Para los antiguos egipcios, la muerte no era el final de la vida, sino solo el comienzo de la siguiente etapa en el viaje eterno de cada persona. En egipcio antiguo no existía ninguna palabra que se correspondiera con el concepto de «muerte» tal y como se define habitualmente, es decir, como «el final de la vida», ya que la muerte era simplemente una transición hacia otra etapa de la existencia eterna.
De hecho, según afirman los estudiosos, la palabra en árabe egipcio moderno para «muerte», al mawt, es la misma que en el egipcio antiguo y también se utiliza para referirse a «madre», lo que vincula claramente la experiencia de la muerte con el nacimiento o más precisamente con el renacimiento en un plano eterno.
Una vez que el alma había superado con éxito el juicio del diosOsiris, se dirigía a un paraíso eterno, conocido como El Campo de los Juncos, donde se recuperaba todo lo que se había perdido con la muerte y se vivía verdaderamente feliz para siempre. Sin embargo, aunque la visión egipcia del más allá era la más reconfortante de todas las civilizaciones antiguas, la gente seguía temiendo a la muerte. Incluso en los periodos con un fuerte poder central estatal, cuando el rey y los sacerdotes ejercían un poder absoluto y su visión del paraíso tras la muerte gozaba de amplia aceptación, la gente seguía teniendo miedo a morir.
Los rituales relacionados con el duelo por los difuntos nunca cambiaron de forma drástica a lo largo de toda la historia de Egipto y son muy similares a la forma en que la gente reacciona ante la muerte hoy en día. Se podría pensar que el saber que sus seres queridos estaban emprendiendo un viaje hacia la felicidad eterna, o que vivían en el paraíso, habría hecho que los antiguos egipcios se sintieran más en paz con la muerte, pero es claro que no era así.
Las inscripciones que lamentan la muerte de una esposa amada, un esposo amado o un hijo (o una mascota) expresan el dolor de la pérdida, la añoranza por el difunto y la esperanza de volver a verlo algún día en el paraíso, pero no expresan el deseo de morir y reunirse con él en un futuro próximo. Hay textos que expresan el deseo de morir, pero es para poner fin a los sufrimientos de la vida presente, no para cambiar la existencia mortal por la esperanza del paraíso eterno.
De hecho, el sentimiento predominante en estos textos del Antiguo Egipto queda perfectamente resumido por Hamlet en la famosa obra de Shakespeare: «La tierra desconocida, de cuyos confines / ningún viajero regresa, confunde la voluntad / y nos hace preferir soportar los males que tenemos / antes que huir hacia otros que desconocemos» (III.i.79-82). Los egipcios amaban la vida, la celebraban durante todo el año y no tenían ninguna prisa por abandonarla, ni siquiera por la clase de paraíso que prometía su religión.
Una famosa obra literaria sobre este tema se conoce como Diálogo entre un hombre y su Ba (también traducida como Diálogo entre un hombre y su alma y El hombre que estaba cansado de la vida). Esta obra, que data del Imperio Medio de Egipto (2040-1782 a.C.), es un diálogo entre un hombre deprimido que no encuentra alegría en la vida y su alma, la cual le anima a intentar disfrutar y a tomarse las cosas con más calma.
El hombre, en varios momentos, se queja de que lo mejor sería rendirse y morir, pero en ningún momento parece creer que vaya a encontrar una vida mejor en el «más allá»; simplemente quiere poner fin al sufrimiento que está padeciendo en ese momento. A menudo se considera que este diálogo es la primera obra escrita en la que se debaten las ventajas del suicidio, pero el estudioso William Kelly Simpson no está de acuerdo y escribe:
Lo que se presenta en este texto no es un debate, sino un retrato psicológico de un hombre tan abatido por la maldad de la vida que se siente incapaz de llegar a aceptar la bondad innata de la existencia. Su yo interior es, por así decirlo, incapaz de encontrar la integración y la paz. Su dilema se presenta en lo que parece ser un monólogo dramático que ilustra sus repentinos cambios de humor, su vacilación entre la esperanza y la desesperación y un esfuerzo casi heroico por encontrar la fuerza para afrontar la vida. No es tanto la vida en sí misma lo que agota al narrador, sino sus propios esfuerzos por encontrar una forma de hacer frente a las dificultades de la vida. (178)
Mientras el narrador se esfuerza por llegar a algún tipo de conclusión satisfactoria, su alma intenta guiarlo por el camino correcto: dar gracias por su vida y disfrutar de las cosas buenas que el mundo tiene para ofrecer. Su alma le anima a expresar gratitud por las cosas buenas que tiene en esta vida y a dejar de pensar en la muerte, porque eso no conduce a nada bueno. Para los antiguos egipcios, la ingratitud era el «pecado de entrada» que permitía que todos los demás pecados se colaran en la vida de una persona.
PARA LOS ANTIGUOS EGIPCIOS, LA INGRATITUD ERA EL «PECADO DE ENTRADA» QUE DABA PASO A TODOS LOS DEMÁS PECADOS EN LA VIDA DE UNA PERSONA.
Si uno se sentía agradecido, entonces valoraba todo lo que tenía y daba gracias a los dioses; si por el contrario, se permitía sentir ingratitud, esto le llevaba por una espiral hacia todos los demás pecados: la amargura, la depresión, el egoísmo, el orgullo y los pensamientos negativos. El mensaje del alma al hombre es similar al del narrador del libro bíblico del Eclesiastés cuando dice: «Dios está en el cielo y tú en la tierra; por tanto, que tus palabras sean pocas» (5:2).
El hombre, tras desear que la muerte se lo lleve, parece tomarse en serio las palabras del alma. Hacia el final de la obra, el hombre dice: «Sin duda, aquel que está allá será un dios viviente, tras haber purgado el mal que le afligía... Sin duda, aquel que está allá será alguien que lo sabe todo» (142-146). El alma tiene la última palabra en la obra, y le asegura al hombre que la muerte llegará de forma natural con el tiempo y que la vida debe ser abrazada y amada en el presente.
La balada del arpista
Otro texto del Imperio Medio, La balada del arpista, también aborda el mismo tema. El Imperio Medio es el periodo de la historia egipcia en el que la visión de un paraíso eterno tras la muerte se cuestionó con mayor intensidad en las obras literarias. Aunque algunos han argumentado que esto se debe a un cinismo persistente tras el caos y la confusión cultural del Primer Periodo Intermedio, esta afirmación es insostenible. El Primer Periodo Intermedio de Egipto (2181-2040 a.C.) fue simplemente una época carente de un gobierno central fuerte, pero esto no significa que la civilización se derrumbara con la desintegración del Imperio Antiguo, sino simplemente que el país experimentó los cambios naturales en el gobierno y la sociedad que forman parte de cualquier civilización viva.
La balada del arpista se asemeja aún más al Eclesiastés en cuanto a tono y expresión, como se aprecia claramente en el estribillo: «Disfruta de los momentos agradables / Y no te canses de ellos / Mira, a ningún hombre le está dado llevarse consigo sus pertenencias / Mira, no hay nadie que se haya ido y vuelva» (Simpson, 333). La afirmación de que no se pueden llevar las posesiones a la muerte es una refutación directa de la tradición de enterrar a los muertos con ajuar funerario: todos aquellos objetos que uno disfrutó y utilizó en vida y que serían necesarios en el más allá.
Por supuesto, es muy posible que estas ideas fueran simplemente recursos literarios para transmitir la idea de que uno debe aprovechar la vida al máximo en lugar de esperar una felicidad eterna más allá de la muerte. Sin embargo, el hecho de que estos sentimientos solo encuentren este tipo de expresión en el Imperio Medio sugiere un cambio significativo en el enfoque cultural. La causa más probable de esto es una clase alta más «cosmopolita» durante este periodo, lo cual fue posible precisamente gracias al Primer Periodo Intermedio, que los estudiosos de los siglos XIX y XX han denostado tanto. El colapso del Imperio Antiguo de Egipto empoderó a los gobernadores regionales y condujo a una mayor libertad de expresión en diferentes zonas del país, en lugar de la conformidad con una única visión del rey.
El cinismo y la visión hastiada de la religión y la vida después de la muerte desaparecen tras este periodo, la literatura del Imperio Nuevo (en torno a 1570-1069 a.C.) vuelve a centrarse en un paraíso eterno que espera más allá de la muerte. La popularidad de El libro de la salida al día (más conocido como el Libro de los muertos egipcio) durante este periodo es una de las mejores pruebas de esta creencia. El libro de los muertos es un manual de instrucciones para el alma tras la muerte, una guía para la vida después de la muerte, que el alma necesitaría para llegar al campo de los juncos.
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La vida eterna
La reputación que se le ha atribuido al antiguo Egipto de estar «obsesionado con la muerte» es en realidad inmerecida; esa cultura estaba obsesionada con vivir la vida al máximo. Los rituales funerarios, que se observaban con tanto esmero, no tenían por objeto glorificar la muerte, sino celebrar la vida y garantizar su continuidad. Los difuntos se enterraban con sus pertenencias en magníficas tumbas y con elaborados rituales, ya que se creía que el alma viviría para siempre una vez que hubiera atravesado las puertas de la muerte.
Mientras uno estaba vivo, se esperaba que aprovechara al máximo el tiempo y disfrutara tanto como pudiera. Una canción de amor del Imperio Nuevo de Egipto, una de las llamadas «Canciones del huerto», expresa a la perfección la visión egipcia de la vida. En los siguientes versos, un sicómoro del huerto le habla a una de las jóvenes que lo plantó cuando era niña:
¡Prestad atención! Que vengan con todo su equipo, traigan todo tipo de cerveza, panes de todo tipo en abundancia, verduras, bebidas fuertes de ayer y de hoy, y todo tipo de fruta para disfrutar. Venid y pasad el día felices, mañana y pasado mañana, incluso durante tres días, sentados a mi sombra.
(Simpson, 322)
Aunque es cierto que se encuentran expresiones de resentimiento e infelicidad en la vida (como en el Diálogo entre un hombre y su alma), los egipcios en su mayoría amaban la vida y la vivían plenamente. No anhelaban la muerte ni morirse (a pesar de que se les prometía una vida después de la muerte ideal), porque sentían que ya vivían en el mundo más perfecto.
Solo merecía la pena imaginar la vida eterna, por la alegría que la gente encontraba en su existencia terrenal. Los antiguos egipcios cultivaron una civilización que elevaba cada día a una experiencia de gratitud y trascendencia divina, y la vida a un viaje eterno en el que el tiempo que uno pasaba en el cuerpo no era más que un breve interludio. Lejos de esperar o desear la muerte, los egipcios disfrutaban plenamente del tiempo que pasaban en la tierra y lamentaban la pérdida de aquellos que ya no participaban en la gran fiesta de la vida.
Profesional en lenguas con estudios literarios. Profesor de castellano, escritor, traductor y entusiasta de la historia. Áreas de interés: literatura, artefactos antiguos, la historia de las religiones, la astrología, la arquitectura, la historia militar y del arte.
Joshua J. Mark es cofundador y director de contenidos de World History Encyclopedia. Anteriormente, se desempeñaba como profesor en el Colegio Marista de Nueva York, donde enseñó historia, filosofía, literatura y escritura. Ha viajado extensamente y vivió en Grecia y en Alemania.
Escrito por Joshua J. Mark, publicado el 26 abril 2017. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.