La Primera Guerra Mundial (1914-18) tuvo muchos orígenes y muy variados, algunos de los cuales se remontan varias décadas, pero un asesinato político en los Balcanes el verano de 1914 fue la mecha que prendió el polvorín político de Europa con la explosiva mezcla de gobiernos imperialistas, el ascenso de los nacionalismos y las obligaciones de una complicada red de alianzas internacionales que caracterizaron la diplomacia europea a principios del siglo XX.
La mayoría de los historiadores actuales coinciden en que la Primera Guerra Mundial no la empezó una sola nación, sino que, en última instancia, todos los participantes tuvieron su parte de responsabilidad; es decir, la Triple Alianza de Alemania, Italia y Austria-Hungría y la Triple Entente (los Aliados) del Reino Unido, Francia y Rusia. Entre los demás Estados que se fueron uniendo después al conflicto se cuentan Bélgica, Japón, el Imperio otomano, Bulgaria, Grecia, Portugal y Estados Unidos, así como las colonias de las diferentes potencias europeas en África, Oriente Medio y el resto de Asia. Este terrible conflicto constituyó la primera guerra global, la primera guerra totalmente mecanizada y la primera instancia de guerra total; terminó en 1918 y se cobró más de 9 millones de vidas.
Las causas principales de la Primera Guerra Mundial fueron:
- el ascenso de una Alemania unificada,
- los desequilibrios de poder en la Europa del siglo XX,
- una carrera armamentística entre las principales potencias,
- el ascenso del imperialismo europeo y las rivalidades en África y Asia,
- el aumento de las alianzas internacionales contrapuestas,
- el ascenso de los nacionalismos en Europa central,
- el asesinato del archiduque Francisco Fernando.
Todos los factores mencionados contribuyeron al estallido de un conflicto que «en realidad fue la culminación de una larga crisis dentro del sistema europeo» (McDonough, 3). El peso exacto que tuvo cada uno de estos factores sigue siendo un tema de debate entre los historiadores.
El ascenso de Alemania
Alemania como Estado nació en 1871 tras la victoria prusiana sobre Francia en la guerra franco-prusiana (1870-1871) y la unificación de los Estados alemanes. La Alemania unificada tenía un Ejército grande, disciplinado y muy bien entrenado, además de una Armada en crecimiento (para 1914 sería la segunda más grande de Europa detrás de la británica), una base económica potente (de hecho, la economía en mayor crecimiento de Europa) y una población en auge que aumentó de 49 a 66 millones entre 1890 y 1914. De repente, había una nueva potencia en Europa central que podía desafiar a las demás potencias establecidas, el Reino Unido, Francia, Rusia y el Imperio austrohúngaro. En ese momento surgió la «cuestión de Alemania», es decir, un debate sobre cómo sería la política exterior alemana en el futuro y cómo afectaría al equilibrio de poder en Europa.
La política alemana estaba dominada por su primer canciller, Otto von Bismarck (1815-1898), que estuvo en el poder de 1871 a 1890. El enfoque de Bismarck en cuanto a la política exterior consistió en asegurarles a las demás potencias que Alemania estaba satisfecha con su posición y estatus en Europa en ese momento. A pesar de eso, se formaron una serie de alianzas internacionales tanto con Alemania como contra ella cuando el siglo XIX tocaba a su fin.
El delicado equilibrio de poder en Europa
En 1872 Alemania, Rusia y Austria-Hungría firmaron una alianza que se conocería como la Liga de los Tres Emperadores. En 1879, Alemania y Austria-Hungría firmaron otro tratado, la Doble Alianza, que les obligaba a defenderse mutuamente si Rusia los atacaba. La Doble alianza tuvo la desafortunada consecuencia de que, con ella, Austria-Hungría se sentía segura de poder tomar un enfoque más duro con los movimientos nacionalistas cada vez más problemáticos de los Balcanes. Mientras tanto, Bismarck siguió sacando a pasear su pluma diplomática y firmó otro tratado más en 1882, la Triple Alianza entre Alemania, Italia y Austria-Hungría. En realidad, Bismarck estaba jugando un doble juego porque también firmó un pacto secreto con Rusia que prometía que el zar no interferiría si Alemania atacaba a Francia. En el otro sentido, Alemania prometió mantenerse neutral si Rusia atacaba a Austria-Hungría. El Tratado de Reaseguro con Rusia, como se conoció este último pacto secreto, también incluía una promesa de que Alemania apoyaría los intereses rusos en los Balcanes.
La crisis de los Balcanes del siglo XIX
El auge de los grupos nacionalistas y su llamada a la autodeterminación, en especial en Europa central, amenazó la estabilidad de los Estados europeos más grandes desde el último cuarto del siglo XIX. Esto se sentía especialmente en los Balcanes, donde los sentimientos nacionalistas crearon una crisis en Bulgaria en 1876. Varios grupos nacionalistas en Bulgaria, que en aquel entonces era parte de un moribundo Imperio otomano, estaban pidiendo una mayor tolerancia religiosa e incluso algún tipo de autogobierno. La rebelión estalló, respaldada por nacionalistas de Serbia y Montenegro. Rusia, con la esperanza de desestabilizar la región para poder aprovecharse más adelante, también apoyó a los nacionalistas búlgaros. La guerra estalló entre los imperios ruso y otomano en 1877 y terminó con la victoria del primero un año más tarde.
El Tratado de San Stefano de 1878, que concluyó el conflicto en los Balcanes, tuvo varias repercusiones significativas. Bulgaria consiguió la independencia en todo menos en nombre, los territorios se redistribuyeron para beneficio de Rusia, Serbia y Rumanía, y a Bosnia-Herzegovina le prometieron reformas políticas. Sin embargo, tanto Austria-Hungría como el Reino Unido consideraban que el tratado le daba demasiada influencia en la región a Rusia. Para aliviar las preocupaciones entre las partes interesadas, Bismarck organizó un congreso en Berlín, con el que se firmó el consiguiente Tratado de Berlín de 1878 que garantizaba la independencia de Serbia, Montenegro y Rumanía, le permitía a Rusia quedarse los territorios que había ganado y le concedía a Austria-Hungría la administración de Bosnia-Herzegovina. Bulgaria se convirtió en un principado autónomo de gobierno cristiano dentro del Imperio otomano. Los otomanos se habían quedado una parte de Bulgaria bajo su control, pero estas regiones no tardaron en demandar unirse al resto del principado. Rusia intentó acaparar más tierra en el caos diplomático, una medida que Bismarck interceptó al respaldar a los austrohúngaros. Esta posición de Alemania puso fin a los dos tratados que había firmado anteriormente con Rusia.
Puede que Bismarck buscara la paz a través de la diplomacia, pero a partir de 1890 sus sucesores estaban dispuestos a probar medidas más drásticas para aumentar el poder de Alemania. Los Balcanes volverían a ser el centro de atención del mundo cuando estalló otra crisis diplomática en el verano de 1914, pero antes de eso las grandes potencias empezarían a pelearse por los territorios de otro continente completamente diferente.
Imperialismo en África
Desde alrededor de 1880 hasta 1914 varias potencias europeas se apoderaron de todos los territorios que pudieron en África, un proceso de colonización conocido como el «Reparto de África». Algunos de los acaparamientos de tierras trataban de proteger las rutas comerciales, otros eran para asegurarse de que un rival no se acercaba demasiado o adquiría recursos naturales valiosos y por último estaba las aventuras por el simple prestigio que haría que los líderes pudieran aumentar su popularidad en casa. Para principios del siglo XX, el 90% del continente estaba bajo algún tipo de control europeo. El Reino Unido y Francia también tenían intereses coloniales en Asia, otro campo de batalla que aportó más participantes imperialistas nuevos como los Estados Unidos, Rusia y Japón. Ninguno de estos acontecimientos influiría directamente en el estallido de la Primera Guerra Mundial, pero sí que contribuyeron de manera significativa a la atmósfera de rivalidad entre las grandes potencias, y el reparto de las colonias ciertamente alentó una actitud tanto entre los líderes europeos como en sus poblaciones que consideraba que los países grandes podían absorber a los pequeños con total impunidad.
La política exterior del káiser
El káiser Guillermo II (1859-1941) ascendió al poder como emperador de Alemania en 1888 (y gobernó hasta 1918) y presionó por una mayor expansión territorial y militar para garantizar los recursos naturales que exigía la economía en auge de Alemania. Esta nueva política se conoció como Weltpolitik o «Política mundial». El canciller de Guillermo II, Bernard von Bülow (1849-1929) y el ministro de la Marina, el almirante Alfred von Tirpitz (1849-1930) estaban totalmente de acuerdo con esta postura, que tenía la ventaja añadida de distraer a la población de los problemas domésticos (tales como el debilitamiento del poder de los terratenientes prusianos en el proceso de industrialización y democratización). El apoyo popular se vio aumentado gracias a una prensa patriotera. La postura de la Weltpolitik no hizo sino empeorar la inestabilidad imperante en las relaciones internacionales. Tal y como apunta el historiador F. McDonough: «Esta postura creó una gran tensión, logró muy poco y agrió las relaciones internacionales» (9). El historiador D. Khan añade: «Desde la década de 1890 la Alemania imperial era una potencia profundamente insatisfecha, ansiosa por alterar el statu quo y lograr sus objetivos expansionistas, mediante intimidaciones, si era posible, o mediante la guerra si fuese necesario» (209). Es decir, que en aquel momento en general Alemania se consideraba el enemigo número uno en lo relativo a la paz mundial.
Los países empezaron a formar alianzas para contrarrestar el creciente poder de Alemania, de entre las que destaca la alianza militar franco-rusa de 1894, que prometieron ayudarse mutuamente si los atacaba Alemania, Italia o Austria-Hungría. Y esta amenaza ni siquiera era hipotética. En 1905, el general alemán Alfred von Schlieffen (1833-1913) ideó un plan para evitar la lucha en dos frentes que consistía en atacar primero a Francia y luego volverse contra Rusia. Al mismo tiempo, los generales rusos formularon planes sobre la mejor manera de atacar Austria-Hungría y Alemania. Los generales franceses formularon planes de ataque para una campaña contra Alemania. El Reino Unido también sospechaba del armamento alemán. Gran Bretaña también había estado envuelta en una rivalidad con Francia por África, y con Rusia por sus intereses en Asia Central y la frontera noroccidental de la India británica, algo que se conocería como el Gran Juego. En 1904, el Reino Unido y Francia firmaron la Entente Cordial, que eliminó los conflictos de intereses en África y Asia, pero no preveía la asistencia mutua en caso de guerra en Europa. En 1907 se firmó la Convención anglo-rusa, que disipó las tensiones sobre la reivindicación imperial de Afganistán, el Tíbet y Persia (el actual Irán). Por tanto, poco a poco, las tres grandes potencias del Reino Unido, Francia y Rusia, a menudo llamadas la Triple Entente, estaban haciendo maniobras para presentar un único frente contra Alemania. Aun así, el káiser siguió adelante con su Weltpolitik, amenazó al Norte de África francés y aceleró la carrera armamentística con el Reino Unido, una competición de la que este último no se retiraría porque consideraba que los acorazados alemanes constituían una amenaza específica a su imperio global.
La crisis de los Balcanes de 1914
En medio de todo esto, fue a los Balcanes a donde se dirigieron todas las miradas diplomáticas europeas con nerviosismo en 1908. Austria-Hungría, temiendo la creciente influencia de los reformistas, anexionó Bosnia-Herzegovina en octubre de 1908. El zar ruso protestó. El káiser alemán dejó claro que estaba dispuesto a luchar para apoyar a Austria-Hungría. En 1911 una interferencia alemana mayor en el Marruecos francés, un incidente conocido como la crisis de Agadir, aumentó aún más las tensiones entre las potencias europeas. El Reino Unido respaldó a Francia. Alemania retrocedió, pero consiguió una porción del Congo como compensación. En 1912 el Reino Unido y Francia reforzaron su alianza; el Reino Unido prometió la formación de una fuerza expedicionaria que enviaría a Francia. El Reino Unido, Francia y Rusia también firmaron acuerdos navales entre ellos. El káiser y la prensa alemana empezaron a hablar de que Alemania estaba rodeada de enemigos.
De vuelta en los Balcanes, los diferentes Estados querían liberarse del Imperio otomano, pero el jugador clave era Serbia. En este Estado la monarquía gobernante estaba en contra de la interferencia de los otomanos y los austrohúngaros, pero a favor de Rusia. El gobierno serbio quería incluso crear una nueva coalición de Estados eslavos y el precursor de esta ambición fue la Liga de los Balcanes, formada en 1912. La Liga, en la que estaban Serbia, Bulgaria, Montenegro y Grecia, le declaró la guerra al Imperio otomano en octubre de 1912 y consiguió echar a los turcos de la región. Esta fue la primera guerra de los Balcanes, pero terminó con una amarga decepción para los serbios, ya que el Tratado de Londres de 1913 les denegó Albania y el acceso al mar Adriático. Grecia y Bulgaria también estaban frustradas por la escasa ganancia de territorios que vieron. Así que, puede que, de manera inevitable, en junio de 1913 estalló la segunda guerra de los Balcanes. Bulgaria invadió Serbia, de manera que Grecia, Rumanía y Turquía le declararon la guerra a Bulgaria. Bulgaria perdió y en 1913 el Tratado de Bucarest volvió a reorganizar las fronteras de los Balcanes. Serbia siguió sin conseguir su deseado puerto adriático, y era un Estado con un Ejército de 200.000 hombres, que seguía suponiendo una amenaza directa para Austria-Hungría. Dada su pobre situación militar, Austria-Hungría dependía de Alemania para proteger el statu quo.
El asesinato de Francisco Fernando
El archiduque Francisco Fernando (1863-1914), heredero al trono de los Habsburgo que gobernaba Austria-Hungría, tomó la fatídica decisión de visitar la capital de Bosnia, Sarajevo, el verano de 1914. Sarajevo era un polvorín de nacionalismo local y no fue en absoluto la mejor opción para viajar, pero esta gira se realizó como parte de los deberes de Francisco Fernando como Inspector General del Ejército austrohúngaro. Imprudentemente, el archiduque decidió recorrer la ciudad en un coche descubierto el 28 de junio. Cuando el coche redujo la velocidad para encontrarse con la multitud, un joven nacionalista serbio bosnio, Gavrilo Princip (1894-1918), se adelantó y mató a tiros tanto al archiduque como a su esposa, la condesa Sophie Chotek. Princip había conseguido el arma de un grupo nacionalista serbio, la Mano Negra. Comprensiblemente, el emperador austrohúngaro, Francisco José I (que reinó de 1848-1916), tío del archiduque, estaba encolerizado. No tardaron en culpar al gobierno serbio del asesinato. Francisco José buscó el respaldo de Alemania para su plan de tomar el control de Serbia; el káiser se lo concedió el 6 de julio en lo que se ha descrito como un «cheque en blanco» de libertad de acción. Todo esto ocurrió a pesar de la amenaza obvia de Rusia, que no permitiría una guerra contra Serbia y probablemente intervendría, lo que a su vez podía arrastrar al Reino Unido y a Francia por las obligaciones de sus tratados.
Al final Rusia sí que tenía la intención de proteger la independencia serbia y el zar consiguió el respaldo del gobierno francés. No obstante, el gobierno austrohúngaro le lanzó un ultimátum al gobierno de Serbia el 23 de julio en el que lo acusaba de participar en el asesinato y exigía la supresión del movimiento nacionalista. El gobierno serbio tomó en consideración el ultimátum y accedió a continuar las negociaciones. Austria-Hungría insistió en que aceptaran inmediatamente las exigencias del ultimátum. Tanto Austria-Hungría como Alemania rechazaron una propuesta del Reino Unido de celebrar una conferencia de paz para discutir el tema. El 28 de julio, Austria-Hungría le declaró la guerra formalmente a Serbia. Rusia insistió en que iría a la guerra si las tropas de los Habsburgo no se retiraban de Serbia, así que el zar Nicolás II (que reinó de 1894-1917) le envió un telegrama al káiser Wilhelm en el que le decía, «intenta evitar la calamidad de una guerra europea, te pido en nombre de nuestra vieja amistad que hagas lo que puedas para evitar que tus aliados vayan demasiado lejos» (McDonough, 20). Austria-Hungría se negó a dar marcha atrás, Rusia amenazó con movilizar a su ejército y Alemania amenazó con hacer lo mismo en represalia. Nadie retrocedió. El zar movilizó a su ejército el 30 de julio. Al día siguiente, el káiser exigió que Rusia pusiera fin a la movilización. Puede que en ese momento todas las partes esperasen mantener la crisis en la esfera local, pero entonces, el 1 de agosto de 1914 Alemania le declaró la guerra a Rusia. Ese mismo día, tanto Alemania como Francia movilizaron a sus ejércitos. Italia declaró que seguiría siendo neutral en el conflicto venidero, al menos por el momento. El 2 de agosto Alemania invadió Luxemburgo y el Reino Unido movilizó a la Armada.
El estallido de la guerra
El káiser y sus generales estaban extremadamente ansiosos por poner en marcha su Plan Schlieffen de inmediato: atacar Francia rápidamente y con una fuerza abrumadora y después volverse contra Rusia en vez de enfrentarse a ambos enemigos a la vez. La clave del plan consistía en que las tropas alemanas se movieran por Bélgica, que era neutral, eludiendo así las fortificaciones defensivas de Francia en su frontera con Alemania. El 2 de agosto le pidieron permiso a Bélgica; esta se negó. El Reino Unido esperaba permanecer neutral en una guerra continental, pero se vio obligado a defender la neutralidad de Bélgica por un tratado que habían firmado previamente ambos Estados. En cualquier caso, el Reino Unido no podía quedarse al margen y dejar que aplastaran a Francia, formando así una nueva Europa totalmente dominada por Alemania. Gran Bretaña le informó al gobierno alemán de que una movilización a través de Bélgica provocaría su declaración de guerra a Alemania. El 3 de agosto, las tropas alemanas marcharon a través de Bélgica y Alemania le declaró formalmente la guerra a Francia (y viceversa). El 4 de agosto, el Reino Unido le declaró la guerra a Alemania. El 6 de agosto, Austria-Hungría le declaró la guerra a Rusia, y Serbia le declaró la guerra a Alemania. El 10 de agosto Francia le declaró la guerra a Austria-Hungría y el Reino Unido hizo lo propio el 12 de agosto. Un asesino adolescente había desencadenado una compleja cadena de eventos que culminaron en la Primera Guerra Mundial, la primera guerra verdaderamente global y la primera guerra total de la historia.
Murieron unos 9 millones de combatientes. El conflicto, que en su momento se conoció como la Gran Guerra, terminó con la victoria en Gran Bretaña, Francia e Italia y acabó con cuatro imperios: el austrohúngaro, el ruso, el otomano y el alemán. El Tratado de Versalles, que concluyó la guerra formalmente, culpaba específicamente a Alemania y sus aliados por el inicio de la guerra, aunque los historiadores actuales prefieren asignarles una responsabilidad colectiva a todos los participantes por su nacionalismo excesivo, sus políticas exteriores hiperagresivas y por las oportunidades diplomáticas malgastadas.
Aunque se describió la Primera Guerra Mundial como «la guerra que pondría fin a todas las guerras», el mundo no tardaría en sufrir otro conflicto aún mayor en 1939 con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Muchos historiadores consideran que las disputas territoriales no resueltas de la Primera Guerra Mundial y los duros términos del Tratado de Versalles fueron causas principales de la Segunda Guerra Mundial que, para cuando terminó en 1945, había causado alrededor de 50 millones de muertes, marcó el fin de varios imperios y creó un nuevo orden mundial dominado por los EE. UU. y la URSS.
