Robert E. Lee (1807-1870) fue el general confederado más destacado de la guerra de Secesión (1861-1865), que estuvo al mando del Ejército de Virginia del Norte durante gran parte del conflicto y fue nombrado general en jefe de todas las Fuerzas confederadas en 1865. Lee era muy querido por sus hombres, a quienes condujo a una serie de brillantes victorias en las campañas de 1862. Su derrota en la batalla de Gettysburg (del 1 al 3 de julio de 1863) se suele considerar un punto de inflexión en la guerra, ya que, a partir de entonces, Lee se vio obligado a mantenerse siempre a la defensiva. Su rendición en Appomattox Court House el 9 de abril de 1865 a menudo se considera el final de la guerra. Hoy en día, Lee es sin duda una de las figuras militares más conocidas y controvertidas de la historia de Estados Unidos.
Primeros años
Robert Edward Lee nació el 19 de enero de 1807 en la finca familiar de Stratford Hall, en el condado de Westmoreland, Virginia. Era descendiente de la familia Lee de Virginia, una de las dinastías de terratenientes más destacadas de la Mancomunidad, entre cuyos miembros se contaban dos de los firmantes de la Declaración de Independencia. Su padre, Henry Lee III (1756-1818), se había ganado la fama de héroe de guerra durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos. Más conocido como «Light-Horse Harry» («Harry Caballo Ligero»), había comandado una legión de élite del Ejército Continental y posteriormente había ocupado el cargo de gobernador de Virginia entre 1791 y 1794. Pero para la época en la que nació Robert, Henry Lee atravesaba tiempos difíciles. Había perdido una fortuna en malas especulaciones inmobiliarias, lo que le dejó profundamente endeudado e incluso le llevó a pasar un año en la cárcel de deudores. Su situación empeoró en 1812, cuando, en unos disturbios en Baltimore, le propinaron una paliza que lo dejó al borde de la muerte. Después de esto, decidió marcharse a las Indias Occidentales tanto para recuperar la salud como para escapar de sus acreedores. Este sería un viaje del que nunca regresaría, ya que falleció en Georgia el 25 de marzo de 1818.
Tras la muerte de su padre, Robert se quedó a cargo de su madre enferma, Anne Hill Carter Lee, y a menudo la ayudaba a llevar la casa. Recibió una educación clásica básica en la Academia de Alejandría, pero, debido a la mala gestión financiera de su padre, sus perspectivas de continuar con estudios superiores eran limitadas. Decidió alistarse en el Ejército y, en junio de 1825, ingresó como cadete en la prestigiosa Academia Militar de Estados Unidos en West Point. Era un estudiante aplicado, especialmente en el ámbito de las matemáticas, y se graduó segundo de su promoción en 1829, tras lo cual obtuvo el grado honorífico de subteniente en el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos. Mientras esperaba su primer destino, regresó a Virginia, donde descubrió que su madre se encontraba en su lecho de muerte; estuvo a su lado cuando falleció el 16 de julio de 1829. Sin duda, fue un momento agridulce en la vida de Lee, ya que ese mismo verano comenzó a cortejar a Mary Anna Custis (1807-1873), bisnieta de la primera dama Martha Washington. La conocía desde la infancia y, aunque el padre de Mary se opuso en un principio, la pareja se casó el 30 de junio de 1831 y acabaría teniendo siete hijos.
Carrera antes de la Guerra Civil
En agosto de 1829, Lee recibió su primer destino militar en la isla de Cockspur, en Georgia, donde ayudó a construir un fuerte para defender el río Savannah. Durante los siguientes quince años, trabajó en proyectos de ingeniería similares por todo el país, ayudando a reforzar Fort Monroe en Virginia y supervisando la construcción de un puerto en San Luis. El trabajo era monótono y ofrecía pocas posibilidades de ascenso, y Lee estaba frustrado porque lo alejaba a menudo de su familia. Consideraba la posibilidad de abandonar el Ejército casi todos los años y llegó a escribirle a su esposa: «No le aconsejaría a ningún joven que se alistara en el Ejército» (citado en la Encyclopedia Virginia). No obstante, Lee, que sociable y cortés, siempre causaba gran impresión en quienquiera con quien se relacionase. Apuesto y robusto, con el pelo negro y los ojos de color marrón oscuro, a muchos les parecía la viva imagen de un caballero sureño, y un admirador se refirió a él como «el hombre de aspecto más noble que jamás he visto» (citado en Freeman, 114).
En mayo de 1846, la monotonía de la vida en el ejército en tiempos de paz se vio interrumpida por el estallido de la guerra: las crecientes tensiones entre Estados Unidos y México por la anexión de Texas por parte de Estados Unidos, así como las provocaciones del Gobierno del presidente James K. Polk (en el cargo entre 1845 y 1849), habían provocado un derramamiento de sangre a lo largo del Río Grande, lo que desencadenó la guerra mexicano-estadounidense (1846-1848). Aunque Lee no aprobaba la guerra en sí, esperaba con interés la oportunidad de ascender en el campo de batalla. En marzo de 1847, desembarcó en las afueras de Veracruz como parte del ejército de 10.000 hombres comandado por el general Winfield Scott (1786-1866). Ya con el rango de capitán, participó en varias misiones de reconocimiento cruciales en las que ayudó a trazar las rutas que seguiría el ejército hacia Ciudad de México. En una de esas misiones, evitó la captura por los pelos al esconderse detrás de un tronco mientras los soldados mexicanos conversaban entre sí a pocos metros de distancia. Participó en la batalla de Cerro Gordo (18 de abril) y en la batalla de Chapultepec (13 de septiembre), y se convirtió en el oficial favorito del general Scott; años más tarde, Scott se referiría a él como «el mejor soldado que jamás he visto en el campo de batalla» (citado en Freeman, 76).
Las hazañas de Lee le valieron el respeto de sus compañeros de armas y dos ascensos honoríficos, aunque seguía siendo una figura desconocida fuera del Ejército. Tras la guerra, en 1852, fue nombrado próximo superintendente de West Point. Aunque se consideraba poco cualificado para el cargo, Lee aceptó y dedicó los años siguientes a mejorar los planes de estudios y a reforzar la disciplina en la academia militar. Entre los cadetes que se graduaron durante su superintendencia se encontraban los futuros generales confederados John Bell Hood (1831-1879) y J. E. B. Stuart (1833-1864), así como el hijo mayor de Lee, Custis Lee (1832-1913), que se graduó como el primero de su promoción. En 1855, Lee volvió al servicio activo como teniente coronel en el recién formado 2.º Regimiento de Caballería, acuartelado en Texas. En 1857, tras la muerte de su suegro, George Washington Parke Custis, Lee se tomó una excedencia de dos años para regresar a Virginia y ayudar a tramitar el testamento. Su esposa había heredado la gran finca familiar de los Custis en Arlington, así como sus propiedades y sus cientos de esclavos, lo que llevó a Lee a centrar su atención en la agricultura.
Esclavitud y secesión
En su testamento, Custis había estipulado que todos sus esclavos debían ser liberados en un plazo de cinco años tras su muerte. Mientras que Lee interpretó que esto significaba que podía mantenerlos esclavizados durante los cinco años completos, los esclavos se alegraron, creyendo que ya eran libres; cuando se enteraron de que Lee no tenía intención de emanciparlos, comenzaron a huir de Arlington en gran número. Lee respondió alquilando a muchos de los esclavos de Arlington, separándolos de sus familias, e incluso presentó peticiones para mantener a algunos de ellos esclavizados indefinidamente. No fue hasta que los tribunales fallaron en su contra que Lee liberó a los esclavos de Custis. La actitud de Lee hacia la institución de la esclavitud era contradictoria: aunque afirmaba considerarla una institución perversa, creía en la supremacía blanca y pensaba que algunas personas negras se beneficiaban de estar esclavizadas. En sus propias palabras:
A los negros les va infinitamente mejor aquí que en África, moral, social y físicamente. La dolorosa disciplina a la que están sometidos es necesaria para la instrucción de su raza y espero que los prepare y los conduzca a cosas mejores. Cuánto tiempo será necesaria su subyugación lo sabe y lo ordena una sabia y misericordiosa Providencia.
(citado en Freeman, 92)
Lee no era el único que se debatía con la cuestión de la esclavitud en la década de 1850. De hecho, la disputa regional entre los «estados libres» del norte y los «estados esclavistas» del sur ya estaba carcomiendo el alma de la nación y amenazaba con degenerar en una guerra civil. El 17 de octubre de 1859, Lee recibió la visita de su antiguo alumno, el teniente J. E. B. Stuart, quien le trajo noticias: el arsenal federal de Harpers Ferry, en Virginia, había sido tomado por insurrectos, que también habían tomado rehenes. Lee y Stuart se dirigieron inmediatamente a Harpers Ferry, donde asumió el mando de la milicia y de los marines estadounidenses que habían rodeado el arsenal. Después, envió a Stuart a negociar con los insurrectos, pero, como las conversaciones fracasaron, ordenó a los marines que asaltaran el arsenal. En tres minutos, todo había terminado. El líder de los asaltantes, John Brown (1800-1859), fue capturado y posteriormente ejecutado; Brown, un abolicionista radical, tenía la intención de incitar a una revuelta de esclavos. La noticia inquietó a muchos en el Sur, sobre todo ante la inminencia de las elecciones presidenciales de 1860.
Muchos sureños temían que la victoria del nuevo Partido Republicano condujera a la abolición de la esclavitud. Así pues, cuando el candidato republicano Abraham Lincoln (1809-1865) ganó la presidencia, Carolina del Sur votó a favor de separarse de la Unión en diciembre de 1860, alegando que la secesión era la única forma de preservar su «modo de vida». En los meses siguientes, otros seis estados siguieron su ejemplo y formaron los Estados Confederados de América, para los que eligieron como presidente al senador de Misisipi, Jefferson Davis (1808-1889). Aunque Lee se oponía a la secesión, también creía que «si la Unión solo puede mantenerse a base de la espada y la bayoneta… su existencia dejará de tener interés alguno para mí» (citado en la Encyclopedia Virginia). Por este motivo, rechazó la oferta de su antiguo mentor, Winfield Scott, de asumir el mando de las Fuerzas de la Unión. Aunque Virginia aún no se había separado, temía que lo hiciera pronto y se negó a luchar contra su estado natal.
Lee asume el mando
Poco después del bombardeo de Fort Sumter en abril de 1861, el presidente Lincoln convocó a 75.000 voluntarios para aplastar la rebelión sureña. Esto provocó que otros cuatro estados se separaran de la Unión, entre ellos Virginia. Lee dimitió del Ejército de los Estados Unidos y regresó a su hogar, donde se le encomendó de inmediato la tarea de organizar las defensas del estado. La invasión parecía inminente, especialmente después de que la Confederación trasladara su capital a Richmond, Virginia. En agosto de 1861, lo ascendieron al rango de general de división y lo enviaron al oeste de Virginia. Sin embargo, la primera campaña de Lee terminaría en decepción; debido al mal tiempo, las enfermedades y otras circunstancias desafortunadas, su ejército fue incapaz de desalojar a las tropas federales de las montañas del oeste de Virginia. Al regresar de la campaña en desgracia, lo enviaron a supervisar la construcción de defensas en Georgia y las Carolinas. La primavera siguiente, regresó a Richmond como asesor militar del presidente Davis.
En marzo de 1862, el general de división de la Unión George B. McClellan (1826-1885) desembarcó en Fort Monroe con su Ejército del Potomac, compuesto por 120.000 hombres, y comenzó a avanzar lentamente por la península de Virginia. Se enfrentó a un ejército confederado al mando del general Joseph E. Johnston (1807-1891), y ambas fuerzas se enfrentaron en la batalla de Seven Pines (del 31 de mayo al 1 de junio). Johnston resultó herido y Davis decidió sustituirlo por Lee. Cuando asumió el mando del ejército más importante del Sur, al que comenzó a llamar Ejército de Virginia del Norte, Lee no logró inspirar mucha confianza. Su decisión de cavar trincheras a las afueras de Richmond frustró a las tropas, que creían que estaba siendo demasiado cauteloso y se referían a él despectivamente como el «Rey de la Pala». El otro apodo que le pusieron, «Abuelita Lee», sin duda encajaba con su aspecto: el pelo negro se le había vuelto canoso y su aristocrático bigote había dado paso a una barba. Sin embargo, no tardaría en demostrar que estaba a la altura de las circunstancias. En una serie de enfrentamientos conocidos como las batallas de los siete días (del 25 de junio al 1 de julio de 1862), se enfrentó de forma agresiva al ejército de McClellan. Aunque solo una de estas batallas fue decisiva (Gaines’ Mill), la lucha implacable de Lee tomó por sorpresa a los norteños y obligó a McClellan a alejarse de Richmond. Si bien el enfoque agresivo de Lee le granjeó la confianza de sus soldados, tuvo un alto precio en términos de bajas; de hecho, el Ejército de Virginia del Norte sufriría más bajas a lo largo de la guerra que cualquier otro ejército sureño.
Tras salvar Richmond, Lee no se durmió en los laureles, sino que se volvió para enfrentarse al general de división John Pope (1822-1892), que estaba invadiendo Virginia con otro gran ejército de la Unión. Al estar en inferioridad numérica, Lee tomó la arriesgada decisión de dividir su ejército en dos cuerpos. El ala derecha, al mando del general de división Thomas J. «Stonewall» Jackson (1824-1863), fingió retirarse y atrajo al abultado ejército de Pope hacia Manassas Junction. Fue aquí, en la segunda batalla de Manassas (28-30 de agosto de 1862), donde el ala izquierda del ejército de Lee, al mando del general de división James Longstreet (1821-1904), arremetió contra el flanco de Pope, lo que contribuyó a lograr otra victoria decisiva para el Sur. Animado por esta racha de éxitos, Lee decidió invadir Maryland, con la esperanza de que una victoria en territorio norteño pudiera convencer a naciones europeas como Gran Bretaña de que reconocieran la independencia del Sur. Su primera invasión del Norte culminó en la batalla de Antietam (17 de septiembre de 1862), la batalla de un solo día más sangrienta de la historia de Estados Unidos. Aunque terminó en un empate, Lee se vio obligado a poner fin a su invasión y a retirar a su maltrecho ejército al otro lado del río Potomac.
El momento álgido de la Confederación
A continuación, Lee estableció una posición defensiva en Marye’s Heights, a las afueras de Fredericksburg, Virginia. El Ejército del Potomac atacó esta posición, lo que dio lugar a la batalla de Fredericksburg (del 11 al 15 de diciembre de 1862). Mientras observaba cómo una contraofensiva confederada barría a los yanquis de los cerros, Lee se volvió hacia Longstreet y le comentó con tristeza: «Menos mal que la guerra es tan terrible; si no, nos acabaríamos aficionando demasiado a ella» (citado en Freeman, 278). La primavera siguiente, Lee obtuvo otra victoria decisiva en la batalla de Chancellorsville (del 30 de abril al 6 de mayo de 1863). Una vez más, logró derrotar a un ejército mucho más numeroso al dividir a sus propias fuerzas y rodear al enemigo, lo que ha llevado a algunos historiadores a considerar esta batalla como la obra maestra de Lee. El precio de este éxito fue un elevado número de bajas, entre las que se encontraba el indispensable Stonewall Jackson, que resultó herido de muerte.
Convencido de que había llegado el momento de lanzar otra invasión del Norte, Lee volvió a dirigir al Ejército de Virginia del Norte a la otra orilla del Potomac en junio de 1863. El 1 de julio, las unidades de vanguardia de su ejército se enfrentaron a las tropas del Norte en la pequeña localidad de Gettysburg, Pensilvania. Tras un duro día de combates, el Ejército de la Unión se replegó a una sólida posición defensiva en los cerros situados al sur de la localidad. A pesar de las dudas de algunos de sus subordinados, como Longstreet, que consideraban que la posición de la Unión era demasiado sólida, Lee estaba decidido a reanudar el ataque el 2 de julio; el Ejército del Potomac se le había escurrido entre las manos demasiadas veces y no estaba dispuesto a dejar que se le escapara de nuevo. Ese día se libraron combates aún más sangrientos en puntos clave a lo largo de la línea de la Unión que han pasado a la historia con los nombres de Devil’s Den, Little Round Top y Culp’s Hill. Sin embargo, al caer la noche, los confederados no habían logrado abrirse paso. El 3 de julio, Lee lanzó un ataque en tres frentes que incluía un asalto masivo al centro de la Unión, en el que participaron 12.500 hombres bajo el mando del general de brigada George Pickett (1825-1875).
Los tres asaltos fracasaron; la carga de Pickett, en particular, se saldó con varios miles de bajas; el punto hasta el que llegó la carga ha pasado a la historia como el «punto álgido de la Confederación». Lee no tardó en darse cuenta de que su ejército había sido derrotado. Tras decirles a sus hombres que «todo es culpa mía», los condujo en una desalentadora retirada de diez días hacia Virginia y nunca volvería a luchar en suelo norteño. El resto del año transcurrió realizando maniobras en torno al Ejército del Potomac, pero los combates no se reanudarían en serio hasta mayo de 1864, cuando el general de la Unión Ulysses S. Grant (1822-1885) lanzó su Campaña Terrestre. En tan solo siete semanas, los ejércitos se enfrentaron en varias batallas importantes, entre ellas la batalla de Wilderness (del 5 al 7 de mayo), la batalla de Spotsylvania Court House (del 9 al 21 de mayo) y la batalla de Cold Harbor (del 31 de mayo al 12 de junio). En estos combates, Lee perdió unos 35.000 hombres, incluido su fiel comandante de caballería, Stuart.
Appomattox y sus últimos años
En junio de 1864, Lee estableció una posición defensiva alrededor de Petersburg, Virginia, mientras el ejército de Grant se atrincheraba y comenzaba el asedio. El asedio de Petersburg (del 9 de junio de 1864 al 25 de marzo de 1865) mantuvo a Lee y a su ejército acorralados mientras la Confederación se venía abajo a su alrededor. Atlanta, en Georgia, cayó en manos de la Unión el 2 de septiembre de 1864, mientras el general de la Unión Philip H. Sheridan (1831-1888) arrasaba el valle de Shenandoah. En febrero de 1865, el Gobierno confederado nombró a Lee comandante general de todos los ejércitos confederados, pero para entonces ya era demasiado tarde. En un último intento desesperado por unir su agotado ejército con otra fuerza confederada, Lee abandonó Petersburg a principios de abril, pero Grant lo acorraló a las afueras de Appomattox Court House. Al haberse quedado sin hombres, suministros ni municiones, a Lee no le quedó más remedio que rendirse el 9 de abril de 1865. La rendición del ejército más potente de la Confederación fue el último clavo en el ataúd de la independencia del Sur, y la guerra terminó poco después.
Tras la guerra, Lee no pudo regresar a Arlington, que había sido confiscado por la Unión y convertido en un cementerio nacional, función que sigue desempeñando hoy en día. Pero, a pesar de su derrota, fue reconocido como un héroe en todo el Sur. En agosto de 1865, aceptó el cargo de rector del Washington College en Lexington, Virginia, pero se abstuvo de hablar públicamente sobre los acontecimientos mientras el país se encaminaba hacia la reconstrucción. En su opinión, el Sur había apostado y había perdido, y ahora debía dejar atrás las enemistades del pasado para que la nación pudiera avanzar. Tras cinco años en el cargo, sufrió un derrame cerebral y falleció el 12 de octubre de 1870 a los 63 años. Todo el Sur lamentó su muerte y, con el tiempo, se convirtió en el ídolo del movimiento pseudohistórico de la «Causa Perdida de la Confederación», que busca justificar la causa sureña. Aunque su lugar en la historia sigue siendo objeto de acalorados debates en la actualidad, no hay duda de que Robert E. Lee desempeñó un papel fundamental en uno de los conflictos más determinantes de la historia de Estados Unidos.

