Yang Zhu (440-360 a.C.), también conocido como Yang Chou o Yang Chu, fue un filósofo hedonista que vivió y escribió durante el período de los Reinos Combatientes en China. No se sabe mucho sobre su vida, pero su obra sobrevivió en los escritos del gran filósofo Mencio (372-289 a.C.), quien condenaba sus ideas y las consideraba subversivas y peligrosas, al igual que las del filósofo moísta Mozi (470-391 a.C.), quien promovía el concepto del amor universal sin importar el estatus social.
En un inicio, Yang Zhu fue maestro taoísta, pero más tarde renunció a su fe y adoptó la filosofía hedonista, probablemente porque sintió que el taoísmo no lograba de ninguna manera apaciguar el sufrimiento que él observaba. El período de los Reinos Combatientes (481-221 a.C.) fue una etapa de conflicto constante en la antigua China: los siete Estados guerreaban constantemente por obtener la supremacía, hasta que el Estado de Qin derrotó a los demás y estableció la dinastía homónima (221-206 a.C.). Yang Zhu vivió al inicio de este período, cuando ninguno de los Estados lograba sacar ventaja sobre los demás y todos ansiaban alterar este equilibrio en su favor en cada ataque, pero solo conseguían provocar más y más muerte. La vida de las personas sobre las cuales los Estados buscaban gobernar era considerada prescindible, y la amenaza de la muerte se encontraba siempre al acecho.
Por este motivo, Yang Zhu se negó a participar en esta locura y dedicó su vida al hedonismo. Desarrolló su filosofía sobre la base de cuatro verdades básicas que consideraba evidentes:
La vida es un sufrimiento para el cual no existe remedio.
No existe ningún dios ni la vida después de la muerte, ni nada más allá del mundo físico.
Los malvados y los justos viven y mueren de la misma manera, sin castigo ni recompensa.
La búsqueda del placer es la única manera correcta de vivir, además del principal propósito de esta.
Yang Zhu se dedicó a la indiferencia y a vivir de acuerdo con sus cuatro principios hedonistas.
Es probable que Yang Zhu haya sabido que Lao-Tse (aprox. 500 a.C.), el legendario fundador del taoísmo, se había exiliado de China tras comprender que sus esfuerzos no habían logrado cambiar el corazón de la gente, y que Mozi también había fracasado en la misma misión. Por este motivo, Yang Zhu se dedicó a la indiferencia y a vivir de acuerdo con estos cuatro principios hedonistas.
Si bien sus motivaciones e inspiraciones eran diferentes, la filosofía de Yang Zhu puede asemejarse a la de otras corrientes hedonistas, como la escuela chárvaka en la India y la de Aristipo de Cirene (435-356 a.C.) y Epicuro (341-270 a.C.) en Grecia. Cuando el primer emperador de la dinastía Qin, Shi Huangdi (que reinó entre el 221 y el 210 a.C.), ascendió al poder, quemó todos los libros que no se alinearan con la estricta doctrina del legalismo que él promovía, y las obras de Yang Zhu se encontraban entre estos. Su filosofía solo se preservó en las obras de otros pensadores que buscaron refutar sus cuatro principios y desacreditar sus enseñanzas.
Creencias y argumentos
Se desconoce el evento que motivó a Yang Zhu a renunciar a su respetable posición como maestro taoísta y adoptar el hedonismo, pero, según los fragmentos de sus obras citados por Mencio, había llegado a considerar los valores de la cultura china como fantasías absurdas y sin sentido. Es probable que concluyera que las desgracias constantes del período de los Reinos Combatientes estaban motivadas por estos valores, a los que se les atribuía una legitimidad que no poseían y que solo anclaban a las personas a un ciclo de guerra, despojo y muerte. Notaba que la creencia en un supuesto «comportamiento correcto» no hacía que la gente se comportara de acuerdo con este, y la oración y las súplicas a un poder superior no traían más que la prolongación del sufrimiento y la pena. El historiador Will Durant resume las bases de la filosofía de Yang Zhu de esta manera:
La vida está llena de sufrimiento y [por eso] su mayor propósito es el placer. No existe ningún dios ni vida después de la muerte. Los hombres son marionetas indefensas libradas a las fuerzas de la naturaleza que los crearon y les concedieron, en contra de su voluntad, su linaje y su carácter inalienable. El sabio aceptará su destino sin quejarse y no se dejará embaucar por el sinsentido confuciano y moísta de la virtud inherente, el amor universal ni el buen nombre: la moral es el engaño que el astuto trama sobre el tonto; el amor universal es una ilusión pueril que sostienen aquellos que no conocen la hostilidad universal que constituye la ley de la vida; y el buen nombre es una nimiedad póstuma que los insensatos que se sacrifican por ella ni siquiera pueden disfrutar. (679)
Citando a cuatro grandes hombres y dos de los más malvados, Yang Zhu argumentaba que la vida virtuosa no tiene rédito, mientras que la vida dedicada al goce sensorial, sin importar la vileza de la reputación, es una vida con más sentido. Examinó la vida de Shun y Yu, reyes héroes notables de la dinastía china prehistórica Xia (en torno a 2070-1600 a.C.), quienes eran considerados ejemplos de virtud, junto con la vida de otros dos sabios, el duque de Zhou y Confucio, y los comparó con dos de los mayores villanos de la historia china, el emperador Jie (el último emperador de la dinastía Xia) y el emperador Xin, el último de la dinastía Shang (1600-1046 a.C.).
Tras la comparación minuciosa de la vida de estos seis personajes, Yang Zhu concluyó que es mejor vivir por el propio placer que preocuparse por los demás o por el recuerdo que quedará de uno mismo. Según Durant, la conclusión de Yang Zhu es la siguiente:
Estos cuatro sabios no tuvieron un solo día de felicidad en su vida. Después de su muerte, han gozado de una fama que perdurará por la eternidad. Sin embargo, nadie a quien le importe aquello que es real optaría por esta fama. Aunque los honremos, no lo saben. Aunque los recompensemos, no lo saben. Su fama no es más para ellos que la corteza de un árbol o un pedazo de tierra. Por el contrario, Jie acumuló la riqueza de muchas generaciones, se dedicó a los placeres que ansiaban sus sentidos y actuó como se lo indicaban sus pensamientos. De todos los mortales, no ha habido uno con una vida de tanto lujo y vicio como él. El emperador Xin acumuló la riqueza de muchas generaciones, se dedicó a los placeres palaciegos, dio rienda suelta a la lujuria y los placeres carnales y nunca amargó su vida con ideas sobre lo bueno y lo correcto. Estos dos villanos gozaron de la gratificación de sus sentidos durante su vida. Después de su muerte, han cargado con la fama vil de los insensatos y los tiranos. Pero la fama no puede otorgar el disfrute verdadero. Aunque los reprochemos, no lo saben. Aunque los elogiemos, no lo saben. Su reputación vil no es más para ellos la corteza de un árbol o un pedazo de tierra. (680-681)
Aun así, Yang Zhu no pensaba que la maldad de Jie y el emperador Xin fuesen dignas de imitación, sino que la búsqueda del placer y el desinterés por la reputación lo eran. Su filosofía habría recibido la aprobación de los hedonistas de la antigua Grecia, Aristipo de Cirene y Epicuro, ya que, al igual que ellos, Yang Zhu sostenía que el placer no se halla solamente en la búsqueda de la gratificación física, sino simplemente en aquello que es bueno para uno mismo y para los propios intereses.
Al igual que Epicuro, Yang Zhu afirmaría que leer un libro o caminar en el bosque puede ser igual de placentero que beber mucho vino y otras formas de disfrute que vale la pena perseguir. Ya que los humanos somos animales y los animales actúan con egoísmo, los humanos deberían hacer lo mismo. Al mismo tiempo, sin embargo, condenaba a aquellos que ocupaban puestos de poder y lo empleaban para favorecer sus propios intereses, ya que creía que se debía ser prudente en el ejercicio de la autoridad sobre los demás. En esencia, al aceptar un puesto de autoridad, una persona había alcanzado el placer propio y ahora debía «pagar» por él ejerciendo esa autoridad de forma responsable. Consideraba que los gobernantes que priorizaban los deseos personales por sobre la justicia en el gobierno del pueblo eran despreciables.
Hedonismo griego y chárvaka india
Esta visión también era sostenida por Aristipo de Cirene, discípulo de Sócrates, cuyas opiniones se alineaban con las de Yang Zhu. Es posible que Aristipo desarrollara su filosofía hedonista después de la ejecución de Sócrates por parte de los atenienses en 399 a.C., aunque no hay certeza de esto. Lo que sea aprendiera con su maestro con respecto a la moral y la verdad absoluta, sin embargo, ya lo había olvidado para los tiempos en los que vivía en la corte de Dionisio I de Siracusa (en torno a 432-367 a.C.). Allí ocupó el cargo de consejero, pero pasó la mayor parte del tiempo participando de diversos placeres carnales a expensas de Dionisio. La visión de Aristipo, parece ser, era que no se podía hacer nada para evitar que los monarcas se comportaran de manera irresponsable, y lo mejor que uno podía hacer era obtener un cargo político y aprovecharlo al máximo mientras fuese posible.
Aristipo es famoso por su frase «Yo poseo, no soy poseído», que quiere decir que podía participar de la búsqueda del placer sin que estos placeres lo controlaran a él. El placer no tiene un fin, sino que su búsqueda y disfrute, a pesar de ser fugaz, es lo que importa. Hablando sobre una cortesana con la que se acostaba, se dice que comentó que él la poseía a ella, no ella a él. El goce en sí mismo, no como medio para un fin distinto, es la meta mayor por la que se puede trabajar en la vida, y las demás personas no son más que un obstáculo o una ayuda en la búsqueda de este propósito.
Esta visión se corresponde en gran medida con la de Yang Zhu, en tanto que Mencio describió su pensamiento como simple egoísmo disfrazado de «filosofía», mediante el cual Yang Zhu buscaba convertir a las personas en bestias salvajes desinteresadas por la conducta correcta para con las demás personas. El hedonismo de Epicuro no es tan cercano al de Yang Zhu, ya que, a diferencia de lo que popularmente se cree, Epicuro no promovía la búsqueda del placer sin interés por las consecuencias o los sentimientos de las demás personas. En cambio, este sostenía que, si bien el placer es el bien mayor, se debe buscar con sensatez y en moderación para preservar la salud y disfrutar de la vida el mayor tiempo posible.
Por el contrario, hay un paralelismo muy estrecho con el pensamiento de Yang Zhu cuyos orígenes se encuentran en la India, y se trata de la escuela de pensamiento conocida como chárvaka, que se cree que fue fundada por un gurú de nombre Brihaspati alrededor del 600 a.C. No se conoce nada de la vida de Brihaspati, pero su filosofía era una reacción contra lo que este percibía como la tiranía de la religión organizada, mediante la cual la clase sacerdotal se enriquecía a expensas de las clases más bajas, que se empobrecían como resultado. Brihaspati, al igual que Yang Zhu, afirmaba que no existe ningún dios, que la religión es un invento de los fuertes para explotar a los débiles y que el fin último de la vida es la búsqueda del placer.
La doctrina chárvaka, al igual que la filosofía de Yang Zhu, rechazaba toda afirmación con respecto a la existencia de entidades sobrenaturales, la eficacia de la creencia y la práctica religiosas y las aseveraciones de la verdad que no provinieran de la percepción directa de los fenómenos por parte de cada individuo. La chárvaka afirma que la vida es breve y que, en ausencia de un poder superior, nuestra única obligación es para con nosotros mismos y nuestro propio disfrute. Yang Zhu habría coincidido por completo con esta visión.
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La reacción al sufrimiento y el egoísmo
Es muy probable que la filosofía de Brihaspati se desarrollara como reacción al sufrimiento que, según su visión, era provocado por el enriquecimiento de las clases superiores, y la visión de Yang Zhu ciertamente se forjó como resultado de una observación similar. Este justificó su renuncia a los principios taoístas y adoptó una filosofía china enfocada en el interés propio al notar lo poco que valían las supuestas «virtudes» de su sociedad y el modo en que era imposible cambiar la naturaleza humana, fundamentalmente egoísta.
Es probable que Yang Zhu estuviera intentando confrontar a los demás acusándolos de hacer aquello que realmente hacían pero que no admitían hacer: vivir exclusivamente por su propio placer.
En cierto modo, su filosofía se puede relacionar con el famoso dicho: «Si no puedes vencerlos, únete a ellos», en el sentido de que su aparente egoísmo era simplemente la expresión honesta de aquello de lo que participaban los demás todo el tiempo, pero que ocultaban bajo la fachada de la «conducta apropiada» y la supuesta cortesía. En lugar de seguir participando de la vida civilizada, que él veía como una farsa, Yang Zhu habría intentado confrontar a las personas que lo rodeaban mostrándoles lo que en verdad hacían: vivir exclusivamente para su propio placer sin pensar en los demás.
Mientras tanto, es posible que la renuncia al taoísmo y la adopción del hedonismo hayan estado inspiradas en la certeza de que no estaba logrando nada con su enseñanza porque las personas nunca cambian, nunca lo habían hecho y nunca lo harían. No fue el primer filósofo en abandonar una vida de servicio hacia el prójimo para priorizar el interés propio, ni sería el último en hacerlo. Por citar un ejemplo de la historia china, Lao-Tse decidió exiliarse porque no podía soportar la deshonestidad e ineptitud del gobierno chino y el sufrimiento que le provocaba a su pueblo. Probablemente Yang Zhu eligiera su propia manera de lidiar con esta misma insensatez y miseria. El poeta Qu Yuan (en torno a 340-278 a.C.), contemporáneo de Yang Zhu, se quitó la vida ahogándose tras una vida dedicada a la creación de la belleza en beneficio de los demás para evitar tener que padecer la crueldad de la humanidad, mientras transcurrían los horrores del período de los Reinos Combatientes. Mozi y Mencio, después de dedicar su vida a cambiar el pensamiento y sentimiento de la gente, finalmente se rindieron en su misión de convertir a los tiranos en filósofos y a los pecadores en santos.
En vez de seguir la tradición de los sabios, que intentaban elevar el corazón y la mente de los hombres simples y egoístas, Yang Zhu le dio la espalda a la educación y optó por dedicarse por completo a sus propios intereses. Entendió que la vida es breve, la muerte puede llegar en cualquier momento y debemos vivir cada día al máximo. Al igual que los estoicos de Grecia y Roma, Yang Zhu opinaba que la muerte era una parte natural de la vida y que no debía generar temor, ya que no sentiríamos nada después de ella. La búsqueda de la vida buena, sin embargo, estaba en conflicto con el comportamiento aceptable según los principios confucianos practicados por la mayoría. Mencio criticó la filosofía de Yang Zhu con dureza, al igual que la de Mozi, por considerar que perjudicaban a la sociedad introduciendo pensamientos radicales. Mencio escribió:
El principio de Yang, «Cada uno por sí mismo», no reconoce la autoridad del soberano. El principio de Mo, «Amar a todos por igual», no reconoce el afecto especial debido al progenitor. Negarse a reconocer al monarca y al progenitor es la naturaleza propia de las bestias salvajes. Si no se suprimen estas ideas y se promueven los principios del confucianismo, estas ideologías perversas engañarán al pueblo y nos detendrán en el camino de la benevolencia y la virtud. (Durant, 682)
Mencio y sus seguidores tuvieron éxito y lograron desacreditar la filosofía de Yang Zhu durante su vida. Con el auge de la dinastía Qin, el emperador Shi Huangdi ordenó que se quemaran todos los escritos que estuvieran en desacuerdo con su propia filosofía y visión de la historia, y las obras de Yang Zhu estaban entre ellos. No se sabe dónde nació ni cómo murió, y solo sobreviven algunos fragmentos de sus ideas, pero es claro que su pensamiento tuvo el impacto suficiente para que un pensador del renombre de Mencio lo considerara un peligro que había que suprimir. Irónicamente, la filosofía hedonista de Yang Zhu se preservó casi exclusivamente gracias a los ataques de Mencio, y así logró inspirar a otras personas en la posteridad a perseguir el mismo camino.
Soy traductor público (inglés a español y viceversa) especializado en traducción jurídica y abogado egresado de la Universidad de Buenos Aires. Me interesan las lenguas extranjeras y la historia antigua.
Joshua J. Mark es cofundador de World History Encyclopedia's y Director de Contenidos. Ha sido profesor en el Colegio Marista de Nueva York, donde ha enseñado historia, filosofía, literatura y escritura. Ha viajado por todo el mundo y ha vivido en Grecia y en Alemania.
Escrito por Joshua J. Mark, publicado el 19 junio 2020. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.