En la Conferencia de Potsdam, celebrada del 17 de julio al 2 de agosto de 1945 en Potsdam en la República Democrática Alemana, se decidió cómo los Aliados tratarían con una Alemania derrotada y cómo podrían llevar a cabo la campaña en curso contra Japón mientras la Segunda Guerra Mundial (1939-45) llegaba a su fin. Con la victoria en Europa conseguida, el presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman, el primer ministro del Reino Unido, Winston Churchill, y luego su sucesor Clement Attlee y el presidente soviético, Iósif Stalin emitieron a Japón un ultimátum de rendición conocido como la Declaración de Potsdam. El ultimátum se ignoró hasta que Estados Unidos lanzó bombas atómicas en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Japón se rindió el 14 de agosto.
Acuerdo en Yalta
En febrero de 1945, con una victoria que parecía inminente para los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, los líderes de «los Tres Grandes» se reunieron en Yalta, en Crimea: el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, el primer ministro británico, Winston Churchill y el presidente soviético, Iósif Stalin. Algunos de los temas a discutir eran cómo tratar con una Alemania nazi y con un Imperio japonés derrotados y cómo establecer las Naciones Unidas, el organo sucesor de la Sociedad de las Naciones. La frontera de Polonia se movería hacia el oeste, y le darían la parte este y una nueva parte oeste de Alemania a la URSS. Se acordó, en principio, permitir elecciones democráticas en países ocupados por la Alemania nazi. Este sentimiento se plasmó en la Declaración de la Europa Liberada.
En cambio, Alemania y Austria se dividirían en cuatro zonas de ocupación (estadounidense, francesa, británica y rusa), con un gobierno militar compartido establecido en cada zona: el Consejo de Control Aliado en Alemania y la Comisión Inter-aliada en Austria. Berlín y Viena también se dividieron en zonas de control. Además, se decidió que cada potencia tenía el derecho de llevar a cabo juicios por crímenes de guerra dentro de su zona de ocupación. La inclusión de Francia como una potencia ocupante de Alemania y Austria fue una «victoria» occidental en Yalta, así como lo fue la decisión de entregarle a Francia un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Otro gran acuerdo en Yalta se trataba de la lucha en curso contra Japón. A cambio de que Rusia entrara a la guerra contra Japón, se cumplirían ciertas demandas soviéticas. Estas demandas incluían control de las Islas Kuriles, la parte sur de la Isla de Sajalín (ambas están en el Mar de Ojotsk y habían sido ocupadas por Japón) y retener el statu quo con respecto a Mongolia, que había sido un Estado cliente de Rusia desde 1924. Aún había muchos asuntos sin resolver, por lo que «los Tres Grandes» planearon reunirse de nuevo en julio, esta vez en Potsdam, en Alemania, una zona bajo control militar soviético en ese entonces.
La Conferencia de Potsdam se celebró en el Palacio Cecilienhof, una cómoda mansión en un gran parque a las afueras de Berlín. A la reunión en Potsdam se le dio el nombre en código Terminal. Al igual que en Yalta, los líderes de Gran Bretaña, Estados Unidos y la URSS aún se consideraban a sí mismos los encargados legítimos de tomar decisiones con respecto al destino de otros países, en mayor medida debido al tamaño de los ejércitos que comandaban y su éxito en el campo de batalla, en mar y en el aire. Luego de Yalta, Roosevelt falleció y Churchill perdió las elecciones generales en el medio de la conferencia (los resultados se anunciaron el 26 de julio). Como consecuencia, los nuevos líderes eran el presidente Harry S. Truman y, desde el 28 de julio, el primer ministro Clement Attlee (quien había atendido a la conferencia como vice primer ministro de Churchill).
Los líderes en Potsdam estaban en desacuerdo en muchos temas clave y posponían decisiones para una futura conferencia de ministros de relaciones exteriores con frecuencia.
Stalin, entonces, tenía la ventaja de la experiencia y, además, según Anthony Eden, ministro de Relaciones Exteriores británico, era un «negociador frío, calmado y calculador que sabía exactamente lo que quería e iba a conseguirlo, nunca se emocionaba y rara vez levantaba la voz» (Holmes, 541). Alemania se había rendido en abril de 1945 y el Ejército Rojo de la URSS había ocupado Berlín. Tal como nota el Museo Imperial de la Guerra, Stalin estaba determinado a conseguir el mejor trato posible por parte de sus dos contrapartes en Potsdam: «Cuando le preguntaron si estaba satisfecho de estar en Berlin, Stalin respondió 'el zar Alejandro I llegó hasta París'».Truman, luego de su primera reunión en persona con Stalin y un almuerzo de hígado, tocino y vino californiano, escribió en su diario que el líder ruso era «muy intelegente» (Moskin, 203). Claramente, las negociaciones sobre cómo sería el mundo luego de la guerra iban a ser difíciles.
El intento de llegar a un acuerdo sobre las reparaciones de guerra que debía pagar Alemania a los vencedores no tuvo éxito. Stalin estaba determinado a exprimir lo máximo posible a Alemania para pagar los tremendos daños infligidos en la URSS. Truman, en cambio, estaba cauteloso de que si los términos eran muy duros, podían provocar un odio duradero hacia los vencedores, tal como había ocurrido en Alemania luego del Tratado de Versalles en 1919, que había puesto fin formalmente a la Primera Guerra Mundial. Había algunos puntos en común con respecto a Alemania en Potsdam. La industria militar de Alemania sería desmantelada. Las leyes raciales nazis, tales como las Leyes de Núremberg, se anularían y habría una desnazificación sistemática de los sistemas judicial y educativo.
Uno de los temas a tratar era el problema de Polonia. En Yalta, todos habían estado de acuerdo en que debía haber elecciones libres en Polonia, pero Stalin ya había interferido para asegurarse de que se instalara un gobierno prosoviético. Stalin estaba decidido a que Polonia fuera una gran zona colchón que protegiera a Rusia de cualquier ataque futuro de Europa occidental. Sin embargo, Estados Unidos y Gran Bretaña habían reconocido el nuevo «Gobierno Provisional de Unidad Nacional» el 5 de julio. La realidad era que las Fuerzas Armadas de la URSS ya habían tomado posesión del territorio en cuestión.
La constitución de los nuevos gobiernos en Bulgaria y Grecia también se disputaba. Los norteamericanos y británicos querían elecciones libres, pero Stalin quería la designación de comunistas dentro de estos gobiernos a toda costa, tal como había ocurrido en Rumania. En Potsdam se decidió que se formaría un Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores para definir las nuevas fronteras de Europa y decidir cómo dividir las colonias de las potencias perdedoras de la guerra. Esta decisión era, en efecto, un aplazamiento de varios temas sobre los que no se podía llegar a un acuerdo, de los que hubo muchos. El Consejo no se reunió hasta febrero de 1947. Al posponer los problemas más delicados, los tres líderes pudieron, por lo menos, continuar con sus discusiones casi cordiales. Uno de los problemas solucionados en Potsdam fue la decisión de continuar con el programa de Préstamo y Arrendamiento (ayuda financiera y material de Estados Unidos a sus aliados) a las tropas de ocupación británicas en Europa.
El tema más importante en Potsdam era los términos de paz con Japón. Estados Unidos ya había desarrollado la bomba atómica, un arma nueva y escalofriante con un poder incomprensible. De hecho, Truman había retrasado la Conferencia de Potsdam para que se pudiera realizar la primera prueba de la bomba atómica en Nuevo México el 16 de julio. Por lo tanto, cuando Truman llegó a Potsdam ya sabía que tenía en su poder la forma de finalizar la guerra de forma casi inmediata. El secretario de Defensa estadounidense, Henry L. Stimson, mencionó que la noticia del éxito de la prueba tuvo el siguiente efecto en Truman: «El presidente estaba muy animado... dijo que le dio un nuevo sentimiento de confianza» (Liddell Hart, 438).
Lo que hoy se conoce como la Declaración de Potsdam se realizó el 27 de julio. El mensaje de la declaración era que Japón debía rendirse incondicionalmente de forma inmediata o enfrentaría la destrucción completa. Los Gobiernos chino y británico aprobaron la declaración. En la declaración no se mencionaba al emperador japonés, por lo que el Gobierno japonés supuso que no estaba obligado a abdicar. Japón aún estaba luchando para conservar cada isla y causaba numerosas bajas a las fuerzas estadounidenses. El Gobierno japonés ignoró la declaración a pesar de que ya le había hecho propuestas secretas a la URSS de que estaba abierto a considerar la rendición. Dentro del gabinete japonés, sentían que aún había lugar para negociar a pesar de los términos duros de la declaración y sentían que aún tenían tiempo para considerar el ultimátum. El Gobierno japonés esperaba que una rendición negociada los ayudara a preservar algún vestigio de poder. Sin embargo, en la Declaración de Potsdam se declaraba que conservar el poder no sería tolerado y pedía por la destitución de «la autoridad e influencia de aquellos que engañaron al pueblo japonés y lo condujeron a intentar una conquista mundial» (Dear, 864). Este término podía o no incluir al emperador. Además, se debía desarmar el Ejército japonés; el Estado de Japón, de ahora en más, estaría compuesto solo de sus cuatro islas principales y se llevarían a cabo juicios por crímenes de guerra. Los Aliados esperaban desarrollar un Japón libre y democrático, donde hubiera libertad de expresión, religión y respeto por los derechos humanos.
Con la victoria en la guerra ya asegurada, Truman estaba preocupado por la supremacía de Estados Unidos en el mundo de la posguerra.
Sin una rendición, el Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos esperaba una resistencia desesperada y continua por parte del Ejército japonés, que aún tenía alrededor de 2 millones de soldados, como consecuencia, la guerra no se podría ganar antes del invierno de 1946. Se estimaba que la victoria con armas convencionales resultaría en, al menos, 200.000 bajas estadounidenses, y quizás cinco veces más. Además, si la URSS entraba a la guerra contra Japón, tal como se había prometido y se esperaba, el Estado podía hacer exigencias territoriales en Asia oriental. Si la URSS ayudaba de forma activa a derrotar a Japón, fortalecería su posición en una Europa dividida. Truman pensaba que «solo un ataque atómico real convencería a Stalin de la irresistible fuerza detrás de la diplomacia norteamericana» (Liddell Hart, 488). Le había informado ligeramente a Stalin sobre la bomba el 24 de julio (una información que los espías soviéticos ya le habían dado a Stalin), y declaró que Estados Unidos tenía un arma de inusual potencia y que estaba preparado para usarla contra Japón. Stalin respondió que esta intención era una buena idea. Con la victoria en la guerra ya asegurada, Truman estaba tan preocupado por la supremacía de Estados Unidos en el mundo de la posguerra como lo estaba por derrotar a Japón lo antes posible. También es cierto que el Proyecto Manhattan, para desarrollar la bomba, había costado 2.000 millones de dólares. Para muchos involucrados en el programa atómico, parecía impensable no usar la bomba una vez que estaba lista.
Al no recibir una respuesta a la Declaración de Potsdam, el Gobierno de Estados Unidos, con aprobación formal del Gobierno Británico, decidió soltar una sola bomba atómica en la ciudad japonesa de Hiroshima el 6 de agosto y otra bomba en Nagasaki el 9 de agosto. Los aviones Enola Gay y Bockscar, modelos Boeing B-29 Superfortress, se usaron para lanzar las bombas. Más de 200.000 personas murieron en los ataques. El 10 de agosto, el Ejército Rojo de la URSS invadió el territorio de Manchuria ocupado por los Japoneses. El emperador de Japón, Hirohito, anunció la rendición de su país el 14 de agosto. Truman respondió a la rendición más tarde el mismo día y declaró en una conferencia de prensa: «Considero esta respuesta una aceptación total de la Declaración de Potsdam, que especifica la rendición incondicional de Japón. En la respuesta no hay ninguna salvedad» (Mosking, 319). Los Aliados habían ganado la Segunda Guerra Mundial.
Potsdam, al igual que la Conferencia de Yalta, terminó siendo un poco decepcionante para Occidente. En Potsdam, «los acuerdos con Moscú eran más la excepción que la regla» (Dear, 878). Truman le escribió a su madre cerca del final de la conferencia: «Nunca has visto gente tan testaruda como los rusos. Espero nunca tener que asistir a otra conferencia con ellos» (Dear, 878). Sin ninguna duda, había un sentimiento general en Estados Unidos que, a medida que la URSS incumplía con los pocos compromisos que había tomado en Yalta y Potsdam, los norteamericanos habían, en efecto, «ganado la guerra, pero perdido la paz» (Liddell Hart, 435).
Mucha gente en Occidente sentía que sus líderes le habían regalado control de Europa del Este a la URSS y habían permitido presencia soviética en Asia oriental, que podía usarse como una plataforma de expansión de influencia soviética en esa parte del mundo. Por esta razón, Estados Unidos mantuvo sus tropas de ocupación en Japón hasta 1952. Se permitió que el emperador Hirohito mantuviese su cargo, pero luego de renunciar a su divinidad, como sostiene el sintoísmo, su rol se redefinió al de monarca constitucional. Los esfuerzos de Hirohito de controlar al Ejército japonés y promover una rendición lo habían salvado, aunque los historiadores siguen disputando la magnitud real de esos esfuerzos.
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También se ha debatido mucho desde 1945 sobre si la declaración rusa de guerra contra Japón justo antes de los ataques en Hiroshima y Nagasaki tuvo alguna influencia en la rendición del Gobierno japonés y si los compromisos de Estados Unidos con respecto a Asia en Yalta y Potsdam habían sido, al final, estrictamente necesarios. Entre Estados Unidos y la URSS y sus respectivos aliados, se desarrollaron grandes sospechas sobre los objetivos de política extranjera de todos. Entonces empezó la Guerra Fría, un declive en las relaciones soviéticas-estadounidenses, que vio un periodo prolongado de tensiones internacionales y guerras subsidiarias durante la segunda mitad del siglo XX.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 03 noviembre 2025. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.