La manera en la que la reina Victoria (reinó de 1837-1901) y su familia celebraban las Navidades fue dada a conocer al público con el paso de los años gracias a la intensa cobertura mediática de la familia real y, en especial, las habituales apariciones en las populares revistas ilustradas. El marido alemán de Victoria, el príncipe Alberto (1819-1861), popularizó los árboles de Navidad en Gran Bretaña, y sus hijos contribuyeron a que la idea de enviar tarjetas de Navidad se hiciera realidad. A Victoria y Alberto les encantaba hacerse regalos el uno al otro, normalmente regalos que les recordaban lo que habían hecho juntos ese año en particular o que incluían retratos de sus hijos. La familia real también ayudó a promover la idea de obras benéficas en el cambio de año, repartiendo árboles de Navidad, regalos, comida y productos útiles como mantas y carbón para los pobres.
La reina Victoria era sin duda gran admiradora de la época navideña, y en una ocasión dijo: «Esta alegre y bendita festividad regresa de nuevo y con ella tantos sentimientos de felicidad» (Cooling, 6). La reina escribió la siguiente entrada en su diario la Nochebuena de 1843:
Este feliz día ha vuelto y parece que fue ayer cuando lo celebramos por última vez. El tiempo pasa demasiado rápido. Estoy segura de que nuestro Padre Celestial a través de Su bendito Hijo, cuyo nacimiento celebramos en este momento con alegría y gratitud, nos concederá que celebremos muchas más Nochebuenas felices, juntos y con nuestros hijos. (Cooling, 10)
Lo que hacían durante la Navidad la reina, su consorte y sus nueve hijos era de gran interés para el público y muchas modas se convirtieron en tradiciones nacionales duraderas gracias al respaldo de la familia real. Todas las navidades que Victoria pasó junto a Alberto fueron en el Castillo de Windsor, pero tras su muerte en 1861, otras residencias favoritas para las celebraciones de final de año incluían el Castillo de Osborne en la isla de Wight y Brighton, ciudad situada junto al mar. Incluso tras el fallecimiento de Alberto, Victoria continuó las consolidadas tradiciones familiares, como decorar un árbol por cada uno de sus hijos, pero la época dorada de las navidades de Victoria tuvo lugar de 1840 a 1860.
Las primeras tarjetas navideñas aparecieron alrededor de 1843 gracias a sir Henry Cole, quien mandó ilustrar tarjetas impresas que podía mandar a todos sus amigos y familiares en lugar de escribir cartas individuales. El dibujo de las tarjetas mostraba a la familia Cole brindando rodeada de actos de caridad. La felicitación era la ahora conocida «Feliz Navidad y prospero Año Nuevo». Cole mandó imprimir mil tarjetas y algunas se pusieron a la venta, pero la idea no tuvo éxito. Lo que necesitaba era el apoyo de la realeza. Este apoyo no vino de parte de la reina, sino de sus hijos, que se enviaron entre ellos y a sus padres tarjetas de felicitación hechas a mano tanto en Navidad como en Año Nuevo. Fue entonces cuando Victoria adoptó la idea y se convirtió en la primera celebridad en enviar tarjetas navideñas. Las tarjetas de Victoria, al igual que las de la realeza actual, mostraban una imagen suya y de su familia.
Se seleccionó un hermoso abeto para que fuera el centro de mesa navideño de la familia.
A partir de 1844, las tarjetas impresas, ahora con imágenes más navideñas, se vendían con gran éxito. Las imprentas eran conscientes de que tenían una gran oportunidad entre manos y cada vez creaban diseños más ambiciosos para sus tarjetas, que podían encontrarse en todas partes, desde estancos a tiendas de telas. Con la nueva tarifa postal de medio penique para tarjetas, personas de todas las clases sociales podían enviar tarjetas de navidad a sus seres queridos. Las tarjetas navideñas victorianas ganaron popularidad rápidamente, ya que los diseños y los materiales utilizados eran cada vez más elaborados, y las tarjetas empezaban a incluir poemas impresos y mensajes de felicitación más largos.
Los árboles de Navidad de Alberto
El primer miembro de la realeza en tener un árbol de navidad fue la abuela de Victoria, la reina Carlota (1744-1818), esposa del rey Jorge III del Reino Unido (reinó de 1760-1820), sin embargo, este árbol no fue un abeto sino un tejo común. Fue el príncipe Alberto, ansioso por recuperar los brillantes recuerdos de su infancia en Coburgo, a quien se le atribuye haber popularizado la tradición alemana entre el público británico. Se seleccionó un hermoso abeto para que fuera el centro de mesa navideño de la familia. Cada año, desde principios de los años cuarenta, Alberto mandaba talar varios árboles alemanes llamados Springelbaum en Coburgo y transportarlos hasta Gran Bretaña.
Los árboles de Alberto se colocaban encima de mesas y se decoraban con velas, pequeños juguetes envueltos con papel de regalo, dulces y fruta confitada. Cada miembro de la familia tenía su propio árbol, al igual que la madre de la reina, la duquesa de Kent. La idea de Alberto fue un éxito entre sus dos hijos (los otros siete estaban aún por llegar), y el príncipe consorte señaló que estaban «llenos de feliz asombro ante el árbol de Navidad alemán y sus radiantes velas» (Cooling, 21). Cada mesa estaba repleta de regalos de todo tipo. Además, a menudo había más árboles de Navidad montados en la misma residencia y otro para el personal doméstico de alto rango. En la Navidad de 1860, Alberto hizo retirar algunas de las lámparas de araña del castillo de Windsor y en su lugar colgaron árboles de Navidad boca abajo.
La idea de decorar los árboles se difundió a través de las populares revistas ilustradas a color, comenzando en 1848 con una edición del Illustrated London News, que revelaba las celebraciones privadas de la familia real y sus maravillosos árboles de Navidad. Esa edición de la revista incluía un grabado a color de uno de los árboles de Alberto en Windsor y ofrecía la siguiente descripción:
El árbol usado para este festivo propósito es un joven abeto, de unos 2 metros y medio de alto, y con 6 hileras de ramas. En cada nivel de ramas, hay colocados una docena de cirios de cera. De las ramas cuelgan elegantes bandejas, cestas, cajas de bombones y otros recipientes para dulces, de los más variados y caros, y de todos los colores y grados de belleza. Pasteles de lujo, galletas de jengibre doradas y huevos rellenos de dulces también cuelgan de las ramas con cintas de diferentes colores. En la copa del árbol se encuentra una pequeña figura de un ángel, con las alas extendidas, sujetando en cada mano una corona de flores. Estos árboles son objeto de interés para todos los visitantes del castillo desde Nochebuena, cuando se montan por primera vez, hasta la noche de Reyes, cuando se retiran. (Cooling, 24)
La pareja real también fue directamente responsable de extender la nueva moda ya que cada año regalaban árboles de Navidad a distintas instituciones como colegios y cuarteles del ejército. Pronto, otros espacios públicos comenzaron a colocar árboles de Navidad, en particular el Crystal Palace de Londres desde 1854. El público podía comprar un árbol para sus hogares en sitios como el mercado de Covent Garden. De esta manera, los árboles de Navidad reemplazaron de manera gradual las tradicionales coronas de muérdago que habían sido populares en muchos hogares medievales.
La familia real abría los regalos colgados del árbol en la víspera de Navidad, siguiendo la tradición alemana, aunque podía haber tantos que se necesitaba un poco de tiempo para apreciarlos todos. Victoria escribió en su diario el día de Navidad de 1859: «Inmediatamente después del desayuno, he ido a echar un vistazo a la mesa con los regalos para admirarlos en detalle» (Royal Trust Collection). Los regalos podían ser desde libros encuadernados meticulosamente hasta exquisitas joyas de otros miembros de la realeza europea, pasando por retratos regalados por famosos actores de teatro de la época. Una entrada del diario de la Nochebuena de 1845 registra algunos de los regalos que Victoria recibió:
A las 6 Alberto me llevó al Armario Azul, donde, como siempre, se encontraba mi árbol cubierto de escarcha y mis regalos todos colocados en la mesa. Entre ellos se encontraba un tintero de hermosa fabricación, con un ciervo plateado, encima de unas piedras de whiskey (...) y una pequeña copa de ónix con esmalte brillante y piedras preciosas. Mi querido Alberto había pensado maravillosamente todos sus regalos. (Royal Trust Collection)
Victoria era igual de considerada con Alberto. La joven reina regaló a su marido un precioso bastón para caminar fabricado con tallo de ratán en sus primeras navidades como una pareja casada en 1840. El mango estaba hecho de esmalte y adornado con piedras semipreciosas. Victoria escribió en su diario que Alberto estaba encantado con el regalo.
Los regalos que la reina y su consorte se intercambiaban a menudo les recordaban los viajes que habían hecho juntos, como en la Navidad de 1845, cuando Alberto le regaló a Victoria el tintero mencionado con anterioridad. Este regalo era un recuerdo de su estadía, en ese mismo año, en el Castillo de Blair en las Tierras Altas de Escocia. Como solía hacer con sus regalos, Alberto lo diseñó él mismo e incorporó piedras comunes que había recogido durante el viaje. Otro recuerdo de estos viajes en pareja, era un broche celta de plata adornado con granates que Alberto compró en secreto durante una visita a Irlanda que le entregó en la Nochebuena de 1849.
Otro regalo popular eran los objetos que incluían retratos familiares, de los dos juntos o de sus hijos, e incluso de los perros reales (Victoria una vez le regaló a Alberto un retrato de su galgo favorito, Eos). Quizás el regalo más impresionante de este tipo, cuya elaboración llevó muchos años, fue un brazalete de oro y perlas que Alberto regaló a Victoria con los retratos de sus 9 hijos. Cada navidad, Alberto le daba a Victoria un nuevo eslabón cuando otro de sus hijos había cumplido 4 años. Para personalizar aún más el regalo, cada pieza contenía un mechón del pelo del niño en el frente.
A la reina le gustaba capturar momentos navideños para la posterioridad y solía contratar a un fotógrafo como el doctor Becker, el bibliotecario de Alberto, o incluso a un pintor para este propósito. Por ejemplo, en 1850, le pidieron a James Roberts una pintura de acuarela que representase el árbol principal del Castillo de Windsor. Muchas de estas fotos y pinturas, al igual que dibujos realizados y regalados por sus hijos en Navidad, se organizaban de forma cronológica en álbumes que capturaban su vida en familia.
Servicios religiosos
Desde el reinado de Guillermo el Conquistador (reinó de 1066-1087), los monarcas británicos habían asistido a servicios religiosos el día de Navidad. Guillermo incluso eligió el 25 de diciembre para su coronación. Victoria y su familia asistían a misa cada mañana de Navidad. Además, se aseguró de que sus hijos entendían el motivo, escribiendo en su diario: «He hablado con Vicky y Bertie sobre este día, sobre el significado de esta gran fiesta, y les he leído parte de la historia del nacimiento de nuestro Salvador» (Cooling, 10). Victoria continuó con esta tradición a lo largo de su vida; incluso cuando cumplió los ochenta y estaba demasiado enferma para salir, se organizaba una ceremonia en casa.
¿Te gusta la historia?
¡Suscríbete a nuestro boletín electrónico semanal gratuito!
El banquete de Navidad
A lo largo de los siglos, la Navidad siempre ha estado acompañada de festines con manjares exquisitos, y Victoria no fue diferente a sus predecesores a la hora de organizar un magnífico banquete para celebrar la temporada. El comedor, normalmente el comedor privado de Windsor, se decoraba con numerosos árboles de Navidad, guirnaldas de follaje invernal y toda la sala se iluminaba con un ejército de candelabros plateados.
Victoria adoptó la costumbre de sus predecesores e incluyó una cabeza de cerdo en el menú del día de Navidad, una compleja especialidad adobada, rellena, estofada y asada. Este plato era uno de los favoritos de Alberto. En años posteriores, era su nieto, el káiser Guillermo II, el que aportaba el plato fuerte. De hecho, tener familiares por toda Europa era una gran ventaja para amasar una espectacular variedad de platos para Navidad. El zar de Rusia envió esturión a Victoria, el gran duque de Mecklenburg-Schwerin le dio pâté de foie gras y el emperador austrohúngaro le ofreció una caja de Tokaji, un renombrado vino blanco dulce.
Otros platos que se servían en la cena real de Navidad incluían un enorme barón de ternera (dos solomillos junto con el espinazo), que solía provenir de un galardonado animal de las granjas reales. Un trozo de carne tan grande podía llegar a pesar más de 180 kilos (400 libras) y necesitaba mucho tiempo para cocinarse bien, por lo general 15 horas sobre un fuego. Otra especialidad era el pastel de becada que contenía la carne de cien aves. Se podía encontrar cisne asado, liebre con curry, sopa de tortuga y carpa. Luego estaban las carnes más habituales como pastel de caza y el faisán, el urogallo y el pavo asados, que entonces solo era un actor secundario en este reparto culinario repleto de estrellas. Victoria escribió en su diario que se esperaba de ella que probase al menos un poco de todos los platos disponibles, y generalmente había unos treinta y cinco. Por suerte, la cabeza de cerdo y el barón de ternera permanecían en la mesa durante días.
Los postres eran tan variados como los platos principales. El cocinero real podía crear un modelo del Castillo de Windsor hecho de azúcar. Había bizcocho, pastel de picadillo de frutas (por entonces era una mezcla de frutas y ternera), golosinas, hojaldres, gelatina de fruta, pudin de ciruela, fruta deshidratada, fruta confitada, frutos secos y pequeños juguetes hechos de azúcar para los niños. El día de Año Nuevo se disfrutaba una comida igual de extravagante. Una tercera gran comida tenía lugar la noche de Reyes (5 de enero). Este festín incluía un pastel de Reyes, que en el siglo XIX era un gran pastel de frutas, cubierto con pasta de almendras y glaseado de azúcar. Este pastel, predecesor del pastel de Navidad que se conoce hoy en día, contenía una figurita plateada en honor al haba que se colocaba en tiempos medievales; quien tuviese la suerte encontrar esta haba o figurita recibía una corona. En el siglo XX, la figurita plateada se reemplazó por una moneda de plata que se escondía en el pudin de Navidad. El pastel de Reyes de Victoria era más grande que la mayoría y solía medir 76 centímetros (30 pulgadas) de diámetro, con la parte superior decorada con árboles de Navidad y figuras en miniatura.
La Navidad siempre ha sido una época para jugar a todo tipo de juegos en fiestas y cenas, y la residencia real era como cualquier otro hogar feliz. Victoria escribió en su diario de 1841: « Jugamos y cantamos (...) y después bailamos un poco (...) Un final tan feliz para el año viejo» (Cooling, 82). Se representaban actuaciones musicales, por lo general obras que Alberto había compuesto o algunas enviadas como regalo por amigos como Felix Mendelssohn. Participaban en juegos tradicionales como la gallinita ciega, juegos de mímica y al snapdragon (que trataba de coger pasas de un bol con brandy en llamas). Victoria y su familia solían asistir a una obra de teatro o una pantomima durante la semana de Navidad, pero actores famosos del momento iban también a actuar a la residencia real. Los hijos de Victoria a menudo montaban una actuación conocida como tableaux vivants, donde se recreaban escenas de la vida real o acontecimientos históricos con disfraces, decorados y atrezo, pero donde ninguno de los actores podía moverse. Por último, la temporada de vacaciones era una gran oportunidad para los deportes de invierno. A Alberto le encantaba el patinaje sobre hielo y el hockey sobre hielo, mientras que Victoria prefería los paseos en trineo.
Regalos de Año Nuevo
Es típico que los monarcas británicos entreguen regalos el día de Año Nuevo desde la Edad Media. El 1 de enero, Victoria acostumbraba a distribuir regalos entre los pobres y los necesitados. Estos regalos solían ser artículos útiles como pan, carne, mantas y sacos de carbón, aunque también podían ser más festivos como pudin de ciruela. Estos actos de generosidad tenían lugar, por ejemplo, en el amplio salón de la Escuela de Equitación del Castillo de Windsor y cada año beneficiaban a alrededor de mil personas.
El 6 de enero, fiesta de la Epifanía, se repetía la entrega de los tres regalos que los Reyes Magos hicieron al niño Jesús en la historia de la Natividad, y la reina repartía incienso, mirra y veinticinco soberanos de oro recién acuñados. Fue Alberto quien decidió cambiar las tradicionales láminas de pan de oro por monedas que resultaban más prácticas. Este evento, aún a día de hoy, marca el final de la Navidad real.
Samantha Duque es una traductora editorial especializada en la traducción del inglés y el francés al español. Se graduó de Filología Inglesa y tiene un máster en Traducción Editorial por la Universidad de Murcia.
Mark es el director de Publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 09 diciembre 2025. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.