Epicuro (341 - 270 a.C.) fue un filósofo de la antigua Grecia, fundador de la escuela epicúrea de Atenas que enseñaba que «el placer era el principio y el final de una vida feliz». Fue un escritor prolífico que escribió 37 volúmenes, pero, por desgracia, tan solo se conservan algunos fragmentos y cuatro cartas. Sus enseñanzas influirían a muchos que vinieron después, tales como Lucrecio de Roma y su Sobre la naturaleza de las cosas, y los utilitarios Jeremy Bentham y J. S. Mill.
Primeros años
La mayoría de lo que saben los historiadores sobre Epicuro proviene de los escritos de otros. Epicuro nació en 341 a.C., según la mayoría de las fuentes en la pequeña isla de Samos situada frente a las costas de Asia Menor en el mar Egeo. Su padre Neocles era profesor de escuela. Neocles y su esposa Querestrata eran miembros de la clase pobre de Atenas (los klirouchi) que emigraron a Samos desde Atenas porque les ofrecieron tierra allí. En un principio, Epicuro aprendió en casa con su padre, pero más tarde estudió con Anfilo (también conocido como Pánfilo), un platónico, y Nausífanes, un seguidor de Demócrito, el atomista. Mientras Epicuro servía sus dos años obligados en el Ejército ateniense, trasladaron a su familia obligatoriamente a una ciudad jónica pequeña de Colofón, cuando Pérdicas, el viejo comandante macedonio a las órdenes de Alejandro tuvo que ordenar la retirada de todos los atenienses de Samos.
Fue entonces cuando Epicuro empezó a desarrollar su propia filosofía. Según las fuentes, a la tierna edad de 14 años, había perdido la ilusión por sus maestros. Al igual que Aristóteles, era un empírico y creía que todo conocimiento proviene de los sentidos. Su nueva filosofía se centró principalmente en la idea de buscar el placer y evitar el dolor. Aunque su nombre y su filosofía se han malinterpretado y se han vinculado con el hedonismo, sus enseñanzas iniciales no tenían nada que ver con él. Obviamente, a causa de su educación, el pensamiento de Epicuro estuvo muy influido por las filosofías de Platón, Aristóteles y Demócrito por encima de todo. Poco a poco, sus enseñanzas fueron cobrando varios seguidores decididos, e incluso atrajo a mujeres y esclavos. El hecho de que sus escuelas acogiesen a todo el mundo le brindó una gran oposición de otros en Atenas y los alrededores. A los 32 años, se trasladó a la ciudad de Mitilene en la isla de Lesbos y, más adelante, no por decisión propia, se mudó a Lámpsaco en el lado oriental del Helesponto, donde estableció escuelas en ambos lugares.
Filosofía
En 307/306 d.C. se compró una casa en Atenas y fundó una nueva escuela a la que llamó «el Jardín», donde se quedaría el resto de su vida. A las puertas de su escuela puso una inscripción: «Extraño, te vendía bien pasar aquí algún tiempo; aquí el mayor objetivo es el placer». Por desgracia, su concepto de placer se ha malinterpretado terriblemente; para él, el placer consistía en llevar una vida de contemplación reparadora, comer y beber con moderación. Había que vivir sin ansiedad, deshaciéndose de los deseos y las preocupaciones de la vida y disfrutando de la «dicha de los dioses». Más adelante escribiría: «no estropees lo que tienes, deseando lo que no tienes; recuerda que lo que tienes ahora alguna vez se encontró entre las cosas que tan solo podías desear». La felicidad solo se podía conseguir mediante la ataraxia, la liberación del miedo, y la aponía, la ausencia de dolor. «La vida desconocida» era un adagio personal de los epicúreos, una creencia que rivalizaba con la vieja idea griega de buscar la fama, la gloria y el honor.
Los epicúreos creían que todos los deseos derivaban de tres fuentes principales: los deseos naturales que son esenciales para la vida, tales como la comida y el cobijo; los deseos naturales sin los que se puede vivir, principalmente los que causan celos y aburrimiento; y por último los deseos narcisistas como la riqueza y la fama. Escribió: «Aquel que no está satisfecho con un poco, no se satisface con nada». Sin embargo, una de las cosas más importantes para Epicuro era la amistad; aunque nunca se casó, creía en el matrimonio y la familia. Los amigos proporcionan una defensa importante contra la inseguridad, así como una fuente de fuerza. En cuanto a lo personal, muchos consideraban que Epicuro era una persona humilde, callada y tranquila. No obstante, algunos críticos no fueron tan amables y, por ejemplo, el filósofo estoico Epicteto lo llamó un «predicador del afeminamiento».
Enseñanzas epicúreas
Aparte de por aceptar mujeres y esclavos en sus escuelas, muchos lo atacaron por su postura en cuanto a la religión y la muerte. Uno de los objetivos más importantes de Epicuro era liberar a la gente del miedo a la muerte, con lo que podría buscar tanto la felicidad como la realización en su vida personal. Para Epicuro, la persona deja de existir cuando decide temerle a la muerte. Los epicúreos creían en la máxima: «Para nosotros, la muerte no es nada». El epicureísmo tiene cuatro verdades fundamentales:
- No hay seres divinos que puedan amenazarnos.
- No hay una vida después de la muerte.
- Lo que necesitamos realmente es fácil de conseguir.
- Lo que nos hace sufrir es fácil de soportar.
Por supuesto, estos males también tenían curas fáciles, entre las que estaban no temer a dios y no preocuparse por la muerte. Como seguidor de las enseñanzas de Demócrito, enseñaba que, al morir, el cuerpo no quedaba más que reducido a átomos en descomposición; de hecho, todo lo que existe en el universo está compuesto de átomos y espacio. La vida, el cuerpo y la mente, es una combinación y dispersión de estos átomos. Incluso el alma está compuesta de átomos. Y no solo son indestructibles y eternos, sino que también son impredecibles.
A diferencia de otras religiones que hablaban de la otra vida, esto quería decir que no había que temer a la eventualidad de la muerte. Para Epicuro no había nada que esperar, ni temer, de los dioses. Aunque rechazaba la creación divina del mundo propuesta por Platón, porque creía que el cosmos era el resultado de un accidente, intentaba evitar decir que los dioses no existían, porque habría sido peligroso negar su existencia; no se consideraba ateo. Estaba bien que la gente les presentara sus respetos a los dioses, pero no había que esperar nada a cambio. Los dioses existían, eran felices e inmortales, pero estaban lejos y no tenían mayor interés por las vidas de las personas. Más tarde, esta negación de la inmortalidad y la existencia de un dios benevolente pondría a los epicúreos en conflicto directo con el surgimiento del cristianismo. Epicuro y sus seguidores llevaban una vida tranquila en sus comunidades pequeñas y no se inmiscuían en la política de una Atenas en constante cambio; evitaban toda clase de activismo social. Y, en cuanto al énfasis ateniense en la importancia de la virtud, Epicuro decía que aquellos que eran sabios evitarían la injusticia. Una vez escribió: «Practicar la buena vida y la buena muerte son exactamente lo mismo». Murió en 270 a.C. aquejado de piedras en el riñón. Sus escuelas y su filosofía sobrevivirían mucho después de su muerte.

