El deseo de Gran Bretaña de proteger su imperio y el de Alemania de construir el propio fomentaron la carrera armamentística que antecedió a la Primera Guerra Mundial; otro factor fue un sentimiento de sospecha generalizado entre las grandes potencias, lo que llevó a la formación de dos bloques aliados opuestos. La Marina Real británica y la Marina Imperial alemana compitieron en el desarrollo de los acorazados dreadnought (también llamados acorazados monocalibre), competencia que Gran Bretaña ganó a la larga. La carrera armamentística no fue la única ni la principal causa por la que estalló la guerra en Europa en 1914, pero sin duda se trató de una de las muchas que culminaron en la Gran Guerra.
El káiser Guillermo II de Alemania (1859-1941) llegó al poder como emperador en 1888 (reinó hasta 1918) y fomentó la expansión militar y territorial con el fin de asegurar los recursos naturales que requería la floreciente economía alemana. A esta política se la denominó Weltpolitik («política mundial»). El canciller de Guillermo, Bernhard von Bülow (1849-1929), y el ministro de la marina, el almirante Alfred von Tirpitz (1849-1930) no podían estar más de acuerdo con la nueva política, porque tenía el valor agregado de distraer a la población de los problemas domésticos, como el poder menguante de los Junker (la antigua nobleza terrateniente de Prusia) a consecuencia del proceso de industrialización y democratización. En síntesis, el imperio alemán resultaba pequeño en comparación a los de Gran Bretaña y de Francia. Para restaurar el orgullo alemán, se invertiría más en el armamento necesario para tomar territorios de las potencias rivales. La prensa ultranacionalista garantizó que las masas apoyaran la agresiva política exterior alemana. El emperador alemán no dudó en que podría expandir el territorio nacional con poco esfuerzo dado que creía (al igual que la mayoría de los expertos militares) que un conflicto en Europa no duraría mucho.
La Alemania Imperial construyó 14 acorazados entre 1900 y 1905.
La Weltpolitik alemana no hizo más que empeorar la inestabilidad de las relaciones internacionales. Como señala el historiador F. McDonough: «la política alemana generó gran tensión, logró poco y echó a perder las relaciones internacionales» (pág. 9). Y agrega el historiador D. Khan: «Desde la década de 1890, la Alemania Imperial era, en esencia, una potencia insatisfecha, ansiosa por disrumpir el statu quo y lograr sus metas de expansión, hostigando si era posible, y guerreando si era necesario» (pág. 209). En resumen, Alemania se percibía como el enemigo número uno en lo que respecta a la paz mundial; por lo que algunos países comenzaron a formar alianzas para contrarrestar el auge del poder alemán.
El objetivo de la carrera armamentística alemana era dar alcance a Gran Bretaña: la nación más avanzada en aquel tiempo. En 1897, el káiser le encargó al almirante Tirpitz que construyera una «flota de primera categoría», proyecto inducido por las leyes navales de 1898 y 1900. Hacia los primeros años del siglo XX, Francia era «una potencia naval de segunda clase» (Bruce, p.139) y los Estados Unidos buscaban una política de aislamiento; por lo tanto, Alemania vio la oportunidad de expandir su flota, la que podría convertirse en una herramienta indispensable en el programa de expansión imperial de la Weltpolitik. El plan secreto y ambición de Tirpitz era la construcción de una flota gigante de 60 acorazados antes de 1920.
No hay duda de que Alemania se sentía amenazada por los cambios en las alianzas internacionales, por lo que consideraba que una flota poderosa podría disuadir posibles amenazas. En 1894, Francia y Rusia firmaron un tratado. En 1902, Gran Bretaña firmó una alianza con Japón. En 1904, Gran Bretaña y Francia firmaron un acuerdo, la Entente Cordial, que subsanaba intereses conflictivos en África y Asia, pero no incluía la asistencia mutua en caso de una guerra en Europa. Puede que el emperador alemán creyera que una flota lo suficientemente poderosa disuadiría a Gran Bretaña de entrar en una guerra en Europa. Los resultados de la política de armamento fueron obvios: Alemania construyó 14 acorazados entre 1900 y 1905; el problema evidente fue evitar que los espías extranjeros se enterasen de la construcción de acorazados gigantes.
El Imperio británico
Las ambiciones navales de Alemania también se enfrentaban al problema de que Gran Bretaña no se había dormido en los laureles, sino que estaba decidida a mantenerse a la cabecera de cualquier carrera armamentística, en especial en lo que refería a la Marina Real, dado que se trataba del eslabón vital que mantenía unidos los puntos distantes del imperio mundial británico, que comprendía alrededor de 400 millones de personas en más de 50 países. Gracias a la Revolución Industrial y los siglos de ambiciones imperialistas que le siguieron, la disponibilidad de recursos y capacidad militar de la que gozaba Gran Bretaña la convertía en el país más poderoso y opulento de todos. Decidida a mantenerse al frente, Gran Bretaña aseguraba su superioridad mediante el «estándar de las dos potencias», es decir, el poder de la flota británica tenía que ser al menos igual a la fuerza combinada de las dos siguientes armadas más grandes del mundo.
A consecuencia de la fuerza naval británica, los gobiernos británicos que se fueron sucediendo consideraban que podían subsistir en un «espléndido aislamiento» en lo que refería a la política mundial y que no necesitaban depender de alianzas. Como ya se mencionó, desde principios del siglo XX, esa política comenzó a cambiar en respuesta a la formación de alianzas de otras potencias europeas. En 1907, al acuerdo Entente Cordial le siguió el acuerdo ruso-británico, que aplacaba las reivindicaciones rivales sobre Afganistán, el Tíbet y Persia (actual Irán). El mismo año se formó la Triple Entente, conformado por Gran Bretaña, Francia y Rusia; las tres potencias también firmaron acuerdos navales. En 1912, se reforzó la alianza entre la nación británica y la francesa cuando aquella prometió la formación de una fuerza expedicionaria de 150.000 hombres, que sería enviada a Francia en el caso de que fuera necesario. Aunque el brazo naval seguía siendo el más fuerte de los británicos, también en este aspecto hubo un cambio, porque el Almirantazgo comenzó a sopesar las ventajas de concentrarse menos en el número de barcos y más en las capacidades combativas de las naves en comparación a los competidores.
La carrera naval anglo-germana
Los acorazados dreadnought británicos estaba diseñados para tener armas tan poderosas y un blindaje que volverían obsoletos todos los navíos enemigos; en 1906, zarpó el primero de estos, el HMS Dreadnought. En teoría el diseño revolucionaría el combate naval; sin embargo, hay que resaltar que hubo muy pocos enfrentamientos navales en la Primera Guerra Mundial. Este acorazado tenía cañones de 12 pulgadas (305 mm) y protección contra torpedos; fue el primero en emplear solo motores de turbina y podía alcanzar una velocidad de 21 nudos, más veloz que cualquier otro barco de guerra. Y lo mejor para el Almirantazgo era que este navío de 18.000 toneladas se había construido en apenas 12 meses, lo que implicaba que podían expandir la flota con rapidez como para incluir a varios de estos gigantes de las mareas.
Luego de que el Reichstag (el Parlamento alemán) aprobara una nueva ley naval en 1906, la marina alemana empleó una mejora similar para sus acorazados en respuesta al lanzamiento del HMS Dreadnought. A su vez la Marina Real británica diseñó buques de guerra aun más poderosos, los buques capitales de la clase superdreadnought. Esta competencia drenó los fondos de los dos gobiernos a lo largo de los siguientes seis o siete años.
Gran Bretaña no tuvo más remedio que incrementar el gasto naval anual de 31,5 millones a 50 millones de libras esterlinas.
Gran Bretaña también construyo un nuevo tipo de crucero de batalla, armado como un buque de guerra clase dreadnough (pero con solo ocho cañones de 10 pulgadas o 254 mm) y que alcanzaba una mayor velocidad de 25,5 nudos gracias a un blindaje más liviano. En 1913, Alemania respondió lanzando cruceros de batalla similares, como el Derfflinger y el Lützow, que tenía un armamento de mayor calibre (ocho cañones de 12 pulgadas o 305mm) y alcanzaba una velocidad máxima de 28 nudos, además de contar con un mejor blindaje que el crucero británico. En respuesta, los británicos desarrollaron un crucero aún más grande, el HMS Tiger, que contaba con cañones de 13,5 pulgadas (343 mm) y llegaba a una velocidad máxima de 29 nudos.
Hacia 1914, el país insular poseía el doble de acorazados que Alemania y una mayor cantidad de cruceros de batalla. La ferocidad de la carrera armamentística, la propaganda política y las caricaturas de la prensa «agriaron la actitud británica hacia Alemania más que cualquier otro factor» (McDonough, pág. 12). La carrera armamentística tuvo un gran costo financiero: Gran Bretaña no tuvo más remedio que incrementar el gasto naval anual de 31,5 millones a 50 millones de libras esterlinas. Pero esa carrera creó empleos en la industria siderúrgica y la de construcción de navíos, lo que resultó popular entre la prensa y el público, como indica el historiador J. Keegan: «Superar a Alemania en la construcción de buques de guerra modernos era el aspecto más importante y renombrado de la política pública británica» (pág. 19).
La carrera armamentística naval y la amenaza en aumento de los barcos alemanes llevó a Gran Bretaña a trasladar su base marítima principal hacia un lugar más seguro al norte en Scapa Flow, situado en las islas Orcadas de Escocia, lo que conllevó consecuencias políticas, como explica H. Strachan:
El traslado a Scapa Flow proveyó a Francia del argumento de que las fuerzas navales francesas se encargaban de proteger los intereses británicos en el Mediterráneo. Ese asunto tuvo una influencia decisiva en el sentido del deber que Gran Bretaña tenía hacia su principal socio de la entente. (pág. 12)
Poniendo a prueba al enemigo
En el sistema de alianzas anterior a la Primera Guerra Mundial había dos bloques enfrentados: la Triple Entente contra la Triple Alianza, conformada por Alemania, Austria-Hungría e Italia. En principio la Triple Alianza era la más débil, dado que el Imperio austrohúngaro solo tenía un Ejército anticuado e Italia no era de fiar (lo que resultó cierto cuando esta decidió unirse al grupo de la Triple Entente en la guerra). En 1911, Alemania envió una cañonera a Marruecos con el fin de poner a prueba la resistencia de la Entente, el episodio se conoció como la segunda crisis marroquí, pero, al igual que en la primera, Alemania se vio obligada a retirarse ya que Gran Bretaña, Rusia y Francia se mantuvieron unidas. A causa de la crisis, todos esperaban que las potencias terminaran en guerra tarde o temprano. Como era de esperar, se aceleró la carrera de armas; en 1912, el káiser anunció un marcado incremento en los gastos destinados al Ejército y la Marina. A estas alturas Alemania gozaba de la segunda flota más grande del mundo, aunque Gran Bretaña todavía poseía el doble de acorazados dreadnought. Sin embargo, el Ejército era harina de otro costal.
Fuerzas terrestres y aéreas
En 1912, el ejército de Alemania rondaba poco más de 750.000 hombres; en comparación, Rusia tenía un ejército de un millón y medio de hombres y Francia, una fuerza de 600.000 soldados, mientras que los austrohúngaros contaban con unas 450.000 tropas. Por un lado, si se incluye la fuerza expedicionaria británica, los ejércitos de la Triple Entente sumarían más de dos millones de hombres. Por el otro lado, si se descuenta a Italia, porque resultaba poco probable de que participase activamente durante la guerra, por lo menos al principio, entonces aquellos se enfrentarían a los poco más de un millón de soldados de la Triple Alianza. Los Ejércitos incluían divisiones de infantería y caballería y dependían de las levas, aunque los alemanes contaban con la ventaja de tener oficiales experimentados y bien entrenados; además, los reclutas alemanes provenían de reservas que ya habían recibido entrenamiento militar. Por otro lado, el Ejército británico era el mejor equipado y entrenado (sobre todo en lo que respecta a rifles automáticos), pero como el foco del ejército se hallaba en la marina, el ejército de tierra no resultaba muy grande. Con el inicio de la guerra, todas las partes involucradas comenzaron a reclutar un mayor número de tropas, además de que contaron con la participación de voluntarios listos para servir a su país.
Todas las potencias habían gastado mucho dinero en los años que antecedieron a la guerra para expandir sus fuerzas armadas, pero, de todos modos, no dejaba de ser una pequeña parte del presupuesto total con el que contaban. En términos de porcentajes del producto bruto interno (PBI), en 1914, el gasto en armamento se desglosaba de la siguiente manera: Gran bretaña, 4,9%; Rusia, 4,6%; Francia, 3,9%; Alemania, 3,5%; y Austria-Hungría, 1,9% (McDonough, pág. 34). Quizás resulte significativo que el Estado que menos invertía en armamentos, Austria-Hungría, parecía el que más predispuesto estaba para la guerra, hecho que muchos historiadores apuntalan para indicar que la carrera armamentística no era más que un factor menor en las causas de la primera guerra mundial.
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En comparación a sus rivales, el ejército alemán no contaba con la misma cantidad de soldados ni con el mismo presupuesto, pero disfrutaba de ciertos puntos fuertes. Uno de estos era el énfasis en la movilidad, algo que Francia, por ejemplo, había ignorado en favor de las defensas estáticas. Otro punto fuerte era la artillería alemana, que incluía las «Gran Bertas», cañones gigantes de 42 cm (16,8 pulgadas) desarrollados por las industrias Krupp, tan grandes que se montaban in situ.
Durante el transcurso de 1914, las aeronaves fueron un aspecto poco explorado y principalmente experimental. El Real Cuerpo Aéreo británico tenía 179 aeronaves a su disposición (la gran mayoría no funcionaba) cuando estalló la Gran Guerra y el Real Servicio Aéreo Naval tenía menos de 80 aviones. La Fuerza Aérea alemana tenía más aeronaves que Gran Bretaña, alrededor de 240, pero como ya se mencionó, la guerra aérea no fue un aspecto importante hasta 1915 cuando se formaron los primeros escuadrones de luchadores alemanes.
Los alemanes desarrollaron las aeronaves rígidas, y Francia y Gran Bretaña no tardaron en copiarlos para introducir una nueva amenaza aérea a la guerra moderna. Los bombardeos con zepelines durante la Primera Guerra Mundial resultaron tener un mayor impacto en el aspecto psicológico que en el físico. Una innovación mucho más peligrosa fueron los submarinos que Gran Bretaña, Francia y Alemania habían producido. Este apenas contaba con unos 20 submarinos, llamados U-Boot (también conocidos como U-Boat) en 1914, número que palidecía en comparación a la fuerza combinada de 200 submarinos de las flotas francesa y británica. Cuando estalló la guerra, la flota alemana se expandió velozmente, y lo más importante es que los submarinos fueron adaptados para su uso en altamar, donde podían atacar barcos mercantes y acorazados lentos con relativa impunidad. Al final, en el afán por poseer una mayor cantidad de acorazados dreadnought, se habían olvidado de que dos buques de guerra bombardeándose entre ellos ya era un concepto anticuado. El combate naval moderno sería más sobre el taimado en el que los navíos civiles serían un blanco tan válido como los militares.
Detrás de la escenas, sin dudas Alemania se estaba preparando en secreto para la guerra. El plan Schlieffen, que detallaba el ataque a Francia, se planteó en 1905 y se realizaron modificaciones para adecuarlo a la realidad de 1914. Los generales de otros países, como Francia, Rusia y Austria-Hungría, también estaban preparando planes de ataques sobre sus vecinos. Tampoco se quedaron rezagados los almirantes de la Marina Real británica, que, ya para 1908, habían preparado un estudio de viabilidad para lograr un bloqueo total de Alemania.
Hacia 1914, el gasto combinado de las mayores potencias europeas en armamento llegaba a un total de 400 millones de libras esterlinas (que equivalen a 40 mil millones hoy día), y era muy probable que Alemania tuviera que luchar en dos frentes (este y oeste) si estallaba la guerra entre las dos alianzas europeas principales. En el verano de 1914 en Sarajevo, asesinaron al archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero de la corona de Austria-Hungría; el asesinato puso en marcha una serie de cambios diplomáticos que culminaron en la declaración de guerra entre las potencias más importantes de Europa a mediados de agosto de 1914. Contrario a lo que se esperaba, lo que siguió fue una larga guerra, en la que predominó la infantería y las tácticas estáticas. El glamor de la carrera tecnológica armamentística que duró hasta 1914 no tardo en desaparecer en el barro, la monotonía y las masacres de la guerra de trincheras.
Soy traductor técnico-científico y literario de inglés a español, aficionado a la Historia desde muy pequeño. La posibilidad de combinar las dos disciplinas me parece una oportunidad imperdible e invaluable.
Mark es el director de Publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 01 octubre 2025. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.