La Odisea, tradicionalmente atribuida a Homero y compuesta en torno a los siglos VIII-VII a.C., narra el periplo de una década de Odiseo, rey de Ítaca, para regresar a su hogar tras la guerra de Troya. Aunque está ambientado en el familiar mundo mediterráneo, la épica aúna mitos, recuerdos y geografía de una manera que se resiste a la cartografía literal. Desde la Antigüedad los lectores han intentado emplazar los viajes de Odiseo, desde la tierra de los cíclopes hasta la isla de Circe, en un mapa del mundo real, pero el poema no es realmente una guía de viajes, sino más bien una narración sobre la resiliencia humana, la identidad y los desafíos a la virtud heroica. Los esfuerzos por fijar los acontecimientos en ubicaciones reales reflejan un impulso más general de reconciliar los cuentos mitológicos con las investigaciones emergentes sobre la historia y la geografía en el antiguo mundo griego.
Los intentos por cartografiar la Odisea se hicieron más prevalentes a principios de la edad Moderna, en especial con el mapa de Abraham Ortelius de 1597, la primera representación cartográfica conocida de la ruta de Odiseo. A lo largo de los siglos estudiosos, estadistas y filólogos, incluidas figuras de la talla del primer ministro británico William E. Gladstone, han propuesto diferentes interpretaciones, pero todavía no se ha llegado a un consenso, algo que revela el fundamento simbólico de la geografía del poema. Los estudios modernos, como el análisis de Peter T. Struck (2000), destacan que la lógica espacial de la epopeya se guía más por los temas narrativos que por la topografía estricta. Este mapa se basa en estas reflexiones e ilustra no ya un itinerario definitivo, sino esa fascinación siempre presente por situar el mundo imiaginario de Homero dentro del Mediterráneo en sí.

