La Conferencia de Yalta del 4 al 11 de febrero de 1945 fue una reunión de los «tres grandes» líderes aliados: el presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt el primer ministro británico Winston Churchill y el presidente ruso Joseph Stalin. La conferencia celebrada en el palacio de Livadia en Yalta en Crimea decidió el destino de la Alemania nazi y el Japón imperial tras la esperada e inminente victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Las decisiones tomadas en la Conferencia de Yalta aunque no todas se cumplieron redibujaron el mapa político de Europa y el noreste de Asia. Las potencias occidentales pensaron que Stalin rompió después algunos de los acuerdos de Yalta, particularmente en cuanto a elecciones libres en Estados como Polonia y esta percepción tiñó las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante décadas a medida que ambos países entraban en la Guerra Fría.
Palacio de Livadia
Yalta era un elegante balneario y contaba con el Palacio de Livadia, de 50 habitaciones, que había sido residencia del zar Nicolás II (que reinó entre 1894 y 1917). El palacio fue elegido como sede de la conferencia e impresionó al presidente Roosevelt por sus lujosas comodidades. El objetivo de los ocho días de reuniones, bajo el nombre en clave Argonaut, era forjar un acuerdo aliado sobre qué hacer con la Alemania nazi y el Japón imperial (y los territorios que estas potencias habían ocupado) al concluir la Segunda Guerra Mundial. Los combates aún no habían terminado, pero la victoria aliada ya no se medía en términos de si ocurriría, sino de cuándo.
Los tres estadistas se sentían aliviados y complacidos de acoger la victoria en el mayor desafío que sus países habían enfrentado jamás.
Los tres líderes aliados, Roosevelt, Churchill y Stalin, se consideraban los legítimos tomadores de decisiones sobre el destino de otras naciones principalmente por el tamaño de los ejércitos que comandaban y sus éxitos en el campo de batalla, en el mar y en el aire. Churchill y Roosevelt ya se habían reunido dos veces en Malta unas semanas antes, sin duda para aclarar al menos parte de su estrategia antes de enfrentarse a Stalin. Los tres líderes en Yalta iban acompañados de un pequeño ejército de asesores militares y diplomáticos, unos 700 funcionarios en total. Stalin se comunicaba con Roosevelt y Churchill mediante un intérprete, Vladimir Pavlov, pero a pesar de esta evidente barrera las relaciones entre los tres líderes eran amistosas y se bebió mucho champán y vodka en varios banquetes lujosos. Pese a los desacuerdos sobre política exterior y sus diferencias ideológicas inherentes las fotografías oficiales mostraban un ambiente convivial donde los tres estadistas estaban claramente aliviados y complacidos de estar en posición de lograr la victoria en el mayor desafío que sus países habían enfrentado jamás. Había una sombra que no se podía ocultar: Roosevelt estaba enfermo en la conferencia y según declaraciones de secretarias y del propio Churchill parecía distraído e incluso desprevenido. El presidente falleció dos meses después de la Conferencia de Yalta.
Los temas de discusión sobre la mesa en Yalta incluían la mejor forma de concluir la guerra contra la Alemania nazi, que aún estaba bajo el dominio de Adolf Hitler (1889-1945), quien parecía decidido a defender la capital, Berlín, hasta el último hombre mientras las tropas británicas y estadounidenses avanzaban desde el oeste y los ejércitos rusos se acercaban cada vez más desde el este. Los tres líderes aliados eran conscientes de que el progreso de sus respectivos ejércitos en tierra probablemente determinaría quién se quedaría con qué territorio al final de la guerra. El asunto no solo involucraba a Alemania sino también a las antiguas naciones que la Alemania nazi había anexionado u ocupado durante los años treinta, como Austria, Polonia y Checoslovaquia. Iba a haber algún tipo de ocupación aliada del Tercer Reich derrotado, pero exactamente qué porciones estarían bajo el control de quién era un tema espinoso.
Gracias a la labor de cabildeo de Roosevelt y Churchill, Stalin aceptó que Francia fuera una potencia ocupante junto con Estados Unidos, Gran Bretaña y la URSS. Yalta confirmó la idea previamente discutida de que tanto Alemania como Austria se dividirían en cuatro zonas de ocupación con un Gobierno militar conjunto establecido en cada una, el Consejo de Control Aliado en Alemania y el Consejo Interaliado en Austria. Berlín y Viena se dividieron de manera similar en zonas de control. Además se decidió que cada potencia tenía derecho a realizar juicios por crímenes de guerra en su zona de ocupación.
El problema polaco
Un asunto que se volvió problemático entre las partes en Yalta fue qué hacer con Polonia y dónde estarían sus nuevas fronteras. Ocupada desde la invasión nazi de Polonia en 1939 se acordó tentativamente en Yalta un nuevo conjunto de fronteras. Esencialmente Polonia se desplazó hacia el oeste a expensas de Alemania, un movimiento que castigaba a Alemania y compensaba a Polonia por la pérdida de parte de su territorio en el este que se cedió a la URSS. Para los ciudadanos corrientes significó que varios millones de personas se vieran desplazadas tanto en el oeste como en el este. La decisión de permitir que la URSS dominara el «problema polaco» como se conoció fue criticada en Occidente pero con el Ejército Rojo ya presente en el terreno era difícil proponer alternativas. Anthony Eden entonces ministro de Exteriores británico y presente en Yalta recuerda:
Roosevelt pensaba que podía lograr más con Stalin que nadie más, y en eso creo que probablemente se equivocaba, pero era difícil empezar con los asuntos que queríamos discutir con Stalin, quien era un negociador frío, sereno y calculador que sabía exactamente qué quería obtener y salía a conseguirlo. Nunca se exaltaba, apenas alzaba la voz, con una risa fría o carcajada, particularmente cuando pensaba que FDR o Winston estaban en desacuerdo.
Las negociaciones no se facilitaron desde la perspectiva occidental por el hecho de que uno de los ayudantes de Roosevelt, Alger Hiss, probablemente era un espía ruso. Churchill al menos logró arrancarle a Stalin una promesa de que Polonia tendría elecciones libres y, si los votaban, los miembros del Gobierno polaco en el exilio podrían retomar el cargo. Esto nunca ocurrió. Polonia no fue el único estado por el que se pelearon los «Tres Grandes». La composición de los nuevos Gobiernos en Bulgaria y Grecia también fue disputada; Roosevelt y Churchill querían elecciones libres y Stalin quería colocar comunistas en esos gobiernos a toda costa.
Los líderes occidentales acusaron a la URSS de actuar de mala fe e intenciones engañosas respecto a los acuerdos de Yalta.
La derrota de Japón
El otro tema principal discutido en Yalta fue qué hacer con Japón, que aún seguía luchando y parecía decidido a defender cada isla y pelear hasta el último soldado. Roosevelt y Stalin hicieron un acuerdo secreto sobre Japón en el que Churchill no participó directamente (aunque firmó el acuerdo). Tampoco se informó al líder chino Chiang Kai-shek (1887-1975) de este trato pese a que China perdió algo de territorio como consecuencia de él. A cambio de la entrada de Rusia en la guerra contra Japón se satisfarían ciertas demandas soviéticas. Estas demandas incluían el control de las islas Kuriles (también llamadas Kuril), la parte sur de la isla de Sajalín (ambas en el mar de Ojotsk y ocupadas por Japón) y mantener el statu quo respecto a Mongolia, que había sido un Estado cliente ruso desde 1924. Cuando Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas sobre Japón en agosto de 1945, Japón se rindió y la guerra terminó. Desde entonces ha habido mucho debate sobre si la declaración de guerra de Rusia a Japón justo antes de los ataques sobre Hiroshima y Nagasaki influyó en la decisión del Gobierno japonés de rendirse y, por tanto, si al final los compromisos asiáticos en Yalta fueron realmente necesarios.
Naciones Unidas libres
Otros asuntos discutidos en Yalta incluyeron las reparaciones que Alemania debía pagar, los severos límites a su poderío militar futuro y que se realizarían juicios públicos por crímenes de guerra a los principales sospechosos. Los delegados en Yalta también debatieron cómo se distribuirían los derechos de voto en las Naciones Unidas, la nueva versión propuesta de la Sociedad de las Naciones. Roosevelt y Churchill lograron convencer a Stalin de que Francia se uniera a ellos en un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. También hubo un acuerdo de que todos los desertores y los considerados traidores serían devueltos a sus países de origen tras la guerra. Tal acuerdo para repatriar a los rusos probablemente significaba su sentencia de muerte, pero a Roosevelt y Churchill solo les preocupaba recuperar a sus propios nacionales, tomados como prisioneros de guerra que en ese momento estaban en manos rusas.
Finalmente, y tras mucha discusión como se señaló antes, se emitió la Declaración sobre Europa Liberada que «comprometía al Reino Unido, Estados Unidos y la URSS a establecer elecciones libres y Gobiernos democráticos en los países que habían liberado» (Dear, 222). Esta declaración no resultó de ningún valor pues se violó solo unas semanas después cuando Stalin instaló un nuevo Gobierno respaldado por los soviéticos en Rumanía. Este no fue más que el primero de muchos casos similares perpetrados por todos los bandos, pero fue la persistente violación de la declaración por Stalin en Europa Oriental en los años de posguerra la que les permitió a los líderes occidentales acusar a la URSS de mala fe e intenciones engañosas respecto a los acuerdos de Yalta en general.
Críticas a Yalta y legado
A corto plazo, la Conferencia de Yalta y el espíritu de discusión, compromiso y unidad que sugerían los informes y fotografías recibieron una luz muy positiva en la prensa. A largo plazo, particularmente al conocerse más detalles (solo se publicaron en marzo de 1947), los resultados de la conferencia recibieron críticas, especialmente en Estados Unidos y Gran Bretaña, donde muchos sentían que Roosevelt y Churchill habían negociado la pérdida de control de Europa Oriental ante la URSS y permitido una presencia soviética en Asia Oriental que podía servir de plataforma para mayor expansión de la influencia soviética en esa parte del mundo. Aun con algunos éxitos, como la posición elevada de Francia y la defensa de la democracia en Grecia, los líderes occidentales eran plenamente conscientes de que, en general, para ellos Yalta había resultado una decepción. Como dijo Churchill a uno de sus ayudantes al final de la conferencia, «llévame lejos de esta "Riviera de Hades"» (Holmes, 535).
Había un sentimiento general en Estados Unidos de que, al incumplir la URSS cada vez más sus compromisos de Yalta, los estadounidenses en efecto habían «ganado la guerra pero perdido la paz» (Liddell Hart, 435). La posición occidental se debilitó aún más por la muerte de Roosevelt y el fracaso de Churchill en las siguientes elecciones generales, de modo que, para la siguiente cumbre importante, dos nuevos líderes se sentaron a la mesa de negociaciones: el primer ministro británico Clement Attlee y el presidente estadounidense Harry S. Truman. El astuto y experimentado Stalin tenía ventaja cuando las tres naciones se reunieron en la Conferencia de Potsdam de julio-agosto de 1945. Continuó el regateo sobre las fronteras precisas de Polonia y otros Estados europeos y también se discutieron los términos de paz respecto a Japón. La consecuencia final de la paz fracturada y los objetivos rivales de política exterior de Oriente y Occidente fue el rápido desarrollo de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS y sus respectivos aliados, un deterioro de las relaciones que vería un prolongado período de tensiones internacionales y guerras subsidiarias en la segunda mitad del siglo XX.
Matemático, con experiencia docente tanto en educación secundaria como universitaria. Apasionado por la ciencia y las lenguas, destaca por su curiosidad intelectual, su afición a la lectura y su interés por el cine y la música.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 17 octubre 2025. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.