La Inquisición fue la institución oficial de la Iglesia católica medieval destinada a investigar y juzgar opiniones y prácticas consideradas contrarias a lo que sería la «teología católica sistemática». Un proceso de inquisición consistía en un procedimiento judicial católico aplicado por jueces eclesiásticos, mediante el cual podían iniciar, investigar y juzgar los casos que se hallaran bajo su competencia. En el uso popular común, el término Inquisición se aplicaría a los distintos tribunales organizados por las autoridades estatales durante la Edad Media y la Reforma que recurrían a este procedimiento judicial, cuyo propósito era combatir la herejía, la apostasía, la blasfemia, la alquimia, la brujería y ciertas costumbres consideradas desviadas.
Los orígenes de lo que se convertiría en el cristianismo se remontan al siglo I después de Cristo, con los relatos sobre la actividad de Jesús de Nazaret, un predicador itinerante al estilo de los antiguos profetas de Israel. Sus seguidores afirmaban que era el «mesías» esperado, el «ungido» del Dios de Israel destinado a instaurar su «reino en la tierra». Los primeros discípulos y el apóstol Pablo difundieron este mensaje más allá de Jerusalén y fundaron comunidades en las provincias orientales del Imperio romano y más adelante en Italia. Pero pasaron décadas y el «reino no llegó».
Mientras tanto, los líderes de la Iglesia establecían pautas para los creyentes, ahora llamados «cristianos», chrianoi, seguidores de christos que en griego quiere decir «el ungido», acerca de cómo llevar una vida moral, cumplir los roles de género y ajustarse a las convenciones sociales establecidas por los mandamientos del Dios de Israel. Hacia mediados del siglo I surgió un problema. Los judíos distinguían su identidad por medio de marcadores propios, como la circuncisión y sus leyes alimentarias. ¿Debían los creyentes gentiles someterse a la circuncisión y a otras normas del judaísmo para ser admitidos en el nuevo movimiento? En dependencia de sus prácticas, estos grupos de creyentes recibieron las denominaciones de «judeocristianos», observadores de la Torá, y «cristianos gentiles».
Por aquel tiempo se convocó una importante reunión en Jerusalén. En ella Santiago, el hermano de Jesús, propuso la redacción de una carta que se supone fue enviada a todas las comunidades:
Y mi opinión entonces es que no debemos ponerles obstáculos a los gentiles que se convierten a Dios. Al contrario, deberíamos escribirles y decirles que se abstengan de comer alimentos ofrecidos a ídolos, de inmoralidad sexual, de comer carne de animales estrangulados y de consumir sangre. Pues esas leyes de Moisés se han predicado todos los días de descanso en las sinagogas judías de cada ciudad durante muchas generaciones. (Hechos 15:19-21; Biblia NTV)
Es probable que «alimentos ofrecidos a ídolos…» se refiriese a la carne sobrante de los sacrificios en los templos, que se distribuía o vendía en los mercados públicos de carne. En cuanto a evitar la «carne de animales estrangulados y de consumir sangre…», las normas judías prohibían comer cualquier animal que hubiera muerto en libertad, porque la carne debía ser desangrada antes de ingerirla. En las ciudades, los judíos tenían sus propios carniceros para cumplir estos requerimientos. Abstenerse de «la inmoralidad sexual» significaba no adoptar la cultura dominante del Imperio romano, en la que predominaba un alto índice de adulterio y divorcio. Aunque no se menciona de forma explícita, los creyentes gentiles no tenían que someterse a la circuncisión. Los profetas de Israel habían afirmado que en el «reino» algunos gentiles serían salvados, pero como gentiles creyentes; así pues, estos no tenían que convertirse al judaísmo.
En las décadas de los 70 y 80 las comunidades cristianas habían desarrollado una jerarquía gobernada por obispos. El modelo correspondía a la administración de ciudades-Estado por sus asambleas y al control romano en las provincias. El obispo equivalía a un magistrado que velaba por la ley y el orden en una sección de la provincia denominada diócesis. En un segundo nivel administrativo se encontraba el diácono, cuya función era colaborar en la distribución de la caridad entre los miembros. Juntos, estos niveles constituían el clero. Pero, ¿qué razón podía impulsar a los miembros a escuchar al clero en un movimiento en que se asumía la igualdad de todos?
A los obispos y diáconos se les reservaba un rango superior siempre que cumplieran el requerimiento de permanecer célibes y castos. El celibato significaba no participar en un contrato legal de matrimonio y la castidad significaba abstenerse de las relaciones sexuales. Esto otorgaba al clero la percepción de ser «santos». También se les consideraba «mártires vivientes» por haber sacrificado el disfrute de una vida normal rodeados de familia e hijos.
Durante el siglo II después de Cristo un grupo de obispos, denominados en retrospectiva «Padres de la Iglesia», inició el proceso que a la postre condujo a la separación del judaísmo de la nueva religión: el cristianismo. Estos prelados redactaron tratados que describían conceptos y rituales. En aquella época no existía autoridad central, como la que más tarde representaría el Vaticano; existían decenas de comunidades cristianas en las ciudades del Imperio. Los escritos configurarían el futuro «dogma» cristiano.
Durante los dos primeros siglos circularon docenas de historias e interpretaciones sobre Jesús. Un grupo conocido como «gnósticos», del griego gnosis, «conocimiento», afirmaba poseer el «conocimiento secreto» acerca de las distintas perspectivas sobre Jesús, sobre su naturaleza divina y las razones por las que había venido a la tierra. Los Padres de la Iglesia contribuyeron a definir los conceptos de «ortodoxia» y «herejía» en su crítica a los gnósticos. Ortodoxia significaba «creencia correcta». El término herejía procede del griego haeresis, utilizado para designar las enseñanzas de las escuelas filosóficas. A la postre, el vocablo adquirió el sentido de «creencia y práctica erróneas». Sin embargo, estos conceptos son aplicables en dos direcciones: los herejes no se definen a sí mismos como tales, sino que sostienen estar en posesión de las creencias y rituales correctos.
En este nivel, la herejía se castigaba con la excomunión: la expulsión de la comunidad. La persona acusada de herejía no podía participar en los rituales de la Iglesia, como la comunión. Al no existir autoridad central, algunos herejes se marchaban sin más y creaban sus propias Iglesias en otras ciudades. Desde la Antigüedad hasta la época moderna, el uso del término «herejía» ha servido para clasificar y condenar posturas divergentes y en última instancia, determinar quién se salva y quién se condena al morir, ya sea en el cielo o en el infierno.
El emperador Constantino I, que reinó desde 306 hasta 337 después de Cristo, se convirtió al cristianismo en el 312 después de Cristo Como jefe del Imperio, y a partir de su conversión, también de la Iglesia, tenía la autoridad para establecer los fundamentos de la nueva fe. En su afán de lograr la unidad, convocó a una reunión en Nicea, localidad cercana a la nueva capital, Constantinopla, más tarde llamada Estambul tras la conquista de la ciudad por el Islam.
Constantino convocó a los obispos de todo el Imperio y costeó su alojamiento y el de sus acompañantes. Fue entonces cuando se formuló la compleja doctrina de la Trinidad; la unidad de los tres aspectos de la divinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En el concilio también se aprobó el Credo de Nicea, la declaración que fijaba los artículos de la fe que los cristianos debían profesar. La ortodoxia y la herejía quedaban así determinadas por la adhesión al credo de Constantino. Toda desviación se interpretaba como una crítica al emperador y como un rechazo a la prosperidad del Imperio, equivalente a la traición. La traición siempre acarreaba la pena de muerte, de manera que los herejes se consideraban traidores y se ejecutaban en las arenas.
Agustín (354-430), obispo de Hipona, antigua ciudad del norte de África, refutaba las doctrinas de los grupos que discrepaban de sus criterios. En el año 410 tomó la decisión sin precedentes de apelar al emperador Honorio para que interviniera mediante la fuerza, con el envío de las legiones. Todos aquellos que sostuvieran ideas divergentes eran ejecutados y sus iglesias desmanteladas. La matanza adquirió tal magnitud que hasta el propio Agustín llegó a objetarla.
El problema de la herejía no desapareció. El Segundo y el Tercer Concilio de Letrán, celebrados en 1139 y 1179, prescribieron el encarcelamiento y la confiscación de bienes como castigo a los herejes y amenazaron con excomulgar a los príncipes que no aplicaran dichas sanciones. Durante el siglo XII, diversas sectas cristianas enfrentaron la acusación de enseñar doctrinas semejantes a las gnósticas, entre ellos los valdenses, los albigenses, los bogomilos y los cátaros del sur de Francia, así como otros grupos similares de los Balcanes. Estas acusaciones dieron lugar cruzadas específicas en estas regiones para destruirlos.
El papa Gregorio IX instituyó de manera formal la Inquisición episcopal en 1231. Gregorio ordenó la persecución y enjuiciamiento de los herejes ante los tribunales eclesiásticos. La tarea se confió a las órdenes dominicana y franciscana. La autoridad independiente de los inquisidores constituyó una causa frecuente de fricción con el clero local y con los obispos. La Iglesia «no se podía manchar sus manos con sangre», de manera que la responsabilidad por los interrogatorios y posteriores ejecuciones recayó sobre las fuerzas policiales locales. Durante la Edad Media, la Inquisición, de infame reputación por sus procedimientos de extrema severidad, entre los cuales incluía la tortura, se justificó mediante la apelación tanto a ciertas prácticas bíblicas como a la interpretación que Agustín hizo del pasaje de Lucas 14:23: «… insístele que venga…». En contraste con esta lectura coercitiva, Lucas 18:15-17 presenta un episodio en el que algunos fariseos, e incluso varios de los discípulos, critican a Jesús por bendecir a la muchedumbre que había traído a sus hijos. La respuesta de Jesús excluye la imposición y la violencia: «Entonces Jesús llamó a los niños y dijo a los discípulos: “Dejen que los niños vengan a mí. ¡No los detengan! Pues el reino de Dios pertenece a los que son como estos niños. Les digo la verdad, el que no reciba el reino de Dios como un niño nunca entrará en él”».
Cuando los inquisidores llegaban a una ciudad se concedía un plazo de gracia a los herejes para que renunciaran a sus creencias. Cualquiera podía presentar una denuncia, incluso otros herejes. El tribunal llevaba a cabo un interrogatorio e intentaba obtener una confesión. Las torturas aplicadas a los acusados incluían quemaduras con brasas, amputación de los dedos de manos y pies, de la lengua, testículos y senos, o la aplicación del strappado, el estiramiento en un potro de tortura vertical. La única manera de detener la tortura era firmar una confesión, lo cual confirmaba la culpabilidad. La forma habitual de ejecución era la quema en la hoguera. El público era testigo del castigo del hereje.
Entre las víctimas más destacadas de la Inquisición se cuentan la orden de los caballeros templarios, la patriota francesa Juana de Arco y el astrónomo Galileo Galilei. Galileo compartía las ideas de otros astrónomos que sostenían que la tierra no era el centro del universo, pero tuvo que retractarse para poder salvarse de la hoguera inquisitorial.
El alcance de la Inquisición se extendió para incluir la alquimia, la brujería, la blasfemia, la inmoralidad sexual y el infanticidio, cargos que se aplicaban a quienes aún se adherían a vestigios del paganismo. Se creía que Lucifer, el Diablo, estaba detrás de todos estos pecados. El antiguo concepto de «posesión demoníaca» se revitalizó gracias a Lucifer y a sus numerosos agentes.
La alquimia se proponía transmutar metales comunes en oro. Con frecuencia esto iba acompañado de brebajes o «elíxires mágicos» que prometían una larga vida. Ambas prácticas se condenaban como herejía, puesto que desvirtuaban el concepto de que Dios era el creador de todas las cosas y de sus naturalezas. Además, contradecían el precepto divino que fijaba en «setenta» años la duración de la vida humana después del diluvio (Salmos, 90:10).
En el folclore judío medieval y con posterioridad en el cristianismo, la figura de Lilith, primera esposa de Adán, se convirtió en el arquetipo de bruja, por haberlo seducido para mantener relaciones sexuales. Se consideraba que las brujas eran mujeres que habían mantenido relaciones sexuales con íncubos, es decir, con el Diablo o con alguno de sus demonios. El semen del diablo les otorgaba el poder de «volar de noche» y realizar actos de magia. Las brujas, a menudo bellas y voluptuosas, se convertían en súcubos al visitar hombres durante la noche y robar su semen para generar otros demonios, acto que drenaba la energía vital de la víctima, le hacía perder la salud y por último la conducía a la ruina económica y a la muerte.
En el siglo XV, dos inquisidores, Heinrich Kramer y James Sprenger, escribieron el tratado Malleus Maleficarum, también conocido como El martillo de las brujas, un manual «científico» que enumeraba las diversas formas de identificar a una bruja. Por ejemplo, una manera de determinar si una persona era una bruja era mediante el examen del número de lunares que tenía en el cuerpo, puesto que se interpretaba que estos eran cicatrices dejadas por la posesión del diablo. El número de brujas quemadas a partir de finales del siglo XV superó al de los herejes, que según algunas estimaciones llegó a 60.000.
Al principio la inocencia o culpabilidad relativa a una acusación de conducta desviada se determinaba mediante juicios por ordalía, en los que Dios actuaba como juez. Una de las pruebas para establecer la presencia de una bruja consistía en someterla a una inmersión, bien por el lanzamiento a un río o mediante sumersiones sucesivas mientras permanecía sentada en un dispositivo similar a un trampolín. Como las brujas rehuían el bautismo, se creía que el agua las rechazaría, en cuyo caso flotarían de nuevo a la superficie y quedaría demostrada su culpabilidad; en caso contrario, se considerarían inocentes si terminaban ahogadas, aunque por supuesto, entonces ya habrían muerto. El rey Enrique III de Inglaterra (reinó 1216-1272) eliminó los juicios mediante ordalía al introducir un nuevo modelo de gobierno que estableció las bases del Parlamento inglés.
Los juicios por brujería y las acusaciones de prácticas consideradas demoníacas se extendieron hasta las colonias americanas. Si bien no alcanzaron la difusión que tuvieron en Europa, hubo casos famosos, entre ellos los juicios de Salem, Massachusetts, que se realizaron por ese concepto entre 1692 y 1693. Doscientas personas fueron acusadas de brujería, de las cuales 30 fueron declaradas culpables y la mayoría fueron ejecutadas en la horca. En la actualidad Salem mantiene importancia como destino turístico durante Halloween, y cuenta con vendedores y astrólogos vinculados a Wicca y a los movimientos de la Nueva Era.
En el siglo VIII los musulmanes de Marruecos y del norte de África invadieron y conquistaron España. Durante el llamado «florecimiento cultural», judíos, cristianos y moros, nombre dado a los musulmanes en España, participaban en debates públicos celebrados en espacios comunales, donde disertaban acerca de la interpretación de las escrituras. En el siglo XV los Reyes Católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, conservadores y leales al papa de Roma, contrajeron matrimonio. Ambos se propusieron reconquistar España de los moros, quienes tenían su centro en la ciudad de Granada. Los reyes llevaron a cabo este proceso, denominado «la Reconquista», y además también decidieron expulsar a los judíos de España.
Judíos y musulmanes llevaban siglos perseguidos en España. Ya fuera por bautismo forzoso o de manera voluntaria, muchos se habían convertido al cristianismo. Durante ese período, Tomás de Torquemada, designado Inquisidor General, designó a algunos de ellos marranos (judeoconversos que seguían practicando el judaísmo en secreto) y moriscos, conversos del islam y acusó a ambos grupos de seguir practicando su fe original. En 1492, Isabel y Fernando proclamaron el Edicto de Granada o Decreto de la Alhambra, un «edicto de expulsión», cuando cayó el último reino musulmán independiente de Granada, por el que expulsaban a todos los judíos y marranos de España. En 1609, el rey Felipe III ordenó la expulsión de musulmanes y moriscos. La mayoría se asentó en Berbería (el Magreb en África del Norte), porque los veía no solo como un riesgo militar, sino como una influencia para que otros cristianos adoptaran sus conceptos y sus prácticas.
Auto de fe, expresión usada tanto en español como en portugués, era un suceso que se efectuaba en las plazas públicas, con una procesión de líderes civiles y de la Iglesia. El hereje tenía una última oportunidad de retractarse en esta ceremonia, la cual incluía:
- una procesión solemne realizada por el acusado, que destacaba su sufrimiento por causa de la tortura;.
- signos de contrición, representados por el uso de vestimentas especiales o por el acto de persignarse;.
- una misa para subrayar la obediencia a la Iglesia;.
- la lectura de los cargos..
Durante este período los europeos emprendieron exploraciones por todo el mundo y comenzaron a establecer colonias. El contacto con otros pueblos y razas dio lugar a estudios «científicos» de distintas razas, que comprendieron la medición de cráneos y arcos superciliares, así como al examen de la textura del cabello y del color de la piel de distintos grupos humanos. La teoría de Torquemada según la cual el comportamiento se «llevaba en la sangre», se combinó con las de la transmisión de impurezas físicas y raciales a los descendientes. Dicho de otra forma, la conversión de esos individuos siempre resultaría sospechosa. Con el comienzo del período de colonización de otras culturas, los europeos se encontraron con poblaciones indígenas y aplicaron teorías raciales a dichos grupos. La labor de las misiones cristianas era vigilar de manera constante el comportamiento de los nativos e imponer conceptos y convenciones sociales cristianas.
El concepto de herejía manejado por la Inquisición podía cambiar con el tiempo en función del Gobierno de turno. Por ejemplo, en 1431 un tribunal inglés acusó a Juana de Arco de herejía y la quemó en la hoguera. Pero en 1456 un tribunal inquisitorial francés abrió una investigación sobre el juicio y lo declaró nulo, bajo el argumento de que había estado «viciado por engaño e irregularidades procesales». Siglos después, Juana fue reconocida como santa patrona de Francia.
En las colonias españolas y portuguesas de América cada país aplicaba métodos inquisitoriales distintos para determinar la existencia de herejía. Este aspecto estaba relacionado de manera directa con las misiones cristianas que se establecieron para convertir y educar a las tribus indígenas que habían sido esclavizadas. Los tribunales de la Inquisición presentaban cargos de herejía y condenaban a quienes se rebelaban o se resistían, mientras que otros eran liberados de la esclavitud y convertidos al cristianismo.
En virtud de un decreto del Gobierno de Napoleón Bonaparte emitido en 1797, la Inquisición quedó abolida en Venecia en 1806. Los gobernantes napoleónicos que le sucedieron suprimieron esta institución en la América hispana entre 1813 y 1825; en Portugal en 1821, y en España en 1825. En Italia, el Vaticano controlaba los Estados Pontificios del centro de la península, pero estos se perdieron durante las guerras franco-prusianas de 1870. Aunque los Estados Pontificios fueron restablecidos en distintas ocasiones, su restauración total tuvo lugar durante la dictadura de Benito Mussolini de 1922-1943, e implicó la intervención del papa Pío XI. La ciudad del Vaticano fue reconocida como Estado independiente bajo la soberanía de la Santa Sede. A cambio, el Vaticano reconoció a Víctor Manuel III como rey de Italia, con Mussolini como primer ministro. Italia acordó pagar una compensación económica por la pérdida de los Estados Pontificios. Las funciones de la Inquisición se mantuvieron y en 1965 la entidad pasó a denominarse Congregación para la Doctrina de la Fe.
Durante el período de preparación del Gran Jubileo del año 2000 se inició una reflexión profunda sobre la actividad inquisitorial de la Iglesia católica, por iniciativa del papa Juan Pablo II. El pontífice llamó al arrepentimiento sobre «ejemplos de pensamiento y acción que de hecho constituyen actos que ofrecen testimonio negativo y provocan escándalo». En el 2000, en plena celebración del jubileo, Juan Pablo II, en nombre de toda la Iglesia católica y de todos los cristianos, pidió perdón por estos actos y por muchos otros. Esto incluyó los pecados cometidos contra los judíos, la dignidad de las mujeres y las minorías teológicas y raciales. El Vaticano actual continúa el examen y la investigación de las acusaciones de herejía. El castigo incluye la excomunión y la reducción al estado laical.
***
Traducciones de los pasajes de la Biblia - Nueva Traducción Viviente (NTV) en Biblegateway, consultado en agosto de 2026.