Jeremy Bentham (1748-1832) fue un filósofo y reformador social liberal inglés, conocido sobre todo por ser el fundador del utilitarismo, que se basa en el principio de la mayor felicidad; es decir, juzgar racionalmente la eficacia de una ley según la cantidad de gente a la que hace feliz. Bentham definió la felicidad como la presencia de placer y la ausencia de dolor, criterios que también aplicó para definir el comportamiento moral.
Primeros años
Jeremy Bentham nació en Spitalfields, Londres, el 15 de febrero de 1748. Tanto su padre como su abuelo habían ejercido la abogacía, por lo que Jeremy también estudió Derecho en la Universidad de Oxford tras cursar una educación más básica en las humanidades clásicas en la Westminster School. Tras obtener su título en 1772, Bentham prefirió la filosofía al derecho, una actividad que pudo dedicarse a ella gracias a sus ingresos independientes. H. Popkin ofrece el siguiente resumen sobre su carácter:
Bentham era una persona extremadamente tímida y sensible; siempre se sentía inseguro en compañía de extraños… Escribió profusamente, pero prácticamente no publicó nada por voluntad propia; sus amigos le obligaban literalmente a publicar sus escritos y, cuando se negaba, los publicaban por él a escondidas. (37)
Bentham criticó algunos conceptos clave de la Ilustración, en particular la idea de los derechos naturales y el contrato social. Describió tales teorías que implicaban derechos inalienables como «tonterías sobre zancos» (Blackburn, 417). En su opinión, tan solo las leyes creaban derechos. Bentham evaluó estos conceptos y las visiones tradicionales sobre la jurisprudencia en su primera obra importante, Un fragmento sobre el gobierno, publicada en 1776. La obra se publicó de forma anónima porque era, en efecto, un ataque fulminante contra Commentaries on the Laws of England (Comentarios sobre las leyes de Inglaterra), del muy respetado William Blackstone, publicada en 1765. Con este libro, Bentham estaba presentando una alternativa nueva: leyes que no se basaban en textos religiosos o en la tradición, sino un código legal completamente nuevo, coherente y sistemático basado en lograr una ciudadanía feliz.
Bentham creía que el objetivo de los gobiernos, las leyes, la sociedad y los individuos era garantizar la mayor felicidad para el mayor número de personas.
El utilitarismo temprano
Varios pensadores habían propuesto tener en cuenta la felicidad del mayor número de personas en sus obras, entre ellos Francis Hutcheson (1694-1746), Claude-Adrien Helvétius (1715-1771) y Cesare Beccaria (1738-1794). Fue Hutcheson quien acuñó por primera vez el término «la mayor felicidad para el mayor número» (Yolton, 236). Helvétius subrayó que el único motivo verdadero de la acción humana era el deseo de placer y la evitación del dolor y que era responsabilidad de los Gobiernos manipular estos deseos en pro del bien común. Beccaria se centró en aumentar la felicidad general del conjunto de los ciudadanos asegurándose de que se redujera la delincuencia mediante medidas disuasorias (aunque se oponía a los castigos innecesariamente severos y a la pena de muerte). La obra de John Locke también fue importante para el utilitarismo, ya que sentó las bases al presentar su idea de que el placer es igual al bien y el dolor es igual al mal cuando se consideran cuestiones de ética.
Bentham reunió todas estas ideas anteriores y presentó sus puntos de vista únicos sobre el principio de la mayor felicidad en su Introduction to the Principles of Morals and Legislation (Introducción a los principios de la moral y la legislación), publicado en 1789. Creía que el objetivo de los gobiernos, las leyes, la sociedad y los individuos era garantizar la mayor felicidad para el mayor número de personas, es decir, «el fundamento de la moral y la legislación» (citado en Law, 189). Definió la felicidad como la maximización de la presencia del placer y la minimización de la presencia del dolor. Esta filosofía se conoció como utilitarismo, y el método mediante el cual se medían el placer y el dolor se conoce como cálculo felicífico o hedonista. Este cálculo, concebido como una herramienta de medición objetiva, mide la felicidad en unidades que se clasifican según varios criterios, pero en particular, la intensidad, la duración, la proximidad y la certeza del placer o del dolor. Entre las cosas que entran claramente en la categoría del dolor en opinión de los utilitaristas se encuentran el hambre, la pobreza, el abuso, la injusticia, la tortura, la persecución y la enfermedad. Liberar a la sociedad de estas cosas, o al menos minimizarlas, es obviamente un objetivo excelente para cualquier legislador, y contar con criterios tan claros fue una de las principales razones del atractivo del utilitarismo. Otra fuente de atractivo es que el principio de la mayor felicidad se aplica a todos los individuos por igual.
Como señala el historiador H. Chisick, el principio de la felicidad «es otro ejemplo de la aspiración, característica de la Ilustración, de reducir la política a una ciencia» (421). También eliminó la influencia de la religión del ámbito de la ética; Bentham, como la mayoría de los utilitaristas, era ateo. En su opinión, «la naturaleza ha puesto a la humanidad bajo el dominio de dos amos soberanos, el dolor y el placer. Solo a ellos les corresponde indicarnos lo que debemos hacer» (citado en Law, 188). Bentham extendió el principio de la felicidad a los animales porque también experimentan placer y dolor. En consecuencia, también se interesó por el bienestar animal y fue uno de los primeros pensadores en considerar que los animales también tenían derechos, no solo los seres humanos.
Bentham pensaba que otras áreas de la vida, además de las leyes y el gobierno, se beneficiarían del principio de la felicidad, por lo que lo extendió al comportamiento moral, juzgando que una acción era correcta si hacía felices a más personas que lo contrario. A esto se le suele llamar utilitarismo de acto. Por lo tanto, los objetivos generales del utilitarismo se pueden resumir como «el mayor bien para el mayor número» en todos los sentidos.
Esta sencilla fórmula encajaba con la visión liberal de Bentham de que los Gobiernos debían minimizar su interferencia en la vida de los ciudadanos. Siempre que los ciudadanos no pongan en peligro el bienestar de los demás, se les debe permitir buscar su propia felicidad como mejor les parezca. Por tanto, se considera que todo individuo tiene la suficiente razón, autocontrol y consideración por los demás como para tomar las decisiones correctas ateniéndose al principio de la felicidad.Se trata de una visión muy positiva de la naturaleza humana. El comportamiento ético queda claro: los individuos saben ahora qué hacer y qué no hacer. Como señala Chisick, «El límite de los derechos del individuo… se detiene, al estilo típicamente liberal, en el momento en que comienza una incomodidad importante para los demás» (422).
Bentham consideraba que el papel limitado de un Gobierno consistía en impedir las infracciones de la felicidad, por lo que se preocupaba principalmente por el estado de derecho, concretamente como garante de las leyes penales. Consideraba que el papel de los Gobiernos consistía en guiar los instintos naturales de los ciudadanos hacia la felicidad, de tal manera que se lograra la felicidad de todos, o por lo menos del mayor número posible de personas. También creía que el miedo al castigo disuadía del comportamiento indebido, pero solo abogaba por el castigo mínimo necesario.
Algunos filósofos han lamentado que el utilitarismo se centre en las consecuencias de las acciones más que en sus motivaciones.
La creencia de Bentham en una intervención gubernamental mínima también se extendía al ámbito de la economía. Defendía la economía de no intervención. Creía que cualquiera debería poder ofrecer crédito para la inversión, una opinión que expuso en En defensa de la usura, publicado en 1787. Un ámbito en el que Bentham creía que los Gobiernos debían invertir seriamente era la educación, que consideraba una vía esencial para que el Estado formara ciudadanos inteligentes y buenos. Presentó sus consejos sobre lo que debían o no debían hacer los Gobiernos en su Manual de economía política, publicado en 1800.
Críticas a Bentham
El utilitarismo ha recibido varias críticas importantes. La primera es que resulta muy difícil definir la felicidad (e incluso el placer y el dolor). No solo es un concepto bastante vago, sino que también existe el hecho de que una misma cosa puede aportar felicidad a unas personas y a otras ninguna, o sin duda menos felicidad. Esto significa que el cálculo felicífico no es en absoluto objetivo, sino que debe reducirse a una cuestión de preferencia por parte del evaluador. También existe el problema de los conflictos de felicidad entre individuos y cómo determinar en la práctica quién es feliz y quién no. Además, se plantea la cuestión de cuándo llegará la felicidad, si de forma inmediata o en algún momento del futuro. Si es en el futuro, ¿cuánto tiempo habrá que esperar? Si hay que esperar a ver los efectos completos de una acción, tomar una decisión en el presente se vuelve muy difícil. Incluso si todo eso fuera posible, algunos pensadores, en particular Friedrich Nietzsche (1844-1900), sostienen que la felicidad de algunas personas es más importante que la de otras, lo que añade otra capa de complejidad al ya de por sí complicado cálculo felicífico.
Algunos críticos señalan que hay otras consideraciones sobre la condición humana además de la utilidad y la felicidad/dolor/placer. Esta era la creencia del filósofo David Hume (1711-1776). En algunos casos, el sentido de la justicia o el derecho a la vida prevalecen sobre meras consideraciones numéricas de cuántas personas felices o infelices generará una acción. Además, tener en cuenta solo a los individuos puede entrar en conflicto con la idea del bien común. Objetivos como reducir la enfermedad y la pobreza son nobles, pero el utilitarismo no ofrece respuestas claras sobre cómo alcanzarlos. Incluso para el individuo, el principio de la mayor felicidad realmente solo le indica qué no debe hacer, pero rara vez establece reglas o valores positivos a seguir. El sistema tampoco parece dar cabida a individuos completamente egoístas y sin escrúpulos a quienes no les importa en absoluto la mayoría que les rodea. Otros filósofos han lamentado el enfoque ético del utilitarismo en las consecuencias de las acciones en lugar de en sus motivaciones.
Immanuel Kant (1724-1804) pensaba que la felicidad no era asunto de los Gobiernos, sino solo una preocupación privada del individuo, por lo que no era una consideración adecuada para los políticos y los legisladores. Kant era de los que creían firmemente que debemos tener en cuenta la motivación de la persona que lleva a cabo un acto para determinar si ese acto es moralmente bueno o no. Centrarse en las consecuencias ignora el hecho de que las personas buenas pueden hacer cosas malas sin darse cuenta y las personas malas pueden hacer cosas buenas sin darse cuenta.
Otras críticas incluyen el argumento de que una ley que es necesaria y beneficiosa para la sociedad en su conjunto puede causar infelicidad al menos a algunos individuos. Incluso si tiene éxito, el utilitarismo puede muy bien conducir a que la mayoría sea feliz, pero ¿qué pasa con la minoría? Además, la minoría puede ser un número muy grande de personas en cualquier sociedad dada; estrictamente hablando, hasta el 49 % de la población.
Algunos han criticado la presentación de Bentham en relación con sus ideas. El historiador H. Chisick afirma: «Bentham escribió mucho, pero poco de ello es legible» (86). Esto resulta un tanto irónico, ya que Bentham era defensor de un nuevo lenguaje científico basado en modelos matemáticos con el fin de aumentar la claridad al escribir sobre conceptos e ideas complejos y a menudo ambiguos. Aun así, esta crítica se puede aplicar igualmente a muchos otros pensadores.
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Bentham estaba muy interesado en mejorar la sociedad a través de la reforma. Fundó la Westminster Review en 1823, que ofrecía a los lectores una voz alternativa en la prensa británica de la época, dominada por los conservadores. Más impresionante aún, Bentham fundó el University College London. Y lo que es aún más impresionante, Bentham y sus asociados de ideas afines, conocidos como «los radicales filosóficos», lograron la rara hazaña de influir realmente en la realidad política y social contemporánea con su filosofía. Bentham y sus amigos contribuyeron directamente a la reforma del código legal británico. No logró su sueño de convertir a Gran Bretaña en una verdadera democracia donde las mujeres tuvieran derecho al voto, ni sus opiniones sobre la limitación del imperialismo británico y la contención de los excesos de la Compañía Británica de las Indias Orientales influyeron en los responsables políticos. No obstante, la creencia de Bentham en el principio de la mayor felicidad le impulsó a promover reformas que redujeran la evidente miseria de muchos sectores de la sociedad británica contemporánea.
Las prisiones, qué hacer con los presos y cómo debían ser tratados eran temas candentes en Gran Bretaña en el último cuarto del siglo XVIII, ya que la delincuencia era rampante. El número de presos en Inglaterra y Gales había aumentado de 4.084 en 1770 a 7.482 en 1790 (Robertson, 460). Bentham reflexionó mucho sobre las prisiones y diseñó lo que denominó el panóptico en su libro del mismo título, publicado en 1791. Este diseño permitía a los guardias de la prisión observar a los presos en todo momento sin ser observados ellos mismos. el panóptico nunca se hizo realidad, ya que fue rechazado por el Parlamento, aunque la idea de la vigilancia constante sí se hizo realidad en el siglo XX gracias a los avances tecnológicos. Bentham pensaba que había que tratar a los presos humanamente y proporcionarles formación para reformar sus vidas, aunque también creía que había que obligarlos a trabajar y que los beneficios fuesen a parar al propietario de la prisión. Advirtió del daño psicológico que podía causarle a un preso el aislamiento prolongado. Por el otro lado, creía que la vigilancia constante tanto solo aportaba eficiencia, ningún perjuicio, y es una idea que habría extendido a las escuelas y las fábricas. Se oponía a la pena capital en general y, en concreto, a la pena de muerte que se aplicaba entonces a las relaciones entre personas del mismo sexo; abogaba por una «libertad total para todos los modos de gratificación sexual» (Robertson, 306).
Muerte y legado
Jeremy Bentham murió en Londres el 6 de junio de 1832. A petición suya, su cuerpo primero se diseccionó y después se embalsamó y hoy se conserva en la universidad que él mismo fundó, donde, de manera algo peculiar, se encuentra en una vitrina de cristal en la que lo exponen ocasionalmente a visitantes distinguidos.
Las opiniones de Bentham sobre el individualismo y el liberalismo le hicieron popular entre los radicales, en particular entre los que participaron en la Revolución francesa (1789-99). En 1792, la Convención Nacional le concedió a Bentham la ciudadanía honoraria. El utilitarismo, por su parte, siguió ganando adeptos y fue desarrollado posteriormente por otros filósofos, en particular John Stuart Mill (1806-1873) y John Rawls (1921-2002). El principio de la felicidad del mayor número, a pesar de sus defectos, sigue influyendo en las políticas de todo el mundo, como señala S. Blackburn: «Además de una teoría ética, el utilitarismo es, en efecto, la visión de la vida que se presupone en la mayor parte de la planificación política y económica moderna, cuando se supone que la felicidad se mide en términos económicos» (490).
Jeremy Bentham es conocido por ser el fundador del utilitarismo y del principio de la máxima felicidad, según el cual las leyes y las acciones se juzgan de acuerdo a cuánta gente hacen feliz. Bentham también fue un reformador social liberal.
¿Jeremy Bentham creía en Dios?
Jeremy Bentham no creía en Dios; era ateo.
¿Cuál era la teoría de Jeremy Bentham?
La teoría de Jeremy Bentham del utilitarismo dice que una acción o una ley son correctas si hacen feliz a más gente de la que hacen infeliz. Bentham equiparaba la felicidad con el placer y la ausencia de dolor.
Traductora de inglés y francés a español. Muy interesada en la historia, especialmente en la antigua Grecia y Egipto. Actualmente trabaja escribiendo subtítulos para clases en línea y traduciendo textos de historia y filosofía, entre otras cosas.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 15 febrero 2024. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.