La elección presidencial de Estados Unidos de 1800, a la que los jeffersonianos se refieren como la Revolución de 1800, fue un punto de inflexión en la historia política temprana de los Estados Unidos. Dio como resultado la victoria del vicepresidente Thomas Jefferson del Partido Demócrata-Republicano sobre su rival, el presidente en funciones John Adams del Partido Federalista.
Las elecciones se dieron en un momento de profunda polarización política en todo el país, en donde cada partido veía al otro como una amenaza latente para la Constitución. Al mismo tiempo, el Partido Federalista estaba experimentando desacuerdos internos en los que el ala hamiltoniana (los llamados Altos Federalistas) esta decepcionada con la gestión del presidente Adams en la reciente Cuasi-Guerra con Francia, así como con su renuencia para adherirse a su plan. Cuando Adams despidió a dos celebres Altos Federalistas de su gabinete, Alexander Hamilton se volvió contra él y escribió un panfleto que criticaba el carácter de Adams y su presidencia. Atacado por los jeffersonianos por una parte y por los extremistas federalistas por el otro, Adams finalmente perdió las elecciones. No obstante, en un revés dramático, ambos candidatos del Partido Demócrata-Republicano, Jefferson y Aaron Burr, recibieron la misma cantidad de votos electorales, lo que significaba que estaban empatados para la presidencia. La votación del desempate quedó en manos de la Cámara de los Representantes, la cual seguía en poder de los federalistas.
CADA PARTIDO CREÍA QUE SU PROPIo plan ERA la MEJOR MANERA DE GARANTIZAR LA SUPERVIVENCIA DEL PAÍS Y DE LA CONSTITUCIÓN.
A pesar de que inicialmente muchos federalistas quisieron negarle el cargo a Jefferson, Hamilton intervino una vez más, usando su influencia restante dentro del partido para inclinar la balanza a favor de Jefferson. A pesar de que lo odiaba, Hamilton temía más una presidencia de Burr y estaba decidido a evitarla. Así las cosas, Jefferson ganó las elecciones y fue juramentado el 4 de marzo de 1801 como tercer presidente de los Estados Unidos. El llamó a estas elecciones la «Revolución de 1800» y prometió encaminar nuevamente al país hacia los ideales republicanos de la revolución, que afirmó que los federalistas habían perdido de vista durante su tiempo en el poder. Y en cierto modo fue una revolución, ya que los demócratas-republicanos mantuvieron la presidencia durante un cuarto de siglo, mientras que los federalistas quedaron en el olvido.
Antecedentes
A principios del siglo XIX, los Estados Unidos estaban más divididos que en cualquier otro momento antes de la era de la guerra de Secesión estadounidense. El Partido Federalista, que había dominado el gobierno nacional en la última década, cada vez se veía más como un grupo de aristócratas, casi promonárquicos, que había perdido los principios de la guerra de Independencia de Estados Unidos y ahora se interponían en el camino del republicanismo y el progreso. La otra facción, el Partido Demócrata-Republicano, fue acusado de ser un grupo de jacobinos ateos y sedientos de sangre que buscaban llevar los excesos de la Revolución francesa a las costas americanas. La aparición de periódicos partidistas solo atizó el descontento y las divisiones, volviendo a los ciudadanos estadounidenses unos contra otros. El historiador Gordon S. Wood escribe lo siguiente:
Mientras los partidos federalista y republicano se atacaban brutalmente como enemigos de la Constitución, las lealtades partidarias se volvieron más intensas y comenzaron a infiltrarse en los lazos personales, a medida que todos los aspectos de la vida estadounidense se iban politizando. Gente que se conocía de toda la vida ahora cruzaba la calle para evitar disputas. Las diferencias personales fácilmente desembocaban en violencia, y estallaron peleas en las legislaturas estatales e incluso en el Congreso federal. Para 1798, las pasiones públicas, el partidismo y, en efecto, la histeria general había aumentado al punto en que el conflicto armado entre los estados y el pueblo americano parecía probable. (209)
Cada partido creía que su propia agenda era la mejor manera de garantizar la supervivencia del país y de la constitución. Los federalistas eran un partido de corte nacionalista y centralista que, bajo el liderazgo de Alexander Hamilton, querían transformar Estados Unidos en una nación moderna e industrializada a la par de las grandes potencias de Europa. Los federalistas querían forjar un gobierno nacional robusto, diseñado para «el logro de grandes propósitos» (Wood, 91). A través de la influencia de Hamilton, las políticas federalistas moldearon en gran medida la presidencia de George Washington (1789-1797); estas políticas incluían un programa financiero para grandes bancos y la financiación de la deuda nacional, así como el controvertido Tratado de Jay (firmado en 1795), que estrechó los lazos con Gran Bretaña. Durante la presidencia de John Adams (1797-1801), los federalistas quisieron consolidar su poder provocando y ganando una guerra con Francia; aunque el presidente Adams aumentó el ejército y permitió que los buques de guerra de EE. UU. capturaran corsarios franceses hostiles, no pidió una declaración de guerra y, de hecho, trabajó para que el conflicto no continuara escalando, de manera que se acabó llamando la Cuasi-Guerra. La negativa de Adams a declarar una guerra a gran escala con Francia causaría quiebres en el partido, entre él y los «Altos Federalistas», como se conocía a quienes eran leales a la agenda política de Hamilton.
El Partido Demócrata-Republicano, también conocido como los republicanos jeffersonianos, surgió en oposición a los federalistas. Estos creían que las políticas federalistas eran demasiado aristócratas y pro-británicas, y que federalistas como Hamilton y Adams habían perdido de vista los principios de la revolución o el «espíritu del 76». Los jeffersonianos creían en una expansión del republicanismo y el agrarismo y generalmente apoyaron a la Revolución francesa al considerarla una continuación de la lucha estadounidense en contra de la tiranía. Durante la presidencia de Adams, los demócratas-republicanos resistieron la guerra con Francia y condenaron la implementación de las Leyes de Extranjería y Sedición aprobadas en 1798; estas permitían no solo la deportación de no ciudadanos considerados hostiles al país, sino también el arresto de periodistas y otras personas que se pronunciaban al respecto, a los que acusaban de difundir mentiras sobre el presidente o el Congreso. Jefferson, que era vicepresidente en la administración de Adams, denunció las Leyes de Extranjería y Sedición como inconstitucionales y condenó a la administración federalista como un «reinado de brujas». Este fue uno de los sucesos clave previos a las elecciones, que presagiaban una revancha entre Adams y Jefferson.
La campaña de 1800 continuó donde la anterior elección presidencial de Estados Unidos de 1796 la había dejado: con ataques cruentos en los periódicos partidistas. El principal periódico federalista, la Gaceta de los Estados Unidos, acusó al partido de fomentar el ateísmo y les dijo a los lectores que estas elecciones estaban entre «DIOS Y UN PRESIDENTE RELIGIOSO» o «JEFFERSON Y NINGÚN DIOS» (Meacham, 322). El reverendo Timothy Dwight, presidente federalista del Colegio de Yale, advirtió que una presidencia de Jefferson los conduciría a sufrir calamidades como «La Biblia arrojada a la hoguera… nuestros hijos ya sea seducidos o aterrorizados, uniéndose para cantar burlas contra Dios… podríamos ver a nuestras esposas e hijas como víctimas de prostitución legalizada» (Enciclopedia Virginia).
HAMILTON quería INFLUIR EN LAS ELECCIONES TRAS BASTIDORES.
Por otro lado, el notorio propagandista republicano James Callender acusó a Adams de ser un belicista y aspirante a monarca, antes de llamar al presidente un «pendiente repulsivo» y un «carácter hermafrodita que no tiene la fuerza y firmeza de un hombre, ni la dulzura y sensibilidad de una mujer» (McCullough, 537). ¿Qué «especie de locura», preguntó Callender, había llevado a la nación a elegir a Adams en primer lugar? La retórica difamatoria de Callender violó la Ley de Sedición y le valió nueve meses en prisión. No obstante, puede que ese fuera su objetivo; el opinión pública sentía un gran odio por la Ley de Sedición y pronto se aclamó a Callender como un mártir por la libertad de expresión. Los periódicos partidistas replicaban de un lado a otro, aumentando las tensiones en toda la joven república.
Al mismo tiempo, Hamilton quería influir en las elecciones tras bastidores. En su estado natal de Nueva York, los demócratas-republicanos acababan de ganar el control de la legislatura estatal en la primavera de 1800; dado que la legislatura elegía a los electores presidenciales de Nueva York, esto podría costarles a los federalistas la elección presidencial. Hamilton y su suegro, Philip Schuyler, escribieron al gobernador John Jay de Nueva York, pidiéndole que cambiara las leyes electorales del estado antes de que la mayoría demócrata-republicana asumiera el cargo, lo que anularía la elección estatal. Esta fue una medida desesperada, reconoció Hamilton, pero era necesaria «para evitar que un ateo en religión y un fanático en política [Jefferson] obtuviera el control del Estado» (Meacham, 327). Aunque Jay era un federalista, no estaba dispuesto a interferir en una lección justa por motivos partidistas. En la carta de Hamilton, escribió las palabras, «proponiendo una medida para fines partidarios, que creo que no es adecuado que adopte» (ibidem). No actuó, y la mayoría demócrata-republicana pronto fue juramentada en la legislatura de Nueva York.
Conflictos internos federalistas: Hamilton contra Adams
Entretanto, el presidente Adams estaba cada vez más molesto con los Altos Federalistas en su gabinete, quienes habían demostrado ser más leales a Hamilton que a él. En la noche del 5 de mayo de 1800, Adams estaba consultando con el secretario de Guerra James McHenry sobre el nombramiento de un pequeño cargo federal. McHenry estaba a punto de irse cuando dijo algo en un tono que alteró a Adams. De repente, años y años de frustración salieron disparadas de la boca de Adams. Acusó a McHenry de ser el títere de Hamilton, y catalogó a este último como «un hombre desprovisto de todo principio moral, un bastardo…un extranjero» (McCullough, 538) La ira del presidente no terminó ahí; acusó a McHenry y al secretario de Estado Timothy Pickering de socavar deliberadamente su administración y luego exigió la renuncia de McHenry. Renunció y, unos días después, Adams le solicitó lo mismo a Pickering. El secretario de Estado se negó, alegando que no sentía que tenía el deber de renunciar, y afirmó que necesitaba el salario para mantener a su familia. Adams no estaba dispuesto a escuchar excusas y lo despidió inmediatamente, reemplazándolo por el más confiable John Marshall.
Si bien Adams tenía buenas razones para despedir a McHenry y Pickering de su gabinete, el momento en el que lo hizo fue desafortunado. En el relato de McHenry sobre el altercado, escribió que Adams estaba «realmente loco», un comentario del que los periódicos demócrata-republicanos difundieron de inmediato (ibidem). Cuando Hamilton se enteró de que Adams había despedido a sus leales, él también se llenó de furia. Se embarcó en una gira por Nueva Inglaterra, un bastión del federalismo, en la que motivó a que los electores le dieran su voto a Charles Cotesworth Pinckney, ya que Pinckney era un federalista más alineado con la agenda hamiltoniana. A finales de octubre, justo antes de las elecciones, Hamilton publicó un panfleto de 54 páginas titulado Carta de Alexander Hamilton, relativa a la conducta pública y el carácter de John Adams. En este escrito, Hamilton atacó a Adams con un veneno que ni siquiera había mostrado a Jefferson, condenando sus «grandes defectos intrínsecos de carácter» y su «desagradable egocentrismo» y presentando a Adams como un hombre de «temperamento ingobernable» (McCullough, 549).
Mientras que los demócratas-republicanos estaban extasiados por la carta de Hamilton, los federalistas se resintieron, sintiendo como si su antiguo líder los hubiera traicionado. Y, de hecho, en muchos sentidos, sí lo hizo. Los federalistas acusaron a Hamilton de dividir el partido y entregar la presidencia a Jefferson; el federalista de Connecticut, Noah Webster, incluso le escribió a Hamilton que «su conducta, en esta ocasión, roza los límites de la locura» (McCullough, 550). Hamilton no les dio mayor importancia a tales críticas, argumentando que era mejor tener en el cargo a alguien como Jefferson, a quien el Partido Federalista pudiera oponerse, en lugar de alguien como Adams que «involucraría a nuestro partido en la desgracia de sus medidas necias y malvadas» (Meacham, 329).
Desde octubre hasta diciembre de 1800, los electores se reunieron para emitir sus votos. A lo largo de todo el mes de diciembre, comenzaron a llegar los resultados; los demócratas-republicanos mantenían el control del sur, como se esperaba, y habían ganado Pensilvania y Nueva York, lo que les otorgó 73 votos electorales. Adams ganó en Nueva Inglaterra, Nueva Jersey y Delaware, obteniendo solo 65 votos. Los demócratas-republicanos claramente habían ganado las elecciones, el factor decisivo era el cambio en la legislatura de Nueva York, en donde el poder pasó de los federalistas a los demócratas-republicanos solo unos meses antes de las elecciones, lo que les otorgó a los jeffersonianos los doce votos electorales que los llevaron al triunfo. Muchos no tardaron en notar que el Compromiso de los Tres Quintos en la Constitución, que contaba a los esclavos como tres quintas partes de una persona libre a efectos de elecciones y tributación, le dio al sur electores adicionales, sin los cuales Adams habría ganado. Por este motivo, un periódico federalista denunció a los jeffersonianos por haberse montado en «el TEMPLO DE LA LIBERTAD sobre los hombros de esclavos» (Enciclopedia Virginia).
Pero una vez que los votos fueron contabilizados, se reveló un problema significativo. Jefferson y Aaron Burr, quien había sido el candidato a vicepresidente, empataron con 73 votos. De acuerdo con la normativa electoral de la época, los electores votaban por dos candidatos, pero no tenían permitido especificar quién querían para presidente y cuál para vicepresidente; por consiguiente, dado que cada elector demócrata-republicano votó tanto por Jefferson como por Burr, ambos terminaron empatando. La mayoría de observadores no pensaron que esto se podía convertir en un problema; ciertamente Burr, que era el más joven de los dos, cedería el puesto con dignidad, dejando que Jefferson asumiera la presidencia, tal como los votantes tenían previsto. Pero a medida que pasaban los días, y Burr permanecía en silencio, se hizo evidente que tal cosa no ocurriría. Como estipulaba la Constitución, los votos para el desempate pasarían a ser responsabilidad de la Cámara de los Representantes, que, para horror de los victoriosos demócratas, seguía estando bajo el control de los federalistas.
Muchos temían que el congreso federalista le negara la presidencia a Jefferson, o, aún peor, que robara las elecciones aprovechando algún vacío constitucional. «¿Cuáles serán los planes de los federalistas?» escribió un consternado jeffersoniano, Albert Gallatin, a su esposa. «¿Usurparán los poderes presidenciales? ... Veo un peligro en el destino de estas elecciones» (Meacham, 333). El gobernador de Pensilvania, Thomas McKean, expresó esto mismo con unos términos más contundentes:
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Si los hombres perversos se atreven traidoramente a destruir o avergonzar a nuestro gobierno general y la unión de los estados, concebiré que es mi deber oponerme a ellos a todo riesgo de vida y fortuna; pues consideraría menos ignominioso someterme a la tiranía extranjera que a la doméstica.
(Meacham, 336)
20.000 miembros de la milicia de Pensilvania estaban ya listos, prometió McKean, y no dudarían en arrestar e «impartir justicia a cada miembro del Congreso» que «haya estado involucrado en la traición» (ibidem). La perspectiva de una guerra civil nunca había parecido más probable. El 11 de febrero de 1801, la Cámara comenzó a votar; después de una larga ronda de votaciones, la Cámara alcanzó un punto muerto, y la votación se llevó a cabo unas horas más tarde con el mismo resultado. Esto continuó durante 35 de tales votaciones a lo largo de seis días. Los federalistas estaban decididos a negar la presidencia de Jefferson, a quien consideraban su archienemigo, y preferían apoyar a Burr, quién aparentemente ofreció promover políticas federalistas cruciales si era elegido presidente. Al final, puede que los federalistas hubiesen acabado entregándole la presidencia a Burr de no ser por un hombre: Hamilton.
Alexander Hamilton odiaba a Jefferson tanto como cualquier otro federalista, pero temía aún más una posible presidencia de Burr. «Jefferson es preferible», escribió en una carta a James A. Bayard, un congresista federalista moderado, «no es, ni de lejos, un hombre tan peligroso; y tiene pretensiones de carácter» (Meacham, 339). Hamilton creía que Burr no tenía principios, y que en última instancia era mucho más peligroso para las instituciones de la nación; escribió que Burr era «lo suficientemente atrevido como para intentar cualquier cosa, suficientemente malvado como para no tener ningún tipo de escrúpulos» (Wood, 284). Al parecer Bayard quedó bastante convencido por los argumentos de Hamilton. Les dijo a sus colegas que, aunque su conciencia no le permitía votar por Jefferson, tampoco le daría su voto a Burr. Aunque ningún federalista votó por Jefferson, la decisión de Bayard influyó a que otros federalistas se abstuvieran. Así que, cuando se celebró la 36ª votación el 17 de febrero de 1801, Jefferson ganó. La cuestión estaba decidida, y la joven nación de Estados Unidos demostró que una transición pacífica de poder entre dos partidos políticos rivales era posible.
La inauguración de Jefferson
Justo antes del amanecer en el Día de la Inauguración celebrado el 4 de marzo de 1801, John Adams salió discretamente de la capital, regresando a su granja en Quincy, Massachusetts, para comenzar lo que sería su retiro de 25 años. Su salida apresurada no parece haber sido un desprecio intencionado hacia Jefferson, sino la forma en la que un hombre orgulloso mantuviera su dignidad; no tenía la intención de quedarse para ver como sus enemigos celebraban su derrota. Varias horas después, el presidente Jefferson se presentó frente al edificio del Capitolio sin terminar y prestó juramento en el cargo. Se deleitó en la llamada «Revolución de 1800», como se refería a sus propias elecciones, y prometió guiar a la nación de vuelta a los «principios del 76». Sin embargo, al mismo tiempo, Jefferson prometió que buscaría una reconciliación entre ambos partidos, abriendo su discurso inaugural con las famosas palabras de «Todos somos republicanos; todos somos federalistas».
La interferencia de Hamilton en las elecciones, dañando las posibilidades de John Adams y luego de Aaron Burr, le costó gran parte de su influencia dentro del Partido Federalista. Nunca se sabrá si habría podido recuperarla o no ya que fue asesinado tres años después en un duelo con Burr. En cualquier caso, los federalistas nunca se recuperaron a nivel nacional de su pérdida en 1800. Aunque ciertos sectores del país como Nueva Inglaterra seguirían siendo bastiones del federalismo, nunca volverían a ganar la presidencia. De hecho, su influencia disminuiría hasta principios de la década de 1820, cuando su partido se desvaneció por completo. Los demócratas-republicanos, sin embargo, mantendrían el control de la Casa Blanca durante una generación. Aunque su partido acabaría fragmentándose, causando una nueva ronda de luchas partidistas, la Revolución de 1800, y el posterior ascenso de la Democracia Jeffersoniana, influirían en gran manera en el desarrollo de los Estados Unidos, lo que hace que esta elección fuese una de las más importantes en la historia de EE. UU.
¿Quiénes eran los candidatos en las elecciones presidenciales de EE. UU. de 1800?
En las elecciones presidenciales de 1800, los candidatos eran John Adams del Partido Federalista, así como Thomas Jefferson y Aaron Burr pertenecientes al Partido Demócrata-Republicano. Jefferson resultó ganador y se convirtió en el tercer presidente de los Estados Unidos.
¿Por qué fueron importantes las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 1800 ?
Las elecciones celebradas en 1800 fueron importantes porque eliminaron al Partido Federalista del poder y dieron paso a una generación de control presidencial de los demócratas-republicanos. También fue la primera transición pacifica del poder entre dos partidos rivales en los Estados Unidos.
¿Cuál fue el resultado de las elecciones presidenciales de 1800?
Las elecciones de 1800 resultaron en un empate entre los dos candidatos demócratas-republicanos Thomas Jefferson y Aaron Burr. El voto de desempate se envió a la Cámara de Representantes, donde se llevaron a cabo 36 votaciones antes de que Jefferson fuera finalmente elegido.
Kathleen A. Mijares es una traductora voluntaria. Cree firmemente que comprender nuestro pasado colectivo nos ayuda a entender el presente y nos guia hacia el futuro, una convicción que la motiva a continuar con su trabajo.
Harrison Mark es historiador y escritor en World History Encyclopedia. Se graduó de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) en Oswego, donde estudió historia y ciencias políticas.
Escrito por Harrison W. Mark, publicado el 05 noviembre 2024. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.