Hubo muchas causas detrás de la Revolución Rusa de 1917, que abarcan desde el impopular mandato autoritario del Zar Nicolás II (que reinó de 1894-1917) hasta la movilización radical de la clase trabajadora, que quería mejorar las condiciones laborales y una mayor representación política. De hecho, fueron dos revoluciones: la primera trajo la abdicación del zar en marzo y, después del inefectivo mandato del Gobierno provisional de 1917, ocurrió una segunda revolución en noviembre. Esta última se conoce como la Revolución bolchevique porque vio a los Bolcheviques (después llamados el Partido Comunista), liderados por Vladímir Lenin (1870-1924), tomar el poder y establecer la Rusia soviética.
El zar era impopular por su asociación con Grigori Rasputín.
La participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial causó un severo daño económico y escasez de alimentos.
Como comandante en jefe, se asoció al zar con las derrotas de la Primera Guerra Mundial.
El zar perdió el apoyo de las Fuerzas Armadas rusas cada vez más indisciplinadas .
Los socialistas revolucionarios estaban haciendo campaña por una sociedad más justa, como sugirió Karl Marx.
Las clases trabajadoras cada vez estaban más influidas por los socialistas revolucionarios.
Los trabajadores querían mejores pagos, condiciones laborales y representación política.
Los campesinos querían una distribución de tierra más justa y representación política local.
Las clases medias querían reformas sociales y más poder en el Gobierno.
Las mujeres querían el derecho a voto y los mismos derechos que los hombres.
Las naciones dentro del Imperio ruso querían independencia.
El Gobierno provisional no cumplió su promesa de hacer una elección para una Asamblea constituyente.
El Gobierno provisional no consiguió resolver los severos problemas económicos y de infraestructura.
Muchos trabajadores y campesinos querían que Rusia se retirara de la Primera Guerra Mundial.
Los radicales bolcheviques, liderados por Lenin, tomaron el poder a la fuerza, cerrando el Gobierno provisional y declarando a Rusia una república.
El zar pierde prestigio
La reputación del Zar Nicolás II entre su pueblo como un líder sabio y justo iba en picada desde 1905. La depresión económica, la derrota en la guerra ruso-japonesa (1904-5), la masacre de manifestantes pacíficos y desarmados el Domingo Sangriento de 1905, y el fracaso en la implementación de las reformas prometidas hicieron que el pueblo cuestionara si el zar realmente era la mejor persona para liderar la nación. Nicolás parecía ajeno a los cambios sociales de la Rusia del siglo XX. Una vez le confió a un familiar: «Nunca estaré de acuerdo con una forma representativa de Gobierno porque lo considero dañino para la gente que Dios me ha confiado» (Montefiore, 521). El zar creía que la autocracia realmente era la mejor forma de gobernar. Nicolás reprimió despiadadamente cualquier inconformidad con su gobierno. Las protestas fueron aplastadas violentamente por el ejército y la policía, y se llevaron a cabo numerosos arrestos.
El golpe final al prestigio del zar fue su decisión de proclamarse comandante en jefe de las fuerzas armadas.
Exiliados, encarcelados y temporalmente subyugados quizás, pero aquellos que pedían un cambio no desaparecerían. Se formaron partidos clandestinos radicales que buscaban una monarquía constitucional e incluso la república. La posición del zar se empezó a debilitar aún más siguiendo los persistentes y desagradables rumores acerca de la influencia que el extraño hombre autoproclamado santo, Grigori Rasputín (1869-1916) tenía sobre la familia real y la política. Rasputín había conseguido acceder a los pasillos del poder porque aparentemente podía aliviar al heredero del zar, Alexei, quien sufría de hemofilia. Puede ser que Rasputín no tuviera más efecto que uno psicológico de calma sobre su paciente, pero la emperatriz estuvo particularmente impresionada por Rasputín, quien pronto se convirtió en un miembro aparentemente indispensable del séquito real. Se difundieron rumores de que el «hombre santo» era en realidad un alcohólico que se involucraba en actividades sexuales con cualquiera que pudiera tener en sus manos. Revistas vulgares y periódicos de una reputación aún menor publicaban caricaturas nada halagadoras e incluso especulaban si Rasputín estaba teniendo una aventura con la emperatriz. Nicolás se negó a reaccionar a los rumores, pero, como nota el historiador T. Hasegawa, «Más que cualquier otra cosa, el asunto con Rasputín contribuyó a la catastrófica erosión del prestigio de la autocracia» (39).
Otro golpe al prestigio del zar fue su enérgico apoyo a organizaciones nacionalistas ultrarreaccionarias y antisemitas, como la Unión del Pueblo Ruso, que llevaban a cabo ataques feroces en contra de la población judía y otros chivos expiatorios tradicionales. Estos pogromos y el Domingo Sangriento efectivamente acabaron con la vieja creencia de que el zar de Rusia, elegido por Dios, era por definición un gobernante justo. El golpe final al prestigio del zar fue su decisión de proclamarse comandante en jefe de las fuerzas armadas en septiembre de 1915, durante la Primera Guerra Mundial (1914-18). Completamente incompetente para esa tarea, el resultado final fue que las derrotas del ejército se asociaron más con el gobernante del país que con los generales.
Quizás aún peor para Nicolás, mientras estaba en el frente jugando al soldado, el Gobierno quedó esencialmente bajo la guía de la emperatriz Alexandra Feodorovna (1872-1918), y para muchos, en realidad significaba que estaba bajo Rasputín. Ciertamente, hubo un torbellino de despidos y nombramientos ministeriales, muchos de los cuales fueron en retribución, se decía. Los monarquistas notaron el daño que Rasputín le estaba haciendo a la reputación del zar o, más precisamente, los rumores respecto a lo que Rasputín estaba haciendo. El más dañino era que Rasputín y la emperatriz estaban formando un Gobierno proalemán, del que la única evidencia era que la emperatriz misma era alemana, habiendo tenido el título de princesa Alix de Hesse-Darmstadt. Un grupo de monarquistas tramó un plan para asesinar a Rasputín, y su cuerpo, golpeado y baleado, fue descubierto en un rio a principios de enero de 1917.
Rechazo a un Estado autoritario
El zar había creado una asamblea, la Duma, pero el voto ahí favorecía a las clases altas y tenía poco poder. Significativamente, el zar podía vetar cualquier legislación que la Duma pasara. El zar también tenía el derecho exclusivo de designar y eliminar ministros y Nicolás persistentemente promovía a políticos que compartían sus mismas opiniones personasles. Además de la arena política, el zar mantenía un control absoluto sobre el Ejército, la burocracia estatal, la política exterior y la Iglesia. La Policía secreta del zar, la Ojrana, parecía estar involucrada en cada faceta de la vida. Con el nivel de educación en aumento, los súbditos del zar se volvían cada vez más insatisfechos con el estado de las cosas. Mientras que otras naciones consideraban asuntos como ampliar la base electoral y exaltaban las virtudes de la libertad de expresión, asociación y prensa, Rusia parecía estar un largo camino por detrás. Los trabajadores y los campesinos se volvían cada vez más conscientes de lo que se estaban perdiendo. Al mismo tiempo, una creciente clase media de profesionales y estudiantes estaba igualmente determinada a generar un cambio.
Desde 1905, las clases trabajadoras habían crecido significativamente conforme Rusia pasó por un proceso de industrialización. Para 1917, había alrededor de 18,5 millones de trabajadores, cerca del 10% de la población. Los trabajadores estaban concentrados en las ciudades y en ciertas regiones. «Esta concentración de la fuerza laboral industrial fue crítica para facilitar su movilización en 1917, y le dio a la clase trabajadora un peso político desproporcionado con sus relativos bajos números» (Shukman, 19). La clase trabajadora creció también debido a la Primera Guerra Mundial, cuando la conscripción se llevó a los trabajadores para luchar en las Fuerzas Armadas y sus puestos los ocuparon campesinos y mujeres.
Los trabajadores querían mejores pagos, un límite a las horas laborales (8 horas al día), y condiciones de trabajo más seguras. Querían sindicatos sin restricciones y sin interferencia de la Policía secreta. Querían mejoras en las viviendas que les proveían, a menudo con aspecto de barriada. Algunos trabajadores querían representación política en una genuina asamblea popular que influyera en la creación de nuevas leyes. Cada vez más trabajadores usaban huelgas para llamar la atención del zar hacia esas demandas.
Los trabajadores de fábricas formaron sóviets, o consejos, primero para organizar huelgas, pero más a menudo para representar los intereses más generales de los trabajadores. El Sóviet de Petrogrado (el nombre de San Petersburgo desde 1914) se formó en 1917, pero varios sóviets emergieron por todos lados. Para mayo de 1917, había 400 sóviets de trabajadores a lo largo de Rusia, y para octubre de ese año, el número había subido a 950. Incluso en el ejército empezó a haber sóviets, lo que empezó a debilitar la jerarquía tradicional de rangos de oficiales y soldados. En corto, los sóviets se convirtieron en «órganos de autoexpresión masiva» (Read, 144).
Los comités ejecutivos de los sóviets llegaron a estar dominados ellos mismos por intelectuales socialistas radicales. Con el tiempo, este liderazgo fue así mismo dominado por los bolcheviques, una rama radical del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR). El POSDR y otros socialistas estaban fuertemente influidos por las ideas del filósofo alemán Karl Marx (1818-1883), quien pedía una redistribución más justa de la riqueza y del poder político.
MUCHOS TRABAJADORES ESTABAN CADA VEZ MÁS FRUSTRADOS POR EL EMPEORAMIENTO DE LAS CONDICIONES ECONÓMICAS A LO LARGO DEL VERANO DE 1917.
Después de la caída del zar en marzo de 1917 (ver abajo), los bolcheviques, a diferencia de los socialistas más moderados, querían una revolución proletaria inmediata, donde los trabajadores estuvieran a cargo del Estado. Ciertamente, a nivel local había un vacío de poder por la caída del gobierno del zar, ya que la vieja burocracia del zar se había reemplazado por «una desconcertante colección y variedad de consejos populares, sóviets, comités de fábricas, colectivos campesinos y otros órganos de control popular» (Alan Wood, 48). Los bolcheviques vieron este caos como oportunidad para tomar el poder.
La idea de una segunda revolución más larga empezó a atraer a más y más trabajadores conforme avanzaba 1917. Muchos trabajadores estaban cada vez más frustrados por el empeoramiento de las condiciones económicas a lo largo del verano de ese año. Conforme los sóviets se hacían más militantes, aumentó enormemente el número de huelgas.
Desde la emancipación de los siervos en 1861, los campesinos rusos habían sufrido de una falta de tierra crónica y el rechazo del zar a redistribuir las grandes propiedades de la aristocracia. Por lo que respectaba a los campesinos, uno solo podría poseer tierra si la trabajaba. Los campesinos también eran víctimas de impuestos altos y querían mayor voz en los consejos locales. En justicia hacia el zar, se intentaron algunas reformas. El primer ministro, Pyotr Stolypin (1862-1911), creó una serie de cambios que se conocieron como las Reformas Stolypin. Las reformas fueron bien intencionadas, pero al final, no fueron completamente exitosas. Mejoraron los sectores de educación y salud y a algunos campesinos más ricos que poseían tierras (kulaks) les fue mejor, pero la situación de la mayoría de los campesinos siguió igual de frustrante que como estaba en 1905. Adicionalmente, aunque estas reformas fueron leves, molestaron a las clases altas que apoyaban al zar, porque consideraron que debilitaban el sistema autoritario que buscaban mantener. Otra clase disgustada fue la creciente clase media urbana. Conforme los campesinos llegaban a las ciudades para encontrar trabajo, el Estado hizo poco para acomodarlos y el crimen se extendió. También hubo tensiones conforme se mezclaban grupos étnicos en las grandes ciudades a lo largo del imperio.
La primera revolución y la Primera Guerra Mundial
La primera revolución de 1917 empezó con disturbios sobre pan en Petrogrado en marzo de 1917 y rápidamente escaló cuando las tropas de la guarnición se unieron con los alborotadores. La revolución y la falta de apoyo hacia el zar por la élite política forzaron a Nicolás y le aconsejaron que abdicara, lo que hizo el 2 de marzo. El reemplazo del zar fue el Gobierno provisional, pero este cuerpo formado por exmiembros de la Duma no podría reclamar legitimidad por no haber sido electo.
El Gobierno provisional tuvo que compartir el poder con el sóviet de Petrogrado en un sistema que se conoció como el «poder dual». El sóviet de Petrogrado se mantuvo como el sóviet más influyente; aun antes de la abdicación, había declarado (Orden Nº 1 y 2) que, dentro de las fuerzas armadas en Petrogrado, comités de soldados debían de tomar control sobre los procesos de decisión, haciendo a un lado la jerarquía tradicional de rangos oficiales. El sóviet también insistió en que aprobaran todas las órdenes generales dadas a esas fuerzas armadas. Cuando estas órdenes se extendieron a todo el Ejército ruso, el resultado fue que la disciplina se desplomó y las deserciones se dispararon. Adicionalmente, la crisis alimentaria de 1917 requirió la reducción de las raciones diarias para soldados de 4.000 a 2.000 calorías al día. Como lo expuso Lenin, los soldados estaban rechazando las fuentes tradicionales de autoridad y «votaban con sus acciones» (Alan Wood, 56).
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Al Gobierno provisional, que en realidad era una serie de coaliciones inestables, le estaba costando lidiar con el espinoso asunto de si Rusia debía retirarse o no de la Primera Guerra Mundial, o cómo lo haría. Estaba la cuestión del derrumbamiento del Imperio ruso y cómo encarar el aumento de movimientos nacionalistas casi por todos lados. La economía y la inflación rampante eran catástrofes. A las industrias de guerra les iba bien, pero al costo de reducir enormemente la disponibilidad de bienes de consumo y algunos esenciales como herramientas agrícolas. El malestar civil se estaba volviendo más frecuente y violento. Tampoco podía el Gobierno provisional apoyarse en la fuerza, ya que el ejército, en su mayor parte, se había adoctrinado con el bolchevismo. El Gobierno prometió una elección general, pero los ministros pensaron que sería prudente esperar a que acabara la Primera Guerra Mundial. También estaba el problema logístico de que millones de votantes estaban luchando en varios frentes, de manera que organizar una elección así probaría ser muy difícil.
La simple retirada de la Guerra rompería las obligaciones que, por tratados, Rusia tenía con sus aliados, Gran Bretaña y Francia. Rusia necesitaba el dinero de occidente si tenía la esperanza de reconstruirse en tiempo de paz. Adicionalmente, llevar la paz con Alemania por separado parecía cosa difícil, ya que a Rusia le estaba yendo muy mal en el conflicto. Algunos militaristas de derecha querían la instalación de una dictadura militar y que la guerra continuara. En contraste, los trabajadores marcharon en protesta por la continuación de la guerra el 23 y 24 de abril en Petrogrado. La guerra estaba lastimando la economía, y alrededor de 2,5 millones de rusos había muerto en la lucha. Los campesinos también querían que todo esto acabara, pero, tal como el Gobierno, temían que se generara una guerra civil.
El Gobierno provisional
Las clases medias, las clases altas, la Iglesia ortodoxa rusa (que se beneficiaba de una nueva separación entre Iglesia y Estado), las judíos y otros grupos minoritarios, todos apoyaban el Gobierno provisional. También hubo aquellos que, sin importar clase o convicción política, consideraron que era una obligación patriótica apoyar al Gobierno que estuviera a cargo durante la guerra. Incluso algunos socialistas radicales, como los mencheviques, apoyaron al Gobierno. Y hubo algunos logros notables. A las mujeres se les dieron derechos iguales que a los hombres por una nueva ley, que se aprobó el 20 de marzo, que hizo iguales a todos los ciudadanos adultos. Había una nueva libertad de prensa y de expresión. Agosto vio elecciones democráticas para concejos locales en pueblos y áreas rurales.
Con la esperanza de obtener algo de gloria y ampliar su apoyo, el Gobierno provisional, liderado por Alexander Kerensky (1881-1971), lanzó la Ofensiva de Junio, como se llegó a conocer. Pronto se convirtió en un desastre, con 150.000 soldados rusos muertos y con muchas unidades que se negaron completamente a luchar. Al igual que le ocurrió al viejo zar, la falta de logros militares claros supuso una desacreditación del Gobierno provisional.
A lo largo del verano de 1917, hubo aún más problemas que enfrentar, esta vez económicos: hubo escasez de pan y el papel moneda ruso disminuyó su valor a la mitad. Una manifestación de trabajadores en Petrogrado, en contra de ciertos ministros capitalistas en el Gobierno provisional, del 16 al 20 de julio, acabó en un baño de sangre y la muerte o lesiones de 400 de los manifestantes, un incidente infame conocido como las «Jornadas de julio». El Gobierno culpó a los bolcheviques de las manifestaciones y realizó varios arrestos. Los sóviets respondieron aumentando enormemente el número de huelgas. El verano de1917 «presenció 1.019 huelgas en las que participaron 2.441.850 trabajadores y empleados» (Freeze, 284).
El Gobierno provisional enfrentó otra crisis en agosto. Esta fue el caso Kornilov. El general Lavr Kornilov (1870-1918) era el jefe de las Fuerzas Armadas rusas desde el 18 de julio, y demandaba libertad de acción sin interferencia del Gobierno. Kornilov intentó iniciar un golpe, pero fracasó completamente por falta de apoyo. Entonces Kerenski formó un núcleo reducido de ministros en agosto, pero fue afectado por el caso Kornilov de dos maneras: lo culparon por haber nombrado a Kornilov en primer lugar, y haber armado a los sóviets como una contramedida hacia el posible golpe significó que se volvieron más peligrosos si se los podía persuadir de atacar al Gobierno.
La segunda revolución
El apoyo hacia los bolcheviques aumentó entre obreros y campesinos conforme la población se frustraba más con el letargo del Gobierno provisional y la constante demora en establecer cuándo serían las elecciones de una Asamblea constituyente. Los bolcheviques prometieron cambios inmediatos. Los bolcheviques y otros grupos revolucionarios no estaban cortos en fondos, ya que recibían pagos regulares del Gobierno alemán, que tenía la intención de debilitar al enemigo desde adentro. Los bolcheviques podían organizar incontables reuniones y mítines. Lenin, deliberadamente instruyó a los oradores bolcheviques que, en las reuniones públicas, no desperdiciaran tiempo con argumentos complicados, que la audiencia no podría entender, y que se mantuvieran con eslóganes simples como «¡Tierra para la gente trabajadora!» y «¡Nacionalización de plantas y fábricas!» (Beevor, 93). Al final, los bolcheviques lograron la ventaja en las varias organizaciones de trabajadores en comparación con otros grupos socialistas, como los mencheviques y los socialistas revolucionarios.
Los sóviets organizaron huelgas a lo largo de Rusia durante el verano de 1917, que le causaron severos problemas al Gobierno, limitando la producción industrial y de armamento, y afectando severamente el transporte y el suministro de alimento. La inflación llegaba al 200%. El campesinado también quería un cambio. Los reclamos incluían la requisición gubernamental del excedente de granos, la ausencia de una administración local efectiva que representase y resolviera las preocupaciones de los campesinos, y la sensación de que a los campesinos se les estaba reclutando en masa para pelear en la guerra, mientras que los ciudadanos de las ciudades recibían exenciones por su trabajo o estatus social. Las revueltas de los campesinos durante el verano de 1917 vieron cómo se confiscaban sus tierras, se destruían los cultivos y las propiedades de los granjeros más ricos y como los mismos granjeros más ricos eran golpeados o asesinados. El Gobierno parecía incapaz de responder a estas afectaciones, y tanto la producción como la distribución de comestibles fue en declive, causando más escasez en las ciudades.
Tal como resultaron los acontecimientos, los bolcheviques efectivamente eludieron la base de apoyo que tenían en los sóviets cuando Lenin le ordenó a su milicia de la Guardia Roja tomar el poder por la fuerza. El pretexto fue el anuncio del Gobierno provisional de que la guarnición de Petrogrado se movería fuera de la ciudad. Los bolcheviques asumieron que esto sería para que el Gobierno tomara el control del sóviet. Lenin decidió actuar antes.
Los bolcheviques arrestaron a miembros clave del Gobierno provisional, ocuparon oficinas de telégrafos y estaciones de trenes, tomaron control del banco central, y, aunque solo simbólicamente, atacaron el Palacio de Invierno. El Gobierno provisional intentó llamar tropas desde el frente norte, sin éxito. Al final, fue un golpe casi sin sangre. Los bolcheviques habían lanzado, efectivamente, una revolución completamente oportunista. «De ninguna manera fue una operación sencilla, quirúrgicamente ejecutada», pero también era cierto que «fueron los bolcheviques quienes más claramente reflejaron, expresaron e implementaron la voluntad de los obreros y campesinos de espíritu revolucionario» (Alan Wood, 62).
Se llevó a cabo una elección nacional para una Asamblea constituyente, pero los resultados revelaron que los bolcheviques no eran tan populares como esperaban serlo; recibieron menos de un cuarto de los votos. En enero de 1918, la Guardia Roja de Lenin clausuró la Asamblea constituyente. Lenin logró mantener a los sóviets en su revolución, al menos nominalmente, pues ya habían votado por crear el Sovnarkom, el Consejo de Comisarios del Pueblo. Lenin era la cabeza de este consejo, y aumentó enormemente su popularidad al declarar la deseada jornada de trabajo de máximo 8 horas al día. Lenin también emitió astutamente un decreto por el cual los trabajadores ahora controlarían todos los aspectos de la producción y, más concretamente, prometió retirar a Rusia de la Primera Guerra Mundial, lo que salvaría vidas y reviviría la economía. Rusia se retiró formalmente de la Primera Guerra Mundial con el Tratado de Brest-Litovsk, firmado el 3 de marzo de 1918.El asesinato de la familia Románov ocurrió el 17 de julio de 1918. Ya no había forma de volver.
Después, los bolcheviques tenían que ganar la guerra civil rusa contra las fuerzas reaccionarias apoyadas por potencias extranjeras, pero lo lograron para 1922. Al nuevo Estado de Lenin se le dio el nombre de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), pero esto tuvo poco que ver con los sóviets de trabajadores, organizaciones que fueron convertidas en agentes locales del Gobierno central y fuertemente autoritario de Lenin, en donde los bolcheviques, ahora llamados el Partido Comunista, eran el único partido. Lenin nacionalizó toda la industria pesada, las minas y los ferrocarriles, y rechazó la idea de que la propiedad individual de tierra por parte de los granjeros podría traer mayor prosperidad para todos. Muchos de los reclamos de los trabajadores y campesinos, que habían causado las revoluciones de 1917, se mantendrían aún por algún tiempo.
Estudié ciencia política en la UNAM y trabajo en la judicatura federal. Aficionado a la historia, arquitectura, astronomía, biología, aviación. En 2026 iniciaré una maestría en historia de la arquitectura.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 14 agosto 2025. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.