Nuestra Señora de Guadalupe. Para los españoles, representaba la Reconquista y el creciente poder del Dios católico en la Nueva España. Para los pueblos indígenas, representaba una guardiana divina en medio de la inconcebible convulsión provocada por el arribo de los españoles, que dio inicio a siglos de inestabilidad y disturbios en América.

Ante la necesidad de mano de obra, los colonizadores españoles forzaron a las poblaciones indígenas y a los africanos esclavizados por medio del comercio transatlántico de esclavos, a convertirse en la fuerza laboral del Nuevo Mundo. Sus condiciones de vida eran inimaginables: prevalecía la propagación generalizada de enfermedades, junto con el agotamiento, la desnutrición, las condiciones de trabajo inmundas y el abuso, todo lo cual hacía mella en una población ya diezmada por las plagas importadas del Viejo Mundo, contra las que carecía de inmunidad. En 1520 habitaban en México unos 25 millones de personas; un siglo después, en 1620, la población aborigen solo alcanzaba el millón de almas. La fuerza más grande y destructiva de todas llegó en forma de epidemias.

Cuando en el breve período del año 1736 cierta epidemia se cobró en la Ciudad de México las vidas de al menos 40.000 personas, la asolada ciudad se encomendó a Nuestra Señora de Guadalupe y encontró su salvación. El hecho se conoce porque en 1738 el arzobispo encargó al presbítero Cayetano de Cabrera y Quintero la redacción de una crónica acerca de la plaga.

En su descripción de la epidemia como una guerra mediante la cual Dios ejercía un poder vengador que resultaba irresistible para los seres humanos, Cabrera establece a Nuestra Señora de Guadalupe como intercesora principal y escudo divino contra la ira de Dios. Uno de los factores que condujeron a asociar a María con el cese de la plaga fue la percepción existente en las poblaciones indígenas de que una diosa de la enfermedad era la responsable de la pestilencia y la mortandad generalizadas: una deidad que podía dar la vida y arrebatarla. Para ellos, la divina intervención de María como Madre sagrada, pero también como figura bajo cuyo estandarte había sido destruido su modo de vida, habría encajado con lo que esperaban de la divinidad femenina. Después de todo, las diosas aztecas, entre ellas Chalchiuhtlicue, Tlaltecuhtli, Mayahuel y Coatlicue, habitaban el umbral entre la vida y la muerte, y Guadalupe, enlazada en la esencia misma de los pueblos indígenas y sus creencias, por el emplazamiento de su santuario y por el epíteto de Tonantzin, resultaba la encarnación ideal capaz de actuar ante tan enormes calamidades.

Our Lady of Guadalupe and the Four Apparitions
Nuestra Señora de Guadalupe y las Cuatro Apariciones Nicolás Enríquez (Public Domain)

Según Cabrera, incluso en los peores momentos de la plaga, nadie moría en el templo sagrado de Guadalupe; tanto así, que a pesar de estar ubicado en aquella época en una zona periférica, el santuario se convirtió en el centro espiritual de la ciudad. Escribe que en mayo de 1737, el mismo día que el gobierno municipal declaró de forma oficial a la Señora de Guadalupe como Patrona, la epidemia menguó, lo que consolidó la imagen vista por primera vez por Juan Diego doscientos años antes, como Protectora de México.

Conclusión

A pesar de las diferentes perspectivas sobre Nuestra Señora de Guadalupe sostenidas por los habitantes altamente estratificados de la Nueva España, la Virgen se convirtió en símbolo de una nueva forma de vida en la que el cuidado y protección que prodigaba se extendían a ambas partes como un todo común. Personificó a la madre amorosa y benévola que nutre y perdona. Era una intercesora a través de la cual los humanos podían suplicar a Dios, una aliada natural del pueblo humilde, y una encarnación de la unidad que se erguía como puente entre la tierra y el cielo, entre la guerra y la paz, entre el cristianismo y las creencias indígenas, y entre el poder y la vulnerabilidad. A pesar de que como Virgen María pertenecía al orden colonial establecido, su imagen podía representar a todos los pueblos de México y ser enarbolada como símbolo de protesta y rebelión. Tal fue el caso cuando Miguel Hidalgo (1753-1811) encabezó el levantamiento que conduciría a México a su independencia en 1821, y cuando César Chávez (1927-1993) luchó por los derechos de los trabajadores agrícolas en los Estados Unidos.

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A partir de 1531, muchos milagros se han atribuido a Nuestra Señora de Guadalupe, desde el cese de enfermedades en ciudades enteras hasta milagros personales concedidos a quienes acuden a suplicarle a su santuario de la Ciudad de México. Cada año, millones de personas celebran la Fiesta o Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe el 12 de diciembre, en conmemoración del día de la milagrosa aparición de su imagen en la tilma de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin. A lo largo de casi 500 años, Nuestra Señora de Guadalupe se ha convertido en mucho más que en una de las tantas imágenes singulares de la Virgen María. Ella es, entre muchas cosas, Jefita de los Barrios, Señora del Apocalipsis, Generalísima, Patrona de las Américas, y Tonantzin.

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Bibliografía

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Sobre el traductor

Waldo Reboredo Arroyo
Interesado en el estudio de las migraciones, costumbres, las artes y religiones de distintas culturas; descubrimientos geográficos y científicos. Vive en La Habana. En la actualidad traduce y edita libros y artículos para la web.

Sobre el autor

Jordy Samuels
Jordy es bibliotecaria, apasionada de la historia y una persona de curiosidad incansable. Le fascinan los mitos y el estudio de los sistemas de creencias, disfruta de las novelas gráficas, la cocina, contemplar el cielo entre nubes y aprender de otras personas curiosas, especialmente de los niños.

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Samuels, J. (2026, enero 03). Nuestra Señora de Guadalupe: Patrona de las Américas. (W. R. Arroyo, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-25613/nuestra-senora-de-guadalupe/

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Samuels, Jordy. "Nuestra Señora de Guadalupe: Patrona de las Américas." Traducido por Waldo Reboredo Arroyo. World History Encyclopedia, enero 03, 2026. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-25613/nuestra-senora-de-guadalupe/.

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Samuels, Jordy. "Nuestra Señora de Guadalupe: Patrona de las Américas." Traducido por Waldo Reboredo Arroyo. World History Encyclopedia, 03 ene 2026, https://www.worldhistory.org/trans/es/1-25613/nuestra-senora-de-guadalupe/.

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