Los emperadores de la antigua China tenían un gran poder y responsabilidad. Llamado «Hijo del Cielo», el emperador (y en una ocasión ella) recibía derecho divino de gobernar a todo el pueblo, pero se esperaba que promoviera los intereses de este y no los suyos propios. Un monarca absoluto, aunque por lo general dependía de un círculo íntimo de consejeros, veía aumentada su mística por su invisibilidad para la gente común, ya que a menudo permanecía recluido en el palacio imperial. Conseguir una audiencia personal con el emperador, aunque permaneciera oculto tras un biombo sentado en su trono dorado con forma de dragón, se consideraba el mayor honor. Quizás ningún otro gobernante antiguo fue tan distante o tan venerado como el emperador de China.
Los gobernantes de la dinastía Zhou Occidental fueron los primeros en promover el culto tradicional chino a los antepasados y adoptar el título de «Hijo del Cielo» (Tianzi). El rey Wen de Zou, en torno a 1050 a.C., afirmó que él (y de manera conveniente, todos sus sucesores) había recibido de los dioses (ya fuese el Cielo o el firmamento) el derecho de gobernar. Esto no era otra cosa que un Mandato del Cielo o Tianming, una autoridad incuestionable para gobernar. Aunque no era divino en sí mismo, el gobernante gobernaba en nombre de los dioses en la Tierra, asumiendo la gran responsabilidad de tomar decisiones por el bien del pueblo. Si no gobernaba adecuadamente, China sufriría grandes desastres como inundaciones o sequías, y él perdería el derecho a gobernar. Esto también sirvió como motivo para que las dinastías gobernantes cambiaran a lo largo de los siglos; perdieron la bendición del cielo por su mal gobierno. Como dice un dicho popular registrado por Hsun Tzu:
El príncipe es el barco, el pueblo es el agua. El agua puede sostener al barco o puede volcarlo. (Ebrey, 8)
Por lo tanto, el gobernante debe guiarse en todo momento por el principio de benevolencia o jen. Es tanto la madre como el padre del pueblo. Por esta razón, los magistrados que gobernaban las regiones en su nombre se conocían popularmente como «funcionarios madre-padre». Los gobernantes podían ignorar descaradamente el aspecto moral de las cosas, pero, sin embargo, la idea del Mandato del Cielo siguió usándose como un útil argumento legitimador del gobierno de los emperadores e incluso de los conquistadores extranjeros de los emperadores hasta el siglo XIX d.C. Pocos emperadores podían permitirse ignorar por completo las expectativas morales e históricas colectivas de su pueblo.
Así, en la antigua China, el gobernante se consideraba el jefe de la familia real, la nobleza, el Estado, el poder judicial y la jerarquía religiosa. Naturalmente, cuando moría, iba al cielo y servía allí a los dioses. Estos vínculos tan exaltados garantizaban que todos los gobernantes de China fueran tratados con gran reverencia y respeto por cualquier persona que tuviera la suerte de entrar en contacto físico con ellos. Incluso para los funcionarios gubernamentales de alto rango llegar a la Corte Interior y conocer al emperador, algo que pocos lograron, era la experiencia más cercana a la divinidad que podían tener durante su vida en la tierra.
El primer gobernante en adoptar el título de emperador fue Shi Huangdi (259-210 a.C.), fundador de la dinastía Qin. En realidad, su propio nombre era un título honorífico que significaba «primer emperador». En un intento extravagante y, en una última instancia, bastante exitoso de alcanzar la inmortalidad, el emperador ordenó que se construyera una enorme tumba para él, custodiada por el Ejército de Terracota, un ejército de 8.000 guerreros realistas con carros y caballos, así como muchos animales vivos enjaulados y, por si fuera poco, varias víctimas humanas.
En general el emperador se veía como figura paternal y piloto moral de la nave del estado.
Desde entonces, todos los gobernantes adoptaron el título de emperador y la institución, a pesar de varios cambios de dinastía, solo terminó con la revolución de 1911 d.C., que estableció la República china. El último emperador fue Aisin Gioro Puyi, de la dinastía Qing, que reinó durante apenas tres años cuando aún era un niño.
Los emperadores usualmente heredaban su posición a menos que fueran los fundadores de una dinastía propia y hubieran tomado el poder por la fuerza. Por lo general, el hijo mayor heredaba el título del padre, pero había casos en que un emperador seleccionaba a otro de sus hijos si lo consideraba más adecuado para gobernar. Esta situación provocaba resentimiento y rivalidad entre hermanos, lo que a menudo daba lugar a muertes y desapariciones. Si un emperador fallecía antes de que su heredero designado alcanzara la mayoría de edad, el joven emperador recibía el consejo de altos funcionarios, en particular de los eunucos, que dominaron la vida en la corte durante siglos. En ocasiones, incluso los emperadores nuevos adultos tenían que lidiar con poderosos funcionarios o parientes que conocían mejor las complejidades de la política de la corte y querían avanzar ellos mismos en vez de hacer avanzar al Estado.Las muertes, los suicidios y las abdicaciones forzadas no eran desconocidos entre la larga lista de emperadores de China. Por suerte, estos casos fueron excepciones y a lo largo de los siglos se mantuvo una gran reverencia por cualquier persona que fuera elegida por nacimiento o por circunstancias para ser emperador, como explica aquí el historiador R. Dawson:
Una vez que surgía un nuevo soberano, el aura de lo sobrenatural que lo rodeaba y la sensación de respaldo divino al cargo confirmaban la posición del emperador... Sentado en un trono de dragón, el Hijo del Cielo era un objeto demasiado sagrado para ser contemplado por ojos mortales, por lo que debía intervenir una pantalla. (10-11)
Los emperadores chinos no tenían una constitución que estableciera sus poderes y los de su Gobierno. El emperador era el jefe ejecutivo supremo, la máxima autoridad legislativa, la última instancia de apelación y el comandante supremo del ejército. El emperador podía dirigir la política del Gobierno, introducir nuevos códigos legales e impuestos, hacer nombramientos, otorgar favores, privilegios y títulos, imponer castigos y conceder indultos. También podía anular cualquier ley oficial o vigente, incluso si se requería considerar los precedentes. Algunos emperadores se involucraban más que otros en el gobierno cotidiano del Estado, pero existía una tendencia general a dejar los asuntos prácticos en manos de políticos profesionales cuidadosamente seleccionados para tal fin. El emperador se consideraba ampliamente como una figura paterna y el piloto moral del barco del Estado, como ilustra este extracto de un texto de la dinastía Han (206 a.C. - 220 d.C.):
El que gobierna a los hombres toma la no acción como su Camino y hace de la imparcialidad su tesoro. Se sienta en el trono de la no acción y se apoya en la perfección de sus funcionarios. Sus pies no se mueven, pero sus ministros lo guían; su boca no pronuncia palabra alguna, pero sus chambelanes le brindan palabras de apoyo; su mente no se preocupa, pero sus ministros llevan a cabo las acciones pertinentes. Así, nadie lo ve actuar y, sin embargo, alcanza el éxito. Así es como el gobernante imita los caminos del Cielo. (en Dawson, 7)
Se esperaba que el emperador apoyara los principios del confucianismo, que constituían la base de muchas funciones gubernamentales, pero podía elegir entre diversas religiones, como el budismo y el taoísmo, para sus creencias personales. Oficialmente, dirigía los rituales religiosos más importantes del calendario, incluyendo los sacrificios en los lugares sagrados de las montañas y los ríos. El emperador también era responsable de los sacrificios regulares para honrar a sus antepasados imperiales y de la ceremonia del primer arado de cada temporada de siembra. El ritual más significativo que se realizó hasta el siglo XX, consistía en ofrecer un novillo sin mancha en el solsticio de invierno en honor al Cielo.
Otra de las funciones del emperador era ser patrocinador de la educación. Muchos emperadores visitaron universidades estatales y fundaron nuevas escuelas durante sus reinados. El emperador se había beneficiado de una educación rigurosa en los clásicos confucianos y la historia. Como «padre del pueblo», necesitaba promover la alfabetización y el aprendizaje en toda China.
A pesar de su autoridad absoluta, el emperador no podía hacer todo lo que quisiera. El enorme tamaño del Estado y su burocracia hacían que dependiera de asesores que lo mantuvieran informado y de partidarios leales que aplicaran sus políticas dentro del marco del gobierno tradicional. Por lo tanto, contaba con el asesoramiento y el apoyo de altos funcionarios que ostentaban títulos como canciller, ministro principal, gran comandante, gran consejero o secretario imperial, según la época. Como resume aquí el historiador R. Dawson:
Incluso el emperador más autocrático se veía inevitablemente limitado por las tradiciones, las convenciones y precedentes, y por la presión de familiares y la necesidad de contar con ministros bien informados. Si bien en ocasiones los emperadores podían comportarse con rudeza, su derecho a actuar de forma arbitraria construía una amenaza que rara vez se materializaba 5)
Por esta razón, los emperadores organizaban conferencias regulares en la corte para debatir el presupuesto, la política legal y militar, a las que se invitaba a los altos funcionarios para que expresaran sus opiniones y se pudieran tomar decisiones basadas en los puntos de vista de la mayoría. Así, el Gobierno funcionaba en gran medida según el principio del consenso. El antiguo término chino t'ing (gobernar), también significa escuchar. A medida que el aparato gubernamental se hacía más y más grande y sofisticado, el nombramiento de los altos funcionarios seguía recayendo en el emperador, pero se realizaba a partir de una lista de candidatos recomendados por sus asesores. Las comunicaciones también se filtraban en gran medida a través de varios departamentos antes de llegar a los ojos del emperador. En consecuencia, el poder de los políticos de alto rango para influir en la toma de decisiones a su favor o en función de sus propios intereses fue creciendo. Además, las políticas del emperador también estaban limitadas por las de sus antecesores, en especial las del fundador de la dinastía, que se consideraba favorecido por el Cielo. Esta era la trampa de ser el instrumento de lo divino. Si todos los gobernantes tenían ese mandato, entonces sus políticas debían ser consideradas y respetadas.
La mística del emperador, que provenía de su mandato divino y la dificultad para poder verlo siquiera de lejos, solo se acentuaban con costumbres como inclinarse ante su retrato. Los funcionarios que recibían un ascenso en las provincias se inclinaban con gratitud en dirección al lejano palacio de la capital. Para garantizar el aislamiento del emperador, cualquiera que cometiera la imprudencia de entrar en el palacio sin permiso era condenado a muerte.
El cumpleaños del emperador se celebraba como ninguna otra fiesta religiosa, y sus atuendos imperiales presentaban diseños de dragón, la criatura más prestigiosa de la mitología china. Se distinguía aún más del resto por llevar sombreros y ropas de formas especiales que solo él tenía el derecho de llevar. La ropa, las cortinas, los recipientes y los muebles de color amarillo brillantes con diseños específicos, se asociaban con la persona imperial. Viajaba en sus propios carruajes hechos a medida, que enarbolaban sus estandartes y circulaban por caminos exclusivamente reservados para él. Además, antes de su paso, se despejaba cuidadosamente el camino de los curiosos. El lenguaje resaltaba la singularidad del emperador, ya que se le llamaba con su propio pronombre en primera persona y estaba prohibido escribir o pronunciar su nombre personal. Tras su muerte, las enormes tumbas de los fallecidos, junto con los edificios y tesoros que las acompañaban, servían como un recordatorio potente y duradero del poder y el prestigio de los emperadores de China
Licenciada en Lengua Inglesa y egresada de Traducción e Interpretación bilingüe. Mis intereses principales son los idiomas, la evolución de la traducción, el arte, el cine y la subtitulación.
Mark es el director de Publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 21 septiembre 2017. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.