La sexta cruzada (1228-1229), que en opinión de muchos historiadores no fue más que la última etapa retrasada de la fallida quinta cruzada (1217-1221) llevó por fin al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico II (que reinó de 1220-1250), y a su Ejército a Tierra Santa, tal y como había prometido hacer hacía tiempo. Los cristianos habían perdido el control de Jerusalén en 1187, pero por fin lo recuperaron del poder de los musulmanes gracias a la habilidad de Federico como diplomático en vez de a través de las armas. En febrero de 1229 se acordó un tratado con el sultán de Egipto y Siria, al-Kamil (que reinó de 1218-1238), para entregar la Ciudad Santa al Gobierno cristiano. Con esto, la sexta cruzada logró de manera pacífica lo que cuatro cruzadas sangrientas anteriores no habían conseguido.
Prólogo: la quinta cruzada
La quinta cruzada fue convocada en 1215 por el papa Inocencio III (pontífice de 1198-1216). El objetivo era recapturar Jerusalén para la cristiandad, pero el método cambió en esta ocasión; decidieron atacar la parte más débil del califato ayubí (1174-1250): Egipto en vez de la Ciudad Santa directamente. Aunque con tiempo consiguió conquistar Damieta en noviembre de 1219, el ejército cruzado estuvo plagado de peleas entre sus líderes y la escasez de hombres, equipo y barcos adecuados para lidiar con la geografía local. En consecuencia, los occidentales fueron derrotados por un ejército liderado por al-Kamil, el sultán de Egipto y Siria, a orillas del Nilo en agosto de 1221. Obligados a renunciar a Damieta, los cruzados regresaron a casa, otra vez, con muy poco que mereciera la pena. Después hubo recriminaciones amargas, especialmente contra Federico II Hohenstaufen, rey de Alemania y Sicilia, por no aparecer por allí cuando su Ejército podría haber inclinado la balanza en favor de los cruzados. Una consecuencia de la quinta cruzada fue que la decisión occidental de atacar Egipto hizo ver a los ayubíes su propia vulnerabilidad en el sur del Mediterráneo.
Federico II
Aunque Federico II no había hecho nada por la quinta cruzada más que brillar por su ausencia, al final se acabaría convirtiendo en una de las grandes figuras de la Edad Media tal y como resume de manera colorida el historiador T. Asbridge:
En el siglo XIII sus partidarios lo alabaron como stupor mundi, «la maravilla del mundo», pero sus enemigos lo condenarían como «la bestia del Apocalipsis»; hoy en día los historiadores siguen debatiendo si fue un déspota tiránico o un genio visionario, el primer practicante de la realeza renacentista. Físicamente, Federico no impresionaba demasiado: era panzudo, calvo y con mala vista. Pero para la década de 1220 era el gobernante más poderoso del mundo cristiano. (563)
Por tanto, en la época de la sexta cruzada, Federico todavía estaba sorteando los problemas tempranos del largo camino a la grandeza. No había llegado a salir de Europa durante la quinta cruzada, a pesar de prometer que lo haría, porque se había encontrado envuelto en una lucha por el poder con el papado sobre su derecho por ser coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Primero el papa Inocencio III, y luego su sucesor Honorio III (pontífice de 1216-1227), se habían preocupado por el control de Federico tanto de Europa central como de Sicilia, lo que en la práctica rodeaba los Estados Pontificios en Italia. Honorio hizo presión para que Federico cumpliera con sus votos cruzados originales y recuperara Jerusalén para la cristiandad; esta distracción también podría resultar ventajosa para el papado y permitirle recuperar cierto espacio en Italia.
Al final Federico fue nombrado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en el año 1220 y adquirió una conexión más personal con Oriente Medio cuando, en noviembre de 1225, se casó con Isabel II, la heredera al trono del Reino de Jerusalén. Después de todo, el emperador viajaría a Levante y se quedaría con el reino, trono y todo, para sí. Tras reunir un gran ejército cruzado, la partida de Federico, que se había programado hacía tiempo para el 15 de agosto de 1227 se volvió a retrasar, esta vez a causa de una enfermedad (posiblemente cólera). Al nuevo papa, Gregorio IX (pontífice 1227-1241), se le agotó la paciencia y excomulgó al vacilante aspirante a cruzado en septiembre de 1227 tal y como había prometido hacer el papado si no se cumplían las promesas del emperador. No fue una buena manera de empezar la cruzada. Aun así, los líderes cruzados que ya habían ido a Oriente Medio aprovecharon la oportunidad del retraso; utilizaron a sus hombres para ciertas obras de construcción y volvieron a fortificar fortalezas tan importantes como la de Jaffa, la de Cesarea e incluso un nuevo castillo y cuartel general para los caballeros teutones en Montfort.
Federico en el Levante
A pesar de los problemas con la Iglesia, Federico II estaba decidido y llegó a Acre, en Oriente Medio, el 7 de septiembre de 1228 con la idea de hacer lo que tantos nobles no habían conseguido hacer antes: tomar Jerusalén. Sin duda contaba con los hombres mejor entrenados y equipados de cualquier ejército cruzado anterior; casi todos sus guerreros eran profesionales a sueldo que llegaban a alrededor de 10.000 de infantería y puede que hasta 2.000 caballeros. Seguí existiendo el inconveniente de la excomunión de Federico, y el resultado práctico de este detalle fue que algunos de los líderes de las devotas órdenes militares del Levante, en especial entre los templarios y los hospitalarios, sentían que no podían dejarse ver sirviendo a una figura ajena a la Iglesia. El emperador resolvió este problema nombrando a comandantes diferentes y, en teoría, independientes para estos caballeros.
Los planes del emperador también se habían salido de curso un poco con la trágica muerte de Isabel durante el parto en mayo de 1228. Federico decidió reinar como regente de su hijo recién nacido, Conrado, y así asumió el cargo de su suegro Juan de Brienne, que había sido regente de su hija Isabel antes de que se casara. Juan, que había liderado al Ejército de la fallida quinta cruzada, no estaba demasiado contento de que le arrebataran el poder y juró vengarse. Federico no estaba libre de oposición en el reino de Jerusalén, donde muchos nobles se resistían a cualquier cambio en el statu quo político. Los planes de Federico de redistribuir ciertas tierras hereditarias, junto con su promoción de la orden militar de los caballeros teutones eran dos puntos especialmente problemáticos.
Jerusalén: una paz negociada
Federico y su Ejército partieron de Acre en dirección a Jaffa a principios de 1229 para presentar la amenaza que llevaban prometiendo desde la quinta cruzada. Al mismo tiempo, al-Kamil se enfrentaba a una peligrosa coalición de rivales dentro de la dinastía ayubí. En los últimos dos años, el hermano del propio sultán, al-Mu'azzam, emir de Damasco, había unido fuerzas con mercenarios turcos, los corasmios, para amenazar el territorio de al-Kamil en el norte de Irak. Al-Mu'azzam murió de disentería en 1227, pero eso no eliminó la amenaza que suponían sus seguidores, en especial hacia sus intereses en Damasco, que ahora estaba gobernada por el sobrino rebelde de al-Kamil, al-Nasir Dawud. En consecuencia, ambos líderes entablaron las negociaciones para evitar una guerra que causaría graves daños a los intereses comerciales de los dos en la región.
Sin duda, saber árabe, aunado a su simpatía general hacia la cultura, ayudó a Federico en sus esfuerzos diplomáticos; el emperador contaba con su cuerpo personal de guardaespaldas musulmanes y un harén, productos del tiempo que pasó en Sicilia con su importante población árabe. Por su parte, Al-Kamil ya había ofrecido Jerusalén durante las negociaciones con los participantes de la quinta cruzada y, de ser necesario, siempre podía retomar la ciudad una vez que este Ejército regresase a Europa. Parece que ambos líderes preferían salvaguardar sus propios imperios y sus posesiones en otras partes, mucho más importantes, que discutir por Jerusalén. Al mismo tiempo, se podía inflar cualquier ganancia y minimizar las concesiones al presentar el acuerdo a sus respectivos seguidores.
El 18 de febrero de 1229 se firmó el Tratado de Jaffa entre ambos líderes, que permitía a los cristianos volver a ocupar los lugares sagrados de Jerusalén a excepción del área del Templo, que seguía bajo el control de las autoridades religiosas musulmanas. Los musulmanes residentes tendrían que marcharse de la ciudad, pero podrían visitar los lugares sagrados en peregrinación. Según los términos detallados del acuerdo, no estaban permitidas ninguna adición artística ni construcción nueva en los lugares santos. Tampoco podían construir fortificaciones (aunque más tarde se discutiría si esto se aplicaba a Jerusalén o no). Incluidos en este acuerdo había otros lugares importantes de gran relevancia para los cristianos, tales como Belén o Nazaret. El sultán, a cambio de estas concesiones, consiguió una garantía de tregua de 10 años y la promesa de que Federico defendería los intereses de al-Kamil contra sus enemigos, cristianos incluidos.
Después, Federico entró triunfal en Jerusalén el 17 de marzo de 1229 y se coronó en una ceremonia improvisada en el Santo Sepulcro. Sin embargo, ofendió a los nobles locales al no haber consultado con ellos durante el proceso de negociación y los plebeyos tampoco apreciaron demasiado a este monarca extranjero que se estaba metiendo en sus asuntos. Un grupo de latinos agraviados de Acre llegaron incluso a tirarle carne y entrañas al emperador cuando salió de su casa en mayo de 1229. Federico tenía que volver urgentemente a Italia porque el papa Gregorio IX había aprovechado con mucho cinismo la ausencia del emperador para invadir el sur de Italia, donde Sicilia era su objetivo final. Resulta revelador que el líder del Ejército del papa fuera el suegro de Federico, Juan de Brienne.
Las secuelas
Jerusalén seguiría en manos cristianas hasta 1244, aunque Acre siguió siendo la capital del Reino de Jerusalén. Una vez que el emperador se hubo marchado, sus dos regentes no eran nada populares así que los nobles latinos continuaron como antes, con una dañina competición por el control de los Estados cruzados. Mientras tanto, al-Kamil recibió críticas por su tratado de paz de los musulmanes de todas partes, incluso entre los príncipes ayubíes, pero al final se hizo con el control de Damasco. El control musulmán de Oriente Medio se afianzó mucho más cuando un gran ejército latino fue derrotado en la batalla de La Forbie en octubre de 1244. Estos acontecimientos desembocaron en la séptima cruzada (1248-1254) y la octava cruzada (1270), que volverían a repetir la estrategia de atacar las ciudades musulmanas del norte de África y Egipto. Ambas campañas estuvieron dirigidas por nada menos que el rey francés Luis IX (que reinó de 1226-1270), pero ninguna tuvo demasiado éxito, a pesar de que más adelante canonizarían a Luis por sus esfuerzos.
