Constantino V, también llamado Constantino el Coprónimo por sus enemigos, gobernó el Imperio bizantino de 741 a 775. Disfrutó de triunfos militares en Oriente Medio y los Balcanes, pero su reinado se recuerda principalmente por su persecución sistemática de cualquier cristiano, iglesia y monasterio que venerara íconos, ídolos y reliquias. Debido a esto y al abandono de los asuntos en Italia, los papas terminarían separándose del Imperio bizantino y se unirían a los francos, lo que dividiría la Iglesia cristiana en dos.

Constantino nació en 718; era el hijo y sucesor del emperador León III, un diplomático sirio bajo Justiniano II que más tarde fundaría la dinastía isauria, la cual duró hasta 802. Constantino fue coronado coemperador junto a su padre en 720. En 732, se casó con Irene, hija del kan jázaro que lideraba la tribu turca, aunque, después de su muerte prematura, el emperador se casaría dos veces más.

Constantino tuvo siete hijos en total, y el nacimiento del primogénito, León, daría lugar a la expresión utilizada con frecuencia «nacer en la púrpura» o porfirogéneta. La frase se derivaba del pórfido, un mármol mezclado con púrpura que se utilizó en la cámara del palacio de Constantinopla donde tuvo lugar el nacimiento de León y el de muchos niños después de él. La restricción de que solo la realeza llevara túnicas confeccionadas con púrpura de Tiro se remontaba a la época romana, y esta nueva tradición representaba otro intento de reforzar la legitimidad de la sucesión dinástica y desalentar a cualquier posible usurpador. Además, Constantino insistió en que todos los funcionarios juraran lealtad al monarca y a su heredero.

El reinado de Constantino empezó de la peor forma posible cuando Artabasdos tomó el control de la capital de Constantinopla en 742. Artabasdos era el gobernador militar (strategos) del tema (región) armeníaco, en el noreste de Asia Menor, la segunda provincia militar más importante del imperio. También era el cuñado de Constantino. El reclamo al trono de Artabasdos contaba con el apoyo de Anastasio, el Patriarca (obispo) de Constantinopla, principalmente porque el usurpador restauró la veneración de los íconos sagrados que la Iglesia tanto deseaba y a la que Constantino se oponía.

Constantino atacó con su ejército a los rebeldes, primero en el tema opsiciano y luego en el armeníaco. A continuación, liberó Constantinopla y así, en 744, pudo recuperar el trono. Luego, el emperador se dispuso a castigar a los que lo habían perjudicado. Anastasio no fue destituido de su cargo, pero lo azotaron en público y lo enviaron desnudo por las calles de la capital sentado de espaldas sobre el lomo de un asno. El castigo de Artabasdos fue mucho peor: lo cegaron junto a sus dos hijos en una ceremonia pública en el Hipódromo de la capital.

Constantino se dedicó a embellecer su capital y devolverle su gloria pasada tanto en términos de la arquitectura como del comercio. Supervisó la reconstrucción del acueducto principal de la ciudad (originalmente construido por Valente) y la restauración de la iglesia de Santa Irene, mandó construir nuevas iglesias, como la iglesia del Faro en el terreno del palacio, y renovó los mercados de la ciudad.

Como ya se mencionó antes, Constantino se oponía firmemente al uso de imágenes religiosas en el cristianismo, tal como había hecho su padre antes que él, y defendió su destrucción de forma implacable. Para el emperador, solo la eucaristía era la verdadera imagen de Cristo. Tal era su fervor por la iconoclasia (la destrucción de íconos y representaciones de figuras sagradas) que escribió tratados sobre el tema y presidió una conferencia de figuras eclesiásticas que pensaban como él en Hieria, un suburbio de Constantinopla, en 754. El consejo incluyó a 338 obispos, pero no se invitó a los representantes de las sedes a favor de los íconos de Jerusalén, Antioquía y Alejandría. Como resultado, se declaró que la posición iconoclasta era la nueva ortodoxia. El historiador T. E. Gregory resume a continuación los problemas teológicos que planteó el tema de los íconos y por qué algunos estaban tan en contra de ellos:

Bajo Constantino V, los teólogos iconoclastas empezaron a ver conexiones con los conflictos teológicos de los últimos 400 años y argumentaron que, de hecho, las imágenes volvían a plantear los problemas cristológicos del siglo V. Desde su perspectiva, aquel que aceptara la veneración de los íconos de Cristo estaba diciendo que la pintura era una representación del propio Dios (y así combinaba los elementos humano y divino de Cristo en uno) o bien, de forma alternativa, sostenía que el ícono representaba solo la forma humana de Cristo (y así separaba los elementos humano y divino de Cristo), ninguno de los cuales era aceptable. (212)

A partir de 755, se inició una dura persecución de los iconófilos, liderada por oficiales fervientes como Miguel Lacanodraco, strategos de la región tracesiana. Esta persecución estuvo particularmente orientada a los monasterios: el Estado confiscó sus propiedades y Miguel quemó infamemente el monasterio de Pelekete, en el monte Olimpo, hasta los cimientos. Atacaron las iglesias y destruyeron sus preciados íconos y reliquias, y vandalizaron cualquier imagen considerada inapropiada (en algunos casos, fue el propio Constantino el que hizo esto en la capital) o las reemplazaron con imágenes de la cruz o escenas de paisajes. El único símbolo de culto permitido era la Vera Cruz, cuyos restos de madera estaban en Constantinopla en ese momento. Las personas también sufrieron, y no solo en la Iglesia, sino también en el ejército y la burocracia. Aquellos que no obedecían las reglas sufrían mutilaciones, lapidaciones y ejecuciones, la más infame de las cuales fue la de san Esteban. También se decía que Constantino participó de estos castigos, untando aceite en la barba de los monjes impenitentes y prendiéndoles fuego.

Sin embargo, muchos en la Iglesia eran muy aficionados a sus íconos, y el emperador se volvió profundamente impopular al punto de que se difundió un rumor de que, cuando Constantino fue bautizado de bebé, había defecado en la pila bautismal. Así, el emperador adquirió el vergonzoso apodo de Kopronymos (Coprónimo) o «nombre de excremento». La reputación del emperador quedó similarmente mancillada por rumores de que era un bisexual que tocaba el arpa cuando estaba en la privacidad de su palacio. Sin duda, muchos amantes del arte pasados y actuales tomarían igualmente el nombre de Constantino en vano por todas las hermosas obras de arte religiosas que se perdieron para la posteridad debido a su celo destructivo.

Una vez que Constantino aseguró su trono tras la rebelión de Artabasdos y reorganizó su ejército en seis nuevos regimientos (tagmata), se dispuso a expandir el imperio. El historiador J. J. Norwich resume sus habilidades marciales de la siguiente manera:

Era un luchador valiente y un estratega y líder brillante; de todos sus súbditos, sus soldados eran los que más lo querían. (114)

Primero, Constantino se enfrentó al mundo árabe. Entre 746 y 752, el emperador disfrutó de muchos éxitos en el norte de Siria y Armenia, en gran parte gracias a la guerra civil en el califato omeya y su colapso final junto a su capital en Damasco. Los omeyas fueron reemplazados por la dinastía abasí, que rápidamente mudó su capital a la distancia más segura de Bagdad. En 752, firmaron la paz con los árabes.

Tal vez Constantino debería haber vigilado más de cerca a la mitad occidental de su imperio, ya que, en 751, los lombardos conquistaron Rávena, que, como exarcado (región semiautónoma), había actuado como protectora de los intereses bizantinos en Italia. La derrota, los vínculos crecientes de Constantino con Pipino el Breve (el rey de los francos), la persecución implacable del emperador de los íconos y la decisión de alejar a Italia, Sicilia y el sur de los Balcanes de la autoridad papal y ponerlas bajo la del obispo de Constantinopla llevaron a los papas de Roma a buscar aliados en otras partes, en especial los francos y Carlomagno.

En 756, Constantino dirigió su atención al oeste y a los búlgaros, que hacía mucho que estaban dando problemas en los Balcanes. Sin embargo, al igual que pasó con sus predecesores y sucesores, los búlgaros resultaron ser un enemigo tenaz y difícil de derrotar por completo. En 759, tuvo una campaña exitosa seguida por dos victorias importantes contra el kan Telerig (que reinó hacia 770-777) en 773, donde la batalla de Anquíalo fue particularmente significativa para reducir la influencia búlgara en Tracia. Sin embargo, esto no hizo nada para aplastar la ambición búlgara, y el emperador perdió sus flotas dos veces en una tormenta. Constantino seguía luchando contra ellos cuando murió de una enfermedad mientras estaba de campaña en 775. Entonces, su primogénito cumplió su destino púrpura y sucedió a su padre como el emperador León IV, aunque ya lo habían coronado coemperador en 751.

La Iglesia oscureció deliberadamente la memoria de Constantino V debido a su ataque ferviente a sus íconos, pero esto tuvo poco efecto en su popularidad entre la gente común durante su reinado. Dicha popularidad soportó desastres tales como la devastadora peste bubónica, que atacó el imperio en 747 y 748 y eliminó a un tercio de la población. La calidad de vida en Constantinopla en particular mejoró bajo su guía, y el pueblo tenía acceso a muchos alimentos a precios razonables. El emperador también fue un comandante militar talentoso, un hecho no solo ejemplificado por sus victorias, sino también por la famosa acción, tal vez organizada, de una turba desesperada que irrumpió en su tumba en la Iglesia de los Santos Apóstoles para rogarle que se levantara de su sarcófago y consiguiera las victorias que el deteriorado imperio de principios del siglo IX tanto necesitaba. Es posible que, a lo largo de los siglos, haya habido soberanos bizantinos mejores que ahora ocupan más espacio en los libros de historia, pero pocos podrían igualar la pasión por sus creencias que este emperador sumamente erudito demostró durante su reinado.