Los nazis y los judíos
En esa época yo estaba en Berlín y fui testigo de un espectáculo bastante repulsivo: la destrucción de tiendas judías, judío arrestados y conducidos a otro lugar, la policía allí parada mientras las pandillas destruían las tiendas e incluso grupos de mujeres bien vestidas los animaban.
(Holmes, 42)
Nos llevaron a todos cerca del cementerio a una distancia de entre ochenta y cien metros de una fosa larga y profunda. Una vez más nos obligaron a arrodillarnos. No había posibilidad de levantar la cabeza. Yo me senté, más o menos, en el centro de las personas de la ciudad. Miré delante de mí y vi la larga fosa; luego vi que llevaban grupos de entre veinte o treinta personas hacia el borde de la fosa, los hicieron desvestir probablemente para que no se llevaran con ellos ninguna pertenencia de valor. Los llevaron al borde de la fosa donde les dispararon y cayeron a la fosa unos encima de otros.
(Holmes, 319)
Fui con mi madre a la oficina de la comunidad judía con respecto a un apartamento y allí, con la brisa ligera, colgaban los cadáveres de los ahorcados, sus caras azules, sus cabezas inclinadas hacia atrás y sus lenguas fuera de la boca ennegrecidas. Llegaban coches de lujo a toda velocidad desde el centro de la ciudad. Civiles alemanes con sus esposas e hijos que venían a ver el sensacional espectáculo y como era su costumbre, los visitantes fotografiaban la escena con entusiasmo. Más tarde, los ucranianos y los polacos se acercaron con mayor modestia.
(Fiedländer, 436)
Algunos de los más jóvenes (niños) intentaron escapar. Apenas pudieron dar unos pasos, los atraparon y les dispararon. Luego llegó nuestro turno. Era difícil sujetar a los niños, temblaban… nos pusieron en cuatro filas. Estábamos allí de pie desnudos. Se llevaron nuestras ropas. Mi padre no quiso desvestirse por completo y se dejó puesta la ropa interior. Cuando lo pusieron en la fila para dispararle y le dijeron que se desnudara, se negó; le golpearon…le arrancaron sus cosas y le dispararon. Después se llevaron a madre. No quería ir, quería que nosotros fuéramos primero. Pero la hicimos ir primero. La sujetaron y le dispararon. Allí estaba la madre de mi padre que tenía ochenta años con dos de sus nietos en los brazos. La hermana de mi padre también estaba allí. A ella también le dispararon con niños en sus brazos. Luego llegó mi turno. También el de mi hermana pequeña. Había sufrido tanto en el gueto y sin embargo en el último momento quería seguir viviendo y le rogó al alemán que la dejara vivir. Allí estaba desnuda agarrándose a su amiga. Así que él la miró y les disparó a las dos. Ambas cayeron, mi hermana y su amiga. La siguiente era mi otra hermana… él se preparó para dispararme… me arrancó la niña. Escuché su último lamento y le disparó. Después se preparó para matarme… me dio la vuelta y me disparó. Caí (en la fosa de cadáveres). No sentí nada… cayeron sobre mí cadáveres. Sentí que me ahogaba…(más tarde) salí de allí desnuda y cubierta de sangre…seguía viva. ¿Dónde podía ir? ¿Qué podía hacer?
(Holmes, 320-1)
Judíos: no tenéis nada que temer. Solo queremos lo mejor para vosotros. Saldréis pronto de aquí y se os enviará a lugares ciertamente muy buenos. Allí trabajaréis, vuestras esposas se quedarán en casa y vuestros hijos irán a la escuela. Tendréis vidas maravillosas.
(Bascomb, 6)
Se nos exigió que lleváramos acabo estas exterminaciones en secreto, pero por supuesto el hedor asqueroso y nauseabundo de la incesante quema de cadáveres impregnaba toda la zona y la gente que vivía en las comunidades circundantes sabían que el exterminio ocurría en Auschwitz.
(Neville, 49)
Había entre veinte y veinticinco vagones en cada tren… Escuché gritos terribles. Ví cómo gente atacaba a otras personas para poder tener un espacio donde estar de pie, como la gente se empujaba para poder estar en algún sitio o para poder tener aire que respirar, fue terriblemente, terriblemente agobiante. Los primeros en desmayarse fueron los niños, las mujeres y los ancianos, todos caían como moscas.
(Holmes, 332)
De camino a Belzec los judíos experimentan muchas cosas terribles. Saben lo que les iba a suceder. Algunos tratan de pelear. En la estación de ferrocarril de Szczebrzeszyn una mujer joven dio un anillo de oro a cambio de un vaso de agua para su hijo moribundo. En Lublin hubo gente que fue testigo de cómo se lanzaban niños pequeños por las ventanas de trenes a toda velocidad. A mucha gente la disparan antes de llegar a Belzec.
(Friedländer, 358)
Cuando llegamos vimos cómo los judíos corrían hacia las vallas electrificadas. Allí se quedaron. Estaban cansados de la vida; no podían continuar de esa manera.
(Holmes, 330)
Nos desnudábamos, nos cortaban el pelo-no, lo cierto es que nos rasuraban la cabeza; luego llegaban las duchas y finalmente los tatuajes. Aquí es cuando nos confiscaban los últimos vestigios de nuestras pertenencias; no quedaba nada…ningún documento escrito que pudiera identificarnos, ni fotos, ni mensajes escritos de algún ser querido. Nuestro pasado se eliminaba, se borraba…
(Cesarini, 656)
No solo roían los cadáveres, sino también a los que estaban gravemente enfermos. Tengo fotos de mujeres cercanas a la muerte a las que les están mordiendo las ratas.
(Neville, 50)
No había caminos ni senderos entre los bloques. En las profundidades de estas madrigueras oscuras, en literas como jaulas de muchos pisos, la luz débil de una vela que ardía aquí o allá parpadeaba sobre figuras desnudas y demacradas acurrucadas, azules por el frío, dobladas sobre un montón de trapos sucios, sujetándose la cabeza afeitada entre las manos, quitándose insectos con los dedos huesudos y aplastándolos en el borde de la litera: ese era el aspecto de los barracones en 1942.
(Cesarini, 528)
Un jefe de bloque llamaba al kapo (prisioneros de confianza) a gritos. «kapo, ven aquí». El kapo iba y ¡pum! le golpeaba en la cara tan fuerte que se caía…Y luego decía, «kapo, ¿no puedes golpearles mejor que eso?» Y el kapo salía corriendo y cogía un palo para golpear al grupo de prisioneros indiscriminadamente. «Kapo, ven aquí», gritaba de nuevo. El kapo iba y él decía, «Acaba con ellos», y entonces el kapo volvía y acababa con los prisioneros, los golpeaba hasta morir… un kapo debía golpear y apalear para salvar su propia vida.
(Holmes, 325)
…los recién llegados debían desnudarse y luego llegó la orden, «Prepárense para la desinfección». Había enormes pilas de ropa…Muchos de ellos escondían a sus hijos bajo la ropa y los tapaban. Luego les gritaron, «prepárense» y salieron todos. Tenían que correr desnudos aproximadamente dieciocho metros desde la sala hasta el búnker uno. Había dos puertas abiertas; entraron por allí y cuando un cierto número había entrado, cerraron las puertas. Eso ocurrió unas tres veces, y cada vez Holbinger tenía que salir a su ambulancia y coger una especie de lata (él y uno de los jefes de bloque). L uego subía a una escalera y arriba había un agujero redondo y abría la pequeña puerta redonda y dejaba la lata allí y la agitaba y después cerraba la pequeña puerta de nuevo. Luego comenzaron los gritos de pánico y después de diez minutos aproximadamente se fue haciendo el silencio… Abríeron la puerta… luego salió una neblina azul. Miré dentro y vi una pirámide. Todos se habían subido unos encima de los otros… Estaban todos enmarañados; tuvieron que arrastrarlos y tirar con fuerza para separar a todas estas personas.
(Holmes, 334.5)
…las puertas de las cámaras de gas se abrieron de repente. Gente, gente desnuda, comenzó a desplomarse. Todos teníamos miedo, nadie se atrevía a preguntar qué era todo aquello. Inmediatamente nos llevaron al otro lado de este edificio y allí vimos el infierno en la tierra. Grandes pilas de cadáveres y personas que los arrastraban a una gran fosa de unos treinta metros de largo por diez metros de ancho. Había una gran fogata con troncos de árboles. Al otro lado estaban sacando grasa de la fosa con un cubo.
(Holmes, 335)
A partir de mediados de 1941 hasta finales de 1942 se realizaron unas 500 operaciones en prisioneros saludables. Estas eran para el aprendizaje de estudiantes de medicina y doctores de las SS e incluían operaciones de estómago, vesícula biliar y garganta. Las llevaron a cabo estudiantes y doctores con solo dos años de estudio. A pesar de ser muy peligrosas y difíciles… Muchos prisioneros morían en la mesa de operaciones y muchos otros de complicaciones posteriores… estas personas nunca eran voluntarias, sino que las obligaban a someterse a tales actos.
(MacDonald, 59)
Sabíamos que existían los campos de concentración. También sabíamos dónde se encontraban, por ejemplo: Oranienburg, justo a las afueras de Berlín. A veces sabíamos cuáles de nuestros amigos estaban allí y también teníamos conocimiento de las crueldades a que se les sometían desde el principio.
(Holmes, 315)
…según avanzaba la guerra comenzaron a llegar algunos informes terroríficos. Al principio era difícil comprobar su exactitud y eran tan horribles que resultaba difícil creer que pudieran ser verdad.
(Holmes, 314)
En las cabañas el tifus, todo, había estallado y no podías escuchar ni tus propias palabras por el sonido de los estertores de la muerte. Había personas unas sobre otras, enfermas, vomitando, cuerpos escuálidos arrastrándose de rodillas… Estaba aislado en esa llanura oscura del norte de Alemania y sentías que habías llegado a la fosa séptica de la mente humana.
(Holmes, 337)
Los prisioneros eran una masa densa de espantapájaros demacrados y apáticos amontonados en cabañas de madera, en muchos casos sin camas ni mantas y en algunos casos sin ropa de ningún tipo… Había miles de cadáveres demacrados en diferentes estados de descomposición sin enterrar. La higiene era inexistente a todos los efectos.
(Cesarini, 759)
Tomé parte en el asesinato de muchas personas… Creía en el Führer, quería servir a mi pueblo. Hoy sé que esta idea era falsa. Me arrepiento de los errores de mi pasado, pero no puedo borrarlos.
(Neville, 57)
Eres aún joven y te mantendrás con vida, Solo tengo una cosa que pedirte y es que nunca dejes que la gente se olvide. Cuenta a todo el mundo lo que nos hicieron en este pequeño campo de Buchenwald. Allá donde vayas cuéntalo, también a tus hijos para que ellos lo transmitan. Para recordarlo y no olvidarlo.
(Holmes, 339)
