Estragos del gas venenoso durante la Gran Guerra

Mark Cartwright
por , traducido por Patricia Fuentes Ortega
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Los soldados combatientes en las fangosas trincheras de la Primera Guerra Mundial, ya sometidos al bombardeo constante de artillería, a los disparos de francotiradores enemigos y a unas condiciones de vida deplorables, no se imaginaban que su situación podría empeorar. Sin embargo, a partir del mes de abril de 1915, comenzaría una nueva pesadilla: la guerra química. El ejército alemán fue el primero en utilizar el gas venenoso letal durante la guerra, pero, pronto, todos los bandos harían uso del mismo. Aunque, normalmente, los ataques con gas provocaban secuelas terribles y duraderas a los soldados, esta arma no fue determinante desde el punto de vista estratégico, dado que, con frecuencia, sus efectos se veían contrarrestados por el viento o por medidas defensivas como las máscaras antigás.

Gassed by Sargent
Gaseados, de Sargent John Singer Sargent (CC BY-NC-SA)

La primera vez que se usó el gas: Ypres

Aunque durante los inicios de la Primera Guerra Mundial ya se experimentó con el gas lacrimógeno no letal, la primera gran ofensiva en la que se utilizó gas mortal fue desplegada por el ejército alemán contra las tropas francesas, argelinas, británicas y canadienses la tarde del 22 de abril de 1915 en la segunda batalla de Ypres. Durante el ataque, se utilizaron 500 bombonas para liberar 168 toneladas de gas tóxico de cloro. La operación fue rudimentaria, dado que el ejército alemán simplemente confió en que el viento desplazaría el gas en la dirección correcta; hacia las trincheras enemigas. En tan solo diez minutos, esta sustancia acabó con la vida de entre 5.000 y 6.000 soldados aliados, y otros 10.000 resultaron heridos, tanto a causa de los efectos directos del gas como por el intento desesperado de los hombres de abandonar las trincheras para huir del mismo, lo que provocaba que fueran abatidos. Los devastadores efectos del gas cogieron desprevenidos a los comandantes alemanes, que no estaban listos para sacar el máximo partido a la brecha de 8 km (5 millas) que se había abierto gracias a esta nueva arma. Además, los atacantes se mostraron comprensiblemente reticentes a avanzar hacia un área en la que aún había gas, y, en cualquier caso, no disponían de las provisiones suficientes para lograr un avance significativo. El frente occidental no volvería a tener tal oportunidad hasta las últimas fases del conflicto.

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Seguramente, el papel más eficaz que jugó el gas venenoso fue el de arma psicológica.

Los Aliados se mostraron horrorizados e indignados ante el primer ataque con gas y la Convención de la Haya prohibió su uso en «proyectiles», una expresión que dio pie a que las autoridades alemanas afirmaran falsamente que la liberación de gas mediante bombonas, por tanto, no suponía un incumplimiento de las normas de guerra. Sea como fuere, aunque en muchos otros lugares el empleo del arma se consideraba contrario a las normas y una acción algo cobarde, tras Ypres, este se extendió rápidamente a todos los bandos. Además, se crearon unidades especializadas para el uso de gas en las incursiones, como el Cuerpo de Ingenieros Reales del ejército británico.

Tipos de armas de gas

Se utilizaron diferentes tipos de gas. El gas de cloro «provocaba quemaduras en el tejido pulmonar y hacía que los soldados se desplomaran al suelo convulsionando, que se asfixiaran y que, finalmente, perdieran la vida» (Yorke, p. 39). Las víctimas terminaban ahogándose a medida que se les llenaban los pulmones de líquido. Existía un segundo tipo de gas aún más letal y temido, ya que, al ser incoloro, resultaba imposible de ver; el fosgeno, también conocido como «cruz verde» y utilizado por primera vez en diciembre de 1915. Otra particularidad del mismo era que, por lo general, sus efectos resultaban imperceptibles hasta 24 horas después del ataque. Esta sustancia fue la causante de la mayor parte de muertes por gas durante la guerra; seis de cada siete. Un tercer tipo fue el gas mostaza o diclorodietilsulfano, utilizado por primera vez en julio de 1917; resultaba mucho menos mortífero, pero era capaz de producir graves lesiones al destruir el revestimiento de las vías respiratorias presente en nariz y boca, limitar la visión y ocasionar ampollas grandes y dolorosas en la piel. Además, este gas era un arma más duradera, ya que formaba charcos de líquido en el suelo que continuaban siendo una amenaza durante las semanas posteriores al ataque incial.

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German Gas Tests, WWI
Pruebas con gas del ejército alemán, Primera Guerra Mundial Unknown Photographer (CC BY-NC-SA)

El soldado británico Walter Clarke describe el impacto de un ataque a su trinchera tras la adaptación de los obuses de artillería para el uso del gas letal:

No se sabía, para nosotros eran proyectiles normales. La cuestión es que, al estallar, los proyectiles esparcían un líquido por el suelo, y, por la mañana, se formaba la niebla; cada mañana había una niebla que envolvía el aire y se te metía dentro. Nadie se percató hasta que uno o dos compañeros empezaron a ponerse enfermos y muchos otros andaban por ahí tirados, perdiendo visión y con úlceras en los ojos. Entonces se dieron cuenta de lo que estaba pasando.

(Museo Imperial de Guerra)

Jack Dorgan, otro soldado británico, describe el efecto de un ataque con gas de cloro sobre las tropas en primera línea:

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Teníamos los ojos llorosos y doloridos. Por suerte para mí, yo era uno de los que aún veían, pero estábamos desprotegidos, no teníamos máscaras antigás ni nada por el estilo. Nada más que contábamos con las vendas del botiquín de primeros auxilios que nos guardábamos en el bolsillo del uniforme, así que, teníamos muy poco con lo que protegernos los ojos. Y después te hacían volver; cualquiera que conservara la visión, como yo, volvía al frente. Formábamos grupos de media docena, o de diez o doce hombres, todos con la mano posada en el hombro del que iba delante; se veían hileras y más hileras de soldados británicos que se dirigían con los ojos vendados de vuelta a Ypres.

(ibidem)

British Soldiers Injured by a Gas Attack, 1918
Soldados británicos heridos por un ataque con gas, 1918 T.K. Aitken - Imperial War Museums (CC BY-NC-SA)

El soldado raso británico Harry Saunders describe cómo se sintió al usar gas contra el enemigo:

Se trataba de una de esas noches en las que el ruido de las armas era inexistente en ambos bandos y nada delataba que había una guerra en marcha. El ataque se inició con bengalas, tras las cuales, de una hilera de cilindros siseantes se liberó una espesa niebla gris que se extendió en tierra de nadie. La brisa presente seguramente fue idónea para la misión, y aquella nube creciente de muerte y angustia creó un escenario pesadillesco que jamás olvidaré. Pareció que pasaba una eternidad hasta que los alemanes se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero, al fin, se activó la primera alarma que alertaba del gas, y creo que a la mayoría de nosotros nos alegró pensar que no les pillaría desprevenidos. Durante horas, me carcomió la idea de lo que estaba ocurriendo allí.

(Williams, p. 33)

Un arma psicológica

Ya de por sí, los efectos del gas eran considerables, algunos incluso se prolongaron en el tiempo y afectaron a los soldados durante años una vez finalizado el conflicto; no obstante, por aquel entonces, su papel más efectivo, seguramente, fuera el de arma psicológica. Sin duda alguna, la mayoría de soldados temían más las secuelas persistentes de un gas invisible que una muerte rápida causada por un disparo o proyectil.

El impacto psicológico no solo estaba presente en el frente de batalla, sino también en el frente doméstico. Cuando comenzaron los bombardeos con zepelines de la Primera Guerra Mundial, la población civil británica y francesa no temía únicamente la caída de las bombas, sino el uso de gas tóxico en los ataques. Tanto en casa como en las trincheras, se alertaba a la población de la necesidad de llevar consigo máscaras antigás en todo momento y, sobre todo, de actuar con rapidez para alejarse del gas y hacer sonar una alarma para avisar al resto. Tal y como advertía de forma clara un cartel: «Existen dos tipos de hombre en los ataques con gas; el hombre rápido y el hombre muerto» (MIG). La guerra química se convirtió en objeto de propaganda contra el enemigo, y los Aliados no tardaron en sacarle partido al hecho de que los alemanes hubiesen sido los primeros en utilizar esta terrible arma.

WWI Public Service Poster for a Gas Attack
Cartel informativo de la Primera Guerra Mundial sobre un ataque con gas Unknown Artist (CC BY-NC-SA)

A problemas, soluciones

Uno de los mayores inconvenientes que presentaba el uso del gas era que, al darse variaciones en la orientación del viento, los gases letales podían alejarse del enemigo o incluso adentrarse en las proximidades de las propias tropas. Precisamente eso es lo que le ocurrió al ejército británico en su primer intento de utilizar 5.000 bidones de gas de cloro durante la batalla de Loos en septiembre de 1915. La implementación de proyectiles cargados de gas que se disparaban al enemigo mediante artillería consiguió que el uso de esta sustancia fuera mucho más preciso. Asimismo, los proyectiles de mortero y de lanzador también se adaptaron para poder contener gas. Por su parte, el almacenamiento del arma suponía un riesgo adicional, ya que, si un proyectil enemigo impactaba contra las bombonas o proyectiles de gas, esta sustancia se extendería en el entorno inmediato.

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A partir de agosto de 1916, la máscara antigás con sistema de filtrado se convirtió en un producto básico.

La primera medida de defensa contra el gas consistió en instalar campanas en las trincheras para que, al menos, los soldados pudieran alertar a sus compañeros en cuanto este se detectara. Pronto, los soldados se dieron cuenta de que el gas tendía a acumularse en el fondo de las trincheras, por lo que, si subían al parapeto de tiro, conseguirían evitar casi todos sus efectos, aunque, así, los combatientes podrían verse expuestos a fuego enemigo. Taparse la cara con un paño húmedo también era de ayuda. Algunos soldados canadienses descubrieron que, al orinar sobre un trozo de tela y sostenerlo contra la boca, el gas no surtía efecto, aunque un trapo impregnado de bicarbonato sódico resultó ser una alternativa más apetecible. Asimismo, ciertos remedios acabaron siendo más letales que el propio gas; como la idea de usar compresas de algodón húmedas que, a pesar de movilizar una campaña de recaudación de fondos por parte del público, fue muy poco acertada, al descubrirse que muchos soldados se habían asfixiado al utilizarlas.

British Soldiers Wearing Gas Hoods, 1916
Soldados británicos con capuchas antigás, 1916 J.W. Brooke - Imperial War Museums (CC BY-NC-SA)

Algunas medidas de defensa más destacables fueron las capuchas y máscaras antigás. El médico canadiense Cluny Macpherson diseñó el primer casco antihumo, que básicamente consistía en una bolsa de franela con agujeros para los ojos. El portador respiraba a través de un único tubo, que podía dotarse de sustancias químicas que neutralizaban el gas venenoso. A partir de agosto de 1916, la máscara de gas con sistema de filtrado, denominada «respirador de caja pequeña» (o SBR, por sus siglas en inglés), se convirtió en un producto básico. Los animales no quedaron en el olvido y se fabricaron máscaras antigás diseñadas específicamente para caballos y perros. A su vez, los contendientes respondieron a este nuevo sistema de defensa; en algunas ocasiones, se disparaba gas lacrimógeno al enemigo para obligar a los soldados a quitarse las máscaras, que resultaban menos efectivas ante este tipo de gas, y así hacerlos vulnerables ante la nueva oleada de obuses que contenían fosgeno.

Todas estas medidas contribuyeron a minimizar el impacto de los ataques con gas, que pasaron a ser los causantes de tan solo unas tres de cada 100 muertes durante la guerra. No obstante, el gas venenoso se cobró un millón de víctimas a lo largo de la Primera Guerra Mundial. Tras su finalización, algunos Estados y organismos internacionales trataron de prohibir el uso de armas químicas en conflictos bélicos, pero no sería hasta 1925 cuando el derecho internacional prohibiría el empleo de gas venenoso en cualquiera de sus formas. Por desgracia, estos esfuerzos no han podido evitar que, desde entonces, el gas venenoso haya reaparecido ocasionalmente en distintos conflictos alrededor del mundo.

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Sobre el traductor

Patricia Fuentes Ortega
Patricia Fuentes es una traductora autónoma especializada en el ámbito editorial. Con un Máster en Traducción Editorial otorgado por la Universidad de Murcia, ha enfocado su trayectoria en la transmisión de emociones en la traducción, concretamente, en obras literarias.

Sobre el autor

Mark Cartwright
Mark es el director de Publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.

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Cartwright, M. (2026, febrero 10). Estragos del gas venenoso durante la Gran Guerra. (P. F. Ortega, Traductor). World History Encyclopedia. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2839/estragos-del-gas-venenoso-durante-la-gran-guerra/

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Cartwright, Mark. "Estragos del gas venenoso durante la Gran Guerra." Traducido por Patricia Fuentes Ortega. World History Encyclopedia, febrero 10, 2026. https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2839/estragos-del-gas-venenoso-durante-la-gran-guerra/.

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Cartwright, Mark. "Estragos del gas venenoso durante la Gran Guerra." Traducido por Patricia Fuentes Ortega. World History Encyclopedia, 10 feb 2026, https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2839/estragos-del-gas-venenoso-durante-la-gran-guerra/.

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