Hoy, tras viajar una hora en ferry desde El Pireo, el puerto de Atenas, el primer vestigio del glorioso pasado de Egina que verá el visitante es la solitaria columna de Apolo, que se alza entre los árboles de la colina de Kolona. En otro tiempo, un espléndido complejo compuesto por tres edificios —el propio templo de Apolo se alzaba sobre once grandes columnas y seis más pequeñas— y un cementerio —en cuyas tumbas se encontró una gran colección de objetos de oro y joyas, que ahora se conserva en el Museo Británico—, la columna de Apolo es todo lo que queda. Este parece ser un símbolo apropiado de toda la historia de Egina: la isla que en otro tiempo se jactaba de tener el mejor vino, un alto nivel de vida y una flota naval que rivalizaba con la de Atenas es conocida hoy como la principal productora de pistachos de Grecia.
La ninfa Egina era hija del dios-río Asopo, en la región de Sición. Zeus, el rey de los dioses, se enamoró de ella y, bajo la forma de una llama, la llevó consigo a la isla de Enone. Allí dio a luz a Éaco, hijo de Zeus, quien posteriormente cambió el nombre de la isla en honor a su madre. Según el escritor Ovidio, Éaco era famoso en toda Grecia por su justicia y sabiduría, y el reino insular de Egina prosperó bajo su gobierno. Se dice que ayudó a construir las murallas que rodeaban Troya, las cuales mantuvieron a raya durante diez años a las fuerzas micénicas de Agamenón durante la guerra de Troya, y que gozaba de tal favor de los dioses que sus plegarias siempre eran escuchadas. Nada menos que Alejandro Magno afirmaba descender de Éaco por línea materna y, una vez que Éaco pasó al más allá, fue honrado como uno de los tres jueces de los muertos, junto con Radamantis y Minos.
Este ilustre comienzo mitológico de la isla refleja la alta estima que los escritores de la Antigüedad tenían por Egina. Las evidencias arqueológicas apuntan a la existencia de comunidades prósperas ya en el año 3000 antes de Cristo, y escritores como Aristóteles y Estrabón mencionan a Egina como la primera en acuñar monedas en Grecia —marcada con el símbolo de la isla, la tortuga— bajo el gobierno de Fidón, aunque existe un considerable debate sobre cuándo tuvo lugar exactamente. El historiador Will Durant escribe: «Aquí se acuñaron las primeras monedas griegas, y los pesos y medidas eginenses siguieron siendo los estándares en Grecia hasta su conquista por Roma» (95). Los eginenses construyeron sus propias embarcaciones y, dado que el terreno rocoso y montañoso no era propicio para una agricultura extensiva, rápidamente se convirtieron en maestros del comercio en las Cícladas y, durante los siglos VI y VII antes de Cristo, cuando Egina alcanzó el apogeo de su actividad comercial, llegaron hasta Egipto y sus alrededores.
En la famosa batalla de Salamina del año 480 antes de Cristo, que hizo que los invasores persas abandonaran su objetivo de conquistar Grecia, Egina desempeñó un papel importante y, según Heródoto, «sus treinta mejores naves fueron las que combatieron en Salamina» (Libro VIII, 42). En agradecimiento por su victoria sobre los persas, los eginenses construyeron el Templo de Afaya en la colina de Mesagro, en la parte noroeste de la isla. Afaya era una diosa exclusiva de la isla —aunque estaba vinculada con la diosa cretense Britomartis— y el emplazamiento de la colina de Mesagro era su lugar sagrado. Las ruinas del Templo de Afaya aún se alzan en la colina en la actualidad y, incluso en ruinas, dan testimonio de una gran maestría artística y opulencia, pese a que se ha perdido mucho (en 1811 después de Cristo, empresarios alemanes y británicos se llevaron las estatuas de los frontones para después venderlas. Hoy, la mayor parte de las esculturas se exhibe en Alemania, mientras que solo unas pocas se encuentran en el museo de Egina y en el Museo Nacional de Atenas).
La decadencia del reino insular de Egina es responsabilidad directa de la ciudad-Estado de Atenas, que, celosa de la riqueza de la isla y preocupada por su poderío naval tras sus éxitos en Salamina, atacó la isla en el año 459 antes de Cristo, derribó sus murallas defensivas y obligó a la flota eginense a rendirse. Tras esta derrota, Egina fue quedando lentamente a la sombra de la cercana Atenas —aunque recuperó su protagonismo solo durante un breve período, entre 1827 y 1829 después de Cristo, después de la Revolución griega, que liberó al país del dominio turco, cuando fue la capital provisional de la Grecia liberada— hasta que, en la actualidad, muchos atenienses acomodados consideran la isla poco más que un suburbio de su propia ciudad y un lugar agradable para pasar los fines de semana. Aun así, tanto si el visitante decide hacer el viaje hasta el Templo de Afaya o la solitaria columna de Apolo como si simplemente se topa con las ruinas de una antigua vivienda o santuario eginense, todavía es posible vislumbrar la gloria que un día tuvo el reino insular de Egina y, en estos lugares ctónicos, como dicen los lugareños, los antiguos dioses aún susurran sus verdades.