Espíritus de agua y el respeto adecuado
Aunque todos los nativos americanos reconocen que la naturaleza está empapada de significados espirituales, los espíritus de la naturaleza varían considerablemente en su poder y significado. En el reino donde el mundo de los humanos y el de los espíritus se cruzan, la relación entre ellos puede ser compleja. Algunos espíritus se ven como potencias vastas e, incluso, universales. Sin embargo, otros pueden influir sobre aspectos más específicos del mundo, para mantenerlo, y se revelan en forma de fenómenos naturales, tales como el clima, el viento, los lagos, las plantas y los animales. Estos espíritus se consideran parientes y, como tales, tienen ciertos derechos y obligaciones entre ellos, así como con los humanos en cuyas proximidades viven.
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Texto
Hace años, los arapajó del norte vivían a lo largo del río Platte. En ese momento, las diferentes tribus, como los shoshone, los crow o los sioux (los más amigables), solían acercarse con una cierta cantidad de pieles y pelajes para comerciar con la tribu. Como los indios crow eran buenos tiradores, contaban con un buen suministro de piel de alce cuando llegaron al círculo del campamento, que estaba en el lado sur del río Platte. Un número considerable de arapajó cogieron sus grandes caballos y empaquetaron sus mercancías para comerciar con los indios crow. Nuestros caballos estaban lejos en la pradera y mis hijos atraparon a los más mansos, que eran muy pequeños. Así que cogía algunas cuentas y otros artículos y me subí al poni.
El río Platte llevaba mucho caudal ese año y era muy peligroso, pues se movía rápido. Dos veces me quedé sin piel de alce, la cual necesitaba para varias cosas. Intenté conseguir una poca ese día. Los otros arapajó habían alcanzado sin problema la otra orilla y era mi turno de cruzar. No tenía miedo en absoluto, pues tenía fe en el poni; así que cabalgué y me adentré en el río.
Justo cuando estaba en medio del canal, con el poni nadando, comencé a sentirme diferente. Perdí todos mis sentidos de golpe por culpa de la extraña vista que tenía ante mí; el poni perdía cada vez más fuerzas. De repente, el agua se nos llevó y aparecí de pie en la arena seca. Cuando entré en el agua (ahogada) sabía que debería tener la ropa mojada; sin embargo, estaba completamente seca.
Miré a mi alrededor, para ver el resto del banco de arena que tenía frente a mí, y allí había dos jóvenes, vestidos con un fino estilo indio. Estos hombres que se me aparecieron eran una tortuga y un castor. «Bueno, jovencita, hemos venido a por ti. Queremos que vengas con nosotros,» dijeron los hombres. Accedí a ir, sin objetar nada, pues estaba a su merced. Los jóvenes comenzaron a caminar y seguí su camino, el cual era el lecho de un río seco.
Mientras caminábamos por la curva del río, llegamos a un tipi pintado de negro, con imágenes de dos monstruos acuáticos, uno a cada lado del tipi. Ambos monstruos miraban hacia la puerta del tipi; en otras palabras, los animales giraban alrededor de la parte inferior del tipi. Uno de estos monstruos acuáticos era rojo y el otro de manchas blancas y negras. En la parte delantera de la puerta, donde se usan los alfileres, había un sol pintado de rojo (con forma de disco), el cual significaba el sol naciente por la mañana. Por detrás, en la parte superior, el tipi era una media luna de color verde. Había un montón de plumas de águila atadas al poste del tipi.
A medida que me acercaba, escuché hablar a las personas que estaban dentro. «Aquí está la mujer que querías ver», dijeron los dos jóvenes. «Dile que pase», dijo alguien con una voz varonil. Los jóvenes entraron, y yo los seguí. «¡Bienvenida! ¡Bienvenida! ¡Siéntate!», dijeron el resto de jóvenes. «Siéntate al lado de este hombre, en el centro», dijo uno.
Miré al otro lado de la hoguera y vi a un joven hermoso, que estaba pintado entero de rojo y desnudo; a ambos lados había más jóvenes, sentados en buenas posiciones. Frente a ellos había diferentes tipos de bolsas de medicamentos, con varias bolsas pequeñas de raíces y hierbas medicinales y malezas. Estos hombres iban vestidos en diferentes tonos, según su gusto.
Así que me senté a la derecha de este apuesto joven. «Cuando te vi, me cautivó tu belleza y no pude evitar enviar a dos de mis hombres a por ti. Ahora, si quieres volver a ver a tu familia, tendré que pedirte que tengamos relaciones sexuales. Luego, te hablaré sobre mí, del poder y del lugar, y así sucesivamente, con los demás aquí presentes. Considera este tipi, por fuera y por dentro, y las personas con todas sus propiedades médicas. Ese hombre pertenece a la familia del Castor, y el de al lado, al de la familia de la Nutria, y así sucesivamente» (fue llamando a cada uno por el nombre de alguna tribu de animales). Enfrente a las bolsas de medicinas, había sentados lagartos, ranas, tortugas, peces de varios tipos, serpientes y otros animales acuáticos. Cuando estos hombres se convirtieron en animales, me miraron con intensidad y con ánimos de respeto.
Entonces, tuvimos relaciones sexuales, lo que me salvó hasta cierto punto. «Ahora, mi querida mujer, quiero que me escuches con atención y sinceridad», me dijo este hombre. «No debes olvidar que soy el dueño de los ríos y vivo en diferentes localidades, contra las escarpadas orillas donde el agua es profunda. Puede haber más de uno como yo, pero esos estarán en los manantiales y pequeños lagos. Asegúrate de no comer pescado. Si vas al río a bañarte, dile a tus compañeros que, a no ser que tú vayas y te bañes primero, se ahogarán. Si tus compañeros no te creen, se ahogarán. Entra y tómate un buen baño primero. Luego, podrán meterse al agua los demás.
»Cuando tu gente desee mostrar algo de respeto y reverencia, pídeles que corten pequeños trozos de su piel. Que sean tantos como quieran. Atálos en un manojo y colócalo en un palo pequeño. Esto debe arrojarse cerca de la boca de los manantiales y por encima o al lado de las orillas empinadas, donde el agua es profunda. Cuando salgan del lugar, me apareceré a ellos y recibiré sus ofrendas y oraciones. A cambio, me aseguraré de que crucen los ríos de forma segura y de que naden en los ríos y arroyos con sus hijos sin problemas. Recuerda esto y díselo a tu gente cuando regreses.
»Si tu gente no hace esto, hay otra forma con la que pueden mostrar su respeto. Diles que pueden atar una franela roja a un arbusto o árbol por encima del manantial. Cuando la gente se corte pequeños puntos de la piel de sus muñecas y la aten en pequeños manojos, deja que apunten el palo a la cabecera del río y, por último, a la boca del mismo, mientras oran, diciéndome de buena fe: 'Mi abuelo, último hijo, he cortado siete pedazos de mi muñeca, escúchame con tus tiernas misericordias. ¡Que mi vida se prolongue, al igual que la de mis parientes y amigos, y guíame hacia la prosperidad y la felicidad! Durante el día puedo ganar la buena voluntad de todos los que están en contacto conmigo; también, cuando duermo por la noche, para que pueda estar protegido de lesiones y daños, y beber esa agua dulce que proviene de ti; para que dondequiera que beba agua, sea clara y saludable para mi cuerpo y para mi familia. ¡Ten piedad de mí, acuérdate de mí en mis ansiedades diarias y deja que mi semilla se multiplique de acuerdo con tu voluntad, si es necesario! ¡Escucha mi sincera oración! No puedo decir mucho, pero ofrezco lo mismo con todas las cosas buenas. Para mí y para todos en la tribu».
Este es el tipo de súplica que da el marido, el animal monstruo. Esa es la razón por la que las personas se cortan en las muñecas y atan franelas rojas a las ramas a lo largo de los lugares más peligrosos junto a los ríos. Esto lo hacen los indios de manera voluntaria.
Después de que el hombre le dijera a la mujer ciertas restricciones, esta salió y se encontró de pie en la orilla, mirando hacia las aguas profundas, sobre un precipicio empinado.
Miré a mi alrededor y vi un gran círculo de campamento a poca distancia, sobre el río, y también había todavía un campamento de visita de los cros y algunos shoshone. El monstruo me dijo que, cuando quisiera verlo de nuevo, me pintara de rojo y me sumergiera en el río; cuando saliera, debía limpiarme de todas las impurezas y ofrecer una oración.
Cuando regresé al círculo del campamento, descubrí que mi gente estaba de luto por mí: algunos se habían cortado el pelo, otros se habían cortado la carne o habían sufrido algunas torturas. Sin embargo, cuando me vieron, se alegraron mucho de encontrarme con vida, puesto que sabían que me había ahogado. Cuando la gente me preguntó por mi desaparición, les dije que me habían liberado.
Después de haber estado en el campamento durante algún tiempo, me pinté todo el cuerpo de rojo, cumpliendo así con lo que me había dicho mi esposo, el monstruo acuático. Este tipi, que estaba pintado todo de negro con simbolismo (dos monstruos en un lado, el sol al frente y la media luna en la parte posterior), era un regalo para mí, junto a muchos suministros médicos. Sin embargo, no quería hacer un tipi como él, porque, por regla general, a las mujeres se les considera menos médicas.
[Comentario de Dorsey]: Los arapajó llaman a este monstruo «el Último Niño» ( Hi-taw-ku-saw ). Los indios tienen cierto miedo de los agujeros profundos en los ríos; a los niños se les prohíbe bañarse en tales lugares, porque los indios veían ocasionalmente algunas cosas (animales) o malas señales. Ofrecían oraciones al Último Niño por esta agua y su amable trato. Los animales de cuatro patas tienen las mismas posibilidades (riesgos) que las personas humanas.
Entre los arapajó del norte hay una historia de un animal capturado, que se convirtió en piedra sólida. Se llevaron todo el cuerpo (piedra) lejos del río y se le dieron muchos regalos por su buena voluntad y trato. Los regalos eran de plumas de águila, calicó y otros artículos valiosos (joyas, etc.).
Había dos mujeres que iban a por algo de agua y, al llegar al lugar, vieron al monstruo en el agua justo en la superficie. Asustó a las mujeres, lo que les provocó un ataque. Una de ellas murió, y los que se la llevaron aún viven, excepto uno. Con el tiempo, esta desapareció y se cree que el animal volvió al agua.
