Los mencheviques (conocidos como «la minoría») y los bolcheviques («la mayoría») fueron dos facciones que rivalizaban dentro del Partido Laborista Socialdemócrata de Rusia (PLSDR), también conocido como el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR). La ruptura entre ambas ocurrió en 1903, y continuó hasta la década de 1920. El ala más moderada y prudente, los mencheviques, estaba liderada por Julius Mártov (1873-1923), mientras que el lado más revolucionario y pragmático, los bolcheviques, tenía como líder a Vladímir Lenin (1870-1924). En esencia, ambas facciones discrepaban acerca de cómo y cuándo llevar a cabo la revolución obrera, que implementaría un estado socialista que reemplazara al régimen autoritario del zar.
La preferencia de los mencheviques por una revolución que abarcara dos etapas, primero entre los burgueses y luego entre la clase obrera, estaba más en consonancia con las ideas del filósofo alemán Karl Marx (1818-1883), quien pareciera haber sugerido, en su obra, que una revolución socialista solo podría tener éxito en un estado industrializado y capitalista, algo que distaba mucho de Rusia. Los bolcheviques, quienes clamaban por una revolución obrera a cualquier precio, también afirmaban que estaban siguiendo las ideas de Marx dado que el pensador había cuestionado la idea de que una revolución en dos etapas fuera posible en la práctica. Al final ocurrió una especie de revolución obrera a lo largo de varios meses del año 1917, en los que los revolucionarios se beneficiaron (para su sorpresa) de la falta de lealtad de las fuerzas armadas hacia el zar Nicolás II (quien reinó desde 1894 a 1917), lo que resultó en su abdicación. A medida que ocurrían más embestidas y el gobierno provisional se derrumbaba, Lenin pudo formar un nuevo régimen: la Rusia Soviética. Tras ello, tuvo que ganar la guerra civil rusa, para asegurar su propia posición de poder y la de los bolcheviques (ahora llamados comunistas). Mientras tanto, los mencheviques restantes fueron marginados del nuevo Partido Comunista u obligados a vivir en el exilio.
La carencia de Unidad en los círculos socialistas supuso que no estuvieran listos para la revolución espontánea de 1905.
El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR) se fundó en 1898, pero no fue un partido político en el sentido moderno de la palabra, sino más bien un grupo revolucionario clandestino debido a que la Rusia del zar no permitía las agrupaciones políticas. El POSDR y otros «partidos» clandestinos lucharon por ocasionar la caída del autoritario régimen zarista y la de su cabeza, el zar Nicolás II. La rivalidad y la falta de concenso tiñeron las relaciones entre estos «partidos» y dentro de los mismos, especialmente acerca de cómo debería ser el nuevo sistema de gobierno, así como cuándo y cómo este debía producirse.
En el segundo congreso del POSDR, celebrado en Londres y Bruselas en agosto de 1903, dado que la mayoría de los delegados estaban exiliados de Rusia, la propuesta de Vladimir Lenin de una revolución organizada por «un par de profesionales altamente entrenados y curtidos en la policía de seguridad imperial» (Montefiore, p. 527) no tuvo un respaldo amplio. Lenin, en consecuencia, dio origen a su propio grupo disidente y a partir de obtener la mayoría en algunas votaciones del Congreso (solamente debido a que muchos otros delegados se retiraron), se autoproclamaron como Bolcheviques (del ruso bolshinstvo, que significa «mayoría»). Lenin describió a sus opositores como Mencheviques, que significa minoría (del ruso mensheviki). Estos dos términos son algo engañosos si se los toma de forma literal, dado que el número de miembros de cada facción fluctuó a lo largo de los años y había varios bandos más aparte de estos dos. Por ejemplo, en 1910, las estimaciones de la figura clave del Bolchevismo, León Trotsky (1879-1940), indicaban que solo el 10 % de los integrantes del POSDR eran bolcheviques. Además, abundaban partidos y grupos revolucionarios fuera del Partido Obrero, especialmente el Partido Social-Revolucionario, el cual tenía sus propias facciones, inlcuido un grupo considerable de insurgentes que creían que cualquier tipo de partido político era una pérdida de tiempo a la hora de enfrentar la crueldad del zar.
La enemistad entre mencheviques y bolcheviques, y la naturaleza disruptista de la izquierda revolucionaria, dificultarían los deseos de derribar el estatus quo de Rusia durante las próximas dos décadas. A corto plazo, la falta de cohesión en los círculos socialistas denotaba su falta de preparación e incapacidad para aprovechar por completo la revolución rusa de 1905, una revuelta espontánea a lo largo de toda la nación que, finalmente, fue sofocada por el zar.
Las diferencias fundamentales
Ambos bandos, bolcheviques y mencheviques, continuaron trabajando en pos de la misma causa revolucionaria, establecer una sociedad socialista más justa donde campesinos y obreros no fueran explotados por los aristócratas y capitalistas, aunque la relación nunca dejó de ser volátil. Los bolcheviques querían que la dirigencia del partido fuera un núcleo hermético, centralizado y elitista (para mantenerlo a salvo de las garras de la policía secreta del zar). Los mencheviques, por su lado, buscaban una dirigencia más abierta y un partido más inclusivo en general. El distanciamiento entre bolcheviques y mencheviques se vio en las organizaciones socialistas a lo largo de todo el imperio, desde Georgia hasta Manchuria.
Otra diferencia considerable entre ambas facciones era la manera en la que buscaban instaurar cambios duraderos en la sociedad rusa. Los mencheviques, a diferencia de otros bloques políticos, no creían que una revolución a gran escala y el establecimiento de un Estado marxista fuera posible, en las condiciones de la Rusia de ese entonces. Además, debido a que se reconocían como marxistas ortodoxos o legales (porque operaban dentro de las leyes), consideraban que, en primer lugar, era necesario dar lugar a una revolución «burguesa», que derrocara al zar y a sus aliados capitalistas. Solamente, en una etapa posterior, se podría propiciar la revolución obrera o del «proletariado». Entre esas dos revoluciones, los mecheviques instarían a los trabajadores a abstenerse de tomar el poder ellos mismos y, en su lugar, presentar una oposición permanente en forma de consejos obreros (soviets), federaciones de comercio, cooperativas y consejos deliberantes. Esta «oposición revolucionaria» sería un método efectivo para obligar a las instituciones burguesas a promover algunas medidas, aunque fueran mínimas, del programa socialista. Asimismo, los mencheviques consideraban que, esta estrategia de dos pasos, permitía desarrollar la industria y libertad política rusa hasta el punto de que los proletarios pudieran tomar el mando y alcanzar el socialismo puro. Esta rama creía que precipitar su «segunda revolución» era riesgoso en exceso, pudiendo poner en riesgo la posibilidad de alcanzar una sociedad más justa para todos.
El Menchevismo, en este punto, seguía las ideas de Karl Marx, o lo que ellos consideraban como tales, aunque algunos críticos los acusarían de simplificar en exceso sus ideas. Marx apuntaba a que era necesario cierto nivel de desarrollo económico y libertad política en el estado para transformarlo con éxito en una sociedad socialista. Esto se debía a que solamente una sociedad capitalista moderna tendría la cantidad suficiente de obreros liberales como para alimentar la revolución. Los mencheviques también eran seguidores de los conceptos presentados por Georgi Plekhanov (1856-1918), más en concreto el que señalaba a la «revolución burguesa» como esencial para el desarrollo ruso en materia económica y política (Rusia, en ese entonces, aún era semifeudal en muchos aspectos), el advenimiento de una revolución obrera total, o «maximalista» como se la ha llamado, sería prematura y solo llevaría a la aparición de otra forma de despotismo similar al régimen zarista. Dada la forma en la que ocurrieron los hechos en la Rusia posterior a la revolución, puede que los mencheviques estuvieran en lo cierto.
El Menchevismo también tenía sus propias divisiones internas. Los desacuerdos se hicieron especialmente visibles durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Algunos mencheviques querían llevar a cabo una guerra basada en el «defensismo» para derrotar a las fuerzas austro-alemanas, mientras que otros sostenían un abordaje más «internacionalista» del conflicto (efectivamente, sin apoyar a ningún bando). Algunos otros buscaban continuar con lo que consideraban una lucha patriótica, una posición que se conoce como «defensismo revolucionario» dado que la victoria protegería los logros de la revolución. Lenin y sus colaboradores, por otro lado, deseaban cesar la participación rusa en la guerra lo antes posible, por cualquier medio existente. Otro aspecto del debate se situaba en aliento o desaliento de los socialistas que se encontraban en el extranjero en la revolución que se avecinaba. Por último, también hubo mencheviques que se pasaron al bando bolchevique (y viceversa), Plejánov es un ejemplo de ello.
GRacias a sus promesas de cambios más inmediatos, los bolcheviques fueron más exitosos a la hora de captar el apoyo de los obreros.
Los bolcheviques rivales no se mostraban pacientes ante la idea de una revolución en dos etapas y clamaron por una revolución socialista a gran escala de inmediato, en la que los soviets obreros ostentaran poder desde el principio. En esta iniciativa, podrían recurrir a la obra de Marx, dado que el filósofo había sugerido que, en realidad, sería arduo en exceso dividir la revolución en dos fases como promovían los mencheviques. Trotsky, como el segundo al mando de Lenin, fue una figura clave que respaldó esta idea con su mirada, hablando desde la práctica, de que no sería posible llevar a cabo una primera revolución y luego una segunda, sino que sería más bien una especie de estado de «revolución permanente». También estaba la cuestión de que los burgueses podrían ser demasiado débiles, cobardes o egoístas como para consumar su parte del proceso, por lo que no habría revolución obrera dada la inexistencia de la primera fase.
Más allá de las diferencias ideológicas, hubo algunos bolcheviques que, para añadir otra capa de complejidad al entramado de lealtades, creían que lo ideal era colaborar con los mencheviques a pesar de las diferencias en sus puntos de vista. Otros bolcheviques estaban convencidos de que había que hacer lo que fuera necesario para alcanzar su objetivo, con o sin aliados. Incluso el mismísimo Lenin vio sus ideas dentro de una minoría del propio Bolchevismo.
En la práctica, las políticas de Lenin eran algo diferentes a las de los mencheviques. Siempre pragmático, hacía uso de una amplia gama de métodos para caldear la revolución, algunos de los cuales no contaban con la aprobación de los mencheviques (e incluso de algunos bolcheviques). Lenin, por dar un ejemplo, no deseaba que los obreros participaran en las elecciones estatales, abogaba por el uso de tácticas paramilitares y, en secreto, respaldaba el robo de bancos estatales y oficinas postales para financiar las actividades del partido. Además, aseguraba que su movimiento era más moderno que los demás. Concretamente, junto a la jugada de convertir al periódico socialista Pravda («Verdad»), en 1918, en un rival del diario Iskra («Chispa»), bajo dominio menchevique, también apoyó a un periódico que promovía la participación femenina en la causa revolucionaria. También se animó a las minorías a unirse al bolchevismo. Estas políticas dieron sus frutos, permitiéndole al bando bolchevique acrecentar de forma gradual sus filas dentro del movimiento socialista.
Gracias a sus promesas de cambios más veloces, los bolcheviques, en comparación con los mencheviques, tuvieron más éxito a la hora de hacerse con el apoyo de los trabajadores, quienes toleraban cada vez menos las vagas y poco realistas promesas de reforma del zar. Los obreros de las fábricas en los pueblos y ciudades estaban cada vez más radicalizados, una situación a la que no ayudaron las medidas severas del régimen zarista, como controlar los sindicatos y desoír los pedidos de reducción de la jornada laboral y mejorar la seguridad del ambiente laboral. Los trabajadores formaron sus propios comités de fábrica, que los bolcheviques, sin perder tiempo, coparon cada vez en mayor medida. Por consiguiente, «estas organizaciones posibilitaron a los bolcheviques ofrecer una alternativa a los sindicatos y superar a sus rivales, los mencheviques» (Freeze, p. 284).
Los trabajadores agrarios en el campo, estaban igual de impacientes que los metalúrgicos y textiles en las ciudades por la llegada de los cambios que traería la revolución. La política menchevique de tratar de poner freno a la violencia resultó dañina hacia su propio movimiento, y no se percataron en absoluto de que la radicalización de la sociedad rusa no permitiría que existiese la cooperación a gran escala entre el proletariado y la burguesía, que parecían cada vez más distantes. La parte más seria de todo esto era la actitud menchevique que consideraba que la autoridad no debería situarse en torno al POSDR, lo que se traduciría como cortar su propia injerencia en la toma de decisiones del partido y menguar sus posibilidades de hacerse con el control de los bolcheviques. En síntesis, los mencheviques se transformaron en una rama incoherente dentro del partido, dado que evolucionaron para ser «más una tendencia amplia que un partido político» (Shukman, p. 67).
El menchevismo contaba con el apoyo inquebrantable del sindicato de impresores, el sindicato de los trabajadores de prensa, y del sindicato de trabajadores de la industria química en Moscú. Los mencheviques también tenían una posición de mando en los soviets de las grandes ciudades, especialmente en la capital, San Petersburgo. Los bolcheviques, por su parte, tenían más poder dentro del POSDR en sí mismo. Tal como el historiador H. Shukman anotó, «Los mencheviques nunca prosperaron en su intento de capturar las instituciones del partido» (p. 80). En consecuencia, el bolchevismo pudo proclamarse como el legítimo representante del POSDR en enero de 1912. Lenin fue insistente en su modo de presentar a los bolcheviques como «fuertes, dedicados a la ortodoxia ideológica y a la hegemoneidad organizativa» mientras vilipendiaba a los mencheviques como «blandos, vacilantes y con tendencia a dejar que sus sentimientos les nublen el juicio» (Shukman, p. 66). Este movimiento también tenía ventaja cuando se trataba de dar discursos públicos. Lenin instruyó a propósito a sus oradores para que no perdieran tiempo en los encuentros públicos con argumentos complicados que podía que la audiencia no siguiera, ya que era más proclive a aferrarse a consignas como «la tierra para la clase obrera» y «nacionalizar plantas y fábricas» (Beevor, p. 93). Los bolcheviques, con el tiempo, tomaron la delantera en las diferentes organizaciones obreras.
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La Revolución rusa de 1917 en contra del zar Nicolás (en verdad fueron dos revueltas, hubo una en marzo y una segunda, la Revolución bolchevique, en noviembre) comenzó con disturbios por la escasez de alimentos en Petrogrado (el nuevo nombre de San Petersburgo a partir de 1914) en marzo de 1917 y escaló rápidamente a partir de que las tropas de la guarnición de la ciudad se unieran a los alborotadores. La revuelta y el apoyo nulo hacia el zar por parte de la élite política y el ejército forzaron la abdicación de Nicolás II. Tras ello, siguió un verano agitado: 1917 «presenció 1019 arremetidas que involucraron a 2.441.850 obreros y empleados» (Freeze, p. 284).
Los mencheviques apoyaron al nuevo Gobierno interino en su creencia de que era el camino hacia la gran «revolución burguesa» que ansiaron durante tanto tiempo. Mientras tanto, los bolcheviques, habiendo ganado el control mayoritario de los soviets de Petrogrado y Moscú, tomaron la iniciativa. Las arengas del Bolchevismo por una revolución inmediata y sus promesas de «Pan, paz y tierra» gozaron del agrado de los obreros y campesinos en una medida mayor que las promesas vagas de una revolución en el futuro (varios años en el futuro, según los mencheviques). A medida que la revolución se hacía cada vez más violenta, «la minoría» prostestó ante el bombardeo del Palacio de invierno del zar y advirtieron que el avecinamiento de una guerra civil era inevitable. Cuando los mencheviques se marcharon de una reunión en el soviet de Petrogrado, Trotsky, quien oficiaba de orador desde una plataforma, los insultó con las ahora memorables palabras: «Ustedes son actores lamentables, su papel está acabado. Vayan a donde pertenecen: al basurero de la historia» (Suny, p. 135).
En noviembre de 1917, Lenin dio lugar a la formación de un Gobierno temporal de obreros y campesinos. En enero de 1918, hubo elecciones para la formación de una nueva Asamblea constituyente, pero debido a que los bolcheviques solo obtuvieron un cuarto de los votos, Lenin la disolvió en cuestión de días. Su forma de hacerse con el poder fue efectiva, pero aún así tuvo que hacerle frente a la dañina guerra civil rusa, entre el bando socialista revolucionario y los diversos grupos reaccionarios (incluidas potencias extranjeras) que buscaban reinstaurar el zarismo. Este fue un conflicto que, con el tiempo, los bolcheviques ganaron. A pesar de que los mencheviques se pusieron a favor de los bolcheviques durante la guerra civil, quizá eligiendo la menos mala de las opciones, no lograron reducir el fervor revolucionario de «la mayoría» y se vieron, sin remedio, forzados al exilio en 1921. Lenin renombró al POSDR como Partido Comunista en marzo de 1918 y al fin pudo establecer la Rusia Soviética, de acuerdo a las ideas de su facción. Los detractores de Lenin, que continuaron criticándolo aún en el exterior, señalaron que, al final, la revolución logró que Rusia estuviera, una vez más, bajo el dominio de un único personaje autoritario.
Estudiante de Traducción (inglés–español) y voluntario. Colabora con Calm Minds Initiative y Translators Without Borders, donde realiza traducción y proofreading de contenido educativo y humanitario para audiencias diversas.
Mark es el director de publicaciones de World History Encyclopedia y tiene una maestría en Filosofía Política (Universidad de York). Es investigador, escritor, historiador y editor a tiempo completo. Entre sus intereses se encuentra particularmente el arte, la arquitectura y el descubrimiento de las ideas que todas las civilizaciones comparten.
Escrito por Mark Cartwright, publicado el 04 agosto 2025. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.