Los luditas, así llamados en honor a su legendario líder, Ned Ludd, eran trabajadores que protestaron contra la mecanización de la industria textil durante la Revolución Industrial. Entre 1811 y 1816 la estrategia violenta de los luditas consistió en destrozar las máquinas que consideraban que les habían quitado el trabajo, o lo amenazaban, en quemar fábricas y en atacar la propiedad privada de los dueños de dichas fábricas.
La mecanización de la industria
La industria textil era tradicionalmente una industria artesanal, es decir, que seguía un sistema doméstico en el que las hilanderas y tejedoras trabajaban en sus propias casas o en talleres pequeños. Utilizaban máquinas simples y manuales, tales como la rueca y el telar. Los inventores y empresarios querían aumentar las tasas de producción y reducir el coste de los textiles, cosa que lograron con la creación de máquinas que utilizaban molinos de agua o energía de vapor que podían hacer mucho más trabajo que un solo individuo con métodos más tradicionales. Máquinas como la máquina de hilar (inventada por James Hargreaves, 1764), la hiladora hidráulica (de Richard Arkwright, 1769), la mula de hilar (de Samuel Compton, 1779), y el telar mecánico (de Edmund Cartwright, 1785) aumentaron considerablemente la velocidad a la que se hilaba y se tejía la tela. Las diferencias en comparación con las máquinas manuales eran enormes. Una sola mula de hilar podía tener hasta 1.320 husos, en comparación con el único uso que tenía una rueca de madera. Una fábrica podía tener más de 60 de estas máquinas de hilar, y había fábricas que contaban con 1.000 hiladoras hidráulicas de Arkwright.
Aunque todavía había muchas hilanderas y tejedoras que trabajaban como lo habían hecho siempre, el futuro obviamente radicaba en las máquinas. Pero algo peor aún para los trabajadores cualificados que hacían textiles a mano era que las máquinas de las fábricas no requerían ninguna habilidad especial. Muchas de las fábricas ahora empleaban a mujeres y niños por ese motivo y porque salían más baratos que los hombres. Además, los hombres cualificados en la producción textil que trabajaban en las nuevas fábricas no percibían los mismos salarios que antes. Los costos menores de textiles que conseguían las fábricas supusieron que los precios del mercado se desplomaran y los tejedores artesanales necesitaban una semana para ganar lo que antes ganaban en un día de trabajo. No se trataba solo de perder dinero y trabajo, sino que, como los trabajadores de los textiles solían estar concentrados en áreas específicas, había comunidades enteras afectadas. Algunos hombres decidieron luchar contra esta situación, los llamados luditas.
Destrozo de máquinas, incendios y violencia
Los trabajadores tradicionales de los textiles no tardaron en ver la amenaza que suponían las máquinas para su modo de vida. Robert Grimshaw tenía la intención de instalar 500 hiladoras hidráulicas Arkwright en su nueva fábrica de Mánchester en Knott Mill, pero la quemaron en 1790 cuando todavía solo había instalado 30. Arkwright construyó su nueva fábrica modelo a propósito en Cromford a orillas del río Derwent en Derbyshire, lejos de cualquier trabajador del textil por su propia seguridad y la de sus máquinas. Más tarde fortificó la fábrica y llegó incluso a añadir cañones a sus formidables defensas. Este fenómeno de atacar las nuevas invenciones no era particular de Gran Bretaña. Francia experimentó una oleada de rotura de máquinas a manos de militantes de la clase trabajadora entre 1789 y 1791. En Silesia, en 1844, 5.000 tejedores alemanes utilizarían las mismas tácticas.
En las grandes ciudades manufactureras de Yorkshire, Lancashire, Leicestershire, Derbyshire y Nottinghamshire entre 1811 y 1816 surgió un grupo de protesta nuevo y más violento: los luditas. El nombre deriva del de su mítico líder, Ned Luddham, o Ned Ludd, rey Ludd y general Ned Ludd, «un supuesto aprendiz de tricotador de Leicester que respondió a la reprimenda de su maestro dándole a la máquina con un martillo» (Horn, 2005, pág. 146). Se supone que esto ocurrió en 1779 y el nombre de Ned Ludd se mantuvo vivo en la memoria popular al usarlo como etiqueta para cualquiera que protestaba contra la autoridad y el cambio tecnológico.
Los protestantes luditas no eran realmente un grupo unificado, sino más bien gente de la clase trabajadora en diferentes áreas con las mismas preocupaciones y la misma intención de hacer algo al respecto. El primer estallido ludita ocurrió en Nottinghamshire, con ataques similares posteriores en otras partes. La estrategia de los luditas no solía tener restricciones y a menudo amenazaban personalmente a los dueños de las fábricas. Una de estas cartas de amenaza, enviadas al dueño de una fábrica de Huddersfield, Yorkshire, decía así:
Se ha informado de que eres el dueño de esas detestables máquinas de esquilar. Enviaré a uno de mis tenientes con al menos 300 hombres para destruirlas y reducir tu edificio a cenizas...
(Hepplewhite, 29)
La carta estaba firmada por el rey Ludd. Los luditas solían cumplir sus amenazas. Irrumpían en las fábricas y destrozaban las odiadas máquinas textiles con sus martillos.
¿Revolucionarios o reaccionarios?
Algunos historiadores han considerado a los luditas como parte de un movimiento revolucionario más amplio que buscaba derrocar a la clase gobernante capitalista. En esta época, ciertamente había disturbios por la comida y huelgas a causa de las condiciones económicas deficientes de las clases trabajadoras en general. En ocasiones se combinaban los protestantes de varias causas diferentes; por ejemplo, algunos que protestaban por la comida pasaban por una fábrica cercana. En lo que respecta a E. P. Thomson: «El ludismo fue un movimiento casi insurreccionario que se agitaba continuamente al borde de objetivos revolucionarios ulteriores» (Hewitt, 50). Otros historiadores sostienen que los luditas no estaban vinculados de ninguna manera a otros movimientos de protesta. M. Thomas y P. Holt señalan que el movimiento ludita «fue más un espasmo en los estertores de la muerte de los oficios en declive que los dolores de parto de la revolución» (ibidem).
Ciertos miembros del Gobierno etiquetaron a los luditas de revolucionarios, pero es necesario recordar que los sindicatos se prohibieron oficialmente en Gran Bretaña entre 1799 y 1824. Los trabajadores textiles, tanto si trabajaban desde casa como en las fábricas, no tenían una representación colectiva para reclamaciones a menudo válidas, tales como reducciones salariales y malas condiciones de trabajo. Por tanto, es probable que algunos luditas sintieran que no tenían más opción que hacerse oír y manifestar sus quejas atacando la propiedad. Puede que algunos luditas quisieran derrocar por completo el sistema establecido de trabajo, pero sin duda otros se habrían conformado con un sistema más equilibrado que no estuviera tan sesgado en favor de los dueños y el capital.
El Gobierno se defiende
La clase dirigente luchó contra los luditas. En febrero de 1812, el Parlamento británico aprobó una ley que significaba que cualquiera declarado culpable de romper máquinas textiles se enfrentaría a la pena de muerte. Enviaban espías que trabajaban para los magistrados locales y recibían buenas pagas para descubrir quién estaba organizando y llevando a cabo los ataques sobre la propiedad privada. Se ofrecían grandes recompensas de dinero, en ocasiones de hasta 200 libras (14.000 dólares actuales) a cambio de información sobre los luditas o por su captura. Se convocó al Ejército para proteger fábricas específicas y a sus dueños y para dispersar las reuniones en masa de los trabajadores. En ocasiones, el Ejército abría fuego sobre los protestantes, lo que se saldó varios muertos y heridos. Había 12.000 tropas destinadas a garantizar que se mantenía el orden de esta manera. También había milicias formadas por la clase propietaria para proteger sus propios intereses en las áreas descuidadas por el Gobierno. Los manifestantes capturados se enfrentaban a sanciones que iban desde multas hasta la horca o la deportación a Australia. En dos casos de York en 1812 y 1813 se ahorcó a 17 luditas; un grupo por asesinar al dueño de una fábrica y otro por atacar una fábrica.
Es importante destacar que los luditas eran una minoría dentro de la profesión de tejedores manuales que, por la naturaleza misma de su trabajo en casas aisladas, no podían reunirse en grupos, así que a menudo se resignaban al declive de su industria. Un informe recopilado por un comité gubernamental, en vez de condenar a los tejedores como protestantes violentos elogió su paciencia con los cambios trascendentales que provocó la mecanización:
El sufrimiento de un grupo grande y valioso ha continuado durante años hasta tal punto e intensidad que resulta difícil de concebir o darle crédito, y se ha soportado con un grado de paciencia sin precedentes.
(Hewitt, 51)
Para 1816, el movimiento ludita estaba perdiendo impulso a medida que la situación económica en Gran Bretaña mejoraba tras un periodo de recesión. Sin embargo, sí que se produjeron episodios esporádicos de ataques a máquinas hasta la década de 1830, y hubo muchos casos de trabajadores agrícolas que adoptaron la idea y empezaron a romper trilladoras, la amenaza principal de su medio de vida. No obstante, al final la ausencia total de una coordinación central fue otro motivo de que el movimiento acabara fracasando sin llegar a conseguir un impulso real. Un tercer motivo era el entusiasmo del Gobierno por reprimir el movimiento e imponer castigos severos a los declarados culpables de ludismo. Otro motivo por el que acabaron las protestas y la destrucción fue que las fábricas crearon muchos más puestos de trabajo que lo que lo había hecho nunca la industria textil tradicional, incluso si requerían menor cualificación y, por tanto, la remuneración era menor. Los trabajadores agrícolas en particular acudieron en masa a las grandes ciudades deseosos de encontrar un trabajo regular en las fábricas mecanizadas y los luditas no encontraron demasiado apoyo en su intento de preservar un modo de vida que muchos reconocían que ya era cosa del pasado. De hecho, el término «ludismo» se llegó a utilizar en general para hablar de alguien que es incapaz de entender que el cambio y las nuevas tecnologías son, tanto entonces como ahora, una parte constante de la vida laboral.
Las secuelas
La violencia demostró no ser una estrategia útil para los luditas, pero hubo otros que adoptaron un enfoque diferente. Algunos trabajadores textiles lucharon contra el ascenso de las máquinas utilizando el seso en vez de la fuerza bruta, tal y como explican los historiadores Sally y David Dugan:
Un grupo de tejedoras de Yorkshire, por ejemplo, consiguieron mantener su independencia estableciendo una fábrica de lana en cooperativa. Siguieron tejiendo en casa y solo llevaban la tela a la fábrica para terminarla. En Coventry, unos tejedores de seda inventaron una casa a medio camino del sistema de fábrica. Sus casas estaban alineadas en torno a un patio con una máquina de vapor en un extremo y un eje de motor que atravesaba las casas. Los trabajadores pagaban un alquiler para conectarse a la fuente de energía y eso los ayudó a mantener un estatus semiindependiente durante algún tiempo. (65)
No obstante, al final los luditas y los que quisieron mantener una versión modificada de la vieja industria casera estaban luchando una batalla perdida. En el horizonte ya se vislumbraban máquinas cada vez más versátiles que podían trabajar de manera más eficiente que antes y las 24 horas del día. En 1822, Richard Roberts (1789-1864) inventó un nuevo telar de hierro, y en 1825 creó la mula automática que hacía que los husos giraran a diferentes velocidades dependiendo de lo llenos que estaban. Básicamente, ahora los trabajadores tenían que asegurarse de que las máquinas estuvieran limpias, de que funcionaran bien y de cambiar los husos cuando estaban llenos. Para 1835, alrededor del 75% de las fábricas de algodón utilizaban energía a vapor y había más de 50.000 telares mecánicos en el Reino Unido. Es decir, que «la fábrica de algodón de 1836 era tan eficiente que podía batir a cualquier tejedor a mano del mundo» (Allen, 187).
