Benito Mussolini (1883-1945) fue un dictador, fundador y líder del Partido Fascista Italiano que gobernó Italia desde 1922 hasta 1943. Condujo el país hacia un régimen autoritario, alineándose con la Alemania nazi, y arrastró a Italia a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Mussolini fue capturado y fusilado por partisanos italianos en abril de 1945.
El fascismo es una ideología difícil de definir. Sus características principales incluyen el culto al líder, una firme oposición a la democracia parlamentaria, exaltación de la violencia, militarismo, la supremacía del Estado sobre los ciudadanos, totalitarismo y ambiciones imperialistas. Mussolini fue el primero en establecer un régimen fascista plenamente desarrollado y se convirtió en un modelo para otros movimientos en Europa, lo que contribuyó también a la expansión del totalitarismo por el continente entre las dos guerras mundiales.
Benito Mussolini nació el 29 de julio de 1883 en Dovia di Predappio, un pueblo rural de la región de Emilia-Romaña. Su padre, Alessandro, era un herrero y simpatizante del socialismo; su madre, Rosa, era una profesora católica devota. Desde muy pequeño, Benito estuvo expuesto a ideas radicales, republicanas y anticlericales, que lo influyeron profundamente. Después de graduarse como maestro de escuela primaria, trabajó brevemente en Suiza (1902–1904), donde se unió a círculos socialistas locales y se vinculó con la organización marxista internacional. Arrestado varias veces por sus actividades políticas, regresó a Italia tras una amnistía en 1904, donde retomó la enseñanza y comenzó su carrera política dentro del Partido Socialista Italiano (PSI).
MUSSOLINI FUE EXPULSADO DEL PARTIDO SOCIALISTA POR APOYAR LA ENTRADA DE ITALIA EN LA GUERRA.
Con el paso de los años, Mussolini ganó prestigio como periodista y teórico revolucionario. Estas habilidades de oratoria que desarrolló como periodista le serían muy útiles después; combinadas con su teatralidad, lograrían conquistar a las masas con discursos encantadores. Gracias a su destreza retórica y su postura editorial agresiva, en 1912 fue nombrado editor del periódico socialista Avanti!, la voz oficial del PSI. Desde esta posición, Mussolini se convirtió en una de las voces más radicales del partido. Sin embargo, al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, cambió repentinamente su postura: aunque el PSI era neutral, Mussolini se declaró a favor de la intervención de Italia en el conflicto creyendo que era una oportunidad histórica para regenerar al país y provocar una revolución social. Este cambio de dirección llevó a una ruptura con el partido, del cual fue expulsado en noviembre de 1914. Ese mismo mes, Mussolini fundó el periódico Il Popolo d'Italia (El pueblo de Italia), esta vez apoyado y financiado por industriales, a través del cual propagaba ideas nacionalistas e intervencionistas.
En 1915, cuando Italia entró en la Primera Guerra Mundial, Mussolini se alistó como voluntario y fue herido en una explosión en 1917. Al final del conflicto en 1918, Italia se encontró en una delicada situación de inflación, desempleo, conflictos laborales y una amplia insatisfacción con la llamada «victoria mutilada» (vittoria mutilata), según la cual Italia, pese a haber salido victoriosa, había sido traicionada por los Aliados y no obtuvo las compensaciones prometidas, en particular los territorios de Fiume y Dalmacia. En este clima inestable y violento, Mussolini fundó los Fasci Italiani di Combattimento (Fasces italianos de combate) en Milán en 1919, un movimiento que agrupó a antiguos combatientes, nacionalistas, sindicalistas revolucionarios y anticomunistas. Este movimiento aprovechó el descontento de la clase media, el miedo al comunismo y el respaldo de los terratenientes.
LOS FASCISTAS GANARON APOYO A TRAVÉS DEL USO SISTEMÁTICO DE LA VIOLENCIA POLÍTICA.
En 1919, los fascistas no obtuvieron escaños en las elecciones nacionales. Sin embargo, a inicios del año 1920, comenzaron a expandirse rápidamente, esto en parte gracias al uso sistemático de la violencia política. En esta primera fase, Mussolini se benefició de la acción de los squadristi (escuadristas), grupos paramilitares que atacaron uniones, cooperativas socialistas y periódicos de la oposición, a menudo con la complicidad tácita de las autoridades locales. En 1921 Mussolini formó el Partido Nacional Fascista (Partito Nazionale Fascista, PNF), y fue elegido diputado ese mismo año. Esta asociación abrazó una retórica fuertemente nacionalista, autoritaria y anticomunista, y se presentó como un baluarte contra el caos social y la parálisis parlamentaria.
La crisis política de la época empujó a Mussolini a dar un paso decisivo el 28 de octubre de 1922. Aproximadamente 25.000 «camisas negras» — la milicia fascista que usaba ese uniforme distintivo — marcharon con dirección a Roma, un gesto más demostrativo que militar, pero suficiente para intimidar al gobierno. Sin embargo, Mussolini no marchó junto a los camisas negras, en cambio, prefirió observar el desenlace desde una distancia prudente. El rey Víctor Emmanuel III (1869-1947), temiendo disturbios civiles, se rehusó a declarar un estado de asedio y el 30 de octubre de 1922 nombró a Mussolini primer ministro. Esto dio inicio al régimen fascista.
En los primeros años de su mandato, Mussolini dirigió un gobierno de coalición. Tras el asesinato del líder socialista Giacomo Matteoti (10 de junio de 1924), quién había denunciado el fraude electoral de los fascistas, se abrió una fase crítica. La oposición protestó retirándose del Parlamento (la «Secesión Aventina»), pero la medida resultó ineficaz. Mussolini aprovechó la situación y, entre 1925 y 1926, promulgó las llamadas Leggi Fascistissime, un conjunto de leyes que establecían el régimen dictatorial. Todas las organizaciones no fascistas fueron disueltas; la libertad de prensa fue suprimida, se estableció el Tribunal Especial para la Defensa del Estado y se creó la OVRA (Organización para la Vigilancia y Represión del Antifascismo), una fuerza policial secreta encargada de vigilar y reprimir a los opositores. Se otorgaron plenos poderes al jefe de gobierno, conocido como «Duce», y como Duce, Mussolini asumió directamente numerosos roles: además de jefe de gobierno, ejerció como ministro de Relaciones Exteriores, del Interior, de Guerra, de Marina y de Aviación. Esta concentración de poder personal se convirtió en la piedra angular del nuevo sistema político, en el que el Partido Nacional Fascista era el único instrumento de participación pública, transformado de un partido miliciano en el pilar institucional del régimen.
Para 1929 Mussolini ya estaba afianzado en el poder, con control casi absoluto del Parlamento, la prensa, la policía y el aparato de Estado. Después de eliminar sistemáticamente toda la oposición entre los años 1925 y 1926, el Duce se enfocó en un proceso de «fascistización» de la sociedad, lo que provocó la transformación de Italia en un Estado totalitario en donde el régimen permeó en cada sector, desde instituciones a educación, desde la cultura a la vida diaria. Una de las instituciones principales usadas para tal fin fue la PNF, que pasó de ser un movimiento político a un órgano de control social. La PNF organizaba conferencias y cursos de formación, y contaba con organizaciones juveniles como la Opera Nazionale Balilla (ONB) para niños. Estas organizaciones tenían la misión de educar a las nuevas generaciones en valores fascistas: disciplina, lealtad al Duce, nacionalismo y espíritu militar, que debía ser forjado también gracias a un nuevo impulso en la educación física.
Como prueba adicional de la deriva dictatorial, en 1931 Mussolini estableció la Cámara de los Fasci y Corporaciones, reemplazando a la anterior Cámara de Diputados. Este nuevo órgano parlamentario ya no era electivo, sino que estaba compuesto por representantes de corporaciones económicas y grupos sociales controlados por el régimen. La democracia parlamentaria quedó efectivamente abolida, y el Estado fascista adoptó un sistema corporativista en el que la representación política quedó subordinada a los intereses del Estado y del Partido.
Desde el punto de vista económico, el régimen promovió el llamado «corporativismo», un modelo presentado como una tercera vía entre el capitalismo liberal y el socialismo. La idea era reunir a trabajadores, empresarios y al Estado en corporaciones sectoriales, con el objetivo declarado de superar los conflictos de clase y crear un sistema económico armonioso controlado por el Estado. Las corporaciones eran asambleas de representantes de las distintas categorías productivas (agricultores, industriales, trabajadores, comerciantes) responsables de redactar acuerdos colectivos y resolver disputas, siempre bajo la égida del gobierno fascista.
EL FASCISMO se presentaba COMO EL HEREDERO DEL IMPERIO ROMANO.
A pesar de sus intenciones, la economía corporativista probó ser ineficaz y autoritaria en más de una ocasión. Los planes económicos del Duce a menudo favorecían los intereses de los industrialistas y del Estado, mientras que los derechos de los obreros quedaban severamente restringidos. Los sindicatos independientes fueron abolidos y reemplazados por organismos controlados por el régimen, lo que impedía cualquier forma de huelga o protesta. De manera significativa, la década de 1930 estuvo marcada por la Gran Depresión, la crisis económica global iniciada tras el colapso de Wall Street en octubre de 1929. Italia, como muchas otras naciones, sufrió una severa recesión económica: la disminución de la producción industrial, el aumento del desempleo y la reducción de las exportaciones. Mussolini y su gobierno respondieron con una serie de intervenciones económicas altamente dirigistas, destinadas a estabilizar la moneda, apoyar a las empresas estratégicas y proteger el empleo. Sin embargo, la autarquía promovida por el régimen solía provocar ineficiencias y desperdicio. La calidad de los productos italianos se deterioró, los precios aumentaron y el nivel de vida de la población no mejoró de manera significativa. La economía italiana permaneció débil y poco competitiva en comparación con las principales potencias europeas.
Mientras tanto, una de las herramientas más poderosas a disposición de Mussolini era la propaganda. El régimen fascista invirtió grandes recursos en el control de la información, la creación de mitos y el uso de símbolos para legitimar el poder del Duce. El Ministerio de Cultura Popular (MinCulPop), creado en 1937, controlaba la prensa, la radio, el cine y el teatro, asegurando que todo el contenido se ajustara a las directrices del régimen. La radio se convirtió en un medio clave para difundir los discursos de Mussolini y la retórica fascista, llegando incluso a las áreas más remotas del país. El culto a la personalidad alrededor de Mussolini se desarrolló a través de imágenes, carteles, películas y ceremonias públicas. El Duce se presentaba como un hombre fuerte, salvador de la patria y el «primer obrero de Italia». La retórica fascista enaltecía la disciplina, el coraje y el sacrificio, construyendo un modelo ideal del ciudadano italiano.
Desde una perspectiva cultural, el fascismo buscaba forjar una nueva identidad italiana. Se fomentaron las celebraciones de la antigua cultura romana y del Imperio romano como símbolos de la grandeza italiana por redescubrir y renovar. Se dedicaron monumentos, escuelas e instituciones a esta narrativa histórica. El deporte también se convirtió en un elemento de propaganda, utilizado para promover valores de fuerza, disciplina y pertenencia nacional. Las victorias italianas en los Juegos Olímpicos y en competiciones internacionales se celebraban como triunfos del régimen. Por otro lado, la familia, la mujer y las tasas de natalidad recibieron especial atención. El régimen promovió políticas pronatalistas, con incentivos para las familias numerosas, campañas contra el celibato y el aborto, y la idealización de la mujer como madre y cuidadora del hogar.
Una nueva política exterior agresiva
La primera fase del régimen también allanó el camino para el giro agresivo en la política exterior y militar que llevaría a Italia a la guerra y a las trágicas consecuencias del conflicto mundial. A lo largo de la década de 1930, Mussolini persiguió con determinación el sueño de construir un imperio italiano digno de la grandeza de la antigua Roma, un proyecto ideológicamente arraigado en el nacionalismo y expansionismo fascista desde su ascenso al poder en 1922. Tras consolidar su régimen e imponer el control total sobre la sociedad italiana, el Duce decidió centrarse en fortalecer Italia como potencia colonial, para lo cual la conquista de Etiopía (Abisinia) se convirtió en su objetivo principal.
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Etiopía, uno de los últimos Estados independientes en África, le presentó un reto simbólico y político a Mussolini. En 1935, bajo el pretexto de una provocación militar (el incidente de Wal-Wal), Italia invadió Etiopía, desencadenando la llamada segunda guerra ítalo-etíope (la primera guerra entre ambas naciones tuvo lugar en 1895–1896). La campaña militar, iniciada en octubre de 1935, se basó en el uso masivo de armas modernas — tanques, artillería pesada y gas venenoso —, este último proscrito por las leyes internacionales. Las fuerzas etíopes, lideradas por el emperador Haile Selassie (1892–1975), presentaron una resistencia fuerte pero ineficaz ante la ventaja numérica y tecnológica de Italia. En mayo de 1936, la victoria italiana fue oficialmente declarada con la caída de Adís Abeba y la proclamación de Mussolini como Emperador de Italia, un título que simbolizaba el renacimiento del país como una potencia mundial.
Este triunfo tuvo consecuencias internacionales terribles e inmediatas. La Sociedad de las Naciones condenó la agresión e impuso sanciones económicas a Italia, una acción que probó ser inútil dada la renuencia de Gran Bretaña y Francia a comprometer sus relaciones con Adolf Hitler (1889–1945) en Europa. Se toleró esta infracción del derecho internacional — la invasión de un Estado miembro de la Sociedad de las Naciones — con la esperanza de algunas potencias de cooptar a Mussolini contra Hitler. Las sanciones leves no incluían el petróleo ni el acero, fundamentales para debilitar cualquier iniciativa militar. Sin embargo, la Crisis de Abisinia, como se la denominó entonces, marcó el inicio del aislamiento diplomático de Italia. Mussolini, distanciado de las potencias occidentales, empezó a buscar nuevos aliados.
Mussolini encontró en Hitler y en el nazismo un compañero con el que compartía ideales autoritarios, nacionalistas y militaristas. Desde 1936 en adelante, los lazos entre el «Eje Roma-Berlín» se fortalecieron, estableciendo una cooperación política y militar que prepararía el escenario para la participación de Italia en la Segunda Guerra Mundial. Esta alianza también obligó a Italia a adoptar politicas cada vez más similares a las de la Alemania nazi, especialmente en materia de discriminación racial. En septiembre de 1938, el régimen fascista promulgó las llamadas «Leyes para la Defensa de la Raza», lo que introdujo una serie de medidas discriminatorias contra la comunidad judía. Estas leyes raciales arrebataron derechos fundamentales a los ciudadanos judíos: no podían ocupar cargos públicos, enseñar en universidades y ejercer otras profesiones y actividades económicas; asimismo, los matrimonios mixtos quedaron totalmente prohibidos. La propaganda oficial empezó a difundir estereotipos antisemitas, justificando estas medidas con un pretexto pseudocientífico que alimentó el odio social y la segregación. Este punto de inflexión representó un momento dramático en la historia de Italia, marcando el inicio de una persecución que conduciría, en los años siguientes y especialmente durante la guerra, a arrestos, deportaciones y la participación italiana en el genocidio nazi.
En paralelo con estos desarrollos, Mussolini intensificó las preparaciones militares y las ofensivas en el extranjero. La Segunda Guerra Mundial, que se inició oficialmente en septiembre de 1939, fue el conflicto más grande y destructivo de la historia y representó un momento crucial para la Italia fascista. No obstante, las raíces de la participación de Italia en el conflicto se remontan a los años anteriores, con la intervención directa en la guerra civil española (1936-1939), que anticipó la dinámica política y militar de una Europa cada vez más dividida y tensa. Italia intervino en el conflicto español junto al general Francisco Franco (1892-1975), otro dictador fascista luchando en contra de las fuerzas republicanas respaldadas por comunistas y demócratas. La participación de Italia en la guerra civil española fue una prueba para las fuerzas armadas y una oportunidad para estrechar los lazos con la Alemania Nazi, la cual también apoyaba Franco. En mayo de 1939, Italia y Alemania formalizaron su compromiso militar con el llamado Pacto de Acero, un acuerdo que obligaba a ambos países a apoyarse mutuamente en caso de conflicto. Este documento sancionó oficialmente la entrada de Italia en el bloque del Eje, marcando una elección definitiva de bando y allanando el camino para la participación de Italia en la Segunda Guerra Mundial.
A pesar de haber firmado el Pacto de Acero con Alemania en mayo de 1939, Italia inicialmente permaneció neutral en el estallido de la guerra, cuando Alemania invadió Polonia. Mussolini, que era consciente de las dificultades económicas y las deficiencias militares, dudó de entrar inmediatamente en el conflicto, ya que esperó a ver cómo se desarrollaban los eventos. Solo el 10 de junio de 1940, con Francia ya en grave dificultad por el avance alemán, Mussolini declaró la guerra a Francia y a Gran Bretaña. Estaba convencido de que Italia lograría ganancias territoriales y de que la victoria del Eje era inminente. Sin embargo, esta decisión fue un error estratégico gravísimo. Las fuerzas armadas italianas no estaban listas para un conflicto de gran escala: carecían de material adecuado, organización y una estrategia coherente. La campaña en Francia resultó en ganancias territoriales limitadas e insignificantes, mientras que la invasión de Grecia, iniciada en octubre de 1940 sin un plan definido, se convirtió en un fracaso militar rotundo. El Ejército griego, apoyado por voluntarios y muy motivado, logró repeler la invasión de los italianos, lo que obligó a las fuerzas alemanas a intervenir en 1941 para evitar la derrota del Eje. Este episodio debilitó la imagen de Mussolini como un hombre fuerte y marcó la primera grieta en la alianza.
Al mismo tiempo, Italia luchaba en el norte de África, donde intentaba expandir su control colonial contra las fuerzas británicas en Egipto y otras colonias. La Campaña del Norte de África se convirtió en uno de los principales frentes del conflicto, con alternancia de victorias y derrotas entre el Afrika Korps alemán, liderado por el general Erwin Rommel, y las tropas aliadas. Las dificultades logísticas, la escasez de recursos y el terreno hostil contribuyeron a convertir la guerra en África en una lucha extenuante, que culminó con la derrota final de las fuerzas ítalo-alemanas en 1943. El Mediterráneo también fue escenario de intensos combates navales y aéreos, ya que el control de las rutas marítimas era vital para el abastecimiento de tropas y colonias. Los ataques aliados a la costa italiana, en particular los bombardeos de ciudades, causaron graves daños y un progresivo declive de la moral popular.
El declive del régimen y la caída de Mussolini
La situación militar en deterioro, combinada con la crisis económica y el descontento social, minó la estabilidad del régimen fascista. 1943 fue un año decisivo: fuerzas aliadas desembarcaron en Sicilia en el verano, abriendo un nuevo frente en el corazón del Mediterráneo y señalando el inicio de la liberación de Italia. El 25 de julio de 1943, el Gran Consejo del Fascismo, principal órgano gubernamental, después de años de control absoluto de Mussolini, votó una moción que provocó la caída de Mussolini, con el apoyo del rey Víctor Manuel III. Mussolini fue arrestado y la monarquía intentó negociar un armisticio o una paz separada con los Aliados.
Liberado del cautiverio por los nazis en la Operación Gran Sasso en el otoño de 1943, Mussolini fue nombrado jefe de la República Social Italiana (RSI), un Estado títere con sede en Salò, bajo control alemán. Sin embargo, el poder efectivo del Duce era limitado y el país se encontraba dividido entre las fuerzas aliadas que avanzaban desde el sur, los partisanos antifascistas y las tropas alemanas que aún ocupaban gran parte del territorio.
Tras el avance aliado en el norte de Italia y la acción de los partisanos, Mussolini intentó huir a Suiza disfrazado de soldado alemán. Fue reconocido y capturado el 27 de abril de 1945 en Dongo, a orillas del lago de Como, junto con su compañera y amante Claretta Petacci. Al día siguiente ambos fueron fusilados por partisanos. Sus cuerpos fueron expuestos en la Piazzale Loreto de Milán como símbolo del fin del fascismo y una advertencia pública.
Kathleen A. Mijares es una traductora voluntaria. Cree firmemente que comprender nuestro pasado colectivo nos ayuda a entender el presente y nos guia hacia el futuro, una convicción que la motiva a continuar con su trabajo.
Fabio es un estudiante de doctorado en Historia Internacional en la London School of Economics (LSE). Actualmente trabaja en la historia del colonialismo italiano y el fascismo italiano, con un interés particular en las relaciones entre el islam y Occidente.
Escrito por Fabio Sappino, publicado el 23 julio 2025. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.