Charles Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838) ha sido una de las figuras políticas más trascendentales de la historia moderna de Francia. Comenzó su carrera siendo el cínico obispo de Autun y se convirtió en líder revolucionario, diplomático y finalmente, ministro de Exteriores en el Gobierno de Napoleón I. A pesar de su reputación de traicionero y tramposo, Talleyrand siempre se jactó de poner los intereses de Francia ante todo para justificar su decisión de volverse en contra de Napoleón. Desempeñó un papel fundamental en el Congreso de Viena ayudando a que Francia consiguiera las mejores condiciones posibles tras la derrota de Napoleón.
Talleyrand nació el 2 de febrero de 1754 en París (Francia), en una familia noble pero sin recursos. Era el hijo mayor del conde Charles Daniel de Talleyrand-Périgord y de Alexandrine de Damas d'Antigny. Su padre había sido oficial del ejército francés en la guerra de los Siete Años, y su gran deseo era que su hijo siguiera sus pasos y se convirtiera en soldado. Esta posibilidad se esfumó cuando, a los 4 años, Talleyrand cayó desde una cómoda y se dislocó el pie. Esta herida nunca se curó totalmente, lo que le provocó una cojera que sufrió el resto de su vida. Aunque Talleyrand atribuía su discapacidad a este incidente, muchos estudiosos modernos creen más posible que naciera con un pie zambo. En cualquier caso, no podía servir en el ejército, y su padre eligió lo que consideraba el mejor camino posible hacia la riqueza y el poder: el sacerdocio.
A los 8 años, Talleyrand fue enviado al College d'Harcourt, y en 1770, entró en el seminario de Saint-Sulpice de París. Talleyrand despreciaba la Iglesia y la vida eclesiástica que su padre le había obligado a llevar. Se rebeló contra ella de dos maneras, y ambas moldearían el resto de su vida. En primer lugar, leyó las obras progresistas de filósofos de la Ilustración como Jean-Jacques Rousseau y Voltaire, y de hecho, estos ídolos intelectuales le impresionaron tanto que en 1778 peregrinó para visitar al moribundo Voltaire. Su segundo acto de rebeldía se expresó mediante la lujuria. Una noche de tormenta se ofreció a compartir su paraguas con una joven actriz. Ella le contó que sus padres le habían obligado a dedicarse a la escena, al igual que a él su padre le había forzado a tomar los hábitos. Sus desgracias mutuas los unieron y entablaron una tórrida aventura amorosa. La actriz se convirtió en la primera de las muchas amantes que tendría Talleyrand.
Por fin, en diciembre de 1779, Talleyrand fue ordenado sacerdote. Menos de un año después se convirtió en agente general del clero, responsable de proteger los privilegios de la Iglesia galicana y enlace entre la corona y los clérigos. Para sorpresa de sus conocidos, se tomó muy seriamente este trabajo: defendió vigorosamente el derecho de la Iglesia a retener sus propiedades y argumentó que los sacerdotes debían seguir exentos de impuestos. Talleyrand, como se acabaría comprobando, no esgrimía estos argumentos llevado por su amor a la Iglesia, sino para incrementar su propio perfil público y perfeccionar sus facultades políticas. En su vida privada, seguía siendo igual de cínico y hedonista. Dedicaba su tiempo libre al juego y las mujeres, y a menudo se le podía ver en los salones parisinos más de moda, codeándose con los intelectuales y las bellezas más notables del momento. Aún así fue nombrado obispo de Autun a finales de 1788, sede que Talleyrand solo visitó una vez, en abril de 1789 para asegurar su elección para los futuros Estados Generales, y se aseguró de marchar antes del domingo de pascua para no tener que celebrar la misa.
La razón de la única visita de Talleyrand a Autun fue la de preparar los Estados Generales de 1789, la asamblea de los tres estados de la Francia prerrevolucionaria (clero, nobleza y pueblo). Francia atravesaba una terrible crisis financiera que exacerbaba las tensiones sociales ya existentes. Tras agotar cualquier otra opción, el rey Luis XVI se vio forzado a convocar los Estados Generales en Versalles para resolver el problema, aunque esta institución no se había reunido en casi 175 años. Pero tan pronto como concurrieron el 5 de mayo de 1789, se empezaron a desbaratar los procedimientos. El Tercer Estado (el pueblo) se sentía frustrado por no tener el mismo poder de voto que los otros dos estados, a pesar de representar a más del 90 % de la población de Francia. En protesta, sus representantes abandonaron los Estados Generales y se autoproclamaron Asamblea Nacional, asegurando que no se dispersarían hasta darle a Francia una nueva constitución. Las presiones de la Corona y de la vieja nobleza incrementaron las tensiones y condujeron a la toma de la Bastilla el 14 de julio. La Revolución francesa había comenzado.
Como muchos de sus pares, Talleyrand vio la Revolución como una oportunidad de implementar los valores de la Ilustración y alejarse de las represivas instituciones del Antiguo Régimen. Tras unirse a la Asamblea Nacional, repudió muchas de sus anteriores convicciones sobre la Iglesia: propuso una moción para que el Estado se incautara de las propiedades de la Iglesia, que se venderían para pagar la deuda nacional, y presionó para derogar el diezmo. En 1790 celebró misa en la Fiesta de la Federación y desde entonce se le conoció como «el obispo de la revolución». Propuso la Constitución Civil del Clero, que exigía a todos los sacerdotes de Francia el juramento de lealtad a la futura constitución en lugar de al papa de Roma. En respuesta, el papa excomulgó a Talleyrand en 1791. Talleyrand bromeó sobre esta noticia en una carta a un amigo: «¿Has oído que me han excomulgado? Ven y dame consuelo cenando conmigo. Todo el mundo tiene que negarme el fuego y el agua, así que esta noche comeremos carne fría y vino helado» (citado en Cooper, 36).
Tras dimitir de obispo, Talleyrand se convirtió en diplomático y visitó Londres a principios de 1792 para prevenir una guerra entre Gran Bretaña y la Francia revolucionaria. Mientras se encontraba en el extranjero, la situación en su país empeoró. El asalto al palacio de las Tullerías el 10 de agosto acabó definitivamente con la monarquía, y las masacres de septiembre dejaron a cientos de supuestos «contrarrevolucionarios» muertos en las calles de París. Tras el juicio y la ejecución de Luis XVI, Gran Bretaña y otras potencias europeas se unieron en las guerras revolucionarias contra Francia.
La comprensible reticencia de Talleyrand para volver a Francia indujo a la Convención Nacional —la institución revolucionaria que había sustituido a la Asamblea Nacional— a emitir una orden de arresto contra él en diciembre de 1792. Talleyrand permaneció exiliado en Londres hasta principios de 1794, cuando partió hacia Estados Unidos. Mientras preparaba su viaje conoció a Benedict Arnold, antiguo general estadounidense que había traicionado a su país. Talleyrand escribió después que sentía «mucha lástima» por Arnold: a sus ojos, el mayor error de Arnold no era haber traicionado a Estados Unidos, sino haber apostado por los perdedores. Talleyrand llegó en mayo de 1974 a Filadelfia, donde permaneció dos años.
En 1796 ya había terminado la fase más sangrienta de la Revolución —conocida como el Terror—, por lo que Talleyrand se sintió lo suficientemente seguro como para volver a Francia. Poco después de llegar a París le ofrecieron el puesto de ministro de Exteriores del nuevo Gobierno revolucionario, más moderado, el Directorio Nacional. Era el candidato mejor cualificado, ya que la mayoría de los demás estaban muertos o en el exilio. El Directorio fue tristemente célebre por su corrupción, y Talleyrand no fue ninguna excepción, ya que utilizó su posición para enriquecerse. El ejemplo más notable de estos enredos se produjo en 1797, cuando se negó a recibir a tres enviados norteamericanos si no le pagaban un cuantioso soborno. Este escándalo, llamado el caso XYZ, condujo a la Cuasi-Guerra, un conflicto naval no declarado entre EE. UU. y Francia.
En octubre de 1797, Talleyrand confirmó el Tratado de Campo Formio, que puso fin a la Guerra de la Primera Coalición con Austria. Los términos del tratado habían sido dictados por Napoleón Bonaparte, un joven y apuesto general cuyas victorias en Italia le habían convertido en el hombre más popular del ejército francés. Talleyrand supo ver el gran valor de una amistad con el ambicioso Bonaparte y comenzó a cartearse regularmente con él. En 1798, ayudó a convencer al Directorio de que aprobaran la campaña de Napoleón en Egipto y Siria, que si bien fue un fracaso, aumentó la fama de Bonaparte en Francia. Para entonces, Talleyrand se había hartado del Directorio y pretendía sustituirlo por un Gobierno más fuerte, con más posibilidades de preservar los logros de la Revolución. Puso su confianza en Bonaparte, y en noviembre de 1799, apoyó al general en el golpe del 18 de brumario. El golpe fue un éxito: Bonaparte derrocó al Directorio y estableció un nuevo gobierno, el Consulado Francés, que él mismo dirigía en el puesto de primer cónsul. Agradecido por la ayuda de Talleyrand, Bonaparte lo mantuvo de ministro de Exteriores. A diferencia de Arnold, Talleyrand había apostado por el caballo ganador.
Con un Gobierno más popular y estable, Talleyrand creía que el siguiente paso debía ser conseguir una paz duradera en Europa para asegurar las recientes conquistas militares francesas y las mejoras revolucionarias. En un principio parecía que Bonaparte también perseguía este objetivo. Tras su decisiva victoria en la batalla de Marengo (14 de junio de 1800), permitió que Talleyrand negociara tratados de paz con Austria y Gran Bretaña, poniendo fin a las guerras revolucionarias francesas en 1801. Ese mismo año, Bonaparte firmó la reconciliación con la Iglesia católica en el Concordato de 1801, que también revocó la excomunión de Talleyrand. No obstante, dentro de su intento de ganarse el favor del papa, Bonaparte forzó la boda de Talleyrand con su amante de años, Catherine Grand, en 1802. Mientras tanto, Talleyrand ayudaba a consolidar el poder de Bonaparte: en 1802 maniobró para nombrar a Bonaparte «cónsul vitalicio», y en marzo de 1804, fue cómplice del secuestro y asesinato del duque de Enghien, un príncipe Borbón que vivía en el extranjero. Dos meses después, Bonaparte premió a Talleyrand por su servicio nombrándolo gran chambelán del Imperio, con una asignación de 500.000 francos anuales.
Pero ya entonces comenzaban a aparecer grietas en la relación del primer cónsul y su ministro de Exteriores. El 2 de diciembre de 1804, Napoleón se coronó a sí mismo como emperador de los franceses, y unos meses más tarde estaba de nuevo en guerra contra una coalición de naciones formada, entre otras, por Austria, Rusia y Gran Bretaña. En 1805, Napoleón consiguió una gloriosa victoria contra un ejército austro-ruso en Austerlitz, y al año siguiente derrotó a los prusianos en la batalla de Jena-Auerstedt. Cada vez, Talleyrand trataba de convencer al emperador de que tratara a los vencidos con gentileza para preservar el delicado equilibrio de poder en Europa y para cultivar las mejores condiciones para una paz duradera. Pero Napoleón, que se creía invencible tras su sucesión de magníficas victorias, no tenía la menor intención de ser indulgente, e impuso duros términos a Austria (Tratado de Presburgo) y a Prusia (Tratados de Tilsit). Este último era particularmente severo: obligaba a Prusia a ceder casi la mitad de su territorio a Francia. Se dice que en Tilsit, Talleyrand tuvo que consolar a una llorosa reina Luisa de Prusia. Talleyrand comenzaba a ver que Napoleón estaba más interesado en la guerra que en la estabilidad y la paz. Sintiendo que sus propios intereses se alejaban demasiado de los del emperador, Talleyrand dimitió de su puesto de ministro de Exteriores en 1807.
Aunque Talleyrand ya no era ministro de Exteriores, Napoleón seguía considerándolo un consejero valioso y en septiembre de 1808 lo llevó con él a su encuentro con los líderes europeos en el Congreso de Erfurt. En este encuentro, Talleyrand comenzó a verse en secreto con el zar Alejandro I de Rusia para convencerlo de formar una nueva coalición contra Napoleón. No pasó mucho tiempo antes de que volviera a aceptar sobornos de agentes rusos y austriacos a cambio de revelar secretos de Napoleón. Talleyrand no veía esto como una traición: en su mente, servía solo a Francia, y creía que las políticas belicistas del emperador ponían en peligro al país. Incluso comenzó a conspirar con el ministro de la Policía, Joseph Fouché, para crear un plan que consolidara la sucesión después de que Napoleón fuera destronado. Pero aunque conspiraba contra él, Talleyrand siguió negociando en nombre del emperador: en 1810 estuvo en las negociaciones del matrimonio entre Napoleón y María Luisa de Austria.
En 1812, la invasión de Rusia por Napoleón terminó en un cataclismo: de los 615.000 soldados que lo acompañaron, volvieron vivos menos de 100.000. Para Talleyrand, esto fue prueba suficiente de que Napoleón estaba llevando el país a la ruina, y se negó a retomar su puesto de ministro de Exteriores. En octubre de 1813, los poderes aliados infligieron una contundente derrota a Napoleón en la batalla de Leipzig, y a lo largo de los siguientes meses, el emperador francés llevó a cabo una campaña desesperada que terminó con su derrota y su abdicación en abril de 1814. Mientras tanto, Talleyrand había conseguido aparecer de nuevo en el bando ganador. Cuando quedó claro que la caída de su antiguo patrón era inevitable, Talleyrand se convirtió en presidente del Gobierno provisional de París, donde dio la bienvenida a los ejércitos aliados e incluso alojó al zar Alejandro I en su propia casa. Talleyrand desempeñó un papel esencial en la Restauración de los Borbones, que puso en el trono a rey Luis XVIII de Francia (hermano pequeño del ejecutado Luis XVI).
En septiembre de 1814, Talleyrand fue enviado en representación de Francia al Congreso de Viena, la reunión de las potencias aliadas victoriosas, donde se discutió el futuro político y constitucional de la Europa posnapoleónica. Talleyrand, totalmente en su elemento, y esperando conseguir el mejor resultado posible para Francia, azuzó a unos aliados contra otros jugando con sus desconfianzas mutuas y sus rivalidades históricas. Por ejemplo, enfrentó a Austria y a Gran Bretaña con Rusia removiendo su temor a que el zar quisiera anexionarse toda Polonia. Al sembrar estas semillas de discordia, Talleyrand logró reducir muchas de las exigencias propuestas por otras grandes potencias y asegurar un buen trato, con el que Francia conservaba sus fronteras de 1792. Pero justo cuando se encontraba en el apogeo de su mayor victoria diplomática, Napoleón volvió de su exilio en la isla de Elba y retomó el control de Francia. Aunque esta vez fue vencido de manera definitiva en la batalla de Waterloo y enviado de nuevo al exilio, los aliados no estaban dispuestos a ser tan benévolos con Francia por segunda vez, y devolvieron sus fronteras a las de 1790. Aun así, Talleyrand pudo apuntarse este trato como una victoria y regresó a París con la sensación de haber salvado a Francia de una humillación.
Aunque Luis XVIII quiso mantener a Talleyrand como ministro de Exteriores, muchos monárquicos protestaron ante la posibilidad de tener a un antiguo revolucionario tan cerca del rey. Por tanto, Talleyrand inició un tranquilo retiro, dedicando su tiempo a escribir sus memorias y a criticar a su sustituto. Después, en 1830, volvió a las actividades revolucionarias. En la Revolución de Julio apoyó a los revolucionarios con la intención de sustituir al opresor rey Carlos X por el duque de Orleáns, más liberal. Tras la abdicación de Carlos X, Orleáns ascendió al trono con el nombre de Luis Felipe I, iniciando el periodo conocido como la Monarquía de Julio. En reconocimiento al apoyo de Talleyrand, así como a sus décadas de experiencia diplomática, Luis Felipe lo nombró embajador en el Reino Unido.
Talleyrand pasó los cuatro años siguientes en Londres, donde su primer objetivo fue convencer a los ingleses de la legitimidad de Luis Felipe. Ya era un anciano, y probablemente sabía que se trataba del ocaso de su carrera, pero aún consiguió importantes logros. En 1830 desempeñó un importante papel en las negociaciones que condujeron a la formación del reino de Bélgica. En abril de 1834 ayudó a forjar una alianza entre Francia, Gran Bretaña, España y Portugal. Satisfecho con estos últimos éxitos, dimitió en noviembre de 1834 y volvió a retirarse. Pasó sus últimos años llevando una vida tranquila, aunque su salud declinaba, y a menudo sufría depresiones cuando pensaba en cómo sería recordado. Talleyrand, uno de los políticos más perspicaces y adaptables de su época, murió el 17 de mayo de 1838 a los 84 años.