Los sofistas de la antigua Grecia eran una clase de maestros que, por una tarifa bastante alta, instruían a la juventud adinerada en política, historia, ciencias, derecho, matemáticas y retórica, así como en los detalles más finos de la gramática. Afirmaban ser capaces de convertir a un joven en alguien apto para desempeñar un cargo político y, lo que resultaba igualmente importante entre los griegos litigiosos de la época (especialmente en Atenas), de prepararlo para presentar un caso sólido en los tribunales, ya fuera en la acusación o en la defensa.
Estos profesores viajaban de ciudad en ciudad dando conferencias, atendiendo a alumnos y debatiendo temas públicamente (esto último, quizás, como muestra de sus habilidades en oratoria y disputa). Casi de forma uniforme, se los representa de manera desfavorable en los diálogos filosóficos de Platón (428/427-348/347 a.C.) como fraudes depredadores que se aprovechaban de los jóvenes ignorantes de la alta sociedad de Atenas y obtenían grandes sumas de dinero de sus padres a cambio de habilidades que, según Platón, podrían haberse adquirido fácilmente mediante la educación pública y de forma gratuita.
Aunque Platón no tenía palabras amables para ningún sofista, al que más despreciaba fue a Protágoras de Abdera (en torno a 485-415 a.C.), el filósofo relativista conocido principalmente por su afirmación de que «el hombre es la medida de todas las cosas». Para Protágoras, la experiencia era relativa al individuo y la verdad objetiva de cualquier asunto carecía de importancia, porque la «verdad» se definía por la interpretación individual.
Se sabe poco sobre la vida o el pensamiento de Protágoras, ya que todo lo que queda de sus obras son fragmentos citados por autores posteriores, lo que dificulta reconstruir sus doctrinas con precisión. Sin embargo, sus legendarias habilidades jurídicas se ilustran en el modelo conocido como la paradoja de Protágoras, un problema lógico-jurídico que los estudiosos siguen citando hoy y que se ha hecho célebre como la Paradoja de la Corte.
Platón criticaba regularmente a los sofistas de la antigua Grecia. Esto puede deberse a que, como el joven poeta Aristócles (Platón era su apodo), sus padres los contrataron para que él recibiera una educación propia de su condición aristocrática. Quizás también influyera el hecho de que uno de estos sofistas, Critias (en torno a 460-403 a.C.), primo de su madre, fue uno de los primeros alumnos de Sócrates (470/469-399 a.C.) y llegó a convertirse en uno de los Treinta Tiranos de Atenas que derrocaron la democracia, lo que dejó en mala posición a Sócrates como antiguo mentor de un gobernante tan brutal.
En algún momento, Platón critica a todos los sofistas más conocidos, como Gorgias (en torno a 427 a.C.), quien sostenía que lo que la gente llama «conocimiento» no era más que opinión y que el conocimiento real era incognoscible y, aun en caso de conocerse, incomunicable. Los sofistas a menudo parecen haberse entregado a afirmaciones relativistas para promocionar sus habilidades a la hora de adaptar los argumentos a su favor y atraer así a clientes dispuestos a pagar bien para que sus hijos aprendieran precisamente esas habilidades de persuasión.
Entre los sofistas más conocidos destacados de forma desfavorable por Platón está Trasímaco (en torno a 459-400 a.C.). En el Libro I de la República, por ejemplo, debate con Sócrates sobre el significado de la justicia, defendiendo que no es más que la ventaja del más fuerte, en una reunión celebrada tras las fiestas Panatenaicas en casa de Céfalo, padre de los amigos de Platón. Trasímaco es presentado como un matón intelectual que intenta llevar a Sócrates a admitir que la «justicia» no es otra cosa que el triunfo del más fuerte sobre el más débil, pero Platón muestra a Sócrates refutando esa tesis y ganando la discusión.
Una de las acusaciones que Platón dirige contra los sofistas, como se ha señalado, es que cobraban tasas, normalmente altas, por enseñar a los estudiantes lo que podrían haber aprendido en las escuelas públicas. Antes del establecimiento de la profesión de sofista, los sabios enseñaban gustosamente a otros lo que sabían de manera gratuita.
El hombre considerado el primer sofista, y sin duda el más famoso, fue Protágoras de Abdera (en torno a 485-415 a.C.), conocido, como se ha señalado, por su afirmación de que «el hombre es la medida de todas las cosas», así como por sostener que la existencia de los dioses no podía demostrarse ni refutarse. Aunque Protágoras, como quienes le siguieron, cobraba honorarios exorbitantes por sus servicios, se cuenta una historia según la cual el gran sofista fue en una ocasión superado por uno de sus discípulos, y este relato pasó a conocerse como la paradoja de Protágoras.
Protágoras accedió a instruir gratuitamente a un joven pobre, Evatlo (de familia obrera), en derecho y retórica, con la condición de que pagara los honorarios del sofista en su totalidad si, y solo si, ganaba su primer juicio. Una vez que Evatlo terminó su curso de estudios con Protágoras, evitaba esmeradamente aceptar cualquier caso. Protágoras, que acabó por perder la paciencia con el joven, lo llevó a los tribunales para exigirle el pago y argumentó así:
Si gano este caso, Evatlo tendrá que pagarme lo que me debe. Si no gano este caso, Evatlo tendrá que pagarme igualmente porque, según nuestro acuerdo, habrá ganado su primer juicio. Por lo tanto, sea cual sea el resultado, Evatlo tendrá que pagarme.
Sin embargo, Evatlo impugnó esta afirmación, afirmando:
Si gano este caso, no tendré que pagar a Protágoras, ya que el tribunal habrá declarado inválida su demanda. Si no gano este caso, tampoco tendré que pagar, porque no habré ganado mi primer juicio. Por lo tanto, pase lo que pase, no tengo que pagar.
Este argumento (para el que nunca se ofreció solución en la Antigüedad) ha llegado a conocerse como la paradoja del Tribunal (L. Alqvist), y una resolución de la cuestión sigue debatiéndose hoy en día en las facultades de Derecho como problema lógico.
Matemático, con experiencia docente tanto en educación secundaria como universitaria. Apasionado por la ciencia y las lenguas, destaca por su curiosidad intelectual, su afición a la lectura y su interés por el cine y la música.
Joshua J. Mark es cofundador de World History Encyclopedia's y Director de Contenidos. Ha sido profesor en el Colegio Marista de Nueva York, donde ha enseñado historia, filosofía, literatura y escritura. Ha viajado por todo el mundo y ha vivido en Grecia y en Alemania.
Escrito por Joshua J. Mark, publicado el 18 enero 2012. El titular de los derechos de autor publicó este contenido bajo la siguiente licencia: Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Por favor, ten en cuenta que el contenido vinculado con esta página puede tener términos de licencia diferentes.