Para los antiguos egipcios, la vida en la Tierra no era más que una parte de un viaje eterno que continuaba tras la muerte. El propósito de la vida consistía en vivir en equilibrio con uno mismo, la familia, la comunidad y los dioses. Cualquier ocupación en Egipto se consideraba valiosa siempre y cuando se desempeñaran las obligaciones de acuerdo con la armonía y el equilibrio.
Los conceptos de armonía y equilibrio estaban personificados por la diosa Ma'at, quién presidía el ma'at, el principio central de la cultura egipcia. Esto es evidente tanto en las inscripciones como en las obras de arte que representan a personas dedicadas a diversos oficios, presentadas, en su mayor parte, de forma admirable.
Las inscripciones las redactaban los escribas, una de las profesiones más respetadas de Egipto, y, aunque la mayoría de sus obras tienen como tema a otras personas, profesiones o acontecimientos, hay algunas que ensalzan la profesión del escriba por encima de todas las demás. La más famosa de ellas es La sátira de los oficios (del Imperio Medio, 2040-1782 antes de Cristo), en la que un padre anima a su hijo a convertirse en escriba porque es mejor que cualquier otra profesión. Otra obra muy conocida, esta del Imperio Nuevo (en torno a 1570 - en torno a 1069 antes de Cristo), es Un libro de texto o Ser un escriba, que transmite el mismo mensaje, esta vez de un maestro a un alumno perezoso.
Existe otra obra del Imperio Nuevo en esta misma línea que, además de enumerar los numerosos beneficios terrenales de la profesión de escriba, deja claro que es el único camino seguro hacia la vida eterna: La inmortalidad de los escritores (también conocida como La permanencia de la escritura: un elogio a los autores difuntos) del papiro Chester Beatty IV (registrado en el Museo Británico con el número 10684, verso 2,5 - 3,11). El poema deja claro que, aunque todo el mundo, independientemente de su ocupación o clase social, necesitaba ser honrado a través del recuerdo tras la muerte, un escriba sería recordado no solo por su familia y amigos, sino por un público mucho más amplio a través de las obras que dejara tras de sí.
El arte de la escritura en el antiguo Egipto no se consideraba simplemente un medio para transmitir información o llevar registros, ni se concebía únicamente como un medio de entretenimiento o de conmemoración de acontecimientos. La escritura era el acto de crear la realidad, de traer lo invisible al mundo visible y de establecerlo como una verdad.
Las inscripciones dedicadas a los recién fallecidos, como los Textos de las pirámides (entre 2400-2300 antes de Cristo), los Textos de los sarcófagos (alrededor de 2134-2040 antes de Cristo), y el Libro de los muertos egipcio (cerca de 1550-1070 antes de Cristo) hacían comprensible la vida futura a quienes estaban a punto de emprender el viaje al más allá; pero, en el plano práctico y terrenal, su visión del más allá se convirtió en la realidad de los antiguos egipcios. A lo largo de la mayor parte de la historia antigua de Egipto (salvo algunas excepciones notables en la literatura del Imperio Medio), no existe un temor marcado a la muerte, ya que, gracias a los escribas, se sabía lo que vendría después de la muerte.
Se creía que el gran dios Thot había inventado la escritura y se la había entregado a la humanidad (aunque algunos mitos afirman que la escritura fue otorgada por su consorte, la diosa Seshat, o Isis, u otra deidad). La escritura se consideraba sagrada y los antiguos egipcios se referían a su sistema de escritura como medu-netjer («las palabras de los dioses»), término que los griegos tradujeron como jeroglíficos (grabados sagrados). Thot fue venerado por el pueblo desde el período Predinástico (alrededor de 6000 - 3150 antes de Cristo) hasta el período ptolemaico (323-30 antes de Cristo), la última era de la historia del antiguo Egipto antes de su conquista por Roma.
A lo largo de todo este tiempo, las palabras poseían el mismo poder para crear, sostener, sanar, maldecir y proteger (tal y como se muestra en los hechizos mágicos otorgados a la humanidad por el dios Heka), y la palabra escrita era aún más poderosa por su permanencia. Sin duda, muchos hechizos se memorizaban para recitarlos rápidamente cuando fuera necesario, pero solo los que se pusieron por escrito se conocen en la actualidad.
Los escribas del antiguo Egipto eran en su mayoría anónimos. Escribían como parte de sus funciones en el Per-Ankh («casa de la vida»), el scriptorium adscrito a un templo, o escribían para el rey o para un noble acaudalado, y solo en contadas ocasiones se incluía el nombre del autor en un manuscrito. No era necesario que se recordara el nombre del escritor para que viviera eternamente, ya que Seshat —diosa de los libros, las bibliotecas y los bibliotecarios (entre otras responsabilidades)— recibía mágicamente una copia de su obra para depositarla en la biblioteca de los dioses tan pronto como era finalizada.
De este modo, la obra de uno seguiría existiendo tanto en la Tierra como en los cielos, y su nombre, asociado o no a una obra concreta, permanecería mientras perdurara la obra. Dado que la obra se conservaba tanto en la biblioteca de los dioses como en las de la Tierra, el escritor viviría para siempre a través de ella.
Estos escritos tenían que ser verdaderos para tener algún significado o valor, pero «verdadero» no siempre equivalía a «basado en hechos». Obras literarias como El relato del marinero náufrago (del Imperio Medio) o El relato del príncipe Setna (también conocido como Setna I, del periodo ptolemaico) son ficción, pero representan no solo la verdad de la existencia humana tal y como la veía el escritor, sino también principios culturales importantes como el valor, confianza y lealtad hacia los demás y hacia la propia patria.
El escriba era recompensado, no solo mediante el pago por un trabajo realizado, sino también con el honor de crear algo que antes no existía. En este sentido, el escriba se vinculaba a los grandes dioses como Atum, Neit y Heka, todos ellos representados como presentes en el primer acto de la creación, cuando el orden surgió de la nada del caos. El público se beneficiaba porque le recordaba los valores fundamentales de la cultura y su lugar en el universo, y esto era igualmente válido tanto para las obras populares, ampliamente leídas o recitadas, como para las inscripciones que ningún ojo vivo volvería a ver una vez terminadas.
El mero hecho de que un texto se escribiera en el interior de una tumba para ser sellado no lo hacía menos valioso que una gran obra como el Poema del Pentauro, inscrita en letras grandes en las paredes de los templos durante el reinado de Ramsés II (también conocido como el Grande, que reinó en 1279-1213 antes de Cristo) para inmortalizar su victoria en la batalla de Kadesh en el año 1274 antes de Cristo La estudiosa Rosalie David comenta:
El propósito esencial de la escritura no era decorativo, ya que los textos se inscribían con frecuencia en lugares dentro de tumbas y en objetos funerarios donde no serían visibles una vez sellado el sepulcro. De igual manera, aunque las formas cursivas de las escrituras conocidas como hierática y demótica, se utilizaban ampliamente con fines seculares y comerciales, nunca se ignoraba el valor intrínseco de la escritura; en toda ocasión se esperaba que el acto de escribir, considerado una función espiritual, beneficiara al escriba y al destinatario del texto. (p. 27)
En el caso de las inscripciones funerarias, por supuesto, se entendía que el texto sería «visto» por el alma del recién fallecido, quien necesitaría la inscripción para reconocer lo que acababa de sucederle a su cuerpo y lo que debía hacer a continuación. De este modo, el texto no solo era apreciado, sino que resultaba vital para la continuidad del alma en su viaje eterno.
Solo se podía aspirar a alcanzar la vida eterna en el Campo de los Juncos si se había llevado una vida virtuosa, si el corazón resultaba más ligero que la pluma de la diosa Ma'at al ser pesado en la Sala de la Verdad por Osiris, pero se necesitaban textos como el Libro de los muertos egipcio para saber cómo llegar hasta allí. La importancia de la virtud, en llevar una vida virtuosa, se destaca a lo largo de toda la literatura sapiencial del Imperio Medio, ya que no se podía esperar atravesar la Sala de la Verdad si el corazón estaba lastrado por los pecados y el interés propio.
Se creía que escuchar las palabras de los escribas, especialmente las obras del género de la literatura sapiencial, que ofrecían consejos sobre la mejor manera de vivir, y ponerlas en práctica fomentaba esa ligereza de corazón y ese equilibrio tan necesarios, que beneficiarían al individuo tanto en vida como después de la muerte.
La virtud también estaba estrechamente relacionada con la profesión del escriba. El escriba debía conocer los principios más profundos de la cultura para poder transmitirlos, por lo que sus esfuerzos se veían doblemente recompensados: su corazón se sentiría ligero al conocer la voluntad de los dioses y mantener el equilibrio en todas las cosas, y además habría animado a otros a hacer lo mismo a través de su obra. Además, como ya se ha dicho, seguiría viviendo a través de esa obra. El estudioso R. B. Parkinson comenta:
La escritura ofrece un escape de la mutabilidad. Esto es compatible con afirmaciones que aparecen en otros pasajes de la literatura sapiencial según las cuales la virtud es el único medio de perdurabilidad, ya que la escritura, como preservadora de la información, es sinónimo de sabiduría ancestral, y la sabiduría es virtud. (p. 148)
La literatura egipcia del Imperio Medio expresaba en ocasiones escepticismo respecto a la vida después de la muerte y, en algunas obras, como La balada del arpista, estas obras niegan el concepto del Campo de los Juncos o cualquier tipo de inmortalidad, expresando un cinismo que señala cómo incluso las tumbas y los monumentos más grandiosos se derrumbarán y los nombres de quienes los erigieron caerán en el olvido. Una respuesta a ese cinismo, expresada en La inmortalidad de los escritores, es que la escritura es más duradera que cualquier tumba, templo o monumento, y que el escritor es recordado mucho después que cualquier gran faraón o general cada vez que se lee una obra.
Este poema, de la época ramésida del Imperio Nuevo (llamada así por la sucesión de faraones que adoptaron el nombre de coronación Ramsés), celebra el acto de escribir, la gloria de los escritores del pasado e invita a cualquier aspirante a autor a dedicarse a la única ocupación que garantiza la inmortalidad. La estudiosa y egiptóloga Miriam Lichtheim señala:
Los escritos, dice el escriba, otorgan a sus autores una vida después de la muerte más real y duradera que la que proporciona la tumba tallada en piedra; pues los cuerpos de los hombres se convierten en polvo y sus tumbas se desmoronan. Aquí, el escepticismo respecto a la inmortalidad del hombre, que encontró su primera expresión en La balada del arpista del Imperio Medio, procedente de la tumba del rey Intef, alcanza un clímax notable. Mientras que La balada del arpista lamentaba la desaparición de las tumbas y la falta de un conocimiento sólido sobre la vida después de la muerte, el autor ramésida encontró una respuesta: los cuerpos se descomponen, pero los libros perduran y solo ellos perpetúan los nombres de sus autores. (p. 176)
En realidad, el poema expresa el mismo tipo de cinismo que las obras del Imperio Medio al hacer caso omiso de la promesa de la vida eterna junto a los dioses y centrarse en lo que un individuo podía hacer para asegurarse la inmortalidad a través del recuerdo. El poeta menciona a los sirvientes del ka (también conocidos como sacerdotes del ka), a quienes se les pagaba para recordar y rendir culto al alma (ka) del difunto, y señala cómo ellos, al igual que las propias tumbas, acabarán desapareciendo. Todo pasará, observa el poeta, salvo la palabra escrita y los nombres de los autores que han creado obras memorables.
La última estrofa del poema le recuerda al lector los nombres de algunos de estos autores, muchos de los cuales son conocidos por escribir obras didácticas —incluidas hoy en el género de la literatura sapiencial del Imperio Medio— y que perduran a través de sus obras. R. B. Parkinson señala cómo «el tiempo ha confirmado la afirmación del escriba y muchas de las obras de estos sabios aún perduran» (p. 148). Puede que estos nombres no resulten familiares para el público actual, pero en la época del poeta, su mención tendría el mismo impacto que si hoy en día alguien hiciera referencia a Malory, Shakespeare, Cervantes, Dante, Murasaki o Hemingway.
A continuación se reproduce el texto completo del poema, tal y como aparece en Literatura del Antiguo Egipto: el Imperio Nuevo, de Lichtheim:
Solo con que hagas esto, serás versado en las escrituras.
En cuanto a aquellos escribas cultos,
de la época que siguió a los dioses,
ellos, que predijeron el futuro,
sus nombres se han hecho eternos,
mientras que ellos partieron, tras haber cumplido su vida,
y todos sus parientes han caído en el olvido.
No se construyeron tumbas de cobre,
con estelas de metal procedente del cielo.
No sabían cómo dejar herederos,
hijos que pronunciaran sus nombres;
se hicieron sus propios herederos de los libros,
de las Instrucciones que ellos mismos habían redactado.
Se nombraron a sí mismos sacerdote,
tabla de escribir como hijo amoroso.
Las instrucciones son sus tumbas,
la pluma de caña es su hijo,
la superficie de piedra, su esposa.
Personas grandes y pequeñas
les son entregadas como hijos,
pues el escriba es su líder.
Sus puertas y mansiones se han derrumbado,
sus sirvientes de ka se han ;
sus lápidas están cubiertas de tierra,
sus tumbas han sido abandonadas.
Su nombre se pronuncia sobre sus libros,
que escribieron mientras vivían;
Bendito el recuerdo de sus creadores,
¡Es eterno y para siempre!
Sé un escriba, llévalo en el corazón,
para que tu nombre sea como el de ellos.
Mejor es un libro que una estela tallada,
que una sólida cerca funeraria.
Ellos actúan como capillas y tumbas
en el corazón de quien pronuncia su nombre;
¡Seguramente útil en el cementerio
es un nombre en boca de la gente!
El hombre se descompone, su cadáver es polvo,
todos sus parientes han perecido;
Pero un libro lo mantiene en la memoria
a través de la boca de quien lo recita.
Mejor es un libro que una casa bien construida,
que las capillas funerarias del oeste;
mejor que una mansión sólida,
¡que una estela en el templo!
¿Hay algún otro como Hardedef?
¿Hay alguien más como Imhotep?
Ninguno de los nuestros es como Neferti,
o Khety, el más destacado entre ellos.
Te doy el nombre de Ptah-emdjehuty,
de Khakheperre-sonb.
¿Hay algún otro como Ptahhotep,
o el igual a Kaires?
Esos sabios que predijeron el futuro,
lo que salió de su boca ocurrió;
Se encuentra como pronunciamiento,
está escrito en sus libros.
Se les entregan los hijos de otros
Para que sean herederos como si fueran sus propios hijos.
Ocultaron su magia a las masas,
así se lee en sus Instrucciones.
La muerte hizo que sus nombres se olvidaran,
pero los libros los mantuvieron vivos en la memoria. (páginas 176-177)
El poeta concluye el poema con un eco del tema en la primera estrofa sobre cómo hacer que el nombre de uno sea eterno, cerrando con elegancia, al mismo tiempo que recalca la idea central. En la actualidad, este argumento puede no parecer tan convincente cuando, al fin y al cabo, uno tiende sin duda a pensar en la Gran Pirámide, en Karnak o en el río Nilo al oír el nombre «Egipto», más que en cualquier escrito antiguo.
Incluso así, hay que recordar que los grandes monumentos de Egipto se encuentran hoy en ruinas y que el Nilo tiene, sin duda, un aspecto muy diferente al de hace apenas veinte años. Las obras de los antiguos escribas egipcios, por el contrario, siguen siendo las mismas de hace más de 3.000 años.
La idea que plantea el poeta resulta familiar para cualquier estudiante de literatura de hoy en día, y probablemente la mejor expresión de la misma la encontramos en Shakespeare, en su Soneto 18 («¿Debería compararte con un día de verano?»), que concluye con el pareado:
Tanto como los hombres puedan respirar o los ojos puedan ver,
tanto así vivirá esto, y esto te dará vida a ti. (versos 13-14)
Aquí, Shakespeare promete la inmortalidad al protagonista de su poema, pero, como autor, es igualmente consciente de que él también vivirá mientras se lea el poema. El poema es inmutable, nunca cambiará y nunca caerá en el olvido; precisamente lo que afirma el poeta del elogio fúnebre del antiguo Egipto.
Aun así, el recuerdo dependía de la acogida que tuviera la obra de cada uno y del nivel de popularidad del que gozara en su momento. La mayoría de la gente conoce, al menos, la novela También sale el sol, de Ernest Hemingway, pero casi nadie ha oído hablar de The Professors Like Vodka (A los profesores les gusta el vodka), una novela de Harold Loeb, contemporáneo de Hemingway y modelo en el que se basó el personaje de Robert Cohn en También sale el sol. Para ser recordado por la propia obra, esta tenía que resonar en el público y ser digna de ser recordada, y esto es lo que los escribas del antiguo Egipto querían decir al hacer que una obra fuera «verdadera». Una obra verdadera encontraría su público, y el escritor viviría entonces para siempre gracias a ella.
La vida después de la muerte en el antiguo Egipto era, sin duda, la visión más reconfortante de la Antigüedad, ya que ofrecía una imagen idéntica de lo que se creía perdido con la muerte. Aun así, tanto entonces como ahora, siempre existía cierta duda sobre cómo se resolvería todo una vez que se hubiera cruzado al reino del que nadie regresaba. En lugar de esperar a ver cómo le iba a su alma en el juicio en la Sala de la Verdad, los escribas crearon una póliza de seguro para la inmortalidad mientras vivían y, como dice el poeta, sus libros los han hecho, en efecto, inmortales.