Todo lo que pedimos es que se nos permita vivir, y vivir en paz... Acatamos la voluntad del Gran Padre [el presidente de Estados Unidos] y fuimos al sur. Allí descubrimos que un cheyene no puede vivir. Por eso regresamos a nuestro hogar. Pensamos que era mejor morir luchando que perecer por enfermedad... Ustedes pueden matarme aquí, pero no pueden obligarme a volver. No regresaremos. La única manera de llevarnos allí es entrar aquí con garrotes, golpearnos en la cabeza, arrastrarnos fuera y llevarnos hasta allá muertos. (Brown, 332)
La biografía de Eastman y sus omisiones
Texto
La vida de Cuchillo Romo, el cheyene, es una auténtica historia de heroísmo. Sencillo, casi infantil en algunos aspectos y, sin embargo, valeroso; desprovisto de ambiciones egoístas o afán de lucro, constituye un modelo de héroe para cualquier pueblo.
Cuchillo Romo fue un jefe de la vieja escuela. Entre los indígenas de las grandes llanuras, nada tiene valor si no está respaldado por méritos demostrados. La talla de un hombre se mide por su valentía, su generosidad y su inteligencia. Muchos escritores confunden la historia con la ficción, pero en la historia indígena, sus mujeres, los ancianos e incluso los niños presencian los acontecimientos principales y, al no estar absorbidos por periódicos y revistas, los recuerdan y relatan una y otra vez con escasas variaciones. Por ello, aunque se conservan de forma oral, sus relatos suelen ser precisos. Sin embargo, rara vez han estado dispuestos a proporcionar información fiable a los extraños, especialmente cuando se les ha solicitado y pagado por ella.
Los prejuicios raciales influyen de manera natural en el relato de la vida de un hombre cuando está escrito por sus enemigos, mientras que cada cual tiende a favorecer a los de su propia raza. Soy consciente de que muchos lectores pensarán que he idealizado a los indígenas. Por ello, confesaré desde ahora que entre nosotros también existen demasiados hombres débiles y sin principios. Cuando hablo del héroe indígena, no olvido a aquellos que, pobres de espíritu, traicionaron los ideales de su pueblo. Nuestra confianza ha sido nuestra debilidad y, cuando a nuestros propios defectos se sumaron los vicios de la civilización, nuestra caída fue profunda.
Se dice que Cuchillo Romo, cuando era niño, era ingenioso y autosuficiente. Apenas tenía nueve años cuando su familia quedó separada del resto de la tribu durante una cacería de búfalos. Su padre estaba ausente y su madre ocupada; él jugaba con su hermana menor a la orilla de un arroyo cuando una enorme manada de búfalos se precipitó hacia ellos en estampida por agua. Su madre trepó a un árbol, pero el muchacho condujo a su hermana a una antigua madriguera de castor cuya entrada se hallaba por encima del nivel del agua. Allí permanecieron resguardados hasta que la manada pasó y sus angustiados padres lograron encontrarlos.
Cuchillo Romo ya era un joven cuando su tribu quedó atrapada durante un invierno en una región sin caza y amenazada por el hambre. La situación empeoró debido a las fuertes tormentas, pero él consiguió ayuda y encabezó una expedición de socorro que recorrió ciento cincuenta millas transportando fardos de carne de búfalo seca sobre caballos de carga.
Otra hazaña que lo hizo especialmente querido por su pueblo ocurrió en combate, cuando su cuñado resultó gravemente herido y quedó tendido en un lugar al que nadie, de ninguno de los dos bandos, se atrevía a acercarse. Tan pronto como Cuchillo Romo se enteró, montó un caballo vigoroso y lanzó una carga tan audaz que otros guerreros se unieron a él. Gracias a la cobertura de su fuego logró rescatar a su cuñado, aunque recibió dos heridas durante la acción.
Los sioux lo conocían como un hombre de gran categoría moral, quizá no tan brillante como Nariz Aguileña o Dos Lunas, pero superior a ambos en honestidad y sencillez, además de su historial guerrero sobresaliente. (De hecho, Dos Lunas nunca fue un líder de su pueblo y alcanzó notoriedad únicamente durante las guerras contra los blancos en el periodo de rebelión.) Se cuenta una historia sobre un antepasado del mismo nombre que ilustra bien el espíritu de aquella época.
En aquellos tiempos era costumbre que los hombres de mayor edad caminaran delante de la caravana y decidieran los lugares donde detenerse y acampar. Cierto día, los consejeros llegaron a un bosque de cerezos silvestres cargados de fruta madura y se detuvieron de inmediato. De pronto, un oso grizzly surgió de la espesura. Los hombres gritaron y vociferaron, pero el animal no se dejó intimidar. Derribó al primer guerrero que se atrevió a enfrentarlo y arrastró a su víctima entre los arbustos.
Toda la caravana se encontraba en un estado de gran conmoción. Varios de los guerreros más veloces atacaron al oso para obligarlo a salir a campo abierto, mientras las mujeres y los perros hacían todo el ruido posible. El grizzly aceptó el desafío y, en ese momento, el hombre al que todos creían muerto salió corriendo por el extremo opuesto de la espesura. Los indígenas se llenaron de alegría y aún más cuando, en medio de las aclamaciones, el guerrero dejó de correr para salvar la vida y comenzó a cantar una canción de Corazón Valiente mientras avanzaba hacia el bosque con su cuchillo de caza en la mano. ¡Desafiaría nuevamente a su enemigo!
El grizzly se lanzó sobre él con enorme prisa y ambos cayeron al suelo. De inmediato, el oso comenzó a emitir rugidos de dolor y, al mismo tiempo, el cuchillo destelló, el animal cayó muerto. El guerrero fue muy rápido para el animal: primero mordió la sensible nariz del oso para distraerlo y luego le hundió el cuchillo en el corazón. Después combatió en muchas batallas armado únicamente con cuchillos y afirmaba que el espíritu del oso le otorgaba éxito. En una ocasión, sin embargo, su adversario llevaba un sólido escudo de piel de búfalo que el combatiente cheyene no pudo atravesar y salió herido; aun así, consiguió matar a su enemigo. Fue a raíz de este episodio que recibió el nombre de Cuchillo Romo, transmitido posteriormente a su descendiente.
Como es bien sabido, los cheyenes del norte apoyaron sin reservas a los sioux en su desesperada defensa de las montañas Negras y de la tierra de Big Horn. ¿Por qué no habrían de hacerlo? Aquella era su última gran región de caza de búfalos, la base misma de su subsistencia. Era para ellos lo que los campos de trigo son para una nación civilizada.
Hacia 1875 comenzó una campaña destinada a confinar a todos los indígenas en reservas, donde quedarían prácticamente internados o encarcelados, sin consideración alguna por sus propiedades o derechos. Los hombres que defendían este proyecto con mayor vehemencia solían desear las tierras indígenas, era la causa principal que se encontraba detrás de la mayoría de las guerras contra los pueblos originarios. Desde los apaches, famosos por su carácter guerrero, hasta los pacíficos nez percé, todas las tribus de las llanuras fueron perseguidas de un lugar a otro; entonces el gobierno recurría a negociaciones de paz, pero siempre con un ejército dispuesto a imponer fuerza. Una vez desarmados e indefensos, serían trasladados bajo custodia militar al Territorio Indio.
Algunos se resistieron y declararon que lucharían hasta la muerte antes que marcharse. Entre ellos estaban los sioux, aunque casi todas las tribus menores fueron deportadas contra su voluntad. Naturalmente, aquellos indígenas procedentes de regiones montañosas y frías sufrieron enormemente. El calor húmedo y la malaria diezmaron a los exiliados. El jefe Joseph de los nez percé y el jefe Oso Erguido de los poncas apelaron al pueblo de Estados Unidos y finalmente consiguieron que sus bandas, o lo que quedaba de ellas, regresaran a su tierra natal. Cuchillo Romo no tuvo éxito en su petición, y la historia de su huida resulta profundamente conmovedora.
Las autoridades lo consideraban un hombre peligroso y, junto con su reducida banda, fue llevado al Territorio Indio sin su consentimiento en 1876. Cuando comprendió que su pueblo moría como un rebaño, quedó profundamente afectado. Convocó a todos y cada hombre y mujer declaró que prefería morir en su propia tierra antes que permanecer allí por más tiempo. Así resolvieron huir hacia sus hogares del norte.
Aquí volvió a ponerse de manifiesto el extraordinario ingenio de este pueblo. Desde el Territorio Indio de la actual Oklahoma hasta Dakota no había una corta carrera hacia la libertad. Sabían perfectamente a qué se enfrentaban. Su ruta atravesaba territorios poblados y serían perseguidos de cerca por el ejército. Apenas iniciaron la marcha, los telégrafos difundieron el mismo mensaje: «La pantera de los cheyenes anda suelta. Ningún niño ni mujer de Kansas o Nebraska está a salvo». Sin embargo, eludieron a todas las tropas enviadas para perseguirlos e interceptarlos y lograron alcanzar su tierra natal. La tensión fue enorme y las privaciones, extremas. Cuchillo Romo, al igual que el jefe Joseph, destacó por su autocontrol al perdonar a quienes quedaron a su merced durante el trayecto.
Pero la fortuna le fue adversa, pues hubo quienes buscaron una recompensa y lo traicionaron cuando creía encontrarse entre amigos. Su pueblo estaba exhausto y hambriento cuando fue rodeado y llevado a Fort Robinson. Allí los hombres fueron encarcelados, mientras que sus esposas permanecieron vigiladas en el campamento. Se les permitía visitarlos en determinados días. Muchos habían perdido todo; apenas unos pocos conservaban siquiera un hijo con vida. Estaban desolados.
Aquellas mujeres desesperadas suplicaron a sus esposos que murieran luchando. Su libertad había desaparecido, sus hogares habían sido destruidos y ante ellos solo se veía la esclavitud y la extinción gradual. Finalmente Cuchillo Romo lo consideró. Dijo: «He vivido mi vida. Estoy preparado». Los demás estuvieron de acuerdo. «Si nuestras mujeres están dispuestas a morir con nosotros, ¿quién puede decir que no? Si hemos de actuar como hombres, corresponde a vosotras traer nuestras armas».
Como se les permitía llevar mocasines y otros objetos a los prisioneros, idearon la manera de introducir algunas armas de fuego y cuchillos ocultos entre esas pertenencias. El plan consistía en matar a los centinelas y correr hacia la trinchera natural más cercana, donde harían su última resistencia. Las mujeres y los niños debían reunirse con ellos. El plan se llevó a cabo. No todos los guerreros disponían de un arma de fuego, pero todos habían acordado morir juntos. Combatieron hasta agotar sus escasas municiones; después ofrecieron sus pechos desnudos como blanco, y las madres incluso levantaron a sus pequeños para que fueran abatidos. Así murieron los cheyenes combatientes y su intrépido líder.
