Suppiluliuma I (1344-1322 a.C.) está considerado el rey más poderoso e impresionante del Imperio hitita. Era hijo de Tudhaliya II (también conocido como Tudhaliya III) y se le atribuye la fundación del Nuevo Reino de los hititas (también llamado Imperio hitita). Sus fechas se discuten debido al modo en que los hititas registraban su historia. El estudioso Marc van de Mieroop escribe: «Los hititas no nos dejaron listas de reyes con los años de sus reinados, de manera que incluso para el creador del Estado del Nuevo Reino, Suppiluliuma, tenemos varias sugerencias para los años de gobierno que van de veintidós a cuarenta años... Aunque en la práctica asignamos fechas absolutas a gobernantes individuales, siempre son una aproximación» (156). Lo que está claro es que el Reino Antiguo de los hititas se había fracturado y había caído y que Suppiluliuma I reformó los defectos de la política gubernamental que habían llevado a la decadencia, reconquistó los territorios perdidos y expandió su reino por Anatolia, al norte hacia Mesopotamia y al sur hasta las fronteras de Egipto.
El Reino Antiguo y el ascenso de Suppiluliuma
El Reino Antiguo hitita lo había fundado Hatusilli I, quien, para 1650 a.C., había conquistado a un pueblo conocido como los hatianos, reconstruyó su ciudad de Hattusa (la moderna Bogazkale, Turquía) y estableció allí la capital hitita. Hatusilli I es un célebre gran guerrero y administrador que expandió el gobierno hitita por toda la región, pero, con su nieto, el reino entró en decadencia. Para la época de Tudhaliya II, los hititas solo controlaban el área en torno a Hattusa y unas pocas ciudades pequeñas. El Edicto de Telepinu (que fue el último gobernante del Reino Antiguo) se queja del lamentable estado del Reino hitita y recoge el declive constante desde la muerte de Hatusilli I hasta el reinado de Telepinu. Tudhaliya II no ayudó demasiado al asunto y, bajo su reinado, el reino se disipó aún más. Van de Mieroop escribe: «Sin embargo, estos contratiempos se superaron con Suppiluliuma I, que ya con su padre Tudhaliya II había demostrado ser uno de los líderes militares más capaces de los hititas» (159). Su éxito se debió a la capacidad de reconocer oportunidades y explotarlas para su máximo provecho.
La conquista de Mitanni
El ejemplo más claro de las tácticas de Suppiluliuma I es la conquista de Mitanni. El reino Mitanni se extendía desde el norte de Mesopotamia, a través de Anatolia (desde el actual Irak a través de Turquía), y los mitani era suficientemente importantes como para entablar alianzas con Egipto desde la época de Tutmosis III (1479-1425 a.C.). Las futuras dinastías egipcias continuarían considerando a los mitani con respeto, y el rey mitani Tushratta le entregó su hija en matrimonio a Amenhotep III (1391-1353 a.C.) como esposa menor, como parte de uno de estos tratados. Poco después, una lucha de poder en la capital mitani de Washukanni entre Tushratta y un pariente del rey anterior, Shuttarna, conocido como Artatama II, dividió el Gobierno. Al reconocer la oportunidad, Suppiluliuma I apoyó a Artatama II, más débil, para que el conflicto siguiera adelante y poder derrocar a Tushratta, más fuerte. Sin embargo, Egipto respaldó a Tushratta como gobernante legítimo y lo ayudó a mantener el trono. Tushratta casi había logrado derrotar a su rival cuando Suppiluliuma I completó su campaña exitosa en Siria y se aseguró de que los egipcios estuvieran al tanto, a la vez que también dejaba claro que apoyaba a Artatama II. Egipto, que reconoció el creciente poder del rey hitita y tenía la esperanza de ganarse su favor, le retiró el apoyo a Tushratta. Suppiluliuma I, cansado de la diplomacia y con su recién adquirida libertad para hacer lo que quisiera sin miedo a represalias de Egipto, condujo sus fuerzas a Washukanni y la saqueó. Tushratta fue asesinado por su hijo y Artatama II tomó el trono.
No obstante, para gran consternación de Suppiluliuma I, se descubrió que Artatama II tenía inclinaciones proasirias. En esta época los asirios, que no eran amigos de los hititas, estaban aumentando su poder y explotaron la caída del régimen de Tushratta para entablar relaciones con la región mitani con el apoyo de Artatama II. Después, Suppiluliuma I le retiró el apoyo a Artatama II y su hijo Shuttarna III para respaldar al hijo de Tushratta, Kili-Teshub. Se casó con una de las hijas de Kili-Teshub, uniéndolo así a su propia casa, y marchó contra Mitani; tomó Carquemís y Washukanni e instaló a Kili-Teshub en el trono. El historiador Trevor Bryce apunta que este cambio de parecer de Suppiluliuma I desembocó en protestas de traición por las facciones de Artatama II y Shuttarna III, pero Suppiluliuma I no iba a dejar que una promesa, o de hecho cualquier consideración de honor, lealtad o juego limpio, se interpusiera en su camino hacia sus objetivos (35). Conquistó Mitani y mantuvo a los asirios a raya (al menos por el momento) con lo que Suppiluliuma I eliminó a su nación rival y expandió sus propios territorios. La región mitani pasaría a estar gobernada por los reyes hititas hasta el ascenso de los asirios.
Suppiluliuma y la reina egipcia
Reconocer la debilidad de un oponente y sacar el máximo partido de ello era el modo de funcionar estándar de Suppiluliuma, algo que se volvió a repetir en su trato con el sucesor de Amenhotep III en Egipto, Akenatón. Poco después de asumir el gobierno en 1353 a.C., Akenatón abolió las celebraciones religiosas tradicionales de Egipto e instauró el monoteísmo. Después se retiró a su nueva ciudad de Aketatón y pasó a ignorar en gran medida la política exterior. Suppiluliuma I le envió mensajes al nuevo rey y, al no recibir respuesta, lo reconoció como una oportunidad e invadió los Estados vasallos de Egipto, tales como Biblos, que reclamó para el Imperio hitita. Para cuando Akenatón reaccionó y envió a su general Horemheb a lidiar con los hititas, era demasiado tarde. El Ejército hitita bajo Suppiluliuma I se había hecho demasiado fuerte, mientras que el Ejército egipcio, que se había quedado descuidado durante el mandato de Akenatón, era más débil de lo que lo había sido con Amenhotep III.
El poder de Suppiluliuma I fue en aumento y expandió aún más em imperio. Para la época del sucesor de Akenatón, Tutankamón, el Imperio hitita rivalizaba con el de Egipto y su Ejército era el más poderoso de la región. Al igual que Akenatón antes que él, Tutankamón envió a su general Horemheb a lidiar con los hititas, pero no logró demasiado. Los hititas no tenían la capacidad de tomar Egipto por la fuerza, y por su parte los egipcios no podían expulsar a los hititas de sus fronteras. Van de Mieroop escribe: «[los hititas] y Egipto se veían como iguales el uno al otro, un sentimiento que puede que llevara a la petición tan inusual de la reina viuda de Egipto de que uno de los hijos de Suppiluliuma I se convirtiera en su esposo» (159). Cuando Tutankamón murió en 1327 a.C. su joven esposa Anksenamón le escribió a Suppiluliuma I pidiéndole ayuda:
Mi esposo ha muerto y no tengo hijos. Dicen que vos tenéis muchos hijos. Puede que me deis alguno de vuestros hijos en matrimonio. Nunca elegiré a uno de mis sirvientes para convertirlo en mi esposo.
Esta extraña súplica de una reina egipcia le hizo sospechar. Ninguna dinastía egipcia había invitado antes al hijo de un rey extranjero a sentarse en el trono de Egipto. El rey hitita envió un emisario a Egipto para encontrarse con ella y confirmar la veracidad del mensaje. El hombre regresó con otra carta que decía:
Si tuviera un hijo, ¿acaso habría escrito sobre mi vergüenza y la de mi país a una tierra extraña? No me creísteis y me lo habéis dicho bien claro. El que era mi marido ha muerto. ¡No tengo ningún hijo! Nunca elegiré a uno de mis sirvientes para convertirlo en mi esposo. No le he escrito a ningún otro país; solo os he escrito a vos. Dicen que tenéis muchos hijos; así que dadme uno. Para mí será mi esposo, pero para Egipto será su rey.
Suppiluliuma, una vez garantizada la legitimidad de la oferta, parece que estuvo más que dispuesto a contentar a Anksenamón. Esta era una oportunidad que no habría previsto jamás: el trono de Egipto estaba a su alcance sin tener que hacer el menor esfuerzo. Envió rápidamente a su hijo Zananza a Egipto a casarse con Anksenamón; pero el príncipe fue asesinado antes de llegar a la frontera. Desde hace tiempo se ha entendido que su asesinato fue obra del general Horemheb, posiblemente con el apoyo o colusión del visir llamado Ay.
La peste y la muerte del rey
Suppiluliuma I se enfureció con la noticia de la muerte de su hijo y arrojó toda la fuerza del Ejército hitita contra Egipto. Conquistó más territorios y se llevó a cautivos egipcios de vuelta a Hattusa. Sin embargo, esta resultó ser una decisión fatídica por su parte porque una peste había estado asolando Egipto en 1322 a.C. y, al llevarse a los egipcios de vuelta a su capital, Suppiluliuma I se llevó también la peste. Murió de la misma enfermedad ese mismo año y su hijo, Arnuwanda II, a quien el rey había estado preparando como heredero al trono, también murió. El gobierno del Imperio hitita recayó sobre su hijo menor, Mursili II, que siguió el ejemplo de su padre en cuanto a política y destreza militar. Mursili II aseguró las fronteras del imperio y luego las expandió. Sin embargo, tras su muerte, el imperio hitita fue decayendo poco a poco. Los reyes posteriores a Mursili II, aunque tuvieron algunos momentos estelares, nunca lograron los mismos objetivos ni mantuvieron el imperio como lo habían hecho Suppiluliuma I o Mursili II. Poco más de cien años tras la muerte de Suppiluliuma I, el Imperio hitita se desmoronaba a causa de los repetidos ataques de los pueblos del mar y de una tribu conocida como los kaskas. Para el año 1200 a.C. el imperio había desaparecido y la región había sido conquistada por los asirios.
