El ascenso de Adolf Hitler (1889-1945), el dictador nazi de Alemania desde 1933, fue facilitado por aquellos que ya estaban en el poder y querían aprovecharse de su popularidad. Hitler prometió hacer de Alemania una gran nación después de la humillación de la Primera Guerra Mundial al restaurar los territorios perdidos, restaurar los valores tradicionales alemanes, generar empleos y destruir a «enemigos» como los comunistas y los judíos.
El ascenso de Hitler al poder fue un proceso sorprendentemente largo, que involucró muchos pasos y varios inconvenientes significativos como su encarcelamiento tras el fallido golpe de Estado conocido como el Putsch de Múnich en noviembre de 1923. El ascenso efectivo de Hitler al poder tomó una década, con el Partido Nazi ganando solo 12 escaños en las elecciones para el Reichstag (parlamento alemán) en 1928 (de un total de 491 en esa elección), 107 en 1930, 230 en julio de 1932, 196 en noviembre de 1932 y 288 escaños en 1933. Una vez que entró al poder como canciller, en 1933, Hitler eliminó rápidamente a toda la oposición y estableció un régimen totalitario con él mismo como dictador indiscutible, el Führer de Alemania.
Adolf Hitler y el Partido Nazi llegaron al poder por las siguientes razones:
- Los duros términos del Tratado de Versalles molestaron a muchos alemanes, especialmente por la cláusula que les atribuía la culpa por iniciar la Primera Guerra Mundial, y los partidos políticos tradicionales se vieron manchados por su asociación con la firma del tratado. Hitler prometió anular el tratado y restaurar el orgullo alemán.
- Las consecuencias de la Gran Depresión llevaron a un desempleo masivo y la hiperinflación, lo que obligó a los votantes a recurrir a partidos políticos más radicales.
- La debilidad e ineptitud de los sucesivos gobiernos de coalición de la República de Weimar.
- Hitler prometió empleo pleno a través de programas como la construcción de carreteras y el rearme.
- A cambio de su apoyo, Hitler prometió a los líderes empresariales contratos estatales lucrativos, como la fabricación de armas. Esta idea también se volvió popular entre el ejército alemán.
- Hitler apeló a las creencias alemanas tradicionales como la grandeza de la nación, los fuertes valores familiares y una sociedad sin clases.
- Hitler prometió la expansión de Alemania para obtener nuevas tierras y Lebensraum («espacio vital») donde el pueblo alemán pudiera prosperar.
- Hitler utilizó la propaganda para identificar lo que los nazis describían como «enemigos» comunes del Estado, como extranjeros o judíos que, según él, estaban frenando el progreso de Alemania.
- Se creó un culto alrededor de Hitler, que sembraba la idea de que él era el salvador de Alemania.
- La élite pensó que al invitar a Hitler al poder, podría controlar mejor el fenómeno nazi y beneficiarse de su popularidad.
- Una vez nombrado canciller, Hitler usó su poder para suprimir a sus rivales. Se aseguró de que el Parlamento alemán tuviera poco poder y comenzó a establecer una dictadura con él como el líder indiscutible de un Estado policial de partido único.
Los historiadores continúan discutiendo el peso de cada uno de los puntos mencionados en la explicación del ascenso de Hitler al poder.
El Tratado de Versalles
La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue formalmente culminada por el Tratado de Versalles, el cual dictaba los términos de la rendición de los alemanes. Alemania perdió gran parte de su territorio, se vio obligada a pagar reparaciones y tuvo que aceptar plena responsabilidad por empezar el conflicto. Los alemanes protestaron contra estos términos en 1919 y aquellos políticos alemanes que estuvieron de acuerdo con los mismos fueron llamados los «criminales de 1919». Este resentimiento fue avivado por el mito de que el pueblo alemán había sido traicionado en la Primera Guerra Mundial por los altos mandos de su ejército, que les había «apuñalado por la espalda», de no haber sido por eso, pensaban muchos, podrían haber ganado la guerra. En consecuencia, existía un sentimiento de que la estructura de poder político y militar de la nueva Alemania, la República de Weimar, no podía ser totalmente confiable.
El Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (abreviado como NSDAP o Partido Nazi) fue fundado en 1920. El partido no era ni socialista ni estaba interesado en los obreros, pero Adolf Hitler escogió el nombre para darle a su partido ultranacionalista el mayor atractivo posible. Hitler fue capaz de aprovecharse del sentimiento antiélites, ya que los nazis eran completamente ajenos a este sistema político. Ya en 1925, en su libro Mi lucha, Hitler prometió abolir los términos de Versalles y crear una «Gran Alemania».
La Gran Depresión
En la Alemania de 1923 hubo hiperinflación, que hizo que los ahorros fueran inútiles, un golpe que muchos de la clase media alemana jamás pudieron olvidar; tampoco perdonaron a los políticos del Weimar por ello. Lo peor estaba por venir. La Gran Depresión, desatada por el desplome de la bolsa de Wall Street en 1929, provocó una crisis en muchas economías a lo largo de la década de 1930. Hubo un colapso en el comercio mundial, la producción industrial cayó un 42 %, los precios cayeron, lo que perjudicó gravemente a la industria y a los agricultores, y muchos trabajadores vieron recortados sus salarios. Hubo desempleo a un nivel masivo: un tercio de los alemanes perdieron sus trabajos. El desempleo en 1928 era de 1,4 millones; en 1932 era de 6 millones. La delincuencia, particularmente la delincuencia juvenil, se disparó. Una sucesión de débiles gobiernos de coalición en la República de Weimar (una situación que no ayudó al sistema de representación proporcional) fue culpada por su incapacidad para lidiar con estos severos problemas económicos.
Entretanto, Hitler les prometía a los alemanes que les daría trabajo y sustento, logrando el empleo pleno a través de proyectos financiados por el Estado, como la construcción de autopistas y el rearme de Alemania (algo que estaba severamente limitado por el Tratado de Versalles). El rearme, claramente, resultaba una idea atractiva para los generales alemanes, cuya importancia aumentaría en la medida en que se expandiera el ejército. Hitler pudo obtener el apoyo de empresarios porque él prometió no interferir con sus asuntos, limitar los poderes de los sindicatos y ofrecerles enormes contratos estatales, como en la construcción y la fabricación de armamento.
Valores tradicionales alemanes
Hitler quería presentar al Partido Nazi como un defensor de las tradiciones alemanas. Los nazis hablaban de la Volksgemeinschaft, o comunidad popular, una sociedad autosuficiente, en donde no existía la lucha de clases. Los nazis muy inteligentemente quisieron llegar a la mayor parte de la sociedad posible, enfocándose en protestantes, agricultores, obreros, la clase media, jóvenes y mujeres, capturando a cada sección con campañas propagandísticas específicas. Esto usualmente significaba que sus mensajes eran contradictorios, pero esto no detuvo a la maquina de propaganda nazi. Desde un énfasis en la familia hasta las virtudes de cultivar los propios alimentos de una nación, por encima de todo, estos mensajes de gran atractivo aprovecharon puntos de vista arraigados en Alemania. El historiador F. McDonough destaca lo siguiente: «Hitler fue el baterista de un ritmo antiguo acompañado por instrumentos modernos» (93). La estrategia funcionó: «Las estadísticas electorales mostraban que el Partido Nazi no era un partido de clase media, pero ganó votos de todos los grupos sociales, de edad y regiones variadas» (ibid., 88).
La búsqueda de popularidad no solo estaba dirigida a los adultos, sino también a los futuros votantes, y así se fundaron las Juventudes Hitlerianas en 1922. La organización era un guiño a los grupos juveniles alemanes tradicionales. Hombres jóvenes (y más tarde las mujeres) fueron adoctrinados con la ideología nazi haciendo énfasis en la teoría racial, los beneficios del ejercicio físico, el uso de un uniforme elegante, la obediencia a la autoridad, el nacionalismo, el militarismo y la adoración a Hitler. Estos jóvenes se convirtieron en votantes en los años 30, así que Hitler construyó su propia base de apoyo, la cual era comúnmente de fanáticos.
Identificando chivos expiatorios
Hitler ganó popularidad como un fuerte oponente del comunismo, visto como una amenaza para muchos alemanes después de la Revolución rusa de 1917. Hitler identificó otros «enemigos» específicos, los que según el estaban atrasando a Alemania e impidiendo que alcanzara su verdadero potencial. Tales enemigos, aparte de los comunistas, incluían a los sindicalistas, a los eslavos, a los gitanos, a las personas con discapacidad y, los mas odiados de todos, a los judíos. Es quizá importante destacar que aunque el antisemitismo se convirtió en una política nazi en años posteriores, esto tuvo un atractivo electoral limitado antes de 1933 (y, de todos modos, no era único del NSDAP). De hecho, eran los mensajes positivos lo que atrajo a las masas en los inicios del Partido Nazi. Hitler creía que la pureza alemana o raza aria estaba destinada a ser la raza estándar del mundo, pero no podrían lograr este destino si permitían que otras razas y grupos étnicos existieran. En resumen, todos los males de Alemania posteriores a la Primera Guerra Mundial fueron achacados a otros factores, pero al mismo tiempo, Hitler presentó una confianza absoluta en la mayoría del pueblo alemán: sus votantes objetivo.
El culto a Hitler
Hitler fue una figura carismática en público, un poderoso orador que era capaz de sumir a la audiencia en un frenesí de admiración, no solo con sus palabras y gestos, sino con sus ideas utópicas en un momento bastante oscuro para Alemania. Este embriagador cóctel retórico podría haber sido repulsivo para algunos, pero se convirtió en una droga para millones. La parte más esperada del congreso anual de Núremberg del Partido Nazi, que ya era un festival de varios días de pompa y ceremonia, era el último acto del evento, en todos los sentidos su final: el discurso de Hitler. Entendía perfectamente el poder de la presentación y los efectos positivos de un espectáculo bien orquestado para las personas que quizás no estuvieran completamente convencidas de las políticas nazis. Hitler había dedicado dos capítulos de Mi lucha al tema de la presentación y la propaganda. Rodeado por una arquitectura grandiosa, una iluminación evocadora y banderas coloridas, Hitler pronunciaba discursos dramáticos usando una mezcla de estereotipos, medios retóricos y un lenguaje cargado de emociones. Como recuerda William L. Shirer (1904-1993), el célebre historiador del Tercer Reich que presenció a Hitler en Núremberg, el congreso fue una «semana agotadora de desfiles, discursos, pompa pagana y la más frenética adulación hacia una figura pública que este escritor haya visto jamás» (230). Millones de personas que no pudieron estar presentes escucharon los discursos de Hitler y otros funcionarios del partido por la radio. La prensa, el cine y los carteles se utilizaron para construir de forma similar un culto a Hitler. El Partido Nazi era Hitler. El Estado alemán también sería Hitler algún día.
Invitación al poder
En 1932, el presidente alemán Paul von Hindenburg (1847-1934), habiendo agotado todas las demás opciones y nunca realmente enamorado de la idea de la democracia, invitó a Hitler a convertirse en canciller. Hindenburg consideró que, a pesar de que no contaba con la mayoría de escaños parlamentarios, Hitler era el mejor candidato para liderar el gobierno de coalición. También había un sentimiento de que Hitler podía ser mejor controlado dentro de un gobierno que fuera de él. Irónicamente, el Partido Nazi alcanzó el cenit de popularidad electoral en 1932. En las elecciones de noviembre de ese año, los nazis perdieron 34 escaños comparados con las elecciones previas tres meses antes. Hitler preparó una elección general en marzo de 1933 con la esperanza de que el Partido Nazi pudiera recuperar un poco de dinamismo y ganar una victoria definitiva. Sin duda, los nazis necesitaban un impulso de popularidad para obtener un resultado más favorable en las elecciones. La respuesta vino con el Incendio del Reichtag el 27 de febrero de 1933. Al parecer iniciado por los comunistas anárquicos, aunque es muy posible que los mismos nazis iniciaran el fuego, el desastre le dio a Hitler la oportunidad perfecta para convencer a todos de que solo su partido podría restaurar el orden y prevenir una revolución comunista.
Los grupos paramilitares nazis eran cualquier cosa menos los guardianes de la ley el orden. Las tropas de asalto de las SA (Sturmabteilung) o «camisas pardas» atacaban a los oponentes políticos del Partido Nazi, intimidaban a los votantes en los centros de votación y, cuando sus puños no estaban demasiado ensangrentados, distribuían propaganda del partido. En las elecciones de marzo, el Partido Nazi obtuvo 288 escaños. Todavía no representaba a la mayoría, pero esto se logró uniendo fuerzas con el Partido Nacional Popular Alemán (DNVP, por sus siglas en alemán), de ideología conservadora y nacionalista. Al fin, Hitler ya no tenía por qué doblegarse ante ninguno de sus rivales políticos.
Consolidación del poder
Hitler, tras obtener el 44 % de los votos en las elecciones y aún alimentando el temor tras el incendio del Reichstag, se apresuró a consolidar su posición como líder de Alemania. Prohibió el Partido Comunista, que seguía siendo un poderoso movimiento antinazi en Alemania a pesar de toda la intimidación. Declaró la ley marcial y emitió un decreto que otorgaba a la Policía nuevos poderes de arresto e imponía importantes limitaciones a las libertades civiles. Este decreto fue seguido por la Ley Habilitante, aprobada mediante la intimidación de los miembros del Parlamento y la prohibición de la asistencia de los diputados comunistas. La Ley Habilitante permitió a Hitler eludir al Parlamento a partir de entonces y, al prohibir todos los partidos políticos excepto el Partido Nazi, instauró un régimen totalitario nazi. Todo, desde la Policía hasta la prensa, estaba ahora controlado por los nazis. Cuando Hindenburg murió en agosto de 1934, Hitler fusionó los cargos de presidente y canciller y se autoproclamó líder o Führer de Alemania. Todo el personal de las fuerzas armadas tuvo que jurar lealtad a Hitler personalmente. Hitler se había convertido en el Estado. Su largo ascenso al poder estaba completado, un poder que luego utilizó para asesinar a millones de judíos y otros grupos minoritarios. Engañado por su poder interno, la invasión de Polonia por Hitler en 1939 desencadenó otra guerra mundial, que terminó con su propia destrucción y la de Alemania.
