Autobiografía de San Ignacio de Loyola

Joshua J. Mark
por , traducido por Dempsey Rosales Acosta
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La Autobiografía de San Ignacio de Loyola es la historia de la vida de Ignacio de Loyola (1491-1556), dictada por él mismo al sacerdote jesuita Luis González entre 1553 y 1555, poco antes de la muerte de Loyola en 1556. Es un relato de su conversión, sus luchas espirituales y la fundación de la Compañía de Jesús, más conocida como los jesuitas.

Title Page of the Life of Ignatius of Loyola
Portada de «Vida de Ignacio de Loyola» Cornelis Galle (Public Domain)

Según el padre González, Loyola se había resistido a contar su historia en el pasado, pero en 1553, debido a su delicada salud y animado por otros miembros de su orden, accedió a que González tomara nota mientras él narraba su vida desde su juventud en adelante. Las numerosas responsabilidades de Loyola como jefe de la orden jesuita le impedían disponer de un tiempo ininterrumpido para hacerlo, por lo que González se reunía con él cuando el tiempo lo permitía y anotaba lo que decía con tanta precisión que, como él mismo señaló más tarde, a veces no tenía ni idea de lo que Loyola quería decir con una frase determinada, pero incluía fielmente todo lo que se narraba.

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La autobiografía se publicó en 1555 para los miembros de la orden y sirvió de inspiración para la Biografía ilustrada de Ignacio de Loyola, publicada en 1609 en honor a su beatificación por el papa Pablo V. La obra de 1609 cuenta la historia de Loyola íntegramente a través de imágenes sin texto, pero se basa en su autobiografía, que comienza en 1521 con la batalla de Pamplona y concluye con la aprobación de la orden jesuita por parte del papa en 1540.

Loyola y Lutero

La respuesta de Loyola a lo que él entendió como la llamada de Dios al servicio se compara a veces con la de Martín Lutero (1483-1546), cuya oposición a la venta de indulgencias dio inicio a la Reforma protestante (1517-1648). Como ha señalado el erudito Diarmaid MacCulloch (entre otros), la revelación espiritual de Lutero inspiró su desafío a la autoridad de la Iglesia católica, mientras que Loyola interpretó su experiencia como un estímulo a la obediencia, la devoción y el servicio a la misma.

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Loyola creía que el espíritu de Dios y el espíritu de la Iglesia eran lo mismo, por lo que el servicio fiel a la Iglesia era servicio a Dios.

Martín Lutero fue un devoto teólogo y monje católico hasta que, tras una crisis espiritual alrededor de 1513, se vio llevado a cuestionar las enseñanzas de la Iglesia. No podía conciliar los preceptos de la Iglesia con lo que sentía sobre la naturaleza de Dios hasta que tuvo una revelación espiritual que le convenció de que Dios justificaba a los creyentes solo por la fe, no por las obras, y que las enseñanzas de la Iglesia eran erróneas en este y en muchos otros temas importantes. Si uno era justificado solo por la fe y podía recibir los mensajes de Dios solo a través de las Escrituras, concluyó Lutero, no había necesidad de la intercesión de la Iglesia y sus diversas normas y reglamentos.

Loyola, que nunca había pensado mucho en la religión hasta que resultó herido en combate en 1521, reconoció la importancia vital de la fe, pero llegó a creer que el espíritu de Dios y el espíritu de la Iglesia eran lo mismo y que, por lo tanto, el servicio fiel a la Iglesia era servicio a Dios. Siendo así, concluyó que cuestionar a la Iglesia equivalía a desafiar la voluntad divina. La experiencia de la conversión acabaría dando lugar a los Ejercicios Espirituales (1548) de Loyola, en los que deja clara su postura sobre el cuestionamiento de la autoridad de la Iglesia en su famosa frase: «Lo que me parece blanco, lo creeré negro si así lo define la jerarquía eclesiástica» (Punto 13, Janz, 429).

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El texto

El siguiente extracto está tomado de la Autobiografía de San Ignacio de Loyola, dictada al padre Luis González, editada por J. F. X. O'Connor, S. J., 1900. Narra la vida de Loyola desde que resultó herido en la batalla de Pamplona, pasando por su experiencia de conversión y su vigilia ante el altar de la Virgen María en Montserrat, donde renunció a su antigua vida y se dedicó al servicio de Cristo y de la Iglesia (capítulo 1 y parte del 2, págs. 20-37). A lo largo de la autobiografía, Loyola se refiere a sí mismo en tercera persona.

Hasta los veintiséis años, el corazón de Ignacio estaba cautivado por las vanidades del mundo. Le encantaba la vida militar y parecía guiado por un fuerte y vacío deseo de hacerse famoso. La ciudadela de Pamplona estaba sitiada por los franceses. Todos los demás soldados eran unánimes en su deseo de rendirse a condición de que se les permitiera marcharse, ya que era imposible resistir más tiempo; pero Ignacio convenció al comandante de tal manera que, en contra de la opinión de todos los demás nobles, decidió defender la ciudadela contra el enemigo.

Cuando llegó el día del asalto, Ignacio se confesó con uno de los nobles, su compañero de armas. El soldado también se confesó con Ignacio. Después de que las murallas fueran destruidas, Ignacio siguió luchando valientemente hasta que una bala de cañón del enemigo le rompió una pierna y le hirió gravemente la otra.

Cuando cayó, la ciudadela se rindió. Cuando los franceses tomaron posesión de la ciudad, mostraron una gran admiración por Ignacio. Después de doce o quince días en Pamplona, donde recibió los mejores cuidados de los médicos del Ejército francés, fue trasladado en litera a Loyola. Su recuperación fue muy lenta, y se convocó a médicos y cirujanos de todas partes para una consulta. Decidieron que había que volver a romperle la pierna, para que los huesos, que se habían soldado mal, pudieran colocarse correctamente, ya que no se habían colocado bien al principio o se habían movido tanto durante el viaje que era imposible curarlos. Se sometió a una nueva intervención quirúrgica. Durante la operación, como en todo lo que sufrió antes y después, no pronunció palabra alguna y no dio ninguna señal de sufrimiento, salvo el apretar con fuerza los puños.

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Mientras tanto, sus fuerzas iban decayendo. No podía comer nada y mostraba otros síntomas de que se acercaba la muerte. En la fiesta de San Juan, los médicos perdieron la esperanza de que se recuperara y le aconsejaron que se confesara. Tras recibir los sacramentos en la víspera de la fiesta de San Pedro y San Pablo, al atardecer, los médicos dijeron que si a medianoche no había mejoría, seguramente moriría. Tenía una gran devoción por San Pedro y, por la bondad de Dios, a medianoche comenzó a mejorar.

Su recuperación fue tan rápida que en pocos días estaba fuera de peligro. A medida que los huesos de su pierna se asentaban y presionaban entre sí, un hueso sobresalía por debajo de la rodilla. El resultado fue que una pierna quedó más corta que la otra y el hueso, que formaba un bulto, hacía que la pierna pareciera bastante deforme. Como no podía soportarlo, ya que tenía intención de vivir en la corte, preguntó a los médicos si se podía cortar el hueso. Le respondieron que sí, pero que le causaría más sufrimiento que todo lo anterior, ya que todo estaba curado y necesitarían espacio para cortarlo. Sin embargo, decidió someterse a esta tortura.

Su hermano mayor lo observaba con asombro y admiración. Dijo que él nunca habría tenido la fortaleza para soportar el dolor que el enfermo soportaba con su habitual paciencia. Cuando le cortaron la carne y el hueso que sobresalían, se tomaron medidas para evitar que la pierna quedara más corta que la otra. Para ello, a pesar del dolor agudo y constante, mantuvieron la pierna estirada durante muchos días. Finalmente, el Señor le devolvió la salud. Salió del peligro sano y fuerte, con la única excepción de que no podía apoyarse fácilmente en la pierna y se veía obligado a permanecer en cama.

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Como Ignacio era aficionado a la ficción, cuando se encontró fuera de peligro, pidió algunas novelas para pasar el tiempo. En aquella casa no había ningún libro de ese tipo. En su lugar, le dieron La vida de Cristo, de Rudolph, el cartujano, y otro libro titulado Las flores de los santos, ambos en español. Al leer con frecuencia estos libros, comenzó a sentir cierto amor por las cosas espirituales. Esta lectura llevó su mente a meditar sobre cosas sagradas, aunque a veces divagaba hacia pensamientos en los que solía fijarse antes.

Entre ellos, había un pensamiento que, por encima de los demás, llenaba tanto su corazón que se sumergía y se absorbía en él. Inconscientemente, le ocupaba la atención durante tres o cuatro horas seguidas. Se imaginaba lo que debía hacer en honor a una ilustre dama, cómo debía viajar a la ciudad donde ella se encontraba, con qué palabras se dirigiría a ella y qué frases brillantes y agradables utilizaría, qué hazañas bélicas debía realizar para complacerla. Estaba tan absorto en este pensamiento que ni siquiera se daba cuenta de lo lejos que estaba de su alcance llevar a cabo lo que se proponía, pues ella era una dama sumamente ilustre y de la más alta nobleza.

Mientras tanto, la divina misericordia estaba actuando, sustituyendo estos pensamientos por otros sugeridos por sus recientes lecturas. Al leer detenidamente la vida de Nuestro Señor y de los santos, comenzó a reflexionar, diciéndose a sí mismo: «¿Y si hiciera lo que hizo san Francisco?», «¿Y si actuara como san Domingo?». Meditaba sobre estas cosas en su mente y se proponía continuamente cosas serias y difíciles. Parecía sentir cierta disposición para llevarlas a cabo, sin otra razón que este pensamiento: «Santo Domingo hizo esto; yo también lo haré». «San Francisco hizo esto; por lo tanto, yo lo haré». Estas heroicas resoluciones permanecieron durante un tiempo y luego le siguieron otros pensamientos vanos y mundanos. Esta sucesión de pensamientos le ocupó durante mucho tiempo, alternando los pensamientos sobre Dios con los pensamientos sobre el mundo. Pero en estos pensamientos había una diferencia. Cuando pensaba en cosas mundanas, le producía un gran placer, pero después se sentía seco y triste. Sin embargo, cuando pensaba en viajar a Jerusalén, en vivir solo de hierbas y en practicar austeridades, encontraba placer no solo mientras pensaba en ello, sino también cuando había dejado de hacerlo.

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No se dio cuenta de la diferencia ni la valoró hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a indagar la razón de la diferencia. Aprendió por experiencia que una línea de pensamiento le dejaba triste y la otra alegre. Este fue su primer razonamiento sobre cuestiones espirituales. Más tarde, cuando comenzó los Ejercicios Espirituales, se iluminó y comprendió lo que después enseñó [a otros] sobre el discernimiento de espíritus. Cuando poco a poco reconoció los diferentes espíritus que lo movían, uno, el espíritu de Dios, y el otro, el diablo, y cuando obtuvo una gran luz espiritual de la lectura de libros piadosos, comenzó a pensar más seriamente en su vida pasada y en cuánta penitencia debía hacer para expiar sus pecados pasados.

En medio de estos pensamientos, le vino a la mente el santo deseo de imitar a los hombres santos; su resolución no fue más definida que prometer, con la ayuda de la gracia divina, que lo que ellos habían hecho, él también lo haría. Después de su recuperación, su único deseo era hacer una peregrinación a Jerusalén. Ayunaba con frecuencia y se flagelaba para satisfacer el deseo de penitencia que reinaba en un alma llena del espíritu de Dios.

Los pensamientos vanos se fueron reduciendo gradualmente gracias a estos deseos, que se vieron considerablemente reforzados por la siguiente visión. Una noche, mientras velaba, vio claramente la imagen de la Santísima Madre de Dios con el Niño Jesús, ante cuya visión, durante un tiempo considerable, recibió abundante consuelo y sintió tal contrición por su vida pasada que no pensó en nada más. Desde ese momento hasta agosto de 1555, cuando se escribió esto, nunca sintió el más mínimo movimiento de concupiscencia. Podemos suponer que este privilegio fue un don divino, aunque no nos atrevemos a afirmarlo, ni decir nada más que confirmar lo que ya se ha dicho. Su hermano y todos los miembros de la casa reconocieron por su aspecto exterior el gran cambio que se había producido en su alma.

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Mientras tanto, continuó con sus lecturas y mantuvo la santa resolución que había tomado. En casa, sus conversaciones se centraban exclusivamente en temas divinos, lo que contribuía en gran medida al avance espiritual de los demás.

Ignacio, partiendo de la casa de su padre, emprendió su viaje a caballo... Al llegar a un pueblo situado a poca distancia de Montserrat, decidió procurarse una prenda para vestir durante su viaje a Jerusalén. Por lo tanto, compró un trozo de tela de arpillera, mal tejida y llena de fibras de madera espinosas. Con ella confeccionó una prenda que le llegaba hasta los pies...

Así equipado, continuó su camino hacia Montserrat, meditando en su mente, como era su costumbre, sobre las grandes cosas que haría por amor a Dios. Y como había leído anteriormente las historias de Amadís de Gaula y otros escritores similares, que contaban cómo los caballeros cristianos del pasado solían pasar toda la noche anterior al día en que iban a recibir el título de caballero, de guardia ante un altar de la Santísima Virgen, se llenó de estas fantasías caballerescas y decidió prepararse para un noble título de caballero pasando una noche en vela ante un altar de Nuestra Señora en Montserrat. Cumpliría con todas las formalidades de esta ceremonia, sin sentarse ni acostarse, sino alternando entre estar de pie y arrodillado, y allí dejaría a un lado sus dignidades mundanas para asumir las armas de Cristo.

Conclusión

La vigilia y el compromiso de Loyola en Montserrat le llevarían a fundar finalmente la Compañía de Jesús (jesuitas), aprobada por el Papa en 1540, que se convertiría en la orden católica más influyente y extendida del mundo. Los jesuitas fueron fundamentales en los esfuerzos de la Contrarreforma católica, que condenó las afirmaciones de la Reforma protestante como herejía y trató de restablecer la autoridad de la Iglesia católica. Las diferencias religiosas entre católicos y protestantes influyeron o condujeron directamente a los conflictos militares más devastadores de Europa en los siglos XVI y XVII, pero dos de las figuras centrales de ambos bandos, inicialmente, simplemente intentaban comprender el papel de Dios en sus vidas y, por extensión, en las de los demás.

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Montserrat
Montserrat Visavis (CC BY-NC-ND)

En el centro de las convicciones tanto de Lutero como de Loyola se encontraba un despertar espiritual, pero cada uno interpretó el mensaje de Dios de manera diferente, lo que dictó no solo el camino de sus propias vidas, sino también el de muchas otras personas hasta el día de hoy. MacCulloch comenta:

La transformación quedó simbolizada por la vigilia que Loyola pasó ante la estatua peregrina de la Virgen Negra en Montserrat en la festividad de la Anunciación (25 de marzo de 1522); estaba destinada a ser la víspera de su propuesta (aunque en realidad muy retrasada) partida hacia Jerusalén, y se dedicaba a sí mismo como caballero en la víspera de su nombramiento, al tiempo que se despojaba de los esplendores externos de un cortesano castellano. Las luchas solitarias paralelas de Lutero con Dios le llevaron finalmente a la sensación de que su salvación era un don incondicional de Dios, que le liberaba de todos sus lazos naturales; esta libertad le empoderó para desafiar lo que él consideraba poderes mundanos de esclavitud en la Iglesia occidental medieval. Ignacio descubrió que su encuentro con Dios se expresaba mejor en formas extraídas de la sociedad ibérica que había creado la forma más triunfante de esa misma Iglesia: las expresiones caballerescas del deber y el servicio. Las experiencias de conversión contrastantes condujeron, por lo tanto, a la rebelión y a la obediencia, respectivamente. Fue un símbolo trascendental de lo que vino a separar la Reforma protestante y la Contrarreforma católica. (221)

Estos movimientos, informados en mayor o menor grado por ambos hombres, cambiarían el mundo. La Reforma protestante desafió la autoridad del statu quo, mientras que la Contrarreforma mantuvo que se podía adherir a la tradición y seguir siendo relevante en tiempos de cambio. Según diversas opiniones académicas, estos dos movimientos de la Reforma continúan en la actualidad y, en gran parte, se basan en las respuestas muy diferentes de Martín Lutero e Ignacio de Loyola a lo que ellos entendían como mensajes del mismo Dios.

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Preguntas y respuestas

¿De qué trata la Autobiografía de San Ignacio de Loyola?

La Autobiografía de San Ignacio de Loyola narra la historia de su herida en combate en 1521, su conversión a una vida espiritual devota y su dedicación a la Iglesia católica, así como la fundación de la Compañía de Jesús (jesuitas) en 1540.

¿Por qué es famosa la Autobiografía de San Ignacio de Loyola?

La Autobiografía de San Ignacio de Loyola es famosa por ser una historia inspiradora sobre el viaje espiritual de un hombre, pero también es importante como obra histórica.

¿Cuándo se publicó la Autobiografía de San Ignacio de Loyola?

La Autobiografía de San Ignacio de Loyola se publicó en 1555 para la Orden Jesuita. Fue escrita entre 1553 y 1555. En 1609 se publicó una edición ilustrada, basada en el texto, pero sin incluirlo.

¿La Autobiografía de San Ignacio de Loyola cuenta toda la historia de su vida?

No. Ignacio de Loyola vivió entre 1491 y 1556. La Autobiografía de San Ignacio de Loyola abarca el periodo comprendido entre su herida en 1521 y la fundación de la Compañía de Jesús en 1540.

Sobre el traductor

Dempsey Rosales Acosta
Dempsey Rosales Acosta es profesor titular de Teología y Director del Centro Semillero en la Universidad de St. Thomas (Houston, TX: Estados Unidos). Dempsey enseña cursos bilingües en inglés y español sobre las lenguas bíblicas y teología católica para diversas audiencias y universidades en los Estados Unidos.

Sobre el autor

Joshua J. Mark
Joshua J. Mark es cofundador de World History Encyclopedia's y Director de Contenidos. Ha sido profesor en el Colegio Marista de Nueva York, donde ha enseñado historia, filosofía, literatura y escritura. Ha viajado por todo el mundo y ha vivido en Grecia y en Alemania.

Cita este trabajo

Estilo APA

Mark, J. J. (2025, diciembre 19). Autobiografía de San Ignacio de Loyola. (D. R. Acosta, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2008/autobiografia-de-san-ignacio-de-loyola/

Estilo Chicago

Mark, Joshua J.. "Autobiografía de San Ignacio de Loyola." Traducido por Dempsey Rosales Acosta. World History Encyclopedia, diciembre 19, 2025. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2008/autobiografia-de-san-ignacio-de-loyola/.

Estilo MLA

Mark, Joshua J.. "Autobiografía de San Ignacio de Loyola." Traducido por Dempsey Rosales Acosta. World History Encyclopedia, 19 dic 2025, https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2008/autobiografia-de-san-ignacio-de-loyola/.

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