La quinta cruzada (1217-1221) fue convocada por el papa Inocencio III (pontífice de 1198-1216) con el objetivo de recuperar Jerusalén del control musulmán, igual que en las cruzadas anteriores; solo que, esta vez, la estrategia consistía en debilitar al enemigo atacando primero ciudades musulmanas en el norte de África y Egipto, que en ese momento estaba bajo el control de la dinastía ayubí (1174-1250). La idea de que Egipto sería un objetivo más fácil que Jerusalén resultó ser una equivocación y la campaña no tuvo éxito. Aunque con tiempo consiguió conquistar Damieta, el ejército cruzado estuvo plagado de peleas entre sus líderes y la escasez de hombres, equipo y barcos adecuados para lidiar con la geografía local. Derrotados a orillas del Nilo, los cruzados regresaron a casa, otra vez, con muy poco que mereciera la pena.
Cruzadas anteriores
La cruzada anterior, la cuarta (1202-1204) había sido convocada por el papa Inocencio III para retomar Jerusalén en 1202. En vez de eso, los cruzaros saquearon Constantinopla en 1204 y los territorios bizantinos se dividieron entre Venecia y sus aliados. El objetivo de volver a poner Jerusalén bajo un gobierno cristiano seguía siendo una meta importante para la Iglesia, así que se convocó otra cruzada más, la quinta, en 1215, de nuevo con el papa Inocencio III.
Durante la tercera cruzada (1189-1192), Ricardo I de Inglaterra (1189-1199) había promovido la idea de atacar los Estados musulmanes, no a través de sus castillos y fortalezas de las ciudades en el Levante, sino en la parte más débil del Imperio musulmán ayubí: Egipto. En esta ocasión adoptarían esa estrategia con la esperanza de que, si caía Egipto, entonces Jerusalén, sin posibilidad de refuerzos o suministros, también caería.
La dinastía ayubí la había fundado Saladino (que reinó de 1174-1193) y gobernaría Egipto hasta que fue conquistado por los mamelucos en 1250. En la época de la quinta cruzada, el sultán de Egipto, y por tanto el gobernante con el cargo más alto del Oriente Medio musulmán, era Sayef al-Din al-Adil (que reinó de 1200-1218), hermano del difunto Saladino. Aunque existía una tregua incómoda entre los Estados Latinos del Este (que era como se conocían los Estados cruzados de Oriente Medio) y los ayubíes, la fortificación reciente de estos últimos del monte Tabor en Galilea amenazaba el territorio cruzado de Acre y sus alrededores. Esta fue la acción que Inocencio III utilizó para prender las llamas del fervor religioso entre los líderes de Europa Occidental.
Reclutamiento
Por primera vez en la preparación de la quinta cruzada, la predicación de la cruzada, que era básicamente su método de reclutamiento de voluntarios, se organizó por áreas geográficas con directrices para las juntas provinciales y sus delegados sobre cómo persuadir a la gente y a quién intentar convencer. Había hasta manuales de sermones modelo diseñados para avivar mejor el fervor y el entusiasmo por la causa. Tenían que buscar especialmente a nobles y caballeros con las habilidades y los medios necesarios para viajar y luchar para poder evitar movimientos populares no oficiales como la llamada cruzada de los niños de 1212 en la que participaron campesinos y niños.
En teoría, el papa Inocencio III amplió el llamado a todos los hombres, excepto los monjes, pero a todos aquellos que no tenían habilidades militares se los alentaba, o incluso se los obligaba, a «redimir sus votos» y aportar fondos a la causa en vez de ir en persona. Los que pagasen pero no viajasen recibirían igualmente el beneficio de una remisión de sus pecados, prometió el papa. Además, como ya era política papal para entonces, se le impuso un impuesto al clero (una vigésima parte de los ingresos durante un periodo de tres años) para ayudar a financiar la cruzada. La perspectiva de aventura, de ganancias económicas del botín de guerra y la mejora del estatus social al adquirir y títulos y honores nuevos eran motivos extra aparte de la convicción religiosa.
La campaña de reclutamiento funcionó muy bien especialmente en Alemania, Gran Bretaña, Italia, Hungría y los Países Bajos. El papa Inocencio III murió el 16 de julio de 1216 antes de que tuviera la oportunidad de ver despegar su cruzada, pero su sucesor, el papa Honorio III (pontífice de 1216-1227), no tenía intención alguna de suspender la campaña. El líder original de la cruzada, y una especie de golpe de Estado dada la ausencia de reyes en la cuarta, fue Federico II, el rey de Alemania y futuro emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (que reinó de 1220-1250). Por desgracia, Federico no pudo partir debido a problemas políticos internos con su propio imperio y su continua disputa con el papado sobre su deseo de controlar tanto las tierras alemanas como Sicilia, algo que el papa deseaba evitar por miedo a verse rodeado.
Egipto y Damieta
En mayo de 1218, el ejército cruzado desembarcó al oeste de la ciudad de Damieta en Egipto. El plan era hacerse con la ciudad, que por aquel entonces tenía una población de unos 60.000 habitantes y luego marchar a lo largo del Nilo hacia El Cairo, a unos 160 kilómetros de distancia. El ejército, que puede que contara con unos 30.000 hombres en su punto álgido, estaba compuesto de caballeros cruzados europeos así como de barones del Este latino y caballeros de las tres principales órdenes militares: los caballeros hospitalarios, los templarios y los teutones. El ejército en el campo estaba dirigido por Juan de Brienne, rey del Reino de Jerusalén (que reinó de 1210-1225), pero uno de los problemas de la quinta cruzada sería la falta de liderazgo claro y estrategia decisiva.
El hombre encargado de liderar al ejército musulmán y de defender Egipto era al-Kamil, hijo del sultán y su sucesor desde agosto de 1218 (hasta 1238). Damieta, el primer objetivo de la cruzada, tenía tres anillos de fortificaciones formidables. También había un foso entre la primera y la segunda muralla y 28 torres construidas en la segunda. Sería difícil de pelar, pero la ciudad, tal y como destacó un cruzado, «era la entrada a todo Egipto (Asbridge, 552)».
El ejército cruzado estableció su campamento en la orilla oeste, al otro lado del río. El primer obstáculo incluso antes de que los invasores llegaran a la propia ciudad era rebasar una enorme cadena que colgaba entre los muros de la ciudad y una isla pequeña pero fortificada en el delta del Nilo. Esta cadena bloqueaba el acceso al puerto de la ciudad. Los cruzados se pasaron varios meses intentando atacar la torre-cadena de 21 metros (70 pies) de alto. La torre tenía una guarnición de 300 hombres que se podían sustituir gracias a un puente construido de barcos que unían la torre con Damieta. Los cruzados no lograron capturarla, y bajar la cadena, hasta el 24 de agosto, cuando utilizaron una torre de asedio construida sobre dos barcos unidos.
Sin embargo, tomar la torre de la cadena no era lo mismo que capturar Damieta y la ciudad se alzaba todavía, formidable, al otro lado de las aguas. También existía la amenaza latente de al-Kamil, que mantenía una estación con un gran ejército acampado en la orilla este del río. Es importante mencionar que se acercaba el invierno y, para complicarles las cosas aún más a los cruzados, el Nilo inundó su campamento durante una tormenta el 29 de noviembre de 1218. Aparte, también volvieron a surgir los eternos problemas de reabastecimiento que siempre acosaban a los ejércitos de asedio y abundaba el escorbuto. Cabe imaginar que a los habitantes de Damieta tampoco les iba mucho mejor.
Ambas partes se mantuvieron enfrentadas todo el invierno, la primavera y el verano de 1219. Los cruzados estaban lo suficientemente atrincherados como para que cualquier ataque al campamento resultara extremadamente peligroso, pero no tenían la fuerza necesaria para un asalto a gran escala a la ciudad o al ejército de al-Kamil. De hecho, algunos contingentes de cruzados tuvieron que regresar a casa y los que se quedaron esperaban que la balanza se inclinara a su favor cuando Federico II llegó al fin con un gran ejército, como les habían prometido hacía tiempo.
Cuando llegaron noticias de que Federico no acudiría hasta el año siguiente, los cruzados se reunieron, impulsados por la llegada de nada menos que Francisco de Asís, que intentó, sin lograrlo, convencer a los musulmanes de que no cabía duda de que Dios no estaba de su lado. En el otoño de 1219 estaba claro que los niveles más bajos de lo normal del Nilo aquel año habían reducido las cosechas y entonces la inanición se convirtió en una posibilidad para ambos bandos.
Una ofrenda de paz
En septiembre, al-Kamil, puede que al darse cuenta de que a la guarnición de Damieta le quedaba poco tiempo y temiéndose la llegada de un ejército cruzado aún más grande, ofreció una tregua con términos extraordinarios. Él conservaría Damieta y, a cambio, les daría a los latinos el control de Jerusalén. A pesar de la importancia religiosa para ambos bandos, la Ciudad Santa tenía un valor económico o incluso estratégico muy limitado y llevaba mucho tiempo olvidada por los ayubíes. También se entregaría parte de Palestina, lo que demuestra que a al-Kamil estaba más interesado en su amplio imperio, en especial las tierras mucho más ricas de Egipto y Siria.
Teniendo en cuenta que el objetivo de la cruzada consistía en tomar Jerusalén después de conquistar Egipto, resulta sorprendente que parte del liderazgo cruzado decidiera rechazar esta oferta de la Ciudad Santa. John de Brienne y los caballeros teutones estaban dispuestos a aceptar, pero los templarios, los hospitalarios y los venecianos, así como el líder religioso de mayor autoridad, el cardenal Pelagio, se negaron. Este último grupo estaba preocupado porque, sin las fortalezas clave de Kerak y Montreal con las que quería quedarse al-Kamil, a los cruzados les resultaría difícil mantener sus conquistas si después estallaba otra guerra con los ayubíes. Lo más importante de todo es que la llegada de Frederick, más tarde que pronto, significaría casi con certeza la victoria para los occidentales, con lo que podría tomar lo que quisieran, incluido Egipto. Así que el asedio siguió adelante.
Tras el rechazo de su ofrenda de paz, al-Kamil pasó a la ofensiva y atacó el campamento cruzado, pero este logró repeler al ejército. En noviembre de 1219 los cruzados atacaron Damieta y, tras colarse por una torre en ruinas, consiguieron quebrantar las escasas defensas que le quedaban a la ciudad. Los cruzados se sorprendieron al ver el estado del enemigo; las calles estaban cubiertas de cuerpos y los que seguían vivos sufrían de malnutrición extrema y enfermedades.
La marcha a El Cairo y la derrota
Damieta sería el único éxito de la campaña para los cruzados. Al-Kamil aprovechó la indecisión de los cruzados sobre lo que hacer a continuación y, como precaución, trasladó a su ejército a 40 km (25 millas) al sur, todavía a orillas del Nilo. Mientras tanto, los cruzados debatían sobre quién debería controlar su nuevo premio. Los representantes del papa querían dejárselo a Federico, mientras que John de Brienne lo quería para sí, y para respaldar aún mejor su reclamo, empezó a acuñar sus propias monedas. Al final llegaron a un compromiso por el cual John tendría la custodia de la ciudad hasta que llegase Federico. Algo aún más crucial para la cruzada era el debate sobre el siguiente paso de la campaña: marchar y tomar El Cairo o utilizar Damieta como moneda de cambio para hacerse con territorios en Palestina, incluida Jerusalén. Sorprendentemente, tuvo que pasar un año y medio y tuvo que llegar un ejército de Alemania a las órdenes de Ludwig de Bavaria para que los cruzados se decidieran por la primera opción, e incluso así en la primavera de 1221 se movieron como caracoles por tierra y por mar para llegar a su objetivo.
Mientras tanto, al-Kamil podía aprovechar la oportunidad de la indecisión enemiga para fortificar su campamento en El Mansura y pedir el apoyo de sus aliados en Siria y Mesopotamia. En julio de 1221, los cruzados empezaron el ataque contra el enemigo en El Mansura. Sin embargo, al-Kamil había elegido bien su emplazamiento y resultaba fácil de defender gracias a su posición en la unión de un tributario con el Nilo propiamente dicho. Además de eso, en tan solo un mes, volvería a ocurrir la subida anual del Nilo. Aunque no parecía que a los cruzados les corriera ninguna prisa, el tiempo estaba de parte de los musulmanes, no de la suya.
El astuto al-Kamil, que esperaba ansiosamente un ejército de apoyo y las inundaciones venideras, eligió ese momento para ofrecer un nuevo acuerdo de tregua con el enemigo, tal vez en un intento de retrasarlos aún más. Pero los cruzados rechazaron los términos y, tras derrotar a un pequeño grupo de asaltantes, se precipitaron a atacar el campamento fortificado de al-Kamil en agosto. El líder musulmán les permitió avanzar sin problemas y luego hundió cuatro barcos detrás del ejército cruzado para que no se pudieran retirar con rapidez. Mientras tanto, los ejércitos musulmanes habían llegado del norte y, asumiendo la posición noreste, bloquearon cualquier retirada por tierra de los cruzados. Fue en ese momento cuando las aguas del Nilo empezaron a crecer. Los barcos cruzados empezaron a encallar en las aguas traicioneras y se produjo una retirada caótica. Cuando al-Kamil abrió las esclusas en los campos circundantes, el área entera se inundó hasta la altura de la cintura. El 28 de agosto de 1221 el ejército cruzado se rindió y acordaron una tregua. Al-Kamil recuperó Damieta y todos los prisioneros musulmanes. El ejército cruzado regresó a casa sin más molestias. A pesar de todo el dinero, el esfuerzo, la planificación y el fervor, la quinta cruzada fue otro fracaso espectacular.
Las secuelas
En los años posteriores a la quinta cruzada hubo muchos debates y acusaciones sobre quién era exactamente el culpable del desastre. Sin embargo, la decisión de Occidente de atacar Egipto directamente en vez de Jerusalén perturbó a los ayubíes sobre lo que podría suceder si un segundo ejército cruzado más grande realizaba un segundo intento más decisivo. Puede que esta amenaza facilitara las negociaciones de la sexta cruzada (1228-1229), liderada por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico II, quien, cuando por fin decidió participar en el movimiento cruzado y llegó a Oriente Medio en septiembre de 1228, consiguió, de manera bastante irónica, el control de Jerusalén en un año mediante la diplomacia en vez de la guerra en sí.
