Italia ocupó Etiopía por cinco años, de 1935 a 1941, después de una invasión a escala masiva lanzada por el dictador fascista Benito Mussolini (1883–1945). Sin embargo, Etiopía había sido un objetivo colonial pretendido por mucho tiempo por Italia, que ya había tratado de invadir el país en 1896, pero al final fue derrotada en la batalla de Adua. Mussolini estaba decidido a mostrar que el fascismo podía vengar la humillación de Adua y hacer realidad el sueño de un nuevo imperio para Roma.
En la primera mitad del siglo XIX, Etiopía era nominalmente un imperio, pero en realidad estaba fragmentado en varios señoríos. Fue solamente gracias a las campañas militares lideradas por los Negus Neghesti (emperador) Teodoro II (1818-1868) y Juan IV (1837-1889) que se extendió y consolidó el poder imperial. Pero mientras que la monarquía etíope todavía estaba tratando de unificar el país, las potencias europeas estaban lanzándose a la colonización de África, al comenzar la expansión denominada Reparto de África. Unas décadas más tarde, en 1914, solamente dos estados africanos todavía eran independientes: Liberia y Etiopía.
En el contexto de esta nueva ola de imperialismo, una compra privada de la bahía de Asab fue el primer paso que condujo a la colonización italiana en Eritrea. El joven reino italiano unificado en 1861, no estaba listo para emprender una invasión colonial, pero bajo el pretexto de una concesión privada podía poner los pies en África sin estar involucrado directamente. Fue solamente en 1882 cuando Italia tomó formalmente el control de Assab, comenzando así una fase más proactiva: en 1885, tropas italianas ocuparon la ciudad de Massawa, un puerto en el mar Rojo, con el objetivo de expandir gradualmente las posesiones coloniales de Italia en detrimento del Imperio etíope.
ITALIA SOSTENÍA QUE EL TRATADO DE WUCHALE ESTABLECÍA UN PROTECTORADO SOBRE ETIOPÍA.
Sin embargo, en ese momento, Juan IV estaba enfrentándose a turbulencias internas y a una guerra en la frontera con Sudán, donde un grupo de rebeldes llamados mahdistas se rebelaron contra los gobernantes otomanes-egipcios, apoyados por Etiopía. El ras Alula (1847-1897), uno de los más poderosos líderes militares etíopes y gobernador de la provincia donde las tropas italianas habían comenzado la ofensiva, decidió responder y en Dogali, el 27 de enero de 1887, aniquiló a un batallón de 500 soldados italianos. Aunque el ataque no fue ordenado por el negus, Italia decidió lanzar una expedición militar contra Etiopía. A pesar de la movilización de 20.000 soldados, la guerra tomó un giro inesperado. En vez de combatirlos, Juan decidió retirar su ejército, que superaba al de su contraparte italiana, dándole prioridad a la guerra con los mahdistas en la frontera. El emperador murió en 1889 en la batalla de Gallabat (Metemma en italiano) contra los mahdistas, lo que marcó el final del involucramiento etíope en la guerra.
La muerte de Juan IV trajo una pelea por la sucesión entre el hijo natural del emperador, Mengesha Juan (1868-1906) y el rey de Shewa, Menelik (1844-1913). Este último estaba apoyado por los italianos porque trató de subvertir los esfuerzos de Juan en lo referente a la centralización del poder. Anteriormente, ya Italia también había firmado una convención con Menelik en 1887, que le garantizaba a Menelik un suministro de armas a cambio de su neutralidad hacia los italianos. Menelik fue más rápido que Mengesha en ganarse el apoyo de la nobleza y del clérigo etíope, derrotó militarmente a su rival y fue coronado en 1889.
En el mismo año, antes de la coronación de Menelik, se había firmado el Tratado de Wuchale (Uccialli en italiano), cuyo objetivo era promover las buenas relaciones entre Italia y Etiopía. Sin embargo, el tratado provocaría un enfrentamiento entre los dos países. El malentendido, sea intencional o no, derivó de una diferencia en la interpretación entre la versión amhárica e italiana del Artículo 17, concerniente a la diplomacia internacional. No era inusual que se incluyera una cláusula en tratados internacionales que le permitiera a una de las partes actuar como intermediario en nombre de la otra y al firmar el tratado, Menelik quería simplemente mejorar aún más las relaciones con los italianos, utilizándolos como intermediarios en las relaciones con otros poderes europeos. Por el otro lado, Italia sostenía que el tratado establecía un protectorado sobre Etiopía, como si el negus hubiera aceptado ceder al Gobierno italiano su soberanía en lo referente a política exterior.
En aquel entonces, el primer ministro italiano, Francesco Crispi (1818-1901), estaba abogando vivamente por un papel más importante para Italia entre las potencias mayores. Su política exterior inescrupulosa combinaba una militarización en aumento con activismo colonial. En este respecto, Crispi fue el primero en darle una justificación al expansionismo italiano, específicamente, la necesidad de combinar políticas expansionistas con emigración. En aquellos años caracterizados por una migración masiva de italianos del sur hacia el norte de Italia, África podría proveer una fuente alternativa de tierra para los agricultores pobres. El vínculo entre colonialismo y emigración se volvería a reanudar más tarde con el fascismo, cuyo líder Benito Mussolini enfatizaba la búsqueda de «un lugar bajo el sol» para Italia.
En 1890, Crispi instituyó oficialmente la colonia eritrea, con Massawa como su capital. Menelik fue capaz de evitar cualquier interferencia por parte de Italia y en 1893 denunció la reivindicación italiana de un protectorado sobre su imperio. El control italiano se había expandido a las ciudades de Asmara y de Cheren (o Keren) y su influencia estaba proyectada en el interior de Etiopía, en la región de Tigray. El nuevo gobernador de Eritrea, el general Baldassarre Orero (1841-1914), estaba tan seguro de la debilidad de Abisinia (como se solía llamar a Etiopía) que decidió marchar hacia la ciudad de Adua, que tenía una importancia religiosa particular para la Iglesia ortodoxa etíope, la principal denominación en Etiopía. Por esta iniciativa no autorizada, Orero fue destituido y reemplazado por el general Antonio Gandolfi (1835-1902) y luego, por un amigo cercano de Crispi, Oreste Baratieri (1841-1901). Sin embargo, las ambiciones de Baratieri eran mayores que las tropas a su disposición y provoco al potente vecino con varias expediciones militares más allá de su frontera. El nuevo gobernador creyó que, con una ocupación rápida de Tigray, podría amenazar la estabilidad del Imperio etíope y en 1895, comenzó la invasión.
La situación se salió rápidamente de control: los líderes etíopes aliados con Italia se retiraron; la confusión reinó entre los comandos militares y las tropas italianas comenzaron a sufrir pérdidas significativas. El general Baratieri había decidido lanzar un ataque sorpresa contra las posiciones etíopes, pero las tres columnas italianas fueron incapaces de coordinar sus esfuerzos y una de ellas se quedó aislada debido a la imprecisión de los mapas. El 1 de marzo de 1896, en la batalla de Adua, las tropas italianas fueron derrotadas de manera contundente, con alrededor de 6.000 muertes y más de 3.000 soldados capturados.
Esta fue la peor derrota de un Ejército europeo en toda la historia del colonialismo. Lo que siguió fue un terremoto político: el gabinete político de Crispi colapsó y Etiopía aseguró décadas de soberanía total. La batalla se convirtió en un símbolo para los africanos y en un trauma colectivo para Italia, allanando el camino para sentimientos revanchistas que culminaron con la invasión fascista de Etiopía en 1935.
Etiopía entre Menelik II y Haile Selassie
La victoria etíope aumentó el prestigio internacional del imperio. De hecho, entre 1897 y 1905, Menelik aseguró una serie de tratados con potencias extranjeras. Al mismo tiempo, el negus promovió la modernización de la economía etíope, abriendo por ejemplo, la primera sección del tramo del ferrocarril entre Adís Abeba y Yibuti, cuyo objetivo era conectar a Etiopía con el mar Rojo. La modernización procedió en paralelo con la consolidación del poder imperial en detrimento de las regiones periféricas, tales como Tigray, que estaba peleando por más autonomía. Etiopía estrechó sus lazos con Francia y Gran Bretaña y se convirtió en el primer Estado africano en ser admitido a formar parte de la Sociedad de las Naciones.
FRANCIA, EL REINO UNIDO E ITALIA FIRMARON EL TRATADO TRIPARTITo, QUE ESTABLECIÓ TRES ÁREAS DE INFLUENCIA DENTRO DE ETIOPÍA.
Sin embargo, al tiempo que la salud de Menelik comenzaba a declinar desde 1906, la sucesión al trono etíope atrajo la atención de la diplomacia internacional. Ese mismo año, Francia, el Reino Unido e Italia firmaron un tratado (el «Tratado Tripartito»), que estableció tres áreas de influencia dentro de Etiopía. Italia consideró esto como un paso atrás visto desde la posición de su supuesta preeminencia en Etiopía antes de 1896. Fue solamente en 1909 que el negus escogió a su heredero, específicamente su joven nieto Iyasu (1895-1935), que tuvo que esperar en un largo limbo hasta la muerte de Menelik en 1913 para ascender al trono.
El gobierno de Iyasu se caracterizó por muchas contradicciones. El aspecto más controvertido fue su actitud benevolente hacia el islam, que sus opositores utilizaron en su propaganda como una prueba escandalosa de apostasía en contra de su creencia cristiana ortodoxa. Iyasu, acusado de haberse convertido al islam, fue depuesto por la nobleza y fue sustituido por su tía Zewditu (1876-1930), con la proclamación contextual de su primo Tafari Makonnen (1892-1975) como ras y heredero designado. Esta designación doble inusual dejó espació para muchas ambigüedades en las prerrogativas y los límites entre los dos miembros de la realeza. Además, el ras Tafari siempre había actuado como si él fuera el regente y no el heredero del trono solamente, haciéndole sombra a la emperatriz. Zewditu y el ras Tafari también tenían diferentes experiencias culturales y políticas y el príncipe fue capaz de disolver cualquier resistencia interna contra su poder. Por lo tanto, con la muerte de Zewditu en 1930, la coronación del ras Tafari como el emperador Haile Selassie I, solamente representó una formalidad y preparó el camino para una nueva visión centralizadora en la política interna etíope.
Italia y la preparación para la guerra
No es de extrañar que, después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Italia estuviera abogando por una revisión del statu quo en el Cuerno de África. El Imperio alemán estaba derrotado y los ganadores, especialmente Francia y el Reino Unido, estaban interesados en repartirse los restos de las posesiones coloniales de Alemania. El Ministerio de las Colonias del Reino de Italia trabajó con miras a la ampliación de la Somalia italiana y al control del ferrocarril y del Banco de Abisinia, para controlar así Etiopía económicamente. Sin embargo, las peticiones exorbitantes que Italia tenía para sus colonias pronto fueron ignoradas por las otras potencias. A parte de las reivindicaciones coloniales, el tratado de paz fue infructuoso para Italia y la frustración por la vittoria mutilata (victoria mutilada) le dio forma al discurso político en la opinión publica italiana, siendo entonces explotado por la propaganda fascista.
Con la subida del fascismo a partir de 1922, las viejas ambiciones empezaron a juntarse con una política más agresiva. El resultado principal fue un intercambio de cartas entre Mussolini y Ronald Graham (1870-1949), embajador británico en Roma, recordado como el «Acuerdo Anglo-Italiano» de 1925. Gracias a este intercambio de notas, Italia obtuvo el reconocimiento de su influencia en el norte de Etiopía. La intención fue guardar el acuerdo en secreto, pero se hizo público, lo que creó un incidente diplomático. Francia, que era parte del acuerdo de 1916, estaba indignada por esta exclusión y Etiopía lamentó las implicaciones imperialistas del tratado, contrarias al espíritu de paridad entre los Estados miembros de la Sociedad de las Naciones.
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No obstante, Mussolini pudo asegurar un rápido acercamiento con Etiopía, como fue demostrado por el Tratado de Paz y Amistad entre los dos países firmado en 1928. Ni el tratado ni la paz fueron de larga duración. Aquellos que estaban a favor de un método subversivo se opusieron a la línea diplomática. El empuje final hacia una solución militar vino de una mezcla de factores internos e internacionales. Mussolini quería desmantelar el orden tambaleante después de la Primera Guerra Mundial establecido por el Tratado de Versalles, que ya estaba amenazado por el ascenso de Adolf Hitler (1889-1945) en Alemania. Además, la guerra, injustificable bajo cualquier pretexto económico, estaba concebida como un instrumento para consolidar el prestigio nacional del Duce.
El casus belli fue el incidente de Wal Wal (1934), un pequeño fuerte en la frontera entre Etiopía y la Somalia italiana. Un enfrentamiento entre las tropas italianas y etíopes se convirtió en el pretexto para que Italia reclamara reparaciones desproporcionadas. Pero antes de lanzar la invasión, Mussolini buscó la aquiescencia crucial de Francia y de Gran Bretaña. Gran Bretaña y Francia creían que el riesgo principal para el equilibrio de la posguerra era Hitler y no Mussolini, así que ambos estaban favorablemente dispuestos a complacer al Duce. En enero de 1935, el Duce se encontró con Pierre Laval (1883-1945), el ministro francés de Asuntos Exteriores, que creía en la necesidad de incorporar a Mussolini en un cordón sanitario contra el activismo de la Alemania Nazi. Los dos firmaron un tratado que, a parte de contener algunos ajustes territoriales menores en África, le daba a Mussolini rienda suelta en Etiopía. Por otra parte, el silencio británico sobre el tema en la Conferencia de Stresa (abril de 1935) y durante la visita del secretario de Asuntos Exteriores Anthony Eden (1897-1977) en Roma (mayo de 1935) fue interpretado como un consentimiento tácito.
La segunda guerra ítalo-etíope
El 3 de octubre de 1935, sin una declaración de guerra formal, Italia comenzó la invasión de Etiopía a partir de las dos colonias de Eritrea y Somalia. Italia fue prontamente denunciada por la Sociedad de las Naciones, condenada y sancionada. Sin embargo, las sanciones fueron completamente ineficaces. Por ejemplo, no incluían ni el petróleo ni el acero, fundamentales para debilitar cualquier iniciativa militar. La invasión de un Estado miembro de la Sociedad de las Naciones por otro miembro era evidencia de la debilidad e ineficacia de este cuerpo internacional para garantizar la seguridad colectiva. Sin ningún ejército a su disposición, la Sociedad de las Naciones no podía ejecutar sus decisiones. A estas alturas, solamente Gran Bretaña podía haber parado la guerra. La Flota británica, con su impresionante superioridad en el Mediterráneo y en el mar Rojo, pudo haber parado fácilmente el despliegue de hombres y armas. Pero el Gabinete británico continuaba con su obstinada política de apaciguamiento, al tratar de encontrar un compromiso que al final vería el desmembramiento de Etiopía de todos modos.
Mussolini puso todo su peso personal y político detrás del éxito de la campaña y no admitió ningún fracaso que pudiera socavar su prestigio. El comandante en jefe de la guerra, el general Emilio De Bono (1866-1944), fue acusado de proceder muy lentamente y fue sustituido por el mariscal Pietro Badoglio (1871-1956). Badoglio estaba autorizado para utilizar el gas mostaza en la guerra, el cual había sido prohibido por la Convención de Ginebra de 1925. Liderando las operaciones desde el sur se encontraba el general Rodolfo Graziani (1882-1955), ya conocido como «el Carnicero de Fezán» por el papel que desempeñó en la colonización italiana de Libia. A pesar de haber recibido la orden de alcanzar una posición más defensiva, Graziani decidió conducir una segunda ofensiva desde el sur. Sin embargo, procedió más lentamente y con más pérdidas que Badoglio, que entró en la capital etíope, Adís Abeba, mientras que Graziani todavía estaba atascado frente a Harar.
En enero de 1936, la primera fase de la guerra fue acompañada de una contraofensiva. Sin embargo, la falta de coordinación entre los comandos militares debilitó al frente etíope, lo que condujo a su derrota en la batalla de Tembien del 20 al 24 de enero. Después de la vulneración de la contraofensiva etíope, las tropas italianas atacaron el monte Amba Aradam, sobrevolado por las fuerzas aéreas. Gracias a su superioridad numérica, el Ejército italiano derrotó a su contraparte etíope más pequeño a finales de febrero en la segunda batalla de Tembien. El epílogo de la guerra sucedió en Mai Ceu el 31 de marzo de 1936, una batalla campal en la que el negus había puesto todas sus últimas esperanzas truncadas.
Derrota etíope y colonialismo italiano
El avance italiano se produjo gracias a la superioridad técnica y al número colosal de personas movilizadas para la guerra. Etiopía sufrió las consecuencias de un embargo pertinaz sobre las armas, lo que resultó en la posesión de un número total de municiones y armamentos modernos muy inferiores a los de su contraparte. Sin embargo, la diferencia más impresionante fue en la fuerza aérea: el negus solamente podía contar con ocho aeronaves en funcionamiento, mientras que Italia contaba con 400 aviones. Es más, Mussolini no quería arriesgar ser superado numéricamente como había sucedido en la batalla de Adua, así que organizó una expedición masiva de fuerzas armadas, corroborada por la presencia de los askaris, las tropas coloniales reclutadas a través de todas las colonias italianas. Fue todo lo contrario de la situación en la batalla de Adua, cuando los etíopes superaban numéricamente a los italianos. Además, el Ejército (y la sociedad) etíope estaba en proceso de cambiar de una estructura feudal a una organización centralizada. La modernización abrupta de la administración etíope, acompañada de un largo período de desvinculación militar, requería más funcionarios públicos que líderes militares.
El 5 de mayo, Mussolini proclamó el establecimiento de un Imperio para Italia. Este incluía Eritrea, Somalia, Libia y Etiopía, que formaron una nueva entidad llamada África Oriental Italiana (AOI). Los primeros virreyes de la AOI, Badoglio y Graziani, representaron el colmo de un control colonial violento, cuyo objetivo era reprimir la resistencia etíope. De hecho, a pesar de la victoria militar, Italia nunca pudo asegurar completamente su control sobre Etiopía; su influencia estaba confinada a las áreas urbanas. Los italianos se enfrentaron a un movimiento de resistencia a nivel nacional, los Arbegnoch, que llevaron a cabo una guerra de guerrillas contra la ocupación.
El evento más famoso vinculado con la resistencia fue el atentado de asesinato fallido del general Graziani el 19 de febrero de 1937. Graziani respondió con un contragolpe brutal; durante tres días, Adís Abeba fue ensangrentada con miles de matanzas indiscriminadas contra la población. La represión se extendió más allá de la capital para doblar a las élites etíopes, como fue el caso en la exterminación de los clérigos coptos de Debre Libanos entre el 21 y el 29 de mayo de 1937. La política de terror se redujo en intensidad cuando Mussolini reemplazó a Graziani con el nuevo virrey Amedeo di Savoia-Aosta (1898-1942), primo del rey, que trató de introducir una administración colonial más parecida al modelo británico de gobierno indirecto.
Sin embargo, el duque de Aosta no podía evitar los dictados pronunciados por Mussolini, que presionaban a favor de la segregación racial entre italianos y etíopes, por ejemplo, prohibiendo los matrimonios mixtos. Etiopía se convirtió en la piedra angular de la política de asentamiento de los agricultores italianos pobres. Pero mientras tanto, las operaciones llevadas a cabo por la resistencia, aun si se caracterizaban por una falta de cohesión, fueron fundamentales para corroer el control italiano sobre Etiopía, ofreciéndole a los británicos un adversario debilitado cuando lanzaron una operación militar contra las colonias italianas en 1941, lo que marcó el fin de cinco años de ocupación italiana.
Edilsa Sofía es una antigua diplomática y educadora, especialmente interesada en las Artes y los asuntos culturales. Además de otros grados, tiene una maestría en traducción literaria.
Fabio es un estudiante de doctorado en Historia Internacional en la London School of Economics (LSE). Actualmente trabaja en la historia del colonialismo italiano y el fascismo italiano, con un interés particular en las relaciones entre el islam y Occidente.
Escrito por Fabio Sappino, publicado el 18 junio 2025. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.