La Nueva Política Económica (NEP por sus siglas en ruso) de Vladímir Lenin (1870-1924), líder de la Rusia soviética, fue la introducción en 1921 de una forma limitada de capitalismo en la industria ligera y la agricultura; contrariamente a las ideas económicas marxistas, la NEP se consideró una medida necesaria para recuperarse de los desastres económicos de la Primera Guerra Mundial y la guerra civil rusa. Aunque la NEP sí condujo a una recuperación económica, no creó una economía significativamente más amplia ni tecnológicamente avanzada, y generó ciertos problemas, especialmente una caída de los precios de los alimentos junto con un aumento de los precios de los bienes de consumo. El debate sobre el uso de ideales capitalistas en la NEP continuó durante la década de 1920 y exigió un fortalecimiento del sistema de partido único, hasta que la NEP terminó en 1928, cuando Iósif Stalin (1878-1953) colectivizó las explotaciones agrarias y nacionalizó por completo las industrias.
Los socialistas radicales tomaron el poder con la Revolución bolchevique de noviembre de 1917. Los bolcheviques se vieron de inmediato obligados a librar la guerra civil rusa contra fuerzas reaccionarias prozaristas y fuerzas extranjeras, un conflicto que no hizo sino agravar la agitación económica causada por la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Los bolcheviques implantaron una política de «comunismo de guerra», según la cual toda la agricultura y la actividad industrial y comercial debían servir a un único objetivo: ganar la guerra civil y defender la conquista de la revolución proletaria. Los bolcheviques, que cambiaron su nombre por el de Partido Comunista, ganaron la guerra, pero la agitación económica era notoria.
LA NEP PARECÍA ESTAR PERMITIENDO JUSTO AQUELLO CONTRA LO QUE EL MOVIMIENTO SOCIALISTA HABÍA COMBATIDO DURANTE MUCHO TIEMPO: EL CAPITALISMO.
En 1921, Lenin creía que, tras las turbulentas huelgas, disturbios y sublevaciones campesinas que habían asolado Rusia desde 1914 e incluso antes, era necesario adoptar un nuevo enfoque económico. Tan recientemente como en la primavera de 1921, la rebelión de los marineros de Kronstadt, las huelgas de los trabajadores industriales y graves levantamientos campesinos demostraron que políticas de «comunismo de guerra» como la mera requisa de productos a los agricultores no serían toleradas y que, en cualquier caso, el enfoque de «economía dirigida» era claramente incapaz de garantizar un suministro de alimentos regular y suficiente. Para Lenin, la rebelión de Kronstadt y la posterior masacre de los marineros habían sido «el relámpago que iluminó la realidad mejor que nada» (Wood, 61). Además, el «comunismo de guerra» sencillamente no había funcionado: en 1921, la producción industrial era solo el 12% de la de 1913 y la cosecha agrícola de ese año fue menos de la mitad de la media de antes de la guerra. La economía y la moneda se habían hundido hasta tal punto que todo el mundo cobraba en especie y el trueque se convirtió en una habilidad esencial para la supervivencia. Había llegado el momento de un cambio.
El fin del «comunismo de guerra»
Lenin presentó un nuevo enfoque económico en el 10.º Congreso del Partido, en marzo de 1921. El dirigente soviético logró que se aprobaran sus ideas gracias a la evidencia tangible de las rebeliones y levantamientos. Este nuevo enfoque implicaba cierto grado de capitalismo de libre mercado y se denominó Nueva Política Económica. Es importante señalar que la NEP no fue un plan único y coherente, sino más bien «una etiqueta que se acabó aplicando a una serie de medidas que fueron apareciendo a lo largo de varios meses, a partir de la primavera de 1921» (Suny, 169).
El nuevo enfoque contó con el apoyo de figuras del sector derecho del Partido Comunista, en particular Nikolái Bujarin (1888-1938). Quienes se situaban a la izquierda se mostraron bastante más escépticos. La NEP parecía estar permitiendo precisamente aquello que el movimiento socialista llevaba mucho tiempo intentando erradicar: el capitalismo. Además, semejante retroceso seguramente daría lugar a una nueva clase media acomodada que podría llegar a cuestionar el control proletario del poder. Para resistir un posible desafío de ese tipo, el movimiento socialista debía estar más unido que nunca. A la postre, la gravedad de las sublevaciones campesinas, las huelgas y la rebelión de Kronstadt convenció a la mayoría de los bolcheviques de que Lenin tenía razón al afirmar que algo tenía que cambiar. Lenin prometió que una pequeña dosis de capitalismo de mercado, a la larga, solo reforzaría las posibilidades de que Rusia lograra una sociedad plenamente socialista.
Al hacer que el Gobierno manipulara la economía, Lenin «estaba, en efecto, poniendo el marxismo patas arriba, ya que la base del poder pasaba a ser ahora la estructura política y no el orden económico» (Wood, 62). Lenin reconocía la paradoja que suponía la NEP en la Rusia soviética, pero insistía en que estaba «construyendo el socialismo con manos capitalistas» (Freeze, 322). Para garantizar la unidad, se eliminaron todas las facciones políticas dentro del movimiento socialista. Esto afectó no solo a facciones rivales de los bolcheviques, como mencheviques y socialrevolucionarios, sino también a cualquier disidente dentro del único partido permitido, el Partido Comunista.
Además, la NEP no era necesariamente una medida temporal, sino más bien una política que, a largo plazo, ayudaría a salvar la enorme distancia entre la realidad del atraso industrial de Rusia y la utopía socialista de una sociedad absolutamente justa para todos. Por este motivo, «la NEP, según Lenin, no era en modo alguno un recurso temporal para conseguir un respiro, sino parte de un plan concebido para durar “no siglos, sino generaciones”» (Brown, 106). Como Lenin repitió en numerosas ocasiones, la NEP no era una retirada, sino más bien «el camino correcto», y uno que debía seguirse «durante mucho tiempo» (Shukman, 150). Fueron los críticos de la NEP, tanto entonces como después, quienes sostuvieron que la política estaba concebida como una retirada embarazosa y provisional del comunismo pleno. La posición de Lenin era más ambivalente.
Lenin defendió ahora un nuevo sistema de impuestos progresivos basado en los niveles de renta y en el número de personas a cargo de cada contribuyente. Este y otros cambios de política se implantaron de inmediato mediante decretos gubernamentales. Al principio, el impuesto podía pagarse en especie, pero a partir de 1923 pasó a abonarse en efectivo. La cantidad de grano requisada a los campesinos se redujo y se les permitió comerciar con cualquier excedente que pudieran producir. Para combatir la desenfrenada inflación que había hundido la economía durante los cinco años anteriores, la moneda pasó a estar respaldada en parte por oro y la oferta monetaria se controló de forma mucho más estricta que durante la guerra civil, cuando el Gobierno soviético había emitido dinero imprimiéndolo sin freno.
EL CRECIMIENTO ECONÓMICO ERA LENTO Y EL DESEMPLEO SEGUíA SIENDO DEMASIADO ALTO PARA ESTAR TRANQUILOS.
Inmediatamente después de la Revolución bolchevique, los bienes de las clases acomodadas habían sido simplemente apropiados y redistribuidos, pero esta política se revirtió ahora. Las fábricas y empresas habían sido nacionalizadas por el Estado. El resultado de este giro fue que, bajo la NEP, solo el 8,5 % de las empresas industriales de Rusia permanecieron nacionalizadas. Lo significativo, sin embargo, es que ese 8,5 % agrupaba al 84 % de la plantilla total. Lenin podía así afirmar que los trabajadores y el Estado se mantenían en una sociedad armoniosa que trabajaba por un futuro mejor. Las áreas más destacadas de libre empresa incluían el derecho de cualquier persona a «dedicarse al pequeño comercio y a la producción artesanal» (Suny, 169). Las concesiones a capital extranjero (en particular en los sectores maderero y minero) también se autorizaron a partir de marzo de 1923. Ese mismo año, el 76 % del comercio minorista estaba en manos privadas. Este periodo también vio un aumento del uso de tecnologías innovadoras, sobre todo en instalaciones eléctricas y perforación petrolífera.
El Gobierno siguió controlando la industria pesada, la banca y el comercio exterior. Las grandes industrias ya no podían confiar en que el Estado se hiciera cargo de sus excedentes, y se prestó mucha más atención a los costes reales de producción. Para lograr un control más eficaz, el Gobierno creó un nuevo organismo estatal de planificación, Gosplan. Una de las principales preocupaciones del Gobierno era aumentar la productividad del trabajo, ya que solo así se abaratarían los costes de producción y las empresas podrían obtener beneficios.
¿Fue un éxito la NEP?
Lenin murió en enero de 1924 y el partido en el poder debatió si debía continuar o no con la NEP. Finalmente, la política se mantuvo durante cuatro años más. Entre 1921 y 1928 hubo logros, entre ellos un período muy necesario de relativa estabilidad, y «la NEP sin duda permitió que Rusia lograra una recuperación económica» (Wood, 63). En 1928, la producción agrícola e industrial había recuperado los niveles de antes de la guerra y el nivel de vida había mejorado; sin embargo, el crecimiento económico fue lento y el desempleo seguía siendo demasiado elevado para resultar tranquilizador (un 14 % en la industria en 1927). Se produjo la «crisis de las tijeras» —llamada así por las dos líneas que se cruzan en una gráfica—, ya que la producción agrícola (mucho más rápida de reactivar que la industria) se disparó, provocando una sobreproducción que hizo bajar los precios de los alimentos, mientras que, en sentido contrario, como el rendimiento de la industria fue inferior al esperado, la escasez elevó los precios de los bienes manufacturados. En resumen, los campesinos tenían menos dinero para gastar en productos que eran cada vez más caros. Los recortes de gasto estatal durante la NEP afectaron gravemente a servicios como el transporte, la sanidad y la educación, y Rusia seguía a la zaga de otros Estados europeos en materia de tecnología; por ejemplo, en 1928 solo el 1 % de la superficie agrícola se trabajaba con tractores en lugar de animales de tiro.
La NEP dio lugar al mayor número de mujeres empleadas que se había visto hasta entonces, pero, en proporción a una fuerza de trabajo en constante crecimiento, su porcentaje en realidad disminuyó. «La participación de las mujeres en la fuerza de trabajo cayó del 45 % en 1918 a menos del 30 %, porcentaje en el que se mantuvo durante toda la década de 1920» (Suny, 475-6). Esta reducción se debió a que millones de soldados varones pudieron volver al trabajo tras el fin de la guerra civil en 1921-1922. Los propietarios de fábricas, ahora con mayor libertad de acción, también sustituyeron a mujeres por hombres, ya que las primeras podían suponer costes de maternidad o guardería. Algunos trabajadores varones sabotearon además las oportunidades de formación de las mujeres para asegurarse de que solo ellos contaran con las competencias necesarias para acceder a determinados puestos. El empeño del Gobierno en recortar gastos provocó una reducción en el número de guarderías, lo que también perjudicó seriamente las posibilidades de muchas mujeres de encontrar empleo.
La NEP tuvo algunos efectos positivos en el ámbito de la cultura. El espíritu de la NEP dio lugar a una injerencia estatal mucho menor en la literatura, la música y las artes visuales. Hubo también un retorno a la cooperación internacional, sobre todo mediante la difusión de partituras de compositores rusos que se publicaban en Viena y desde allí llegaban al resto del mundo. La cultura circuló también en sentido inverso, y fenómenos globales como la música jazz y el cine mudo de Hollywood pudieron encargarse de entretener a las masas.
El propio Lenin, de haber vivido, bien podría haber pasado en la década de 1930 a un proyecto de colectivización y nacionalización. Otros dirigentes clave del Partido Comunista, León Trotski (1879-1940), por ejemplo, defendían desde hacía tiempo una mayor explotación de la agricultura, que permitiría acelerar la industrialización. Stalin, sucesor de Lenin al frente del Estado, quería extraer un tributo del campesinado para reorientar la prioridad estatal hacia la industria.
Stalin puso fin a la NEP en 1928 por dos motivos. En primer lugar, esta le permitía desacreditar a su principal rival por el liderazgo del partido, Bujarin, que la defendía. En segundo lugar, la política ya no estaba produciendo los resultados esperados: los suministros de grano, en particular, se habían reducido de forma considerable. La colectivización de la agricultura podía resolver estos problemas. Además, ahora podían identificarse dos chivos expiatorios a los que culpar de la lentitud de la economía y de obstaculizar el socialismo: el campesino acomodado propietario de tierras (kulak) y el comerciante «ávido de dinero» (nepman). Estos últimos habían irritado especialmente a los socialistas tradicionales por la percepción de su ostentoso consumo de pieles, diamantes y champán. Se elaboraron planes quinquenales (el primero comenzó en octubre de 1928), que implicaron una enorme nueva inversión en la industria, pero también un fuerte aumento de la intervención estatal. El breve coqueteo de la URSS con el capitalismo había llegado a su fin.
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Entre 1928 y 1937, la producción industrial de Rusia «aumentó entre un 12 % y un 18 % anual» (Brown, 393), especialmente en los sectores de maquinaria industrial y agrícola. Entre 1929 y 1931, «20 millones de explotaciones individuales se agruparon en 250.000 koljoses» (ibidem), lo que permitió liberar mano de obra para la industria. Este enorme vuelco de la economía rusa trajo consigo modernización, pero una injerencia estatal tan intensa sofocó a menudo los incentivos para aumentar la producción; la planificación era rudimentaria y la calidad de los bienes producidos solía ser deficiente. En pocas palabras, Stalin consideró que un sufrimiento humano incalculable y millones de muertes eran un precio aceptable para mantener su férreo control del poder y alcanzar el viejo sueño de convertir a Rusia en una gran potencia industrial.
Matemático, con experiencia docente tanto en educación secundaria como universitaria. Apasionado por la ciencia y las lenguas, destaca por su curiosidad intelectual, su afición a la lectura y su interés por el cine y la música.
Mark es el director de Publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 27 agosto 2025. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.